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PONTEVEDRA: LOS ORIGENES DEL ASENTAMIENTO HUMANO

Antonio de la PEÑA SANTOS


La historia de un fracaso

Parece generalmente aceptado que las principales vías de acceso al conocimiento de los orígenes de una determinada ciudad son dos: por un lado, el estudio de los testimonios documentales escritos llegados hasta nuestros días, tanto más escasos e imprecisos cuanto mayor sea la antigüedad de la ciudad en cuestión; por otro, el análisis con metodología arqueológica de los restos materiales del pasado más remoto, de manera primordial los conservados en el subsuelo.

La primera de las vías suele contar con el gran hándicap de su extraordinaria escasez -la mayor parte de las veces ausencia total- sumada a su parquedad en cuanto a la información que suministra y, en ocasiones, a lo sesgado de la misma.

Por contra, del estudio con metodología arqueológica de los restos soterrados puede derivarse la información más real y coherente sobre los orígenes y características del asentamiento humano, aunque en su contra operen todos los enormes problemas que dificultan -y las más de las veces impiden- la actividad arqueológica en el medio urbano.

Pontevedra es un caso paradigmático de esto último. Careciendo por completo de documentación escrita acerca de su pasado más remoto, parecería sensato suponer que los estamentos ciudadanos más relacionados con la cultura se habrían preocupado seriamente por elaborar y desarrollar en la práctica un plan mínimamente coherente de investigación histórica de la ciudad, máxime considerando esa curiosa aureola de "villa culta" con que esos mismo estamentos han venido adornado -y de paso autoadornándose- desde siempre la imagen de la ciudad. Pero no.

Hemos de reconocer que nuestra ciudad arrastra de tiempo atrás graves carencias en el aspecto de la investigación histórica en general, y que existe un vacío total de tradición en cuanto a la arqueológica en particular si obviamos la extraordinaria, pero limitada habida cuenta de la época en que se desarrolló, labor de los miembros de la "Sociedad Arqueológica de Pontevedra" -muy especialmente la de D.Casto Sampedro Folgar- durante la transición entre el siglo XIX y el XX. El resultado de todo ello es evidente: los datos reales han sido sustituidos por una suerte de "historia-ficción" que puede servir para la autocomplacencia de los estamentos culturales de la ciudad y para satisfacer las mínimas necesidades del ciudadano medio, pero que esconde tras de sí un vacío casi absoluto. Es por ello por lo que hemos de reconocer que, pese a quien pese, Pontevedra sigue siendo, de las ciudades de Galicia, la que peor conoce sus orígenes; en esto, como en tantas otras cosas, esta ciudad sigue perdiendo el tren de la Historia.

Mientras las demás ciudades de Galicia se preocupan en mayor o menor grado por conocer y valorar su pasado -véanse si no los casos actuales de A Coruña, Santiago, Lugo o Vigo, por poner los ejemplos más destacables- Pontevedra sigue aferrada a su "historia-ficción", durmiendo ese sueño ya tradicional del que no parece poder, ni querer, despertar.

En este orden de cosas, la actividad arqueológica desarrollada en el núcleo histórico de la ciudad ha sido mínima, fragmentaria, anárquica y, sobre todo, muy reciente. Dejando de lado ciertos controles de obra que apenas suministraron dato alguno, sólo merecen la categoría de excavación las llevadas a cabo en los solares de la Plaza del Muelle esquina a Arzobispo Malvar, y Michelena 20, amén de las vergonzosamente frustradas en la cabecera meridional del puente del Burgo. Como más adelante detallaremos, todas ellas aportaron datos de extraordinaria importancia para el conocimiento del pasado de la ciudad, hasta el punto de alterar por completo, en algún caso, la visión más tradicional; sin embargo, son una simple gota en el océano de oportunidades perdidas, muchas de ellas para siempre.

Parece que la reciente obligación de proceder a cautelas de tipo arqueológico en las obras que se lleven a cabo en el interior del recinto histórico de la ciudad sólo afecta a los propietarios particulares, y aún así no en todos los casos. La realidad es que multitud de obras en espacios públicos de presumible potencial arqueológico siguen efectuándose sin el menor control. Si bien es cierto que en su mayor parte se trata de trabajos que apenas suponen alteración del subsuelo por consistir en reposición de pavimentos, no lo es menos que su realización supondría una oportunidad única de llevar a cabo una investigación arqueológica paralela, con los menores inconvenientes, que fuese añadiendo datos para el conocimiento del pasado de la ciudad; por desgracia, nunca se ha permitido el trabajo de los arqueólogos, y zonas del más alto interés están quedando selladas para muchos años por el hormigón y los enlosados, como enumeraba en abril de 1996 un documento público de la Asociación Amigos da Cultura a partir tan sólo del año 1994: en ese año se trabajó sin supervisión arqueológica en la calle Martín de Aranda, en los alrededores de la fuente de los Tornos, y en las plazas de García de la Riega y de Valentín García Escudero; en 1995 en la parte inferior de la plaza del Muelle, en el enlace entre el paseo de Antonio Odriozola y la calle Michelena, y en el puente del Burgo; en lo que va de año 1996 en la zona restante de la plaza del Muelle...

Como es obvio, esta abrumadora parquedad de datos reales sobre los orígenes de la ciudad, tanto arqueológicos como documentales, ha pesado desde siempre como una losa sobre la historiografía pontevedresa de carácter local. Sin duda con la mejor voluntad y total buena fe, consciente o inconscientemente, los historiadores que se han ocupado del tema han intentado suplir tales carencias, y las suyas propias, con considerables dosis de imaginación, exprimiendo hasta la extenuación determinados datos y copiándose reiteradamente de unos a otros. Todo ello ha servido para conformar una enorme bola de nieve que, como más adelante tendremos ocasión de comentar en detalle, la moderna investigación está comenzando a derretir.

Para una mejor comprensión del tema concreto de los orígenes de nuestra ciudad, intentaremos un recorrido cronológico por las diferentes líneas maestras seguidas por los historiadores que nos han precedido, para rematar con nuestra visión particular del tema.


La "Helenes" de Teucro

Ya desde los primeros procesos de urbanización aparece como algo innato en el ser humano un deseo por ennoblecer de alguna forma su lugar de residencia para, al mismo tiempo, autoafirmar sus raíces, algo tanto más palpable cuanto mayor era el estadio de desarrollo social y económico de cada comunidad (Juega Puig y Peña Santos, 1996).

Si ya en la Antigüedad greco-latina muchas ciudades acudían a las referencias de los nostoi, es decir, a las narraciones fabulosas del regreso a sus respectivas patrias de los diferentes héroes de la guerra de Troya, para hacer de sus protagonistas los fundadores de sus pujantes urbes (Bermejo Barrera, 1981: 226-228; 1982: 12), algo muy semejante ocurrirá cuando las comunidades bajomedievales comiencen a experimentar significativos procesos de desarrollo, tanto en lo puramente económico como en lo social, que se reflejarán en un claro crecimiento en el plano urbanístico. Las florecientes villas medievales y renacentistas repetirán el fenómeno recurrente de la mitificación compitiendo entre ellas a la búsqueda, en las más antiguas tradiciones, de unos orígenes cuanto más arcaicos y más nobles mejor. Naturalmente, el generoso saco del que se nutrirán será el integrado por los relatos bíblicos y, sobre todo, de las tradiciones de los nostoi, que conocerán por escritos muy puntuales de ciertos autores greco-latinos considerados a la sazón como "autoridades" de absoluta credibilidad.

En Galicia el proceso es muy semejante y corre en paralelo con el desarrollo socioeconómico bajomedieval y renacentista. El Cronicón Iriense ya relaciona la fundación de Iria Flavia con los sucesos posteriores a la guerra de Troya (Bermejo Barrera, 1981: 226-227; 1982: 18), y la Crónica General de Alfonso X el Sabio hace de A Coruña una fundación directa de Hércules. Con estos antecedentes, será durante el Renacimiento cuando las más pujantes villas gallegas tratarán de buscar en la Antigüedad más remota sus orígenes. Equiparando antigüedad con nobleza, intentarán contrarrestar el menosprecio que todo lo gallego estaba sufriendo a la sazón en el resto del reino, autoafirmando sus orígenes haciéndolos derivar de los más heroicos paladines de la Antigüedad (Mato Domínguez, 1981: 134; Barreiro Fernández, 1988. 17; Juega Puig y Peña Santos, 1996).

El desprecio que Galicia y lo gallego padecían por aquellos tiempos motivó a las clases sociales preeminentes de Galicia -en especial la nobleza, el clero y los estamentos acomodados de la sociedad- a buscar en una Historia en gran parte inventada y claramente apologética su rehabilitación. Para ello fue necesario hacer de la población gallega -y con ella las clases privilegiadas- la más antigua de la Península, anterior por tanto a la castellana de la que tantos desprecios se estaban recibiendo. Siendo así la población gallega descendiente directa de los patriarcas bíblicos y de los héroes griegos, el fin parecía sobradamente cumplido. Nada podía ser anterior a Noé y a sus primeros descendientes pues nada había sobrevivido al Diluvio; ninguna ascendencia podía considerarse más noble que la proporcionada por ciertos personajes de la guerra de Troya que varios escritores greco-latinos suponían que habrían recalado por estas tierras; estos escritores eran Asklepiades de Mirlea, Trogo Pompeyo, Strabon, Plinio el Viejo, Silio Itálico y Iustino (Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 13; Juega Puig y Peña Santos, 1996).

Las dos referencias más antiguas conocidas se han perdido, aunque sabemos de ellas por alusiones o resúmenes posteriores. Asklepiades de Mirlea y Trogo Pompeyo escriben en el siglo I a.C., pero conocemos su obra por las referencias que al primero de ellos hace Strabon y al resumen de la obra del segundo por Iuniano Iustino.

A comienzos del siglo I, Strabon escribe su por tantos motivos conocida "Geografia" (Romero y Pose, 1987: 39). En ella puede leerse:

- "Dice también (Asklepiades) que entre los Callaicos habitaban algunos de los compañeros de Teucro, y que por allí había ciudades, una llamada Helenes, otra Amphilochoi, porque no sólo Amphilochos murió allí sino que sus compañeros llegaron hasta el interior del pais" (Str.III,IV,3).

Más adelante, a mediados del siglo I, Plinio el Viejo, en su "Historia Natural" (Romero y Pose, 1987: 71), afirma:

- "Después de los Cilenos viene el convento Bracaro con los Helenos, Grovios y la fortaleza Tyde, todos descendientes de los griegos" (Plinio,Nat.Hist.,IV,112).

A finales de la misma centuria, Silio Itálico nos ofrece dos referencias muy vagas en su "Púnica" (Romero y Pose, 1987: 87):

- "Y a los que ahora la descendencia Oenea y a Aetola Tyde les llama Gravios, una vez transformado el nombre de Graios" (...) "La Aetola Tyde, fundada por el errante Diomedes" (S.Italico, III,366-367; XVI,368).

Por fin, en los años de transición entre los siglos III y IV, M.Iuniano Iustino escribe el ya mencionado resumen de las "Historias Filípicas" de Trogo Pompeio (Romero y Pose, 1987: 125). Su visión es muy parecida a la de Asklepiades transmitida por Strabon:

- "Los Galaicos reivindican para sí un origen griego, ya que, tras el final de la guerra troyana, Teucro, odiado por su padre a causa de la muerte de su hermano Ayax, al no ser recibido en el reino, se retiró a Chipre y allí fundó la ciudad de Salamina por el nombre de la antigua patria; luego regresó a la patria; recibida la noticia de la muerte de su padre, pero prohibiéndosele el acceso por Euriasco, hijo de Ayax, se encaminó a las costas de Hispania, ocupó los lugares donde ahora está Cartago Nova; luego pasó a Gallaecia y, estableciéndose, dio nombre al pueblo. Se dice, pues, que los Amphilocos son parte de Gallaecia" (Iustino,XLIV,3,2-4).

Estas referencias son recogidas ya a comienzos del siglo VII por S.Isidoro de Sevilla, que amplía la visión de Trogo/Iustino:

- "Gallegos, dichos así por su blancura, por lo que también se llaman galos. Son más blancos que los demás pueblos de España; éstos aseguran que su origen es griego, de aquí su natural ingenioso.

Pues terminada la guerra de Troya, Teucro, muerto Ayax, su hermano, y aborrecido por su padre, Telamón, que no le recibió, marchó a Galicia, donde se aposentó, y por el lugar dio el nombre a su pueblo..." (S.Isidoro, Etimologías, Libro 9, cap.2).

En el ambiente bajomedieval y renacentista de desarrollo socioeconómico y cultural, y en medio de la necesidad de dotar a la nobleza y a las clases acomodadas gallegas de unas raíces de las que puderan sentirse orgullosas, las cada vez más pujantes villas gallegas van a ser provistas de unos orígenes prestigiosos. Ya hemos señalado más arriba los casos de Iria Flavia y de A Coruña; a mediados del siglo XVI, Florián de Ocampo, Pedro de Medina y el P. Bartolomé Sagrario de Molina dejarán constancia por escrito de la fundación de Ourense por Amphilochos y la de Tui por Diomedes, mientras Teucro fundaba otras:

- "...Galizia: y alli hizo (Teucro) su morada, y asiento con quantos le seguian, poblando parte desta region desierta, que nunca auia sido morada por ser tierra desabrida y trabajosa para viuir, particularmente fundo la ciudad, que llamaron Elenes en su lenguaje, que significa lo meso que poblacion de Griegos, no muy lexos del sitio, donde hallamos agora la villa de Ponteuedra sobre cierta ria destas marinas: en la qual reposo Teucro todo lo mas de su vida. Vino tambien con el otro capitan compañero y gran amigo suyo Anfiloco, que con otra buena cantidad de los mesmos Griegos fundaron a su parte dentro de la mesma tierra sobre las riberas del rio Miño, la villa que por memoria de este capitan Anfiloco dixeron Anfilocopolis, y despues fue llamada Anfiloquia, hasta que muchos años adelante los Romanos de Italia, quando ganaron aquellas tierras la nombraron Aguas Caldas, por causa de las fuentes calientes, que tiene muy abundantes y prouechosas. Agora la llaman Orense, puesta catorze leguas de Ponteuedra, lugar bien principal en todas aquellas comarcas..." (Ocampo, 1543: 49).

- "En tiempos del rey Gárgoris vinieron en España grandes compañas de las gentes de Troya, siendo la ciudad destruida por los Griegos, de donde vino Theucro que rodeando la costa de España vino en Galicia, donde fundó muchos pueblos (...) Después vino Diomenes Griego; y pobló ciertas poblaciones de los que vinieron con él, llamados Grayos: que quiere decir Griegos. Estos fundaron la ciudad de Tide que llamamos ahora Tuy, a la ribera del río Miño. Vino también Amphiloco, otro capitán Griego y pobló muchos pueblos; especial la ciudad Anfiloquia que después llamaron los romanos Aguas Caldas y ahora decimos Orense" (Medina, 1548: fol.8)

- "...porque despues de la destruicion de Troya, los Griegos que sobre ella vinieron, dispargiendose por muchas partes, aportaron algunos Capitanes a este Reyno: vno fue Amphiloco, que edificò a Orense, como arriba diximos: y otro que llamaron Teucro, que fundò otras poblaciones: y ansimismo vino vno, que llamaron el gran Diomedes, el qual edificò esta ciudad, que de antes se dezia Tide, a la entrada del Miño en la mar..." (Molina, 1550: fol.25v).

Más tarde, ya a comienzos del siglo XVII, Fray Prudencio de Sandoval reiterará la fundación de Tui por Diomedes (Sandoval, 1610: fol.4); por fin, Fray Felipe de la Gándara y Ulloa (1678, I: 278) completará la relación de creaciones griegas: Amphilochos sería el fundador de Ourense, Teucro de Pontevedra, Diomedes de Tui y Orestes de Padrón:

- "...salieron con èl (Anibal) los naturales de las tierras de Tui, i Pontevedra, llamada esta antiguamente Hellenes; i las dos decendientes de los dos Griegos Diomedes, i Teucro; i à estos acompañaban los de Porto..." (Gándara y Ulloa, 1662: 13; 1677: 6).

En líneas generales, esta identificación ha llegado prácticamente incólume hasta nuestros días.

Desde una perspectiva actual, parece claro que las tradiciones de los nostoi en que se basan las hipótesis fundacionales griegas en Galicia carecen de toda credibilidad, al menos en lo que respecta a la forma. Sin embargo, en el fondo esconden un punto de verdad que la moderna investigación arqueológica está sacando a la luz. No nos referimos, naturalmente, a que una pléyade de héroes griegos pululase por galicia fundando ciudades, colonias y factorías haciendo buena la conocida frase de Verea y Aguiar asumida por Vicetto: "... en Galicia hasta las piedras hablan de colonización griega..."; simplemente, a nuestro entender, estas tradiciones se basan en referencias mucho más antiguas de contactos entre las comunidades asentadas en el Mediterráneo Oriental y las atlánticas.

Parece demostrado que tanto los nostoi como una buena parte de la mitología griega se nutre de sucesos que se habrían desarrollado durante la conflictiva etapa de recesión socioeconómica acaecida en el área del Egeo a finales del II Milenio a.C. tras el colapso del mundo micénico. Una época de crisis en el transcurso de la cual no pocas comunidades abandonarían sus solares en viajes sin retorno por vía marítima en busca de nuevas tierras a bordo de frágiles embarcaciones de muy limitada maniobrabilidad y a merced de los vientos y las corrientes (Luzón Nogué y Coín Cuenca, 1986: 67). La Eneida, el Viaje de los Argonautas y, sobre todo, la Odisea, nos presentan una visión bastante significativa de lo que podían ser estos primeros viajes.

Hoy día muy pocos autores se atreven a poner en duda que al menos desde las fechas que estamos manejando son perceptibles indicios más que evidentes de la existencia de contactos frecuentes entre el área galaica y el corazón del Mediterráneo. Durante la fase de plenitud de la Edad del Bronce, las comunidades de la orla atlántica europea presentan rasgos comunes en su desarrollo social, económico y tecnológico. La aparición cada vez más frecuente de materiales de filiación mediterránea en el área atlántica y de producciones atlánticas en el Mediterráneo Central pone de relieve la frecuencia e intensidad de estos contactos, de estas relaciones de intercambio a larga distancia que, es de suponer, no sólo se basarían en el intercambio de manufacturas sino que conllevarían cierto grado de trasvase cultural entre áreas tan lejanas y, en cierto modo, tan diferentes (Bello Diéguez y Peña Santos, 1995: 149-155).

Estos contactos, que afectarían de manera abrumadoramente mayoritaria a las comunidades costeras, es de suponer que se llevarían a cabo por vía marítima. La carencia de cualquier indicio de tecnología naval adecuada en las comunidades atlánticas nos obliga a pensar en navegantes de filiación mediterránea como canalizadores de los intercambios entre las costas atlánticas y las mediterráneas. Estas relaciones Atlántico-Mediterráneo, tan denostadas por la mayor parte de los historiadores de ideología nacionalista primaria empeñados en confrontar lo ario con lo semita, no se interrumpirán durante toda la Antigüedad, y así, con mayores o menores altibajos, fenicios, púnicos y romanos harán llegar al área galaica no sólo productos de consumo sino la información y los conocimientos imprescindibles para el desarrollo de las comunidades galaicas.

Es decir, que cuando se gestan las leyendas de la arribada a estas tierras de ciertos héroes de la guerra de Troya -posiblemente en época helenística-, lo que se estaba produciendo era un proceso intelectual que partía de una base real: la frecuentación de las costas galaicas por navegantes mediterráneos al menos desde el II Milenio a.C.

De ahí mismo procede el mito fundacional de Pontevedra. En el siglo XVI nos encontramos con una villa en su máximo esplendor, convertida en una de las principales ciudades de Galicia, -en palabras del Licenciado Molina: "...en otra ria està la gran villa de Ponteuedra, que es el mayor pueblo de Galicia, y de gente rica por la mayor parte,..." (Molina, 1550: fol.26), o de Juan de Guzmán: "...y es este pueblo de un clima tan benevolo, que inclina á las gentes, á que no solamente amen los estudios de letras, sino que tambien se den á ellos y favorezcan á los buenos ingenios (...) Y assi este pueblo creo que tiene dos cosas, en que se señala mas que otro de España en su tanto. Lo uno que tiene mas numero de letrados que de su tamaño otro alguno de España: y lo otro, que tiene clima, el qual á la clara ayuda á los ingenios..." (Guzmán, 1586: XXII-XXIII)- y a la que los estamentos eruditos pontevedreses le estaban adjudicando un fundador de prestigio en la figura de ese Teucro que Asklepiades, Trogo Pompeyo, Strabon y Iustino suponían que habría acabado sus días por estas tierras. Teucro habría fundado la ciudad de nombre Helenes, que sería el origen directo de Pontevedra. La mayor villa de Galicia, en la que habitaba el mayor número de gente letrada, no podía carecer de los más antiguos y heróicos orígenes.

En tal sentido y como ya hemos visto líneas arriba, a mediados de esta centuria Florián de Ocampo escribía, en su Crónica General de España, lo siguiente al mencionar las andanzas de Teucro:

- "...sin parar hasta la provincia, que despues fue dicha Galizia: y alli hizo su morada, y asiento con quantos le seguian, poblando parte desta region desierta, que nunca auia sido morada por ser tierra desabrida y trabajosa para viuir, particularmente fundo la ciudad que llamaron Elenes en su lenguaje, que significa lo mesmo que población de Griegos, no muy lexos del sitio, donde hallamos agora la villa de Ponteuedra sobre cierta ria destas marinas: en la qual reposo Teucro todo lo mas de su vida..." (Ocampo, 1543: 49). Nótese el oscuro concepto que Florián de Ocampo tenía de las tierras gallegas -desabridas y trabajosas para vivir-; es precisamente este menosprecio de lo gallego por la mayor parte de los autores que escribían desde fuera de Galicia lo que movió, como ya hemos señalado más arriba, a los escritores gallegos a contraatacar utilizando la hipérbole en la mayoría de los casos. Ya lo decía el Licenciado Molina, malagueño de origen pero gallego de adopción (1550: fol.1v.):

- "Mas hame mouido de ver, que en España,
Aunque aya mil cosas, y de admiracion
A vezes en vn oluidado rincon
Estan otras tales de tanta hazaña:
Por esso à las vezes mi pluma se ensaña
De ver, que se escriuen mil cosas, y faltas,
Pero que en aquellas, que en si son mas altas,
Se passa por ellas por cosa no estraña."

Más o menos por estas mismas fechas, Juan García Gallego, jurisconsulto de prestigio nacido en Pontevedra (Millán, 1920: 145-147; Couceiro Freijomil, 1952, II: 133-134) mencionaba, en su obra De Expensis et Meliorationibus, por primera vez la relación directa entre Teucro, Helenes y Pontevedra: "...y Pontevedra, mi patria muy querida, que yo sospecho que sea la antigua Helenes, porque consta que dos compañeros de Teucro, Heles y Anfiloco, vinieron a Galicia y fundaron dos ciudades a las que dieron su nombre, próximas a Tuy, fundado por Diomedes a orillas del Miño, dándole el nombre de su padre..." (Rodríguez Figueiredo, 1992: 26; Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 15). Parece, por tanto, que a mediados del siglo XVI el mito fundacional estaba ya plenamente establecido en nuestra ciudad; de hecho, quedó refrendado oficialmente cuando a finales de la misma centuria, durante el mandato del Regidor de la Villa D.Melchor de Teves, fueron colocadas en la fachada principal del edificio del Concejo las famosas lápidas con la conocida inscripción:

FVNDOTE TEVCRO VALIENTE
DE AQVESTE RIO EN LA ORILLA
PARA QUE EN ESPAÑA FVESES
DE VILLAS LA MARAVILLA

[DEL ZEBEDEO LA ESPADA
CORONA TV GENTILEZA
VN CASTILLO PVENTE Y MAR
ES TIMBRE DE TV NOBLEZA]

Este Teucro, que los círculos culturales pontevedreses hicieron fundador de la ciudad, fue un personaje de muy segundo rango entre los que participaron en la guerra de Troya. Hijo ilegítimo de Telamón, rey de Salamina, y de la princesa troyana Hesíone, por sus irregulares orígenes vio muy limitado su papel dentro del Ciclo Troyano. Se sabe que participó en la guerra junto a su hermanastro Ayax y que era famoso por su habilidad en el manejo del arco, tanto más cuanto que era fama que se lo había regalado el mismísimo Apolo. La escasísima iconografía segura que sobre este personaje se conoce en la actualidad (Paribeni, 1966: 788-789) nos lo presenta como un arquero que, rodilla en tierra, se prepara para disparar su arco protegido por el enorme escudo -de siete pieles de toro- de Ayax.

Relatos posteriores nos presentan a Teucro emprendiendo viaje de regreso a su Salamina natal tras la caida de Troya. Una vez llegado a la patria, su padre Telamón le impide desembarcar acusándole de negligencia por no haber sabido evitar la disputa entre Ayax y Odiseo por las armas de Aquiles, causa directa del suicidio de Ayax; de no haber vengado la muerte de su hermanastro y de no haber recogido sus cenizas. Por todo ello, Telamón destierra a Teucro a perpetuidad.

Acompañado de amigos fieles, toma Teucro dirección a Sidón, donde el rey Belo, apenado por las desdichas de nuestro héroe, le da algunos colonos fenicios con los que funda, en la isla de Chipre, una ciudad que en honor a su patria bautiza con el nombre de Salamina. Se casa con la princesa Eune, hija del rey Cipro, fundando una dinastía que reinó durante varios siglos.

Tras conocer la muerte de su padre Telamón, Teucro intenta de nuevo el regreso a su patria natal, pero será rechazado por Euriasces, hijo de Ayax, por lo que decide poner rumbo a la Península Ibérica, donde funda las ciudades de Cartagena y Helenes, en la que reside hasta el fin de sus días. Esta Helenes será la ciudad que durante el siglo XVI se tomará como referente más remoto para Pontevedra.

Más arriba hemos hecho hincapié en la escasa iconografía clásica referente con seguridad a Teucro. Es más que probable que haya sido el desconocimiento de referentes iconográficos concretos la causa por la que se suelen identificar con nuestro personaje varias representaciones escultóricas de la fachada y crestería de la basílica de Santa María y la figura del remate del cetro principal del Gremio de Mareantes. En este último caso, se trata en realidad de una imagen de Hércules desquijarando al león de Nemea; las restantes son figuras clásicas del héroe griego apoyado en la clava.

Mucho se ha escrito sobre esta curiosa confusión iconográfica entre Hércules y Teucro. La mayor parte de los autores supone que respondería a la existencia de un primitivo culto a Hércules en nuestra ciudad, que durante el siglo XVI sería suplantado por Teucro (García de la Riega, 1904: 539; Sobrino Buhigas, 1923; Filgueira Valverde, 1946: 19; 1963: 333-339; 1986: 81-82; 1988: 24-25; Rodríguez Figueiredo,1992: 68; Fortes Buzán, 1993: 26; etc., etc.). En nuestra opinión, se trataría simplemente de una confusión iconográfica: Teucro no está suplantando un antiguo culto a Hércules sino adoptando su simbología renacentista (Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 12).

Dentro de la plástica plateresca, la imagen de Hércules aparece poco menos que omnipresente por sus peculiares características simbólicas. Hércules es considerado durante el Renacimiento como genuino paradigma de la Virtud, será el patrón de la Monarquía española, y su figura llegará a ser en cierto modo paralelizada con la de Cristo (Angulo Iñiguez, 1952: 121-156; Rosende Valdés, 1987: 603-620). En nuestra opinión, ante el desconocimiento de una iconografía propia para la figura de Teucro, los eruditos pontevedreses del siglo XVI verán en las diferentes imágenes de Hércules la figura del mítico fundador de la Villa. Tal vez en tal sentido, el cetro o seldro principal que empuña el Vicario del Gremio de Mareantes en las solemnidades, rematado por la ya comentada figura de Hércules desquijarando al león de Nemea, sea ilustrativo; su macolla ostenta una inscripción muy conocida en la que figura el nombre de Teucro seguido por una referencia a la elaboración del cetro por encargo del Gremio en 1550: "TEVCRO HYZO EL ARRABAL ANO 1580"; Teucro da nombre, en este caso, no sólo al cetro en sí y al emblema sino, por extensión, al portador, al vicario del Gremio (Sampedro Folgar, 1902: 281; Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 15).

La historiografía pontevedresa va a tratar el tema de Teucro en consonancia con la época correspondiente y el posicionamiento ideológico particular de cada autor. El P.Sarmiento manifestará ciertas dudas al principio (Sarmiento, 1753: 12) para luego apenas poner en cuestión el tema, aceptándolo implícitamente (Sarmiento, 1761: 164, 186; 1772: 6, 39); más adelante, un grupo de autores hará profesión de fe teucrista en mayor o menor grado (Flórez, 1765: 6; González Zúñiga, 1848; Fita y Fernández-Guerra, 1880: 23; Faginas, 1880: 17-19 y 27-29; Fernández Soler, 1892: 7; Sampedro Folgar, 1902: 282; García de la Riega, 1904: 514, 539; Sobrino Buhigas, 1923; etc.), destacando entre todos la figura de González Zúñiga, autor de la primera y, hasta hace muy poco, única historia de la ciudad, en la que llega a establecer la fundación de Helenes por Teucro en el año 1215 a.C. tras recorrer la costa atlántica:

- "...Este último guerrero lleno de sentimiento por el poco aprecio con que habia sido recibido de sus parientes i amigos, resuelve en su ánimo buscar en otros países su felicidad i consuelo. Movido ademas por el espíritu de conquista i formacion de colonias para dar mas estension i ensanche al comercio, ideas que estaban poseídos los hombres de aquellos tiempos, apresta sus naves i atravesando con sus hinchadas velas el estrecho Fectum Herculium o sea Ostium Occeani se le considera como uno de los primeros argonautas que han atravesado el vasto oceano. Situado con su flota en medio de ese inmenso piélago, guiado por la estrella polar dirije su rumbo hacia la costa occidental de la península i despues de haber reconocido sus puertos i rias, elije para su mansion la mas ancha, la mas limpia, la mas pacífica i la mas hermosa i rica por la fertilidad de las frondosas campiñas que en sus márjenes la limitan..." (González Zúñiga, 1846: 3-4).

Otros autores, sobre todo a partir de Murguía (1888: 663), y al igual que antes habían hecho gran parte de los historiadores de la Ilustración, irán relegando el tema al mundo de los mitos aunque no dejarán al tiempo de buscar explicaciones al por qué de su gestación (Filgueira Valverde, 1946: 18-19; 1963: 333-339; 1985: 133; 1986: 81-82; 1988: 24-27; Fortes Bouzán, 1993: 26; Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 11-18).

En fin, la idea de la fundación por Teucro de la villa de Pontevedra cayó en su día en terreno abonado y hoy, salvando las distancias, forma parte sustancial del pasado mítico de la ciudad. Teucro presta su nombre a plazas urbanas, agrupaciones culturales y deportivas, publicaciones diversas, establecimientos comerciales, empresas... Aunque casi todo el mundo es consciente de su caracter de mito, Teucro forma ya parte indisoluble de la realidad pontevedresa.

La "Lambriaca" de Pomponio Mela

La producción historiográfica de los autores positivistas de la Ilustración supuso una ruptura casi total con la concepción renacentista. Los autores adscritos a esta corriente serán plenamente conscientes de la imposibilidad absoluta de confirmar la mayor parte de las bases sobre las que se asentaba el conocimiento histórico; ante ello, y tras pasar revista a lo poco que les quedaba tras proceder a una crítica profunda de las noticias recogidas en las Historias y Cronicones antiguos, desistirán de elaborar historias generales y se centrarán en la recogida de datos de primera mano y en el análisis detallado y crítico de las Fuentes Clásicas (Barreiro Fernández, 1988: 52).

El Padre Sarmiento supone, para Galicia en general y nuestra ciudad en particular, el paradigma de la producción historiográfica de la Ilustración. Es el primero, que sepamos, en utilizar una referencia de la "Chronogeografia" de Pomponio Mela, autor latino del siglo I (Romero Masiá y Pose Mesura, 1987:55):

- "...el mismo entrante, abarcando la ciudad de Lambriaca, recibe los ríos Laeron y Ullam..." (P.Mela, Chr.,III, 10-11).

Este párrafo habla de una ciudad de nombre Lambriaca ubicada entre la desembocadura de dos ríos, que la mayor parte de los autores identifica, por clara afinidad fonética, con los actuales Lérez y Ulla. Pero las controversias surgen a la hora de situar el emplazamiento de la ciudad, sobre todo cuando reparamos en que la "Geografia" de Ptolomeo nos informa, ya en la segunda mitad del siglo II, de la existencia de una ciudad perteneciente a la comunidad de los Bedios al N de Lugo y de nombre Flavia Lambria, para la que diversos autores suponen emplazamientos bien dispares. Pese a la gran semejanza fonética, la situación que da Pomponio Mela para Lambriaca es tan diferente de la que indica Ptolomeo para Flavia Lambria, que hemos de suponer que se trata, en principio, de dos localidades diferentes (Pereira Menaut, 1991: 63). Algo semejante puede concluirse para su afinidad fonética con la Lansbrica que ciertas muestras epigráficas parecen hacer coincidir con el poblado castrexo-romano de S.Cibrán de Lás en Ourense (Caamaño Gesto, 1991,a: 64). Curiosa es también la confusión de gran parte de los autores antiguos, que la identificaron con la ciudad de nombre Talabriga que Appiano menciona como una de las que más quebraderos de cabeza ocasionó a Decimo Iunio Bruto durante su expedición del 137 a.C. a tierras galaicas.

Volviendo a la Lambriaca de Pomponio Mela y a su identificación con nuestra ciudad, ya el P.Sarmiento manifestaba serias dudas en cuanto a su ubicación, y a lo largo de su amplia producción bibliográfica mostrará curiosísimos vaivenes. Tanto optará por situarla en A Lanzada, donde había localizado ruinas y sepulturas antiguas (Sarmiento, 1745: 129; 1754-55: 24, 82; 1764: 18), como en Lourizán, en las cercanías de cuya parroquial se descubren todavía hoy restos tardorromanos y altomedievales (Sarmiento, 1762: 235), como en total coincidencia con la villa de Pontevedra (Sarmiento, 1749: 12; 1753: 13; 1772: 35).

Multitud de escritores posteriores vinculados directamente a Pontevedra tomarán partido por la identificación de la Lambriaca de Mela con nuestra ciudad, idea que, pese a su claro carácter fantasioso, todavía se mantiene en determinados ambientes (González Zúñiga, 1846: 2-4; 1848: 23; Fita y Fernández-Guerra, 1880: 22; Faginas, 1880: 16-19; Sampedro Folgar, 1902: 251; García de la Riega, 1904: 299; Sobrino Buhigas, 1923; Linares Rivas, 1932: 111; Alvarez Limeses, 1936: 160; Fernández-Villamil, 1944: 12; Filgueira Valverde, 1946: 16; Madroñero de la Cal, 1994: 52, 66 y 67).

Los castros fantasmas

La historiografía romántica gallega se asentará ideológicamente en una búsqueda, consciente o inconsciente, de los fundamentos del hecho diferencial gallego. No se tratará ahora tanto de hacer de la población de Galicia la más antigua de la Península sino que lo verdaderamente importante será que esa población sea diferente, sobre todo frente a la castellana, diferencia que forzosamente habrá de ser de índole racial. Para marcar ese antagonismo se inventará el celtismo, que se convertirá inmediatamente en el elemento nuclear sobre el que se hará pivotar toda la Historia de Galicia. Así, Galicia, el pueblo gallego, quedarán ennoblecidos al ser dotados de una raza, una cultura y una historia propias, peculiares y, por supuesto, diferentes del resto de España (Villares Paz, 1979: 425-441; Mato Domínguez, 1981: 136-144; Barreiro Fernández, 1988: 15-78; 1993: 183-209; Máiz, 1992: 107-116). No se rompe en un principio con la historografía tradicional ni se prescinde de la creencia en una cierta presencia griega y semita en Galicia porque eso no interfiere necesariamente en los fundamentos teóricos e ideológicos de la nueva concepción historiográfica; simplemente, por encima de patriarcas y héroes fundadores se va a situar una población, un pueblo de raza celta -por supuesto pura e inmaculada- que conformará la base étnica de la nación gallega; andando el tiempo se llegará a abandonar por completo toda referencia positiva al mundo mediterráneo en paralelo con la intensificación de las teorías racistas (Juega Puig y Peña Santos, 1996).

Ya en los años de transición entre los siglos XVII y XVIII, el P.Alvarez Sotelo, aunque sigue defendiendo un poblamiento de Galicia por los descendientes de Noé y las posteriores fundaciones griegas, será el primero en aceptar una presencia céltica significativa en Galicia (Alvarez Sotelo, 1700?), tal vez, como muy bien señala Barreiro Fernández (1988:44), por su condición de profesor del Colegio de Irlandeses de Santiago. Pero existe hoy total coincidencia entre los historiadores en considerar a Verea Aguiar (1838) como el primero en sostener la unidad racial céltica de Galicia. Los postulados de Verea serán seguidos casi al pie de la letra por Martínez Padín (1849: 228) y convertidos en bandera de reivindicación política por Faraldo (1842) y, en cierto modo, por Vicetto (1865), hasta que el celtismo deviene en doctrina política de base claramente racista con Fulgosio (1865: 18-20; 1866: 29; 1867: 24-26):

- "...y es injusto é infundado agravio á nuestros padres, que por celtas é iberos eran aryas, el compararlos con el salvaje de América, á quien Dios va haciendo desaparecer de la haz de la tierra.

Jamas el americano, salvaje ó á medio civilizar, de sangre inferiorísima á la blanca, supo hacer frente con éxito á un puñado de esforzados aventureros europeos; al paso que Roma necesitó su mejor general y más grande hombre, César, para señorear las Galias, hallando increible resistencia en España, cuya conquista le costó dos siglos y torrentes de sangre!" (Fulgosio, 1865: 18),

y más tarde con Vicente Risco:

- "Mais, sexa pol-a millor adautación á terra, sexa pol-a superioridá da raza, o certo é que nin a infiltración romana, nin a infiltración ibérica conseguiron destruir o predominio do elemento loiro centroeuropeo no pobo galego.

A raza galega sigue sendo a vella raza céltica, mesturada con íberos, romanos e xermanos, mais impoñendosos carauteres dos celtas por riba de todol-os demais. E pol-o tanto a menos ibérica da Peninsua, e con estreitos parentescos étnicos fora da Hespaña" (Risco, 1920: 22).

Pero fue Murguía quien elevó el hipotético celtismo de Galicia a la categoría de auténtico dogma histórico (Máiz, 1992: 108-109).

Murguía unía, a su importante categoría intelectual, el reconocimiento unánime de las más altas instituciones gallegas hacia su persona. Desde su puesto de Presidente de la Real Academia Gallega, junto al resto de los integrantes de la llamada cova céltica, institucionalizará el celtismo como una doctrina indisoluble de su modelo nacionalista. El y sus afines lograrán que el celtismo se oficialice al entrar a formar parte del himno gallego y que se convierta en dogma, símbolo y bandera de Galicia (Barreiro Fernández, 1993: 187).

En clara sintonía con su ideario celtista, Murguía será el primero en intentar, por todos los medios posibles, hacer coincidir el actual emplazamiento de las principales villas y ciudades de Galicia con antiguos asentamientos "célticos", con castros (Murguía, 1888). A la luz de la nueva ideología, ya no era tan honroso para una ciudad haber sido fundada por un héroe griego o un patriarca bíblico; ahora era preciso buscar unos fundadores más acordes con la nueva y peculiar forma de ver las cosas. Toda ciudad que se preciase tenía que tener su pasado celta, y si no había resto alguno que permitiese aventurar la presencia de un poblado castreño -siempre se ha identificado a los celtas con los habitantes de los castros- en su seno, pues se inventaba y asunto concluido. Esto es, ni más ni menos, lo que hace Murguía con Pontevedra, cuando critica la forma en que fue considerada colonia griega: "...tomando a los celenos por helenos, hicieron de una tribu céltica un pueblo griego..." (Murguía, 1888: 663; 1906: 142, 403), cuando afirma que la teoría de la fundación de la ciudad por Teucro fue inventada para mayor gloria de la población, y cuando no tiene inconveniente alguno en inventarse un "poderoso castro" en la colina donde hoy se alza la basílica de Santa María (Murguía, 1888: 664, 665 y 706).

Pese a todo ello, Murguía no rechazará para nada la supuesta presencia de colonias griegas y fenicias en Galicia -de hecho, sostiene que una de ellas se habría ubicado en la actual Pontevedra- porque ello no contravenía para nada sus postulados celtistas; así, sostiene que en la corona del "poderoso castro" de Santa María los griegos habrían establecido su tribunal sagrado, el prytaneo, y desde entonces el lugar habría adquirido la condición de terreno sacro cuyo epígono sería la actual basílica (Murguía, 1888: 706).

Desde el momento en que Murguía lanza la idea del "poderoso castro" y tribunal de Santa María, la ciudad pudo ya considerarse adornada con el preciado don de un origen céltico, máxime cuando de forma casi inmediata la ocurrencia fue asumida más o menos implícitamente por la Sociedad Arqueológica de Pontevedra (Sampedro Folgar, 1902: 100 y 250). Para todos estos historiadores -y para muchos de los actuales- Pontevedra habría nacido cuando una comunidad de raza y cultura celtas decidió edificar su poblado, su castro, en la colina de Santa María.

Así, uno tras otro, la mayor parte de los autores que desde entonces decidieron escribir sobre los orígenes de la ciudad repetirá, miméticamente, la historia del castro de Santa María y el tribunal-templo-foro-lugar sacro que lo coronaba (Filgueira Valverde, 1946: 11; 1947; 1963: 333-339; 1972: 171; 1973: 183; 1985: 133; 1988: 15; Sánchez Cantón, 1948: 210; 1963: 75; Filgueira Valverde y García Alén, 1959: 63; Rodríguez Figueiredo, 1970: 66; Pérez Fariña, 1985: 11; Méndez Martínez, 1988: 258; Caeiro González, 1995: 1.107; etc.). Poco importaba que se careciese de cualquier dato objetivo que permitiese hablar con la más mínima seriedad de un castro en la elevación de Santa María; bastaba con la autoridad de Murguía, la clasificación como romano de un fragmento de inscripción claramente moderna aparecido junto a la basílica (Sampedro Folgar, 1902: 100; García de la Riega, 1904: 539; Filgueira Valverde y D'Ors, 1955: 56; Baños Rodríguez, 1994: 343) y la sencilla, fácil y, sobre todo, poco conflictiva labor de copia sistemática y acrítica de los autores precedentes. Así se ha llegado, en el colmo de la fantasía histórica, a sumar al ya de por sí fantasmagórico castro de Santa María, otro más, también inventado, bajo el convento de San Francisco (Sánchez Cantón, 1963: 9; Rodríguez Figueiredo, 1970: 67; Filgueira Valverde, 1985: 133), "acrópolis" ésta ya apuntada de forma un tanto sutil en su día por Fita y Fernández-Guerra (1880: 22). Aunque suene duro, una buena parte de la historia local, al menos la que sigue gozando de mayor aceptación, tiene todo el aspecto de haber sido elaborada de forma semejante a la que acabamos de describir.

Sólo en fechas muy recientes, y todavía con escaso éxito, comienzan a ver la luz estudios que se cuestionan la existencia de estos castros fantasmas y, consiguientemente, de población prerromana en el solar que hoy ocupa la ciudad (Peña Santos, 1988: 8; 1992: 394; 1995: 51; Fortes Bouzán, 1993: 25; Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 18).

Con los datos actuales nadie que conozca mínimamente el mundo galaico prerromano puede plantearse a priori la posible existencia de poblados castrexos en los dos puntos en cuestión. No es sólo que jamás se haya localizado en ellos el menor resto material arqueológico castrexo pese a la gran cantidad de obras y remociones de tierras que se han llevado a cabo en el lugar -muchas de las cuales, las más recientes, hemos tenido la posibilidad de comprobar personalmente-, lo que ya debería ser argumento definitivo habida cuenta de la enormidad de restos materiales que dejaría un poblado de semejantes características; por si ello no fuese argumento suficiente, las corrientes actuales de la Arqueología Territorial aplicadas al mundo castrexo galaico apuntan en una dirección inequívoca: las características orográficas y paleoecológicas de las tierras que hoy ocupa la ciudad -sobre todo la capacidad de productividad agrícola-, hacen altamente improbable el asentamiento permanente en ellas de una comunidad con estructura económica y tecnológica de nivel prerromano.

Desde una perspectiva economicista, parece harto demostrada la vinculación directa de la inmensa mayoría de los poblados castrexos galaicos con las áreas de mayor productividad agrícola. Salvando, y no todos, los castros litorales -que explotarían con preferencia los recursos marinos- y los muy tardíos de las zonas mineras, el resto basaría su economía en una actividad agrícola de escaso desarrollo tecnológico sobre los terrenos de mayor capacidad (Carballo Arceo, 1990: 161-199; Peña Santos, 1992,a: 394; 1993; Bello Diéguez y Peña Santos, 1995: 161-162), y da la casualidad que el territorio por donde se extiende la zona histórica de nuestra ciudad carece de suficiente extensión de terrenos de alta capacidad (Díaz-Fierros y Gil Sotres, 1984) como para permitir el asentamiento de una comunidad humana de nivel económico y tecnológico prerromano, esto es, poco menos que de subsistencia.

Si a la carencia de buenas tierras -que sí abundan en la periferia de la ciudad, donde en efecto se conocen poblados castrexos- añadimos una topografía difícil, rodeada por el río y zonas de marisma, lejos de los lugares de vadeo, etc., y a todo ello sumamos la ya comentada ausencia total de restos materiales prerromanos, huelga decir que hoy por hoy no podemos ni tan siquiera aventurar la existencia de población prerromana -y mucho menos de recintos fortificados- asentada en el lugar donde se levanta la ciudad. Tampoco podemos pensar en la posibilidad de un castro de carácter marítimo con una actividad económica básica dirigida de manera preferente a la captación de los recursos propios del litoral si consideramos las características paleotopográficas y paleoecológicas de la zona, bien diferentes de las actuales, con un nivel de pleamar alrededor de dos metros más bajo que el actual; según ello, el espolón sobre el que hoy se asienta la zona antigua de nuestra ciudad estaría inmerso en un ambiente más fluvial que marítimo, con todas las consecuencias ecológicas que de ello se derivan. Una comunidad prerromana que dependiese en cierto grado de los recursos litorales y marinos, elegiría para asentarse un punto más al exterior de la ría, más próximo a los bancos marisqueros y más alejado de las marismas propias de los estuarios.

Según todo lo anterior, parece bastante claro que empecinarse en seguir manteniendo la idea de uno o más poblados castreños como origen de nuestra ciudad no deja de ser un mero ejercicio literario carente, al menos por el momento, de la menor confirmación.

La "Ad Duos Pontes" del Itinerario de Antonino

El llamado "Itinerario de Antonino" es un documento esencial para el conocimiento de la red principal de comunicaciones terrestres de época romana; en él aparecen reseñadas 372 vías terrestres, de las que 34 corresponden a Hispania y 3 al territorio galaico (Romero Masiá y Pose Mesura, 1987: 111-122). Estas últimas enlazaban los tres principales centros administrativos del NO peninsular: Bracara Augusta -la actual Braga-, Lucus Augusti -Lugo- y Asturica Augusta -Astorga-. Tanto el Itinerario como los otros documentos de la época referentes a las calzadas -la "Tabla de Peutinger", las "Tablas de barro de Astorga" y el "Anónimo de Ravenna" (Roldán Hervás, 1975; Caamaño Gesto, 1980: 93-105; 1984; 1987: 31-33; Arias Bonet, 1987; Naveiro López, 1991: 142)- señalan, en general, la existencia de tres vías principales entre Bracara y Asturica: la XVIII en forma directa y las XIX y XX que pasaban previamente por Lucus.

Del "Itinerario" no se conserva el documento original sino alrededor de veinte manuscritos copiados durante la Edad Media y que presentan ciertas variantes entre ellos. Es esta una de las razones por las que todavía se discute la época en que fue redactado el original, aunque las opiniones más autorizadas la sitúan en durante el reinado de Diocleciano, a finales del siglo III.

Según el "Itinerario", la vía XX, que enlazaba Bracara con Asturica pasando por Lucus, aparece jalonada por las siguientes "mansiones" -núcleos de población- y distancias en millas -m.p.: milia passuum- en la mayor parte de las copias conservadas:

423,6 ITEM PER LOCA MARITIMA A BRACARA

7 Asturicam usque:

8 Aquis Celenis..................... m.p. CLXV

424, 1 Vico Spacorum..................... stadia CXCV

2 Ad Duos Pontes.................... stadia CL

3 Grandimiro........................ stadia CLXXX

4 Atricondo......................... m.p. XXII

5 Brigantium........................ m.p. XXX

6 Caranico.......................... m.p. XVIII

7 Luco Augusti...................... m.p. XVII

425, 1 Timalino.......................... m.p. XXII

2 Ponte Neviae...................... m.p. XII

3 Uttaris........................... m.p. XX

4 Bergido........................... m.p. XVI

5 Asturica.......................... m.p. L

La presencia en esta calzada de dos mansiones consecutivas con nombres tan sugerentes como Vico Spacorum y Ad Duos Pontes indujo a la práctica totalidad de los autores que han tratado el tema de las vías romanas de Galicia a optar por el camino más fácil y acrítico identificándolas sin más con las actuales ciudades de Vigo y Pontevedra. Aunque ya de entrada parecería ciertamente sospechoso encontrar como primera localidad de la vía en su dirección Bracara-Lucus la denominada Aquis Celenis, que con total seguridad era el nombre romano de la actual Caldas de Reis, y que resultaba un tanto forzado un camino Braga-Caldas de Reis-Vigo-Pontevedra, los mismos autores volvieron a tirar por el camino de menor esfuerzo intelectual: el "Itinerario" estaba equivocado al señalar a Aquis Celenis antes de Vico y Duos Pontes. Y así, todos contentos.

Pero a pesar de todo, y como era de esperar, no hay dos historiadores que presenten una misma hipótesis para el trazado de esta vía a su paso por el territorio de la provincia de Pontevedra (Peña Santos, 1990-1991: 217-243); en realidad, en lo único en que están casi todos de acuerdo es en identificar las mansiones Vico Spacorum y Ad Duos Pontes con el Vigo y la Pontevedra actuales (Saavedra, 1863; Barros Sivelo, 1875: 168 y 215; Fita y Fernández Guerra, 1880: 21; García de la Riega, 1904: 359-360; Blázquez y Blázquez, 1923: 14; Monteagudo, 1951: 202; Filgueira Valverde, 1956: 15; Estefanía Alvarez, 1960: 54-61; Tranoy, 1981: 216-217; Torres, 1982: 233-234; Sá Bravo, 1984: 57-84; 1989; Caamaño Gesto, 1991: 400; Arias Vilas, 1992: 50), identificación, en el caso más concreto que ahora nos ocupa -Ad Duos Pontes con Pontevedra-, a la que se adherirá gozosa otra pléyade de autores en sus escritos sobre la historia de nuestra ciudad (Sarmiento, 1745: 145; 1753: 16; 1761: 164; 1764: 12; 1772: 6; González Zúñiga, 1846: 2; 1848; Madoz, 1849: 1.056; Fulgosio, 1867: 28; Faginas, 1880: 18-19; Murguía, 1888: 664; 1906: 403, 417, 614; Curioso, 1894: 52; Sampedro Folgar, 1902: 251; Fernández-Villamil, 1944: 9; Filgueira Valverde, 1931: 2, 43; 1946: 10, 16; 1947; 1973: 183; 1985: 133; Otero Pedrayo, 1954: 309; García Alén, 1956: 79; Sánchez Cantón, 1963: 6; Fortes Bouzán, 1986: 31; 1993: 27; Peña Santos, 1988: 9; Arias Vilas, 1991: 19; Armas Castro, 1992: 48; Caeiro González, 1995: 1.105-1.120; etc., etc.). De esta forma, Pontevedra quedará vinculada en toda la historiografía tradicional a la mansión romana Ad Duos Pontes de la vía XX Per Loca Maritima, "...criterio universalmente admitido", en palabras de Celso García de la Riega (1904: 339).

Ya hemos mencionado más arriba lo chocante que resulta ver cómo todos los autores que optan por la ecuación Pontevedra-Ad Duos Pontes salvan olímpicamente el obstáculo de la posición de Aquis Celenis -la actual Caldas de Reis- suponiendo sin más un error en el "Itinerario"; o cómo pasan por alto las distancias que el documento establece entre las distintas mansiones, claramente disparatadas si se intenta equipararlas con las reales entre las localidades que se ha logrado identificar. Nada de ello fue obstáculo digno de demasiada consideración, y tanto Vico Spacorum com Ad Duos Pontes serán sistemáticamente relacionados con las actuales Vigo y Pontevedra.

Naturalmente, para todos esos autores, si la vía XX Per Loca Maritima pasaba por Vigo y por Pontevedra más o menos próxima al litoral, la vía XIX, que según el "Itinerario" enlazaba las mansiones Tude -sin lugar a dudas la actual Tui-, Aquis Celenis -Caldas de Reis- e Iria -Iria Flavia- cruzando el actual territorio de la provincia de Pontevedra, como más adelante veremos en detalle, necesariamente habría de atravesar un territorio alejado de aquélla, discurriendo por un paisaje interior sumamente montañoso. Esto es algo que parece absurdo desde cualquier punto de vista logístico, máxime teniendo en cuenta que a muy poca distancia se abría el pasillo natural de la Depresión Meridiana. Todo ello ha provocado un verdadero caos en los trazados propuestos para la red viaria romana del Noroeste.

Si, como vemos, la mayor parte de los autores ha seguido este camino -a nuestro juicio, equivocado-, otros, los menos, se dieron pronto cuenta del problema y ofrecieron soluciones más lógicas aunque con escaso, o nulo, éxito. El primero fue López Ferreiro, para quien la vía XIX Per Loca Maritima arrancaría de Aquis Celenis -Caldas de Reis- como indica el "Itinerario", para adentrarse en territorio coruñés, situándose en esta provincia, por consiguiente, las mansiones Vico Spacorum y Ad Duos Pontes, ésta concretamente en los alrededores de Noia (López Ferreiro, 1882: 337, 1898: 273). Seguirán en lo fundamental al sabio canónigo compostelano P.Rodríguez (1883: 141 y 157), Carré Aldao (1935: 271-272), Bouza Brey (Arias Bonet, 1987: 33), Peña Santos (1990-1991: 217-244; 1992: 391-402), Naveiro López, (1991: 146) y, en parte, Arias Bonet (1987: 63).

Abundando más en el tema, es interesante constatar la existencia de un más que probable error de transcripción en los códices del "Itinerario": la mansión Vico Spacorum sería en realidad Vicos Caporum, en clara referencia a los Caporos, la comunidad que, según Plinio (Nat.Hist., IV,11) y Ptolomeo (Geografía, II,6,23) se asentaría aproximadamente entre el río Sar y Caldas de Reis (Romero Masiá y Pose Mesura, 1987: 69). Esta idea fue propuesta en 1935 por Carré Aldao: "El error de achacar a Vico Spacorum como la hoy ciudad de Vigo, consiste, en nuestro concepto, en la falsa lectura de spacorum por capororum, pues el territorio de los cáporos era la península del Barbanza" (Carré Aldao, 1935: 271), y reiterada de forma un tanto vehemente por Bouza Brey en carta a Arias Bonet fechada en abril de 1964: "... y sigue después (la vía XX) por toda la gran península que cierra la ría de Arosa por la parte del Océano. Allí Vico Spacorum (un hallazgo: Vico Spacorum no es sino VICOS CAPORUM, "las aldeas de los Cáporos" de Plinio, como fácilmente se comprende); allí, AD DUOS PONTES; allí GRANDIMIRUM... todo a la orilla del mar, pegadito al Océano Atlántico. Nada de identificarlos con Vigo, ni con Pontevedra, ni zarandajas semejantes!" (Arias Bonet, 1987: 33). Algo muy semejante a lo que partiendo del análisis filológico afirmará poco tiempo después Moralejo Lasso (1973: 198). Pero a pesar a todo, la práctica totalidad de los autores permanecerá y permanece todavía apegada, como ya hemos dicho, a la ecuación Pontevedra-Ad Duos Pontes-Per Loca Maritima.

Como era de esperar, algunos partidarios de la identificación de Pontevedra con la mansión Ad Duos Pontes se sintieron en la obligación de identificar convenientemente esos dos puentes que, según su planteamiento, habrían dado nombre a la mansión romana. En lo que todos coinciden es en suponer que uno de los dos puentes sería el actual de O Burgo; las diferencias surgirán a la hora de identificar el segundo, de manera que para el P.Sarmiento (1753: 16) y Murguía (1888: 664) sería el de Pontesampaio sobre el río Berduxo, para González Zúñiga (1846: 17) y Filgueira Valverde (1946: 10) la Pontenova o A Goleta sobre el río Tomeza o Gafos, para García de la Riega (1904: 311) -a quien siguen Alvarez Limeses (1936: 163) y Pérez Fariña (1985: 19-20)- sería también el de O Burgo sobre el Lérez pero con una disposición original en L muy abierta, para Faginas (1880: 20-21) y nosotros mismos en su día el de Ponte do Couto o el de Ponte Bolera sobre el Tomeza (Peña Santos, 1988: 11-12), hasta llegar a la reciente sugerencia de Fortes Bouzán (1986: 33-34; 1993: 32-33), que recoge algo ya apuntado hace más de un siglo por Fita y Fernández-Guerra (1880: 22): un puente desaparecido en el lugar donde hoy se levanta el de A Barca, sobre la ría. Como más adelante veremos, dado que en nuestra opinión la mansión romana Ad Duos Pontes y la vía romana Per Loca Maritima nada tienen que ver con nuestra ciudad, huelga seguir embarcados en la estéril búsqueda de un segundo puente que nunca existió.

El presunto campamento legionario romano

De entre las diferentes propuestas sobre la historia más remota de nuestra ciudad, sin duda una de las más pintorescas fue planteada por Filgueira Valverde en 1947 y reiterada en fechas posteriores (Filgueira Valverde, 1947; 1972: 171; 1973: 181-185; 1985: 133; Sánchez Cantón, 1963: 75): el primitivo castro habría quedado posteriormente integrado dentro de un recinto campamental romano, "anterior a la reforma de Mario", emplazado para dar asiento a una colonia militar de veteranos y cuyo trazado se dejaría entrever en el entramado urbanístico de la zona monumental de la ciudad: "...es simplemente la perduración de un plano campamental romano, del tipo anterior a la reforma de Mario; al lado del núcleo marinero y utilizando el viejo castro; la Pontevedra de murallas adentro fue un día trazada por los "gromatici" y nació, como tantas otras ciudades, para dar asiento a una colonia militar".

Esta teoría es fácilmente descartable (García Alén, 1956: 79; Peña Santos, 1988: 15; 1992: 394-395; 1995: 53; Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 23) si consideramos, en primer lugar, que la topografía de la zona no es ni mucho menos la más adecuada para el emplazamiento de un campamento militar romano, máxime si éste se concebía con unas previsiones de permanencia; en segundo lugar, de haber existido tal campamento, su sóla presencia originaría un volumen de restos materiales de gran envergadura -construcciones, fragmentos de tégulas y de cerámicas, objetos diversos- que se contradice frontalmente con la parquedad de los hallazgos romanos llegados a nuestros días; en tercer lugar, es altamente improbable que las diferentes ampliaciones experimentadas por el burgo medieval entre los siglos XII y XV fueran a coincidir puntual y sospechosamente con las estructuras arquitectónicas campamentales; en cuarto lugar, porque es precisa cierta dosis de imaginación para intentar rastrear huellas de la rigurosa organización urbanística de sistema ortogonal propia de los campamentos romanos en la disposición flagrantemente medieval del entramado urbano de la zona monumental pontevedresa; y en quinto lugar, algo definitivo: si, como afirma la teoría en cuestión, el tal supuesto campamento era "anterior a la reforma de Mario", y el cónsul romano había procedido a la modificación del ejército en los años finales del siglo II a.C., resultaría que dentro de los límites de nuestra ciudad habría existido un campamento militar romano, de carácter permanente, aproximadamente un siglo antes de que el territorio galaico pasase a formar parte del Imperio romano, algo que nos parece muy difícil de aceptar a no ser que en la base argumental de la teoría subyazca aquélla curiosa confusión de multitud de autores antiguos entre la Lambriaca de Pomponio Mela y la indómita Talabriga, ciudad esta última que al decir de Appiano se reveló en varias ocasiones durante la expedición de Décimo Iunio Bruto en el 137 a.C. a tierras galaicas (Murguía, 1905: 299-307; etc.) y que la moderna investigación sitúa en área lusitana próxima a la desembocadora del Vouga, cerca de Aveiro (Alarçao, 1990: 348); si estuviésemos en lo cierto, volveríamos a encontrarnos ante una sutil utilización de la Historia para magnificar los orígenes de nuestra ciudad.

En resumidas cuentas, parece que lo más sensato, a la vista de los datos contrastados disponibles en la actualidad, es que actuemos de igual manera que en el caso del/los hipotéticos castros y pongamos en prudente cuarentena cualquier relación entre los orígenes de nuestra ciudad y un campamento militar romano.

La hipótesis actual: TUROQUA y la vía romana XIX

Más arriba hemos puesto especial énfasis en la poca atracción que parecen haber ejercido las tierras en las que se levanta en la actualidad el núcleo histórico de nuestra ciudad sobre las comunidades humanas prerromanas, sin duda por sus características geomorfológicas y por su escasa productividad agrícola. La ausencia de hallazgos arqueológicos de cronología anterior a la romanización parece ratificar esta idea.

La cosa, sin embargo, cambia cuando trasladamos nuestro análisis al territorio inmediato a la ciudad, donde sí son frecuentes los terrenos de alta capacidad productiva, y en los que abundan los testimonios materiales de la presencia humana desde la más remota antigüedad (Filgueira Valverde y García Alén, 1955: 31-45; 1956; 1959: 19-97; 1975: 57-88; 1978: 49-130).

Sin duda esta presencia arranca en un momento temporal muy poco concreto pero que podría establecerse de forma aproximada hace alrededor de 100.000 años, cuando pequeñas bandas de cazadores-recolectores con un nivel de organización social apenas incipiente recorrerían el territorio aprovechando sus recursos naturales. Varios artefactos de piedra tallada y forma bifacial localizados casualmente en Poio y en Lourizán nos hablan de esta arcaica presencia humana en los alrededores de nuestra ciudad.

El lento proceso de transformación de las comunidades humanas de cazadoras-recolectoras en productoras de alimentos, que la bibliografía tradicional denomina Neolítico, parece iniciarse en el área galaica hacia el V milenio a.C. (Bello Diéguez y Peña Santos, 1995: 81) con la aparición progresiva en los análisis palinológicos de pólenes de cereal y la irrupción en el paisaje de un fenómeno tumular de carácter funerario que se conoce como Megalitismo.

Las comunidades humanas del Neolítico galaico, todavía con un régimen económico que implicaba una cierta movilidad y poca estabilidad del hábitat, practicaban una agricultura incipiente basada en la deforestación y posterior fertilización del terreno mediante quema controlada de la vegetación. Se trata de un sistema semejante al conocido como roza o estivada, que supone el rápido agotamiento de la capacidad productiva del suelo favoreciendo al tiempo la erosión y obligando a la repetición del proceso en otro lugar.

La evidencia más clara y numerosa dejada por la presencia humana durante este período de nuestra Prehistoria está constituida por el fenómeno tumular megalítico: millares de túmulos funerarios festonean el territorio galaico en una clara muestra de la amplia distribución territorial de las primeras comunidades agrícolas.

Estos túmulos, conocidos en Galicia con diversos nombres -mámoas, medorras, medoñas...- escondían en su interior una cámara funeraria de mayores o menores dimensiones edificada con losas de piedra, conocida generalmente con el nombre de dolmen -en Galicia arca, anta, casota...-, y que funcionalmente servía como una suerte de panteón funerario donde se inhumaban los miembros de una determinada "familia" -o sólo ciertos indivíduos-, acompañados por los ajuares funerarios correspondientes. Ni una sóla de estas cámaras se ha visto libre de profanación y mayor o menor destrucción por los buscadores de tesoros. Las agrupaciones tumulares más próximas a nuestra ciudad se ubican en el Montecelo de Poio, en las proximidades de la parroquial de Campañó y en el lugar de Os Campiños junto al límite con el municipio de Pontecaldelas (Filgueira Valverde y García Alén, 1978: 49-130). En dos túmulos de este último complejo se practicaron recientemente excavaciones arqueológicas de urgencia con ocasión de los trabajos de preparación del terreno para la instalación de un polígono industrial, documentándose los restos de un interesante ajuar funerario integrado por fragmentos cerámicos, alguna punta de flecha de piedra tallada, etc.; los resultados de estas excavaciones, dirigidas por J.M.Rey García, permanecen por el momento inéditos. Sí ha sido publicada la excavación del pequeño túmulo del Monte de Mon, situado sobre el lugar de Campelo en Poio, que cobijaba una interesantísima cámara rectangular enmarcada por un cinturón lítico; ésta cámara había sufrido reiteradas profanaciones por buscadores de tesoros, motivo por el que no se pudo localizar resto alguno del ajuar funerario (Peña Santos, 1984: 75-84).

Las comunidades megalíticas parece que ya albergaban en su seno los primeros atisbos de organización social de tipo desigual; sin embargo, será durante la fase terminal de ese período, a finales del III Milenio a.C., cuando se harán evidentes los indicios más claros de estructuración social, algo que vendrá emparejado con la introducción de la primera metalurgia -cobre, oro, plata- y con un clarísimo desarrollo de las fuerzas productivas.

La aparición en el registro arqueológico de esta época de evidencias de un nuevo ritual funerario de carácter individual frente al colectivo propio del Megalitismo, y el hecho de que estos personajes que se entierran de distinto modo que el resto de la comunidad se acompañen de ajuares funerarios mucho más ricos, en los que suele aparecer el metal -armas de cobre, joyas de oro y plata- nos habla de la eclosión de la desigualdad social: las comunidades de los primeros tiempos de la Metalurgia parece que se organizaban socialmente en torno a la desigualdad; en su seno surgirán indivíduos con mayor riqueza y, seguramente, al tiempo mayor rango y poder, que se servirán de la exhibición y ostentación de signos muy concretos de estatus -armas de metal, adornos de oro y plata- para manifestar y afirmar su poder.

En la base de estas transformaciones sociales está un desarrollo económico palpable. Se introducen durante esta época nuevos cultivos y nuevas tecnologías que van a permitir la puesta en explotación de nuevos territorios y a generar mayores, mejores y más diversas cosechas; al tiempo, se establecen relaciones de intercambio con zonas a gran distancia, generalmente atlánticas, poniendo las bases de lo que siglos más tarde será la comunidad atlántica de la Edad del Bronce. Es decir, se entra en una dinámica expansiva en todos los órdenes de la que son buena muestra tanto las transformaciones que acabamos de reseñar como la irrupción paralela de un fenómeno tan peculiar como es el definido por la cerámica de tipo campaniforme.

Tampoco parece ajeno a esta nueva realidad social algo de apariencia tan inocente como es el arte rupestre al aire libre. Característicos del área costera galaica, con preferencia de la zona de las Rías Baixas, los magníficos petroglifos galaicos constituyen un testimonio cultural de extraordinaria relevancia no sólo por sus indudables cualidades estéticas sino por ser la única producción genuinamente galaica de la Prehistoria y por la información de índole social que ofrecen.

Los dos grandes bloques temáticos que caracterizan la iconografía principal de los grabados rupestres galaicos: geométrico -combinaciones circulares, puntos, espirales, cuadrados, laberintos...- y naturalista -ciervos, caballos, serpientes, seres humanos, antropomorfos, armas, ídolos...- nos ilustran con relativa claridad sobre la organización social de la comunidad autora de este fenómeno artístico. Así, del complejísimo mundo de las figuras geométricas parece deducirrse la existencia de ciertos indivíduos capaces de desentrañar las claves simbólicas de este lenguaje y de actuar de intermediarios con las divinidades, algo que sin duda les haría gozar de mayor o menor rango y poder en el seno de la comunidad; al tiempo, en las figuras de armas y en las escenas muy concretas de caza y equitación son evidentes, por un lado, los más claros emblemas de estatus de los personajes más destacados y, por otro, las actividades no productivas pero de gran prestigio propias de los estamentos privilegiados de la sociedad. Ambas vías de análisis del arte rupestre, entre otras muchas, nos han permitido integrarlo plenamente en la sociedad de los primeros tiempos de la Metalurgia como discurso de poder dentro del conjunto de resortes ideológicos de los grupos dominantes, poniendo de relieve los mismos elementos que nos muestra el registro arqueológico de una sociedad en clara expansión (Peña Santos y Rey García, 1993: 11-50).

La comarca pontevedresa abunda en testimonios de los primeros tiempos de la Metalurgia, sobre todo en lo que se refiere a complejos de grabados rupestres. Dos hachas planas de cobre, una tal vez procedente de Lérez (Monteagudo, 1977, n 18), y la restante localizada en un lugar indeterminado de los alrededores de Mourente (Monteagudo, 1977, n 302), son por el momento los únicos testimonios de la más temprana metalurgia galaica. Asentamientos con cerámicas campaniformes todavía no excavados se han detectado en el Montecelo de Poio y en Navalexos, cerca del campamento de Figueirido. Pero serán sin duda los abundantes complejos de arte rupestre al aire libre el testimonio más espectacular de la presencia de estas comunidades humanas pese al vergonzoso estado de abandono y deterioro -muchos han desaparecido recientemente- en que a duras penas sobreviven pese a su consideración legal de Bienes de Interés Cultural, teóricamente el más alto grado de protección legal posible. No en vano, nuestra ciudad se ubica en el verdadero centro neurálgico del área de dispersión geográfica de los complejos rupestres galaicos (Sobrino Buhigas, 1935; García Alén y Peña Santos, 1980).

Numerosos son los petroglifos existentes en los alrededores del cuartel de Figueirido, entre los que destacan los diseños laberínticos del Outeiro das Laxes, las complejas combinaciones de círculos concéntricos del Outeiro dos Apañados y el diseño antropomorfo del Outeiro da Mina; en el lugar de Carramal, en Salcedo, el Penedo de Vilar de Matos muestra un atractivo conjunto de grabados integrado por numerosas combinaciones circulares y puntos, al igual que el del Outeiro do Mato das Cruces y el muy deteriorado del patio del Grupo Escolar de Placeres.

Por su espectacularidad y abundancia, los petroglifos del Montecelo en Poio son mundialmente conocidos; entre ellos, la gran Laxe das Lebres nos muestra varias decenas de ciervos, muchos de ellos provistos de hermosa cornamenta, y algunas escenas de equitación, en tanto que la Pedra Grande de Montecelo constituye por sí misma uno de los testimonios más sorprendentes de la temática de estilo geométrico de todo el arte rupestre galaico con sus numerosas y variadas combinaciones circulares, tema éste presente asimismo en otros complejos menos espectaculares pero también muy interesantes como la Laxe das Picadas o la Laxe do Xugo. Es lástima que haya desaparecido, creemos, una magnífica roca con los únicos diseños de armas -alabardas y puñales- de la comarca pontevedresa, que se emplazaba cerca de las anteriores. Por fin, también en Poio existió hasta hace relativamente poco un extraordinario conjunto de grabados de tipo geométrico en el Outeiro do Carballiño, del que apenas sobrevive un mínimo fragmento.

Junto a los anteriores, multitud de rocas con grabados rupestres sobreviven en difíciles condiciones o han sido recientemente destruidas en las parroquias de Campañó, Salcedo, Lérez, S.Salvador de Poio, S.Andrés de Xeve o Tenorio ante la total pasividad de los organismos encargados de velar por la salvaguarda del patrimonio cultural.

Es muy posible que debamos considerar íntimamente relacionada con el mundo final del Megalitismo y con los cambios estructurales de los primeros tiempos de la Metalurgia la extraordinaria estela descubierta recientemente en una necrópolis altomedieval inmediata a la iglesia parroquial de S.Salvador de Poio, reaprovechada como tapa de una sepultura. De más de dos metros de longitud, sobre una de sus caras presenta grabada una figura humana vestida con amplia túnica de pliegues geométricos en zig-zag y manos muy marcadas junto con diseños ondulantes, todo ello de gran esquematismo. Es lástima que el monolito esté mutilado a la altura del cuello de la figura; no obstante, se trata sin lugar a dudas de un testimonio de valor inapreciable que espera su estudio en profundidad.

Durante gran parte del II Milenio a.C., el ritmo de desarrollo de las comunidades galaicas parece entrar en una fase de recesión. Salvo la aparición casual de algunos útiles metálicos como el hacha plana de filo desenvuelto localizada en un punto inteterminado del municipio de Poio (Monteagudo, 1977: n 711), que ponen de manifiesto la adopción de la metalurgia del bronce y el mantenimiento de cierto grado de contactos exteriores (Bello Diéguez y Peña Santos, 1995: 147-148), la realidad es que ni las costumbres funerarias ni el arte rupestre, entre otras cosas, parecen haber sobrevivido durante esta fase oscura de la Edad del Bronce; de hecho, se desconocen por el momento restos de asentamientos vinculables con claridad a la misma. Todo parece dar a entender que, por las causas que fuesen, el territorio galaico -y en general todas las tierras europeas de la fachada atlántica- entró en un proceso de recesión económica y demográfica, volviendo las comunidades a un régimen más móvil de explotación del medio natural.

Este estado de cosas parece sufrir un cambio a partir de los siglos finales del II Milenio a.C.. Se cree que la expansión occidental de los grupos continentales de Campos de Urnas y, sobre todo, la demanda mediterránea de materias primas -preferentemente el estaño atlántico-, habrían favorecido la aparición a todo lo largo de la fachada atlántica europea de una serie de focos culturales más o menos interrelacionados según un modelo que algunos autores han definido como "de relaciones entre sistemas políticos similares". Uno de estos focos sería el galaico, y su mayor o menor categoría vendría condicionada tanto por su carácter de productor de alguno de los bienes intercambiados como por su posición estratégica como punto adecuado para la redistribución de las mercancías. El área galaica parece quedar durante esta fase, por primera y única vez a lo largo de la Prehistoria, integrada de lleno dentro de la presunta koiné comercial y cultural atlántica.

Como ya hemos tenido ocasión de avanzar líneas arriba, los circuitos atlánticos de intercambio de la fase de plenitud de la Edad el Bronce no sólo se cree que interconectarían las diferentes áreas productoras y/o distribuidoras de la Europa Oceánica sino que, lo que sin duda es esencial, las pondrían en relación con los países mediterráneos. Productos atlánticos alcanzarán el Mediterráneo Central, de donde sin duda no sólo se recibirían mercancías muy concretas sino buena cantidad de novedades de carácter tecnológico y, sobre todo, ideológico, que sin duda habrán tenido una enorme trascendencia social al ser asimiladas por las élites locales y actuar como dinamizadoras de una sociedad al parecer claramente jerarquizada y en plena expansión.

Muestra clara de la intensa ocupación de las tierras de la comarca pontevedresa en esta etapa de plenitud de la Edad del Bronce son los numerosos hallazgos casuales de "hachas" de bronce producidos en los alrededores de la ciudad. Entre todos ellos brilla con luz propia el enorme "depósito" localizado en 1946 perfectamente apilado bajo tierra en el lugar de Ladróns próximo al litoral de la feligresía de Samieira en Poio (Monteagudo, 1977: n 1.470, 1.498-1.553, 1.572-1.645, 1.655-1.669 y 1684). Estaba integrado en origen por unas ciento setenta "hachas" de bronce de la variedad de tope con anillas, una producción masiva cuyo destino final desconocemos aunque se supone que se encontraban dispuestas para su "comercialización", pero que informa sobre la extraordinaria actividad y dinamismo de los talleres metalúrgicos locales, perfectamente integrable dentro de las características generales de las comunidades europeas de la orla atlántica en la fase álgida de la Edad del Bronce. El depósito de Samieira es, sin lugar a dudas, uno de los hallazgos arqueológicos más conocidos del área galaica, presente con asiduidad en la bibliografía europea sobre la Edad del Bronce.

Otros conjuntos interesantes, si bien cuantitativamente mucho menores que el de Samieira, son el localizado en fechas relativamente recientes en Berducido, integrado por una decena de "hachas" muy parecidas a las de Samieira, o el de Barcia, en Marcón, compuesto por dos "hachas" de tope con una sóla anilla (Monteagudo, 1977: n 1.333 y 1.459), sin olvidar el hallazgo, casual como los anteriores, de un "hacha" tubular de una anilla en los alrededores de Lérez (Monteagudo, 1977: n 1.747). También en Marcón hay referencias al hallazgo de un lote de cuatro hachas de tope y anillas hoy en paradero desconocido, y a la aparición en el lugar de Areda de la mitad inferior de un hacha de tope con anillas (Monteagudo, 1977, n 1.646).

Mucho se ha discutido en relación con la posible funcionalidad de las "hachas" de tope y anillas propias de los momentos finales de la Edad del Bronce habida cuenta de su palpable fragilidad, algo totalmente impropio de un objeto al que en principio se supondría una finalidad utilitaria de carácter mecánico. Esta inutilidad parece derivarse de los elementos y proporciones presentes en las aleaciones empleadas, en las que seguramente para ahorrar el estaño y el cobre imprescindibles para la fundición de bronce, ambos componentes se sustituyen en mayor o menor proporción por plomo, con lo que el objeto así fundido pierde gran parte de su resistencia mecánica. Dando por supuesto que muy dificilmente las "hachas" de tope y anillas pudieron haber sido empleadas como verdaderas hachas, buscar una explicación lógica no parece tarea sencilla si además contamos con la evidencia de su producción masiva y su enorme dispersión geográfica -incluso hasta el Mediterráneo Central-. Desechada totalmente la hipótesis de que se trate de lingotes por su complejidad formal y por lo poco práctico que parece elaborar lingotes con metales ya aleados, hoy se barajan hipótesis de carácter simbólico para entender la existencia de estas piezas, que por su abundancia han caracterizado desde la perspectiva arqueográfica los tiempos finales de la Edad del Bronce en las tierras atlánticas europeas.

Estudios recientes apuntan que esta fase de expansión de las comunidades atlánticas va a tocar a su fin cuando a partir del siglo VIII los circuitos de intercambio caigan en manos de los fenicios, que introducirán en el mercado los primeros objetos de hierro y nuevos modelos comerciales que darán al traste con el sistema tradicional. El resultado será la disolución de las relaciones entre las diferentes comunidades atlánticas y la entrada en una era de aislamiento; desde ahora, esas comunidades van a evolucionar de manera independiente, y sus únicos contactos con el exterior estarán canalizados por los navegantes fenicios.

El área galaica entrará en esta fase de aislamiento en medio de una extraordinaria transformación interna. Los contactos exteriores mantenidos durante la Edad del Bronce habrían posibilitado la arribada a estas tierras de novedades de todo tipo, entre las que destacaremos las ligadas a los sistemas de explotación agraria: nuevos cultivos, nuevas formas de cultivo y nueva tecnología. La adopción de estas novedades por las comunidades galaicas más receptivas les habría permitido abandonar en parte aquellos sistemas tradicionales de explotación del medio que les impedían levantar asentamientos estables; la llegada desde el Mediterráneo de las leguminosas y de nociones básicas de barbecho y abonado habría facilitado la explotación sistemática e ilimitada de los mismos terrenos, de modo que esas comunidades podrían a partir de ahora edificar poblados con unas mínimas condiciones de estabilidad. Según este modelo interpretativo, estamos ante el paso del campamento a la aldea, ante la aparición de los primeros castros, un tipo de asentamiento que definirá todo un proceso cultural absolutamente peculiar de la Edad del Hierro del área galaica; un proceso que hunde sus raices, como hemos dicho, en la dinámica expansiva de la Edad del Bronce, pero que se desarrollará durante una fase de casi total aislamiento, de ahí que sus características más acusadas sean únicas y peculiares del área galaica, sin reflejos en el exterior; un proceso, en suma, flagrantemente autóctono y en el que, pese a todo lo que se ha venido afirmando desde el surgimiento de la historiografía romántica, no se detecta para nada la presencia de elementos étnicos foráneos y mucho menos célticos (Peña Santos, 1992,a; 1993; Bello Diéguez y Peña Santos, 1995: 157-158).

Para edificar sus primeros poblados estables, las comunidades galaicas elegirán colinas facilmente defendibles con una visión directa e inmediata sobre los mejores terrenos de cultivo. Aunque dispondrán de cierto grado de estructuras defensivas en forma de terraplenes y muros, estas minúsculas aldeas que conocemos con el nombre de castros servirán de alojamiento y protección -en el más amplio sentido del término- a una no menos minúscula comunidad de campesinos relativamente jerarquizada y muy posiblemente unida por vínculos directos de sangre, autárquica e inmersa en una etapa de estancamiento económico general y de aislamiento, con unas formas de vida poco menos que de subsistencia. Oscuras comunidades campesinas que nada tienen que ver con esa idílica sociedad neorromántica pancéltica llena de dioses, reyes, druidas, hadas y guerreros que bastantes autores actuales proponen con excesivas dosis de optimismo y alegría a los incautos lectores.

Más arriba hemos comentado con detalle por qué creemos que es altamente improbable la ubicación de un poblado castrexo en el terreno donde se levanta nuestra ciudad, de modo que no insistiremos en el tema. Hasta hoy, sólo conocemos la existencia de un castro de época claramente prerromana en las proximidades de la ciudad: el llamado Monte das Croas en la feligresía de Salcedo.

Lugar donde se ha recogido una buena colección de leyendas de tipo tradicional (Murguía, 1888: 68-7O; Carré Alvarellos, 1977), el Monte das Croas es un espolón en medio de la ladera oriental de las estribaciones de la península del Morrazo sobre la Depresión Meridiana, rodeado de terrenos de gran potencial agrícola. La entidad de población más próxima es el lugar de Birrete, curioso topónimo tal vez derivado de la forma topográfica del castro. Tras un sondeo de urgencia dirigido por Víctor Barbi Alonso en 1992 a raíz de la aparición el año anterior de un monolito que en un principio se tomó por menhir, en 1993 realizamos una primera campaña de excavaciones, con el aval del Museo de Pontevedra y la colaboración de la Comunidad de Montes Vecinales en Mano Común de Salcedo, que se integraba en un ambicioso proyecto de investigación y recuperación patrimonial que no ha podido tener continuidad al haber suprimido desde entonces la Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia los planes de investigación arqueológica en beneficio, según se dice, de la arqueología de gestión o de salvamento.

Pese a la parquedad de información que supone una única campaña, la excavación sirvió al menos para poner de manifiesto la existencia de un poblado castreño de extraordinario interés datable aproximadamente en el siglo VII a.C. (Peña Santos, 1994: VI-VII). Dispone de restos de estructuras habitacionales de mampostería con planta curva, y se rodea por, al menos, una línea de muralla de mampostería de relativo espesor construida con magnífica técnica. Los fragmentos de recipientes de cerámica y de piezas de bronce documentados se inscriben sin dificultad alguna en el ámbito del mundo castrexo de la fase formativa transicional entre las Edades del Bronce y del Hierro. Pero al interés intrínseco del yacimiento hemos de sumar un detalle singular: el poblado fue abandonado mientras se estaba todavía edificando, por lo que además de averiguar las causas por las que la población decidió dejar el lugar, la información que podrían suministrar las excavaciones en cuanto a los sistemas de construcción castrexos de la primera época parece considerable. Tal vez en el futuro cambien las cosas y podamos retomar la investigación de tan interesante yacimiento.

Habrá que esperar a la segunda mitad del siglo I a.C., con el área galaica ya integrada de lleno en el Imperio Romano, para localizar nuevos asentamientos castrexos en los alrededores de la ciudad. Nada parece indicar en principio que alguno de estos poblados se haya formado en tiempos anteriores; antes bien, los castros de Campañó, Lérez, Berducido, Mourente, San Cibrán, Tomeza y Salcedo, que rodean la ciudad, aunque jamás han sido objeto de la menor excavación oficial, parecen responder a a todas luces a esa intensa y racional reorganización territorial que Roma parece establecer en el territorio galaico -o al menos en zonas muy concretas- durante los primeros tiempos de dominación y que supone una sistemática puesta en explotación de los recursos del medio natural (Bello Diéguez y Peña Santos, 1995: 173). Es la fase castrexo-romana, que perdurará hasta su más o menos rápida transformación a partir de los años finales del siglo I de nuestra Era, y durante la cual el mundo castrexo galaico alcanzará sus mayores niveles de desarrollo en todos los ámbitos con excepción del de la independencia en sentido estricto.

El control y la explotación de los recursos del territorio hacían imprescindible para Roma el disponer de unas vías de comunicación aceptables, tanto marítimas como terrestres. Inmediatamente después de la integración en el Imperio, Roma establecerá tres centros urbanos de carácter administrativo en el NO de la Península: Lucus Augusti -Lugo-, Asturica Augusta -Astorga- y Bracara Augusta -Braga-, que enlazará por medio de otras tantas calzadas principales: una directa Bracara-Asturica -la XVIII del "Itinerario de Antonino"- y dos pasando previamente por Lucus -la XIX y la XX Per Loca Maritima-, como ya hemos mencionado más arriba.

No insistiremos más en el dichoso tema de la vía romana XX Per Loca Maritima, pues creemos haber dejado bien claro que en nuestra opinión nada tienen que ver con nuestra ciudad ni la propia calzada ni la mansión Ad Duos Pontes con ella relacionada. Otra vía cruzaba nuestra provincia y sobre ella haremos hincapié a continuación: la XIX, que el "Itinerario de Antonino" recoge de esta forma:

429,4 ITEM A BRACARA ASTURICAM...m.p. CCXCVIIII, sic:

6 Limia.........................m.p. XVIIII

7 Tude..........................m.p. XXIIII

430, 1 Burbida.......................m.p. XVI

2 Turoqua.......................m.p. XVI

3 Aquis Celenis.................m.p. XXIIII

4 Tria..........................m.p. XII

5 Assegonia.....................m.p. XIII

6 Brevis........................m.p. XXII

7 Marcie........................m.p. XX

8 Luco Augusti..................m.p. XIII

9 Timalino......................m.p. XXII

10 Ponte Neviae.................m.p. XII

11 Uttaris......................m.p. XX

431, 1 Bergido.......................m.p. XVI

2 Interamnio Fluvio.............m.p. XX

3 Asturica......................m.p. XXX

Observamos que esta vía partía de Bracara Augusta -Braga- en dirección N pasando por varias localidades claramente identificables: Limia -Ponte de Lima-, Tude -Tui-, Aquis Celenis -Caldas de Reis- y Tria -en otros códices Iria, es decir, la actual Iria Flavia- hasta llegar a Lucus -Lugo- y proseguir hacia Asturica -Astorga-. Nuestro interés ha de centrarse, pues, en el tramo entre Tude e Iria, es decir, en el trayecto recorrido por esta calzada dentro de la actual provincia de Pontevedra.

Cuando más arriba desechábamos la relación entre nuestra ciudad y la mansión Ad Duos Pontes de la vía XX Per Loca Marítima, hacíamos también hincapié en los trazados ciertamente absurdos propuestos por la mayor parte de los autores para la ubicación de la vía XIX al creer que la XX discurría más o menos pegada al litoral de la actual provincia; ello les obligaba a suponer que la XIX, en el tramo entre Tui y Caldas de Reis o Iria Flavia, discurriría por la zona montañosa interior, precisamente por el lugar menos recomendable según esa racionalidad implacable de que los romanos hacían gala a la hora de trazar sus vías principales de comunicación, dando clara prioridad a las razones estratégicas.

Separado como hemos la vía XX de la costa pontevedresa y, por supuesto, de nuestra ciudad, el problema desaparece y podemos acudir a lógica más simple: la que permiten el análisis de los factores logísticos y estratégicos, las características topográficas del territorio y los hallazgos arqueológicos.

Sólo razones poderosísimas de fuerza mayor obligarían a los técnicos romanos a desechar para el trazado de una vía principal entre Tui, Caldas de Reis e Iria las inmejorables condiciones topográficas que ofrece la llamada Depresión Meridiana que se abre, precisamente, entre esas localidades siguiendo una dirección marcadamente rectilínea S-N y por la que discurre la moderna red de comunicaciones terrestres. Como no conocemos razón alguna que nos haga sospechar siquiera la posibilidad de un trazado diferente, y si a ello sumamos la veintena de miliarios recogidos a lo largo de esta depresión natural -por otra parte los únicos descubiertos en todo el territorio provincial-, el resultado es tan sencillo y racional que asusta pensar cómo ha podido ser sistemáticamente obviado por la mayor parte de los historiadores: logística, topografía y hallazgos parecen confirmar que la vía romana XIX, entre Tui e Iria Flavia, seguía el camino natural de la Depresión Meridiana; es decir, que era la vía XIX la que pasaba por el lugar donde hoy se levanta la ciudad de Pontevedra.

Para llegar a la conclusión anterior fue decisivo el hallazgo, en las frustradas excavaciones arqueológicas de 1988 en la cabecera meridional del puente del Burgo, de un miliario del emperador Hadriano datado en el año 134 de nuestra Era. Este miliario se alzaría junto a uno de los márgenes de la vía romana, dato que no pudo ser confirmado porque, como es público para vergüenza y oprobio de los que por acción u omisión lo permitieron, la excavación fue violentamente cancelada nada más aparecer el monolito (Peña Santos, 1995: 47-48); posteriormente, el miliario, hoy por hoy el testimonio documental más antiguo localizado en la ciudad, fue brutalmente arrancado a instancias de la Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia y trasladado al Museo de Pontevedra sin haber sido previamente excavado.

Pese a todos estos avatares, la propia existencia de este miliario y la inscripción que ostenta:

IMP(erator).CAES(ar).DIVI.TRAI

AIANI.PARTHICI.FIL(ius)

DIVI.NERV[AE].NEPOS

TRAIANVSHADRIA

NVS.AVG(ustus).P(ater).P(atriae).PONT(ifex)

MAX(imus).TRIB(unicia).POT(estate).XVIII

CO(n)S(ul).III.AL(uco).AVG(usti).M(ilia).P(assuum)

LXXXXVI

confirman que en el año 134 de nuestra Era -que es cuando el emperador Hadriano ostentó por decimoctava vez la potestad tribunicia- una vía romana discurría por este punto concreto, punto, por otra parte, situado a 96 millas de Lugo. Si ya los datos que se manejaban por entonces hacían cada vez más dificil mantener el paso de la vía XX Per Loca Maritima por este lugar, la distancia a Lugo indicada en el miliario y su comparación con las reseñadas en el "Itinerario de Antonino" no dejaron ya lugar a dudas: el miliario del puente del Burgo pertenecía a la vía XIX.

Identificada la vía, el paso siguiente era averiguar si alguna de las mansiones que el "Itinerario" señalaba para el tramo entre Tude y Aquis Celenis -o, como ya hemos reiterado, entre las actuales Tui y Caldas de Reis- podría haberse ubicado en el mismo lugar que la ciudad de nuestros días.

El "Itinerario" especifica dos mansiones viarias en el tramo entre Tude y Aquis Celenis: Burbida y Turoqua, que hemos tratado de situar según el procedimiento que resumimos a continuación (Peña Santos, 1990-1991: 225-226):

Un miliario descubierto en el lugar de O Padrón de la feligresía de Saxamonde en Redondela (Filgueira Valverde y DOrs, 1955:18) indica una distancia a Tude de XVII millas romanas, o, lo que es lo mismo, 25 km actuales, distancia idéntica a la que hoy separa el punto de aparición de este miliario y la ciudad de Tui. De ello se deduce que entre ambas localidades la vía seguía un trazado paralelo al de la carretera moderna.

Si en el "Itinerario" la mansión Burbida dista XVI millas de Tude -24 km- y, tal como acabamos de ver, el tramo de 25 km Tui-Saxamonde está bien definido, la conclusión es que Burbida se ubicaría una milla romana antes del lugar donde apareció el miliario de O Padrón; es decir, casi con total seguridad en el alto de Barreiras, entre Guizán y Enfesta, donde abundan los restos constructivos romanos en superficie y donde todavía se conserva in situ otro miliario, convertido en marco de límite entre ambas parroquias (Filgueira Valverde y García Alén, 1956: 180-181).

Situada Burbida, la siguiente mansión viaria es Turoqua, a XVI millas -24 km- de la anterior. Los miliarios recuperados entre Saxamonde y Cerponzóns no parecen dejar lugar a dudas en cuanto a la dirección seguida por la vía. Concretamente, el miliario de Arcade (Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 19-20) señala LXVI millas a Bracara -98 km-, distancia equivalente a la actual por carretera. Pues bien, a exactamente XVI millas -24 km- del Alto de Barreiras -donde insistimos que habría que situar la mansión Burbida- nos encontramos dentro del actual núcleo urbano de la ciudad de Pontevedra, por lo que todos los indicios racionales apuntan en una única dirección: la mansión romana TUROQUA, de nombre al parecer de raíz indoeuropea (Albertós Firmat, 1985-1986: 185), vinculada a la vía XIX Bracara-Lucus-Asturica, se emplazaba en las proximidades del lugar que actualmente ocupa el arranque meridional del puente del Burgo, en pleno casco histórico de la ciudad. De ello podemos deducir que los orígenes de la villa pontevedresa parecen estar íntimamente relacionados con esta mansión de fundación romana.

A la luz de los datos objetivos manejados en la actualidad serán, pues, el trazado de la vía romana XIX -que se estima con casi total seguridad en época de Augusto- y la posterior construcción de un puente sobre el río Lérez, ambos en el lugar más adecuado desde una perspectiva logística, las causas directas del primer asentamiento humano conocido en la zona donde hoy se levanta nuestra ciudad.

Del puente romano todavía no se conoce resto alguno, toda vez que la frustrada excavación de 1988 sirvió, al menos, para demostrar que los arcos soterrados en la plaza de la cabecera meridional no eran romanos como se suponía (González Zúñiga, 1846: 18-19; Fernández-Villamil, 1944: 14-17; etc.) sino que pertenecían al puente actual aunque con su fábrica medieval apenas alterada (Peña Santos, 1995: 37-43; Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 146-157).

Fueron también las excavaciones de 1988 las que arrojaron interesantísima información sobre los cambios topográficos experimentados por la zona del puente desde los lejanos tiempos en que los romanos trazaron la vía XIX y construyeron un puente para salvar el cauce del río. La posición en que fue descubierto el miliario de Hadriano, asentado a más de tres metros y medio de profundidad con respecto de la superficie actual de la plaza -es decir, en una cota hoy muy por debajo del nivel de pleamar-, viene a confirmar, por un lado, la elevación del nivel marino con relación al existente en época romana y, por otro, la mucho menor anchura del cauce del río en esa época.

Todos los datos paleotopográficos nos inducen a imaginar el viejo puente romano no sólo con una longitud sensiblemente menor que el actual a causa de la también menor anchura del brazo de río, sino que se emplazaría a una cota también mucho más baja. Ambos aspectos serán claves para entender por qué la construcción romana tuvo que ser reemplazada en el siglo XII y por qué no ha dejado resto visible alguno por el momento.

Tampoco de la vía se conocen restos, aunque su trazado podemos aventurarlo siguiendo referencias indirectas de tipo toponímico, topográfico, arqueológico, y del recuerdo del Camino de Peregrinación a Compostela. Así, llegaría desde el S bordeando el río Tomeza en el Ponte do Couto, donde se descubrió un cipo conmemorativo de la reparación de la vía en tiempo de los emperadores Maximino y Máximo (Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 22-23); entraría en el actual núcleo urbano siguiendo un trazado próximo al definido por las actuales calles Gorgullón, Virgen del Camino, Peregrina, Soportales de la Herrería y Real -o Quiroga, Princesa y Barón- para cruzar el río y seguir por A Santiña hacia Alba y Cerponzóns, lugares ambos en los que se descubrieron sendos miliarios dedicados a los emperadores Caracalla y Magencio respectivamente (Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 21 y 31).

El llamado miliario del Ponte do Couto es en realidad un cipo conmemorativo de las obras de restauración de la vía y puentes en tiempos de Maximino y Máximo hacia el 238 d.C., bajo la inspección del Legado Quinto Decio. Fue hallado durante el transcurso de las obras para el tendido del ferrocarril a finales del siglo XIX. La inscripción reza (Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 22-23):

IMP(erator).CAES(ar).C(aius).IVL(ius).V(erus).MA

XSIMINVS.PIVS.FELIX.

AVG(ustus).GER(manicus).MAX(imus).DACICVS.

MAX(imus).SARMATICVS.MAX(imus).

PONTIFEX.MAX(imus).TRIB(uniciae).POT

TESTATIS.[IV]D.E.IMP(erator).VII.PATER

PATRIAE.CONS(ul).PROCON(sul).

ET.C(aius).IVL(ius).V(erus).MAXIMVS

NOBILISSIMVS.CAES(ar).GERM(anicus)

MAX(imus).DAC(icus).MAX(imus).SARM(aticus).MAX(imus).

PRINCEPS.IVENTVTIS.FIL(ius).D(omini).N(ostri).

IMP(eratoris).C(aii).IVL(ii).V(eri).MAXIMINI.P(ius).FE(lix).

AVG(ustus).VIAS.ET.PONTES.TEMPOREVETUS

TATIS.CONLAPSOSRESTITVERV

NTCVRANTE.Q(uinto).DECIO.LEG(ato).PROPR

AETORE

En el lugar de Almuiña, en Salcedo, se utilizaba como pesa de lagar un fragmento de miliario que vio el P.Sarmiento en 1762 y que en la actualidad figura, como todos los demás, entre los fondos del Museo de Pontevedra. Se desconoce su lugar exacto de procedencia, toda vez que por el lugar de Almuiña no pasaba ninguna vía principal. Su inscripción es sensiblemente semejante a la del miliario del Burgo, si bien sólo se conservan las líneas finales (Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 15-16):

[IMP(erator).CAES(ar).DIVI.TRAI

ANI.PARTHICI.FIL(ius)

DIVI.NERVAE.NEPOS]

TRAIANVSHAD

RIANVS.AVG(ustus).P(ater).P(atriae).PO

NT(ifex).MAX(imus).TRIB(unicia).POT(estate)

XVIIICO(n)S(ul).III.AL(uco).AVG(usti)

M(ilia).P(assuum).LXXXXV

En una casa en ruínas cerca de la parroquial de Alba estaba reaprovechado un fragmento de miliario del emperador Caracalla datado en el año 214 de nuestra Era. Su inscripción, muy incompleta, es la siguiente (Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 21-22):

[IMP(erator)]CAES(ar)DIVIS[EVERI

FILI]ODIVIANTO[NININEP(oti)

DI]VIANTONIN[IPIIPRONEP(oti)DI

VI]HADRIANIP[RONEP(oti)DIVI

TRAI]ANIPARTIC[IETDIVI

NERVA]EABNEP[OTICAESSS]

AVGGGPART[ICOMAXIMO

E]TMAX(imo)GERM[ANICOPON

T]IFICIMAX(imo)TR[IB(unicia)POT

(estate)XVIII]MP(erator)IIICO(n)S(ul)IIIIP(ater)

---------------------

Por fin, el quinto y último miliario hallado hasta ahora en los alrededores de la ciudad servía como columna en una construcción de la feligresía de Cerponzóns. Dedicado al emperador Magencio a mediados del siglo IV, reza lo siguiente (Filgueira Valvedre y DOrs, 1955: 31):

[D(omino)N(ostro)(Mag)]NO.MAG

NENTIOPIOFELICIAVG(usto)

[INVICT]OBONO

[REI]PVBLI

[CA]ENAT[VS]

-------------

Francamente, muy poco es lo que podemos decir en cuanto a las características urbanas de la mansión Turoqua. La ya comentada inexistencia de restos de ocupación prerromana obliga a suponer una fundación romana ex novo. Su condición de mansión viaria apunta a unas particularidades muy limitadas: al menos en origen, no sería más que un conjunto indeterminado de edificaciones de poca entidad establecidas en los alrededores de la zona de paso del río para facilitar descanso, alojamiento y provisión a los transeuntes que circulasen por la vía. Esto sería la Turoqua original; sin embargo, por el emplazamiento de gran valor estratégico elegido para establecer la mansión, y por el hecho muy significativo de que cierto tiempo después de su fundación se decidiese edificar un puente para salvar el cauce del río, esa imagen de conjunto de edificaciones de ínfima categoría puede estar un tanto alejada de la realidad. No obstante, y volviendo a nuestros comentarios del principio, en tanto no se generalicen las investigaciones arqueológicas en la zona monumental de la ciudad actual, no podremos ni tan siquiera aventurar las características esenciales y la categoría de este primer asentamiento humano con un mínimo de seguridad.

En tal sentido, y al margen de la tan traida y llevada excavación de 1988, que no pudo alcanzar el nivel de ocupación romano, dos pequeñas actuaciones posteriores en sendos solares del recinto histórico sirvieron al menos para demostrar que la Turoqua romana se esconde bajo nuestros pies en espera de estudio. En 1990 y 1991, Purificación Soto Arias excavó el interior del edificio del antiguo alfolí de la Plaza del Muelle esquina con Arzobispo Malvar, documentando ciertos restos constructivos poco claros y buena cantidad de materiales, entre los que destacan las ánforas ovoides. Por su parte, entre 1992 y 1993, José Manuel Rey García tuvo la oportunidad de excavar el solar n20 de la calle Michelena con resultados muy similares aunque de cronología más tardía. Ambas excavaciones permanecen por el momento inéditas, por lo que agradecemos a sus directores que nos hayan permitido avanzar los resultados más generales.

Con tan limitada actividad arqueológica, comprenderá el lector que no osemos aventurar imágen alguna de lo que podría haber sido este núcleo de formación de la ciudad. Sin embargo, no podemos dejar de señalar que muy raro es el movimiento de tierras efectuado en la zona antigua que no ponga a la luz restos fragmentarios de época romana que no pueden, por los motivos comentados al principio, ser debidamente investigados. Trozos de cerámicas y de tégulas -tejas- de cubrición son frecuentes en los alrededores del Parador de Turismo y plazas del Muelle, Mugartegui, Tornos, Méndez Núñez y García de la Riega, así como en el patio interior de San Bartolomé; un precioso sellito de oro con la imágen de Venus Victrix fue hallado casualmente en los alrededores de la Fuente de los Tornos; por fin, un ánfora ovoide completa de tipo ovoide, característica de la época altoimperial, fue dragada frente a Mollabao, lo que podría confirmar la presencia de navíos mercantes al menos en ese punto tan próximo a la mansión romana (Peña Santos, 1988: 13-14).

Este aspecto comercial marítimo es de gran relevancia por venir a sumarse al de carácter terrestre que se canalizaría a través de la vía. Es altamente probable que, por sus condiciones estratégicas, Turoqua se habría convertido muy pronto en un foco comercial de cierta importancia como punto de transacciones y redistribución de los productos comerciales llegados por vía terrestre y marítima. Como bien señala Bianchi-Bandinelli, "En cualquier parte del mundo donde se crucen dos rutas importantes y ahí donde exista un puente, las gentes se encuentran y se detienen. Nace un mercado. Cuando hay un puente se precisa una organización común para mantenerlo en buen estado" (Bianchi-Bandinelli, 1970: 1).

La presencia de materiales de importación -sobre todo fragmentos de ánforas y de piezas de vajilla fina de mesa de cerámica común y de terra sigillata- en los poblados castrexo-romanos de los alrededores -castros de Campañó, Lérez, Berducido, Xeve, Mourente, S.Cibrán y Salcedo- parecen apuntar en este sentido comercial. Más adelante, desde finales del siglo I, tras las reformas administrativas de los emperadores de la dinastía Flavia, que supondrán el lento abandono de los castros en beneficio de las explotaciones de nuevo cuño tipo villae, las relaciones comerciales se intensificarán, y, con ello, tal vez el papel jugado por Turoqua se habría incrementado.

Esta nueva forma de ocupación y explotación del territorio, genuinamente romana, parece haber dejado restos muy claros -naturalmente, no excavados y cada vez más deteriorados- en el desaparecido Cerro de San Porfins en Poio, en el lugar de Iglesario en Lourizán -de donde proceden las conocidas aras consagradas a Vestio Alonieco y el relieve que luego describiremos (Bouza Brey, 1944: 201-206)-, en la playa de Portocelo (Bouza Brey, 1950: 153-156) o en los propios cascos urbanos de Marín y Bueu (Peña Santos, 1988: 15) entre otros muchos lugares, siempre en relación directa con los mejores terrenos de labor o con zonas muy puntuales del litoral marítimo, como es el caso de las inmediaciones de las iglesias parroquiales de Campañó y Tomeza, y de los lugares de Ramallás en Lérez, Freixeiro en Lourizán, Moldes y Bouza en Mourente, Portosanto en Poio, etc.. Tesorillos de monedas han sido localizados casualmente en Xeve, en Lourizán frente a la finca de Montero Ríos -junto con una magnífica falera de bronce- y bajo el pavimento de la parroquial de Campañó. Por último, destacaremos las aras romanas descubiertas en Tomeza, Xeve, Campañó y las ya comentadas de Lourizán (Baños Rodríguez, 1994, nos. 104-108), así como la inscripción que el P.Sarmiento afirma que existía en el lugar de Vilanova en S.Salvador de Poio (Sarmiento, 1745: 170 v.):

Reaprovechadas como material de construcción en varios edificios de los alrededores de la iglesia parroquial de Lourizán, fueron recogidas tres aras y un curioso relieve. Dos de las aras están dedicadas a una divinidad presuntamente indígena, de nombre Vestio Alonieco, que se ha querido identificar con una tosca figura humana cornuda con brazos extendidos y manos abiertas, tallada en altorrelieve sobre una placa de granito localizada empotrada en el muro de cierre de la llamada Finca de Montero Ríos, y que ha dado pie a todo pábulo de conjeturas.

La primera de las aras, incompleta, presenta la siguiente inscripción (Baños Rodríguez, 1994: 253):

DEO V

ESTIO

ALONI

ECO AR

AM

P(osuit).SEV

ERA

---

La segunda, también incompleta aunque conserva parte del focus y cornisa con figuras de esvásticas sobre arcadas, muestra la siguiente inscripción (Baños Rodríguez, 1994: 255):

DEO

VESTI

[O A]LONI

[E]CO.A

[RAM P(osuit)]

-----

La restante ara localizada en Lourizán es un pequeño fragmento de la parte superior con focus y molduras; el campo epigráfico se ha perdido.

Es sumamente curioso el fragmento de ara procedente de las proximidades del Ponte do Couto en Tomeza por tener casi todas las letras colocadas al revés, como para ser leida de derecha a izquierda. En ella puede leerse (Baños Rodríguez, 1994: 247):

------

IVNIUS

FILIVS.L

ARIS.D

EDIT

------

También es muy interesante, por conservarse en relativo buen estado, el ara romana que sirve de apoyo al altar de la capilla de San Paio en Campañó. Tiene base y cornisa por los cuatro lados; la cornisa está decorada con sogueado. La inscripción, muy desgastada, es ciertamente compleja, al menos en sus primeras líneas (Baños Rodríguez, 1994: 251):

SANN

OAVA

C(aius).FAU

STUS.FE

ST(US) V(otum) S(olvit) L(ibens) M(erito)

Por fin, el último epígrafe que podemos reseñar con procedencia cercana a nuestra ciudad es otro fragmento de ara en muy mal estado de conservación hallado a finales del siglo XIX en Santa Cruz de Fragoso, en Xeve, y hoy, como las anteriores, en el Museo de Pontevedra. Pese a su gran deterioro, y aunque tradicionalmente se creyó dedicada a los Lares Viales, en ella parece leerse (Baños Rodríguez, 1994: 249):

-------

OVV

ARP

PLM

-------

No debemos concluir este repaso de los epígrafes romanos sin mencionar el que vio el P.Sarmiento en el lugar de Vilanova de San Juan de Poio, hoy desaparecido, de muy dificil interpretación aunque parece a todas luces tratarse de un ara (Sarmiento, 1745: fol. 170 v.; Baños Rodríguez, 1994: 315). Es sumamente curioso que todavía no haya aparecido ningún ejemplar de estela funeraria de época romana en los alrededores de nuestra ciudad.

Las explotaciones costeras tipo villae aprovecharían el riquísimo biotopo piscícola y marisquero de la ría, que transformarían y exportarían en forma de salazones o de garum -salsa muy apreciada a base de restos de pescado-, y serían tan abundantes en Morrazo que según diversos autores habrían dado nombre a la península -del latín muria-. Todo ello nos habla de una intensa ocupación de los alrededores de nuestra ciudad en época romana.

En tanto el "paraguas" protector del Estado -en este caso el Imperio Romano- permitió y favoreció las relaciones comerciales manteniendo activas y en buenas condiciones las rutas terrestres y marítimas, la vieja Turoqua sobrevivió. Cuando la descomposición del Imperio dio al traste con esta situación y se entró en un período -la Alta Edad Media- en el que el comercio y la navegación se redujeron al mínimo, en el que la inseguridad, la fragmentación del poder, la pérdida de buena parte de los conocimientos tecnológicos y la incuria general arruinaron las grandes obras públicas, la existencia de Turoqua dejó de tener sentido. Cuando se retornó a un régimen económico poco menos que de subsistencia semejante al prerromano, el territorio en el que se levantaba la mansión se tornó tan inhóspito como antes de su fundación, despoblándose en beneficio de las fértiles tierras de los alrededores.

Sin duda, detrás de este fenómeno de ruralización y de la posterior repoblación y refundación de la ciudad a mediados del siglo XII con gentes de los alrededores, como más adelante veremos en detalle, están dos curiosas tradiciones que nos han trnsmitido el cardenal Jerónimo del Hoyo y el Padre Sarmiento (Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 36). Dice el cardenal Hoyo:

- "Llamose esta villa en sus principios Elenes y después Escalona: fue edificada a su principio junto al mar do aora es la feligresía de Santo Andrés de Loriçán, media legua de do está aora, y allí ay algunos vestigios de aver estado allí, y de una peña que está allí, que se llama Escalona, se llamó Escalona, y por más seguridad se mudó el río arriva, porque antes estaba muy sujeta a los daños de las arrivadas enemigas y a los corsarios..." (Hoyo, 1607: 282).

Por su parte, el P.Sarmiento escribe:

- "Hay en Pontevedra una tradición de que Pontevedra estaba antes en Moldes. Cotéjese todo con el otro sepulcro de Tomeza y con los ladrillos que se encuentran" (Sarmiento, 1745: fol. 163 r.).

En Lourizán, Moldes y Tomeza se han producido significativos hallazgos arqueológicos tardorromanos y altomedievales que sin duda tanto el cardenal J.del Hoyo como el P.Sarmiento no sólo vieron sino que identificaron como muy anteriores a cualquier resto conocido dentro de la ciudad, por lo que les fue relativamente fácil situar en esos lugares los orígenes de la villa.

La involución socioeconómica general sobrevenida durante la Alta Edad Media contribuyó directísimamente al deterioro de las obras públicas, cayendo las más de ellas en la ruina total. En el caso concreto del puente romano de Turoqua, a todo lo anterior hemos de sumar los graves efectos de inexorables alteraciones topográficas: la paulatina elevación del nivel del mar y los primeros efectos del sistemático cegamiento de los estuarios por aportes aluviales.

Ruina, mayor nivel de las pleamares y deposición creciente de aluviones sobre el lecho fluvial vinieron a afectar decisivamente a la integridad del puente. Sus restos, arruinados, anegados e inservibles, llegarán hasta los tiempos de reactivación económica del siglo XII, cuando se repitan las condiciones mínimas para la existencia de un núcleo habitado en el lugar: reanudación de las relaciones comerciales terrestres y marítimas, reparación y puesta en sevicio de caminos y puentes, existencia, en suma, de una organización estatal. Como más adelante veremos, hasta la refundación de la ciudad en 1169, alrededor de seis siglos de abandono de la población habrían hecho olvidar el topónimo original. De este modo, el burgo de nueva creación será bautizado, por más que ciertas recientes teorías pretendan apuntar en otra dirección (Caridad Arias, 1995: 143-175), con una referencia directa a la existencia en el lugar de los restos del viejo puente romano -la pons vetera- que muy pronto habría de ser sustutuido por otro de nueva fábrica que, muy modificado, es el que ha llegado a nuestros días.

En una clara constante histórica que convendría tener siempre muy presente, ya desde sus orígenes romanos vemos cómo nuestra ciudad sólo tiene razón de ser en tanto exista una organización estatal fuerte que garantice las transacciones comerciales a gran escala y mantenga en buen uso los ejes de comunicación por los que circulan personas y mercancías.


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Capítulos 1 y 2 del libro Historia de Pontevedra de Editorial Vía Láctea.
A Coruña, 1996
 
  ut sum satis curiosa  
 
 
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