PONTEVEDRA:
LOS ORIGENES DEL ASENTAMIENTO HUMANO
Antonio
de la PEÑA SANTOS
La
historia de un fracaso
Parece
generalmente aceptado que las principales vías
de acceso al conocimiento de los orígenes de
una determinada ciudad son dos: por un lado, el estudio
de los testimonios documentales escritos llegados hasta
nuestros días, tanto más escasos e imprecisos
cuanto mayor sea la antigüedad de la ciudad en
cuestión; por otro, el análisis con metodología
arqueológica de los restos materiales del pasado
más remoto, de manera primordial los conservados
en el subsuelo.
La
primera de las vías suele contar con el gran
hándicap de su extraordinaria escasez -la mayor
parte de las veces ausencia total- sumada a su parquedad
en cuanto a la información que suministra y,
en ocasiones, a lo sesgado de la misma.
Por
contra, del estudio con metodología arqueológica
de los restos soterrados puede derivarse la información
más real y coherente sobre los orígenes
y características del asentamiento humano, aunque
en su contra operen todos los enormes problemas que
dificultan -y las más de las veces impiden- la
actividad arqueológica en el medio urbano.
Pontevedra
es un caso paradigmático de esto último.
Careciendo por completo de documentación escrita
acerca de su pasado más remoto, parecería
sensato suponer que los estamentos ciudadanos más
relacionados con la cultura se habrían preocupado
seriamente por elaborar y desarrollar en la práctica
un plan mínimamente coherente de investigación
histórica de la ciudad, máxime considerando
esa curiosa aureola de "villa culta" con que
esos mismo estamentos han venido adornado -y de paso
autoadornándose- desde siempre la imagen de la
ciudad. Pero no.
Hemos
de reconocer que nuestra ciudad arrastra de tiempo atrás
graves carencias en el aspecto de la investigación
histórica en general, y que existe un vacío
total de tradición en cuanto a la arqueológica
en particular si obviamos la extraordinaria, pero limitada
habida cuenta de la época en que se desarrolló,
labor de los miembros de la "Sociedad Arqueológica
de Pontevedra" -muy especialmente la de D.Casto
Sampedro Folgar- durante la transición entre
el siglo XIX y el XX. El resultado de todo ello es evidente:
los datos reales han sido sustituidos por una suerte
de "historia-ficción" que puede servir
para la autocomplacencia de los estamentos culturales
de la ciudad y para satisfacer las mínimas necesidades
del ciudadano medio, pero que esconde tras de sí
un vacío casi absoluto. Es por ello por lo que
hemos de reconocer que, pese a quien pese, Pontevedra
sigue siendo, de las ciudades de Galicia, la que peor
conoce sus orígenes; en esto, como en tantas
otras cosas, esta ciudad sigue perdiendo el tren de
la Historia.
Mientras
las demás ciudades de Galicia se preocupan en
mayor o menor grado por conocer y valorar su pasado
-véanse si no los casos actuales de A Coruña,
Santiago, Lugo o Vigo, por poner los ejemplos más
destacables- Pontevedra sigue aferrada a su "historia-ficción",
durmiendo ese sueño ya tradicional del que no
parece poder, ni querer, despertar.
En
este orden de cosas, la actividad arqueológica
desarrollada en el núcleo histórico de
la ciudad ha sido mínima, fragmentaria, anárquica
y, sobre todo, muy reciente. Dejando de lado ciertos
controles de obra que apenas suministraron dato alguno,
sólo merecen la categoría de excavación
las llevadas a cabo en los solares de la Plaza del Muelle
esquina a Arzobispo Malvar, y Michelena 20, amén
de las vergonzosamente frustradas en la cabecera meridional
del puente del Burgo. Como más adelante detallaremos,
todas ellas aportaron datos de extraordinaria importancia
para el conocimiento del pasado de la ciudad, hasta
el punto de alterar por completo, en algún caso,
la visión más tradicional; sin embargo,
son una simple gota en el océano de oportunidades
perdidas, muchas de ellas para siempre.
Parece
que la reciente obligación de proceder a cautelas
de tipo arqueológico en las obras que se lleven
a cabo en el interior del recinto histórico de
la ciudad sólo afecta a los propietarios particulares,
y aún así no en todos los casos. La realidad
es que multitud de obras en espacios públicos
de presumible potencial arqueológico siguen efectuándose
sin el menor control. Si bien es cierto que en su mayor
parte se trata de trabajos que apenas suponen alteración
del subsuelo por consistir en reposición de pavimentos,
no lo es menos que su realización supondría
una oportunidad única de llevar a cabo una investigación
arqueológica paralela, con los menores inconvenientes,
que fuese añadiendo datos para el conocimiento
del pasado de la ciudad; por desgracia, nunca se ha
permitido el trabajo de los arqueólogos, y zonas
del más alto interés están quedando
selladas para muchos años por el hormigón
y los enlosados, como enumeraba en abril de 1996 un
documento público de la Asociación Amigos
da Cultura a partir tan sólo del año 1994:
en ese año se trabajó sin supervisión
arqueológica en la calle Martín de Aranda,
en los alrededores de la fuente de los Tornos, y en
las plazas de García de la Riega y de Valentín
García Escudero; en 1995 en la parte inferior
de la plaza del Muelle, en el enlace entre el paseo
de Antonio Odriozola y la calle Michelena, y en el puente
del Burgo; en lo que va de año 1996 en la zona
restante de la plaza del Muelle...
Como
es obvio, esta abrumadora parquedad de datos reales
sobre los orígenes de la ciudad, tanto arqueológicos
como documentales, ha pesado desde siempre como una
losa sobre la historiografía pontevedresa de
carácter local. Sin duda con la mejor voluntad
y total buena fe, consciente o inconscientemente, los
historiadores que se han ocupado del tema han intentado
suplir tales carencias, y las suyas propias, con considerables
dosis de imaginación, exprimiendo hasta la extenuación
determinados datos y copiándose reiteradamente
de unos a otros. Todo ello ha servido para conformar
una enorme bola de nieve que, como más adelante
tendremos ocasión de comentar en detalle, la
moderna investigación está comenzando
a derretir.
Para
una mejor comprensión del tema concreto de los
orígenes de nuestra ciudad, intentaremos un recorrido
cronológico por las diferentes líneas
maestras seguidas por los historiadores que nos han
precedido, para rematar con nuestra visión particular
del tema.
La "Helenes" de Teucro
Ya
desde los primeros procesos de urbanización aparece
como algo innato en el ser humano un deseo por ennoblecer
de alguna forma su lugar de residencia para, al mismo
tiempo, autoafirmar sus raíces, algo tanto más
palpable cuanto mayor era el estadio de desarrollo social
y económico de cada comunidad (Juega Puig y Peña
Santos, 1996).
Si
ya en la Antigüedad greco-latina muchas ciudades
acudían a las referencias de los nostoi, es decir,
a las narraciones fabulosas del regreso a sus respectivas
patrias de los diferentes héroes de la guerra
de Troya, para hacer de sus protagonistas los fundadores
de sus pujantes urbes (Bermejo Barrera, 1981: 226-228;
1982: 12), algo muy semejante ocurrirá cuando
las comunidades bajomedievales comiencen a experimentar
significativos procesos de desarrollo, tanto en lo puramente
económico como en lo social, que se reflejarán
en un claro crecimiento en el plano urbanístico.
Las florecientes villas medievales y renacentistas repetirán
el fenómeno recurrente de la mitificación
compitiendo entre ellas a la búsqueda, en las
más antiguas tradiciones, de unos orígenes
cuanto más arcaicos y más nobles mejor.
Naturalmente, el generoso saco del que se nutrirán
será el integrado por los relatos bíblicos
y, sobre todo, de las tradiciones de los nostoi, que
conocerán por escritos muy puntuales de ciertos
autores greco-latinos considerados a la sazón
como "autoridades" de absoluta credibilidad.
En
Galicia el proceso es muy semejante y corre en paralelo
con el desarrollo socioeconómico bajomedieval
y renacentista. El Cronicón Iriense ya relaciona
la fundación de Iria Flavia con los sucesos posteriores
a la guerra de Troya (Bermejo Barrera, 1981: 226-227;
1982: 18), y la Crónica General de Alfonso X
el Sabio hace de A Coruña una fundación
directa de Hércules. Con estos antecedentes,
será durante el Renacimiento cuando las más
pujantes villas gallegas tratarán de buscar en
la Antigüedad más remota sus orígenes.
Equiparando antigüedad con nobleza, intentarán
contrarrestar el menosprecio que todo lo gallego estaba
sufriendo a la sazón en el resto del reino, autoafirmando
sus orígenes haciéndolos derivar de los
más heroicos paladines de la Antigüedad
(Mato Domínguez, 1981: 134; Barreiro Fernández,
1988. 17; Juega Puig y Peña Santos, 1996).
El
desprecio que Galicia y lo gallego padecían por
aquellos tiempos motivó a las clases sociales
preeminentes de Galicia -en especial la nobleza, el
clero y los estamentos acomodados de la sociedad- a
buscar en una Historia en gran parte inventada y claramente
apologética su rehabilitación. Para ello
fue necesario hacer de la población gallega -y
con ella las clases privilegiadas- la más antigua
de la Península, anterior por tanto a la castellana
de la que tantos desprecios se estaban recibiendo. Siendo
así la población gallega descendiente
directa de los patriarcas bíblicos y de los héroes
griegos, el fin parecía sobradamente cumplido.
Nada podía ser anterior a Noé y a sus
primeros descendientes pues nada había sobrevivido
al Diluvio; ninguna ascendencia podía considerarse
más noble que la proporcionada por ciertos personajes
de la guerra de Troya que varios escritores greco-latinos
suponían que habrían recalado por estas
tierras; estos escritores eran Asklepiades de Mirlea,
Trogo Pompeyo, Strabon, Plinio el Viejo, Silio Itálico
y Iustino (Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección,
1995: 13; Juega Puig y Peña Santos, 1996).
Las
dos referencias más antiguas conocidas se han
perdido, aunque sabemos de ellas por alusiones o resúmenes
posteriores. Asklepiades de Mirlea y Trogo Pompeyo escriben
en el siglo I a.C., pero conocemos su obra por las referencias
que al primero de ellos hace Strabon y al resumen de
la obra del segundo por Iuniano Iustino.
A
comienzos del siglo I, Strabon escribe su por tantos
motivos conocida "Geografia" (Romero y Pose,
1987: 39). En ella puede leerse:
-
"Dice también (Asklepiades) que entre los
Callaicos habitaban algunos de los compañeros
de Teucro, y que por allí había ciudades,
una llamada Helenes, otra Amphilochoi, porque no sólo
Amphilochos murió allí sino que sus compañeros
llegaron hasta el interior del pais" (Str.III,IV,3).
Más
adelante, a mediados del siglo I, Plinio el Viejo, en
su "Historia Natural" (Romero y Pose, 1987:
71), afirma:
-
"Después de los Cilenos viene el convento
Bracaro con los Helenos, Grovios y la fortaleza Tyde,
todos descendientes de los griegos" (Plinio,Nat.Hist.,IV,112).
A
finales de la misma centuria, Silio Itálico nos
ofrece dos referencias muy vagas en su "Púnica"
(Romero y Pose, 1987: 87):
-
"Y a los que ahora la descendencia Oenea y a Aetola
Tyde les llama Gravios, una vez transformado el nombre
de Graios" (...) "La Aetola Tyde, fundada
por el errante Diomedes" (S.Italico, III,366-367;
XVI,368).
Por
fin, en los años de transición entre los
siglos III y IV, M.Iuniano Iustino escribe el ya mencionado
resumen de las "Historias Filípicas"
de Trogo Pompeio (Romero y Pose, 1987: 125). Su visión
es muy parecida a la de Asklepiades transmitida por
Strabon:
-
"Los Galaicos reivindican para sí un origen
griego, ya que, tras el final de la guerra troyana,
Teucro, odiado por su padre a causa de la muerte de
su hermano Ayax, al no ser recibido en el reino, se
retiró a Chipre y allí fundó la
ciudad de Salamina por el nombre de la antigua patria;
luego regresó a la patria; recibida la noticia
de la muerte de su padre, pero prohibiéndosele
el acceso por Euriasco, hijo de Ayax, se encaminó
a las costas de Hispania, ocupó los lugares donde
ahora está Cartago Nova; luego pasó a
Gallaecia y, estableciéndose, dio nombre al pueblo.
Se dice, pues, que los Amphilocos son parte de Gallaecia"
(Iustino,XLIV,3,2-4).
Estas
referencias son recogidas ya a comienzos del siglo VII
por S.Isidoro de Sevilla, que amplía la visión
de Trogo/Iustino:
-
"Gallegos, dichos así por su blancura, por
lo que también se llaman galos. Son más
blancos que los demás pueblos de España;
éstos aseguran que su origen es griego, de aquí
su natural ingenioso.
Pues
terminada la guerra de Troya, Teucro, muerto Ayax, su
hermano, y aborrecido por su padre, Telamón,
que no le recibió, marchó a Galicia, donde
se aposentó, y por el lugar dio el nombre a su
pueblo..." (S.Isidoro, Etimologías, Libro
9, cap.2).
En
el ambiente bajomedieval y renacentista de desarrollo
socioeconómico y cultural, y en medio de la necesidad
de dotar a la nobleza y a las clases acomodadas gallegas
de unas raíces de las que puderan sentirse orgullosas,
las cada vez más pujantes villas gallegas van
a ser provistas de unos orígenes prestigiosos.
Ya hemos señalado más arriba los casos
de Iria Flavia y de A Coruña; a mediados del
siglo XVI, Florián de Ocampo, Pedro de Medina
y el P. Bartolomé Sagrario de Molina dejarán
constancia por escrito de la fundación de Ourense
por Amphilochos y la de Tui por Diomedes, mientras Teucro
fundaba otras:
-
"...Galizia: y alli hizo (Teucro) su morada, y
asiento con quantos le seguian, poblando parte desta
region desierta, que nunca auia sido morada por ser
tierra desabrida y trabajosa para viuir, particularmente
fundo la ciudad, que llamaron Elenes en su lenguaje,
que significa lo meso que poblacion de Griegos, no muy
lexos del sitio, donde hallamos agora la villa de Ponteuedra
sobre cierta ria destas marinas: en la qual reposo Teucro
todo lo mas de su vida. Vino tambien con el otro capitan
compañero y gran amigo suyo Anfiloco, que con
otra buena cantidad de los mesmos Griegos fundaron a
su parte dentro de la mesma tierra sobre las riberas
del rio Miño, la villa que por memoria de este
capitan Anfiloco dixeron Anfilocopolis, y despues fue
llamada Anfiloquia, hasta que muchos años adelante
los Romanos de Italia, quando ganaron aquellas tierras
la nombraron Aguas Caldas, por causa de las fuentes
calientes, que tiene muy abundantes y prouechosas. Agora
la llaman Orense, puesta catorze leguas de Ponteuedra,
lugar bien principal en todas aquellas comarcas..."
(Ocampo, 1543: 49).
-
"En tiempos del rey Gárgoris vinieron en
España grandes compañas de las gentes
de Troya, siendo la ciudad destruida por los Griegos,
de donde vino Theucro que rodeando la costa de España
vino en Galicia, donde fundó muchos pueblos (...)
Después vino Diomenes Griego; y pobló
ciertas poblaciones de los que vinieron con él,
llamados Grayos: que quiere decir Griegos. Estos fundaron
la ciudad de Tide que llamamos ahora Tuy, a la ribera
del río Miño. Vino también Amphiloco,
otro capitán Griego y pobló muchos pueblos;
especial la ciudad Anfiloquia que después llamaron
los romanos Aguas Caldas y ahora decimos Orense"
(Medina, 1548: fol.8)
-
"...porque despues de la destruicion de Troya,
los Griegos que sobre ella vinieron, dispargiendose
por muchas partes, aportaron algunos Capitanes a este
Reyno: vno fue Amphiloco, que edificò a Orense,
como arriba diximos: y otro que llamaron Teucro, que
fundò otras poblaciones: y ansimismo vino vno,
que llamaron el gran Diomedes, el qual edificò
esta ciudad, que de antes se dezia Tide, a la entrada
del Miño en la mar..." (Molina, 1550: fol.25v).
Más
tarde, ya a comienzos del siglo XVII, Fray Prudencio
de Sandoval reiterará la fundación de
Tui por Diomedes (Sandoval, 1610: fol.4); por fin, Fray
Felipe de la Gándara y Ulloa (1678, I: 278) completará
la relación de creaciones griegas: Amphilochos
sería el fundador de Ourense, Teucro de Pontevedra,
Diomedes de Tui y Orestes de Padrón:
-
"...salieron con èl (Anibal) los naturales
de las tierras de Tui, i Pontevedra, llamada esta antiguamente
Hellenes; i las dos decendientes de los dos Griegos
Diomedes, i Teucro; i à estos acompañaban
los de Porto..." (Gándara y Ulloa, 1662:
13; 1677: 6).
En
líneas generales, esta identificación
ha llegado prácticamente incólume hasta
nuestros días.
Desde
una perspectiva actual, parece claro que las tradiciones
de los nostoi en que se basan las hipótesis fundacionales
griegas en Galicia carecen de toda credibilidad, al
menos en lo que respecta a la forma. Sin embargo, en
el fondo esconden un punto de verdad que la moderna
investigación arqueológica está
sacando a la luz. No nos referimos, naturalmente, a
que una pléyade de héroes griegos pululase
por galicia fundando ciudades, colonias y factorías
haciendo buena la conocida frase de Verea y Aguiar asumida
por Vicetto: "... en Galicia hasta las piedras
hablan de colonización griega..."; simplemente,
a nuestro entender, estas tradiciones se basan en referencias
mucho más antiguas de contactos entre las comunidades
asentadas en el Mediterráneo Oriental y las atlánticas.
Parece
demostrado que tanto los nostoi como una buena parte
de la mitología griega se nutre de sucesos que
se habrían desarrollado durante la conflictiva
etapa de recesión socioeconómica acaecida
en el área del Egeo a finales del II Milenio
a.C. tras el colapso del mundo micénico. Una
época de crisis en el transcurso de la cual no
pocas comunidades abandonarían sus solares en
viajes sin retorno por vía marítima en
busca de nuevas tierras a bordo de frágiles embarcaciones
de muy limitada maniobrabilidad y a merced de los vientos
y las corrientes (Luzón Nogué y Coín
Cuenca, 1986: 67). La Eneida, el Viaje de los Argonautas
y, sobre todo, la Odisea, nos presentan una visión
bastante significativa de lo que podían ser estos
primeros viajes.
Hoy
día muy pocos autores se atreven a poner en duda
que al menos desde las fechas que estamos manejando
son perceptibles indicios más que evidentes de
la existencia de contactos frecuentes entre el área
galaica y el corazón del Mediterráneo.
Durante la fase de plenitud de la Edad del Bronce, las
comunidades de la orla atlántica europea presentan
rasgos comunes en su desarrollo social, económico
y tecnológico. La aparición cada vez más
frecuente de materiales de filiación mediterránea
en el área atlántica y de producciones
atlánticas en el Mediterráneo Central
pone de relieve la frecuencia e intensidad de estos
contactos, de estas relaciones de intercambio a larga
distancia que, es de suponer, no sólo se basarían
en el intercambio de manufacturas sino que conllevarían
cierto grado de trasvase cultural entre áreas
tan lejanas y, en cierto modo, tan diferentes (Bello
Diéguez y Peña Santos, 1995: 149-155).
Estos
contactos, que afectarían de manera abrumadoramente
mayoritaria a las comunidades costeras, es de suponer
que se llevarían a cabo por vía marítima.
La carencia de cualquier indicio de tecnología
naval adecuada en las comunidades atlánticas
nos obliga a pensar en navegantes de filiación
mediterránea como canalizadores de los intercambios
entre las costas atlánticas y las mediterráneas.
Estas relaciones Atlántico-Mediterráneo,
tan denostadas por la mayor parte de los historiadores
de ideología nacionalista primaria empeñados
en confrontar lo ario con lo semita, no se interrumpirán
durante toda la Antigüedad, y así, con mayores
o menores altibajos, fenicios, púnicos y romanos
harán llegar al área galaica no sólo
productos de consumo sino la información y los
conocimientos imprescindibles para el desarrollo de
las comunidades galaicas.
Es
decir, que cuando se gestan las leyendas de la arribada
a estas tierras de ciertos héroes de la guerra
de Troya -posiblemente en época helenística-,
lo que se estaba produciendo era un proceso intelectual
que partía de una base real: la frecuentación
de las costas galaicas por navegantes mediterráneos
al menos desde el II Milenio a.C.
De
ahí mismo procede el mito fundacional de Pontevedra.
En el siglo XVI nos encontramos con una villa en su
máximo esplendor, convertida en una de las principales
ciudades de Galicia, -en palabras del Licenciado Molina:
"...en otra ria està la gran villa de Ponteuedra,
que es el mayor pueblo de Galicia, y de gente rica por
la mayor parte,..." (Molina, 1550: fol.26), o de
Juan de Guzmán: "...y es este pueblo de
un clima tan benevolo, que inclina á las gentes,
á que no solamente amen los estudios de letras,
sino que tambien se den á ellos y favorezcan
á los buenos ingenios (...) Y assi este pueblo
creo que tiene dos cosas, en que se señala mas
que otro de España en su tanto. Lo uno que tiene
mas numero de letrados que de su tamaño otro
alguno de España: y lo otro, que tiene clima,
el qual á la clara ayuda á los ingenios..."
(Guzmán, 1586: XXII-XXIII)- y a la que los estamentos
eruditos pontevedreses le estaban adjudicando un fundador
de prestigio en la figura de ese Teucro que Asklepiades,
Trogo Pompeyo, Strabon y Iustino suponían que
habría acabado sus días por estas tierras.
Teucro habría fundado la ciudad de nombre Helenes,
que sería el origen directo de Pontevedra. La
mayor villa de Galicia, en la que habitaba el mayor
número de gente letrada, no podía carecer
de los más antiguos y heróicos orígenes.
En
tal sentido y como ya hemos visto líneas arriba,
a mediados de esta centuria Florián de Ocampo
escribía, en su Crónica General de España,
lo siguiente al mencionar las andanzas de Teucro:
-
"...sin parar hasta la provincia, que despues fue
dicha Galizia: y alli hizo su morada, y asiento con
quantos le seguian, poblando parte desta region desierta,
que nunca auia sido morada por ser tierra desabrida
y trabajosa para viuir, particularmente fundo la ciudad
que llamaron Elenes en su lenguaje, que significa lo
mesmo que población de Griegos, no muy lexos
del sitio, donde hallamos agora la villa de Ponteuedra
sobre cierta ria destas marinas: en la qual reposo Teucro
todo lo mas de su vida..." (Ocampo, 1543: 49).
Nótese el oscuro concepto que Florián
de Ocampo tenía de las tierras gallegas -desabridas
y trabajosas para vivir-; es precisamente este menosprecio
de lo gallego por la mayor parte de los autores que
escribían desde fuera de Galicia lo que movió,
como ya hemos señalado más arriba, a los
escritores gallegos a contraatacar utilizando la hipérbole
en la mayoría de los casos. Ya lo decía
el Licenciado Molina, malagueño de origen pero
gallego de adopción (1550: fol.1v.):
-
"Mas hame mouido de ver, que en España,
Aunque aya mil cosas, y de admiracion
A vezes en vn oluidado rincon
Estan otras tales de tanta hazaña:
Por esso à las vezes mi pluma se ensaña
De ver, que se escriuen mil cosas, y faltas,
Pero que en aquellas, que en si son mas altas,
Se passa por ellas por cosa no estraña."
Más
o menos por estas mismas fechas, Juan García
Gallego, jurisconsulto de prestigio nacido en Pontevedra
(Millán, 1920: 145-147; Couceiro Freijomil, 1952,
II: 133-134) mencionaba, en su obra De Expensis et Meliorationibus,
por primera vez la relación directa entre Teucro,
Helenes y Pontevedra: "...y Pontevedra, mi patria
muy querida, que yo sospecho que sea la antigua Helenes,
porque consta que dos compañeros de Teucro, Heles
y Anfiloco, vinieron a Galicia y fundaron dos ciudades
a las que dieron su nombre, próximas a Tuy, fundado
por Diomedes a orillas del Miño, dándole
el nombre de su padre..." (Rodríguez Figueiredo,
1992: 26; Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección,
1995: 15). Parece, por tanto, que a mediados del siglo
XVI el mito fundacional estaba ya plenamente establecido
en nuestra ciudad; de hecho, quedó refrendado
oficialmente cuando a finales de la misma centuria,
durante el mandato del Regidor de la Villa D.Melchor
de Teves, fueron colocadas en la fachada principal del
edificio del Concejo las famosas lápidas con
la conocida inscripción:
FVNDOTE
TEVCRO VALIENTE
DE AQVESTE RIO EN LA ORILLA
PARA QUE EN ESPAÑA FVESES
DE
VILLAS LA MARAVILLA
[DEL
ZEBEDEO LA ESPADA
CORONA
TV GENTILEZA
VN
CASTILLO PVENTE Y MAR
ES
TIMBRE DE TV NOBLEZA]
Este
Teucro, que los círculos culturales pontevedreses
hicieron fundador de la ciudad, fue un personaje de
muy segundo rango entre los que participaron en la guerra
de Troya. Hijo ilegítimo de Telamón, rey
de Salamina, y de la princesa troyana Hesíone,
por sus irregulares orígenes vio muy limitado
su papel dentro del Ciclo Troyano. Se sabe que participó
en la guerra junto a su hermanastro Ayax y que era famoso
por su habilidad en el manejo del arco, tanto más
cuanto que era fama que se lo había regalado
el mismísimo Apolo. La escasísima iconografía
segura que sobre este personaje se conoce en la actualidad
(Paribeni, 1966: 788-789) nos lo presenta como un arquero
que, rodilla en tierra, se prepara para disparar su
arco protegido por el enorme escudo -de siete pieles
de toro- de Ayax.
Relatos
posteriores nos presentan a Teucro emprendiendo viaje
de regreso a su Salamina natal tras la caida de Troya.
Una vez llegado a la patria, su padre Telamón
le impide desembarcar acusándole de negligencia
por no haber sabido evitar la disputa entre Ayax y Odiseo
por las armas de Aquiles, causa directa del suicidio
de Ayax; de no haber vengado la muerte de su hermanastro
y de no haber recogido sus cenizas. Por todo ello, Telamón
destierra a Teucro a perpetuidad.
Acompañado
de amigos fieles, toma Teucro dirección a Sidón,
donde el rey Belo, apenado por las desdichas de nuestro
héroe, le da algunos colonos fenicios con los
que funda, en la isla de Chipre, una ciudad que en honor
a su patria bautiza con el nombre de Salamina. Se casa
con la princesa Eune, hija del rey Cipro, fundando una
dinastía que reinó durante varios siglos.
Tras
conocer la muerte de su padre Telamón, Teucro
intenta de nuevo el regreso a su patria natal, pero
será rechazado por Euriasces, hijo de Ayax, por
lo que decide poner rumbo a la Península Ibérica,
donde funda las ciudades de Cartagena y Helenes, en
la que reside hasta el fin de sus días. Esta
Helenes será la ciudad que durante el siglo XVI
se tomará como referente más remoto para
Pontevedra.
Más
arriba hemos hecho hincapié en la escasa iconografía
clásica referente con seguridad a Teucro. Es
más que probable que haya sido el desconocimiento
de referentes iconográficos concretos la causa
por la que se suelen identificar con nuestro personaje
varias representaciones escultóricas de la fachada
y crestería de la basílica de Santa María
y la figura del remate del cetro principal del Gremio
de Mareantes. En este último caso, se trata en
realidad de una imagen de Hércules desquijarando
al león de Nemea; las restantes son figuras clásicas
del héroe griego apoyado en la clava.
Mucho
se ha escrito sobre esta curiosa confusión iconográfica
entre Hércules y Teucro. La mayor parte de los
autores supone que respondería a la existencia
de un primitivo culto a Hércules en nuestra ciudad,
que durante el siglo XVI sería suplantado por
Teucro (García de la Riega, 1904: 539; Sobrino
Buhigas, 1923; Filgueira Valverde, 1946: 19; 1963: 333-339;
1986: 81-82; 1988: 24-25; Rodríguez Figueiredo,1992:
68; Fortes Buzán, 1993: 26; etc., etc.). En nuestra
opinión, se trataría simplemente de una
confusión iconográfica: Teucro no está
suplantando un antiguo culto a Hércules sino
adoptando su simbología renacentista (Juega Puig,
Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995:
12).
Dentro
de la plástica plateresca, la imagen de Hércules
aparece poco menos que omnipresente por sus peculiares
características simbólicas. Hércules
es considerado durante el Renacimiento como genuino
paradigma de la Virtud, será el patrón
de la Monarquía española, y su figura
llegará a ser en cierto modo paralelizada con
la de Cristo (Angulo Iñiguez, 1952: 121-156;
Rosende Valdés, 1987: 603-620). En nuestra opinión,
ante el desconocimiento de una iconografía propia
para la figura de Teucro, los eruditos pontevedreses
del siglo XVI verán en las diferentes imágenes
de Hércules la figura del mítico fundador
de la Villa. Tal vez en tal sentido, el cetro o seldro
principal que empuña el Vicario del Gremio de
Mareantes en las solemnidades, rematado por la ya comentada
figura de Hércules desquijarando al león
de Nemea, sea ilustrativo; su macolla ostenta una inscripción
muy conocida en la que figura el nombre de Teucro seguido
por una referencia a la elaboración del cetro
por encargo del Gremio en 1550: "TEVCRO HYZO EL
ARRABAL ANO 1580"; Teucro da nombre, en este caso,
no sólo al cetro en sí y al emblema sino,
por extensión, al portador, al vicario del Gremio
(Sampedro Folgar, 1902: 281; Juega Puig, Peña
Santos y Sotelo Resurrección, 1995: 15).
La
historiografía pontevedresa va a tratar el tema
de Teucro en consonancia con la época correspondiente
y el posicionamiento ideológico particular de
cada autor. El P.Sarmiento manifestará ciertas
dudas al principio (Sarmiento, 1753: 12) para luego
apenas poner en cuestión el tema, aceptándolo
implícitamente (Sarmiento, 1761: 164, 186; 1772:
6, 39); más adelante, un grupo de autores hará
profesión de fe teucrista en mayor o menor grado
(Flórez, 1765: 6; González Zúñiga,
1848; Fita y Fernández-Guerra, 1880: 23; Faginas,
1880: 17-19 y 27-29; Fernández Soler, 1892: 7;
Sampedro Folgar, 1902: 282; García de la Riega,
1904: 514, 539; Sobrino Buhigas, 1923; etc.), destacando
entre todos la figura de González Zúñiga,
autor de la primera y, hasta hace muy poco, única
historia de la ciudad, en la que llega a establecer
la fundación de Helenes por Teucro en el año
1215 a.C. tras recorrer la costa atlántica:
-
"...Este último guerrero lleno de sentimiento
por el poco aprecio con que habia sido recibido de sus
parientes i amigos, resuelve en su ánimo buscar
en otros países su felicidad i consuelo. Movido
ademas por el espíritu de conquista i formacion
de colonias para dar mas estension i ensanche al comercio,
ideas que estaban poseídos los hombres de aquellos
tiempos, apresta sus naves i atravesando con sus hinchadas
velas el estrecho Fectum Herculium o sea Ostium Occeani
se le considera como uno de los primeros argonautas
que han atravesado el vasto oceano. Situado con su flota
en medio de ese inmenso piélago, guiado por la
estrella polar dirije su rumbo hacia la costa occidental
de la península i despues de haber reconocido
sus puertos i rias, elije para su mansion la mas ancha,
la mas limpia, la mas pacífica i la mas hermosa
i rica por la fertilidad de las frondosas campiñas
que en sus márjenes la limitan..." (González
Zúñiga, 1846: 3-4).
Otros
autores, sobre todo a partir de Murguía (1888:
663), y al igual que antes habían hecho gran
parte de los historiadores de la Ilustración,
irán relegando el tema al mundo de los mitos
aunque no dejarán al tiempo de buscar explicaciones
al por qué de su gestación (Filgueira
Valverde, 1946: 18-19; 1963: 333-339; 1985: 133; 1986:
81-82; 1988: 24-27; Fortes Bouzán, 1993: 26;
Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección,
1995: 11-18).
En
fin, la idea de la fundación por Teucro de la
villa de Pontevedra cayó en su día en
terreno abonado y hoy, salvando las distancias, forma
parte sustancial del pasado mítico de la ciudad.
Teucro presta su nombre a plazas urbanas, agrupaciones
culturales y deportivas, publicaciones diversas, establecimientos
comerciales, empresas... Aunque casi todo el mundo es
consciente de su caracter de mito, Teucro forma ya parte
indisoluble de la realidad pontevedresa.
La
"Lambriaca" de Pomponio Mela
La
producción historiográfica de los autores
positivistas de la Ilustración supuso una ruptura
casi total con la concepción renacentista. Los
autores adscritos a esta corriente serán plenamente
conscientes de la imposibilidad absoluta de confirmar
la mayor parte de las bases sobre las que se asentaba
el conocimiento histórico; ante ello, y tras
pasar revista a lo poco que les quedaba tras proceder
a una crítica profunda de las noticias recogidas
en las Historias y Cronicones antiguos, desistirán
de elaborar historias generales y se centrarán
en la recogida de datos de primera mano y en el análisis
detallado y crítico de las Fuentes Clásicas
(Barreiro Fernández, 1988: 52).
El
Padre Sarmiento supone, para Galicia en general y nuestra
ciudad en particular, el paradigma de la producción
historiográfica de la Ilustración. Es
el primero, que sepamos, en utilizar una referencia
de la "Chronogeografia" de Pomponio Mela,
autor latino del siglo I (Romero Masiá y Pose
Mesura, 1987:55):
-
"...el mismo entrante, abarcando la ciudad de Lambriaca,
recibe los ríos Laeron y Ullam..." (P.Mela,
Chr.,III, 10-11).
Este
párrafo habla de una ciudad de nombre Lambriaca
ubicada entre la desembocadura de dos ríos, que
la mayor parte de los autores identifica, por clara
afinidad fonética, con los actuales Lérez
y Ulla. Pero las controversias surgen a la hora de situar
el emplazamiento de la ciudad, sobre todo cuando reparamos
en que la "Geografia" de Ptolomeo nos informa,
ya en la segunda mitad del siglo II, de la existencia
de una ciudad perteneciente a la comunidad de los Bedios
al N de Lugo y de nombre Flavia Lambria, para la que
diversos autores suponen emplazamientos bien dispares.
Pese a la gran semejanza fonética, la situación
que da Pomponio Mela para Lambriaca es tan diferente
de la que indica Ptolomeo para Flavia Lambria, que hemos
de suponer que se trata, en principio, de dos localidades
diferentes (Pereira Menaut, 1991: 63). Algo semejante
puede concluirse para su afinidad fonética con
la Lansbrica que ciertas muestras epigráficas
parecen hacer coincidir con el poblado castrexo-romano
de S.Cibrán de Lás en Ourense (Caamaño
Gesto, 1991,a: 64). Curiosa es también la confusión
de gran parte de los autores antiguos, que la identificaron
con la ciudad de nombre Talabriga que Appiano menciona
como una de las que más quebraderos de cabeza
ocasionó a Decimo Iunio Bruto durante su expedición
del 137 a.C. a tierras galaicas.
Volviendo
a la Lambriaca de Pomponio Mela y a su identificación
con nuestra ciudad, ya el P.Sarmiento manifestaba serias
dudas en cuanto a su ubicación, y a lo largo
de su amplia producción bibliográfica
mostrará curiosísimos vaivenes. Tanto
optará por situarla en A Lanzada, donde había
localizado ruinas y sepulturas antiguas (Sarmiento,
1745: 129; 1754-55: 24, 82; 1764: 18), como en Lourizán,
en las cercanías de cuya parroquial se descubren
todavía hoy restos tardorromanos y altomedievales
(Sarmiento, 1762: 235), como en total coincidencia con
la villa de Pontevedra (Sarmiento, 1749: 12; 1753: 13;
1772: 35).
Multitud
de escritores posteriores vinculados directamente a
Pontevedra tomarán partido por la identificación
de la Lambriaca de Mela con nuestra ciudad, idea que,
pese a su claro carácter fantasioso, todavía
se mantiene en determinados ambientes (González
Zúñiga, 1846: 2-4; 1848: 23; Fita y Fernández-Guerra,
1880: 22; Faginas, 1880: 16-19; Sampedro Folgar, 1902:
251; García de la Riega, 1904: 299; Sobrino Buhigas,
1923; Linares Rivas, 1932: 111; Alvarez Limeses, 1936:
160; Fernández-Villamil, 1944: 12; Filgueira
Valverde, 1946: 16; Madroñero de la Cal, 1994:
52, 66 y 67).
Los
castros fantasmas
La
historiografía romántica gallega se asentará
ideológicamente en una búsqueda, consciente
o inconsciente, de los fundamentos del hecho diferencial
gallego. No se tratará ahora tanto de hacer de
la población de Galicia la más antigua
de la Península sino que lo verdaderamente importante
será que esa población sea diferente,
sobre todo frente a la castellana, diferencia que forzosamente
habrá de ser de índole racial. Para marcar
ese antagonismo se inventará el celtismo, que
se convertirá inmediatamente en el elemento nuclear
sobre el que se hará pivotar toda la Historia
de Galicia. Así, Galicia, el pueblo gallego,
quedarán ennoblecidos al ser dotados de una raza,
una cultura y una historia propias, peculiares y, por
supuesto, diferentes del resto de España (Villares
Paz, 1979: 425-441; Mato Domínguez, 1981: 136-144;
Barreiro Fernández, 1988: 15-78; 1993: 183-209;
Máiz, 1992: 107-116). No se rompe en un principio
con la historografía tradicional ni se prescinde
de la creencia en una cierta presencia griega y semita
en Galicia porque eso no interfiere necesariamente en
los fundamentos teóricos e ideológicos
de la nueva concepción historiográfica;
simplemente, por encima de patriarcas y héroes
fundadores se va a situar una población, un pueblo
de raza celta -por supuesto pura e inmaculada- que conformará
la base étnica de la nación gallega; andando
el tiempo se llegará a abandonar por completo
toda referencia positiva al mundo mediterráneo
en paralelo con la intensificación de las teorías
racistas (Juega Puig y Peña Santos, 1996).
Ya
en los años de transición entre los siglos
XVII y XVIII, el P.Alvarez Sotelo, aunque sigue defendiendo
un poblamiento de Galicia por los descendientes de Noé
y las posteriores fundaciones griegas, será el
primero en aceptar una presencia céltica significativa
en Galicia (Alvarez Sotelo, 1700?), tal vez, como muy
bien señala Barreiro Fernández (1988:44),
por su condición de profesor del Colegio de Irlandeses
de Santiago. Pero existe hoy total coincidencia entre
los historiadores en considerar a Verea Aguiar (1838)
como el primero en sostener la unidad racial céltica
de Galicia. Los postulados de Verea serán seguidos
casi al pie de la letra por Martínez Padín
(1849: 228) y convertidos en bandera de reivindicación
política por Faraldo (1842) y, en cierto modo,
por Vicetto (1865), hasta que el celtismo deviene en
doctrina política de base claramente racista
con Fulgosio (1865: 18-20; 1866: 29; 1867: 24-26):
-
"...y es injusto é infundado agravio á
nuestros padres, que por celtas é iberos eran
aryas, el compararlos con el salvaje de América,
á quien Dios va haciendo desaparecer de la haz
de la tierra.
Jamas
el americano, salvaje ó á medio civilizar,
de sangre inferiorísima á la blanca, supo
hacer frente con éxito á un puñado
de esforzados aventureros europeos; al paso que Roma
necesitó su mejor general y más grande
hombre, César, para señorear las Galias,
hallando increible resistencia en España, cuya
conquista le costó dos siglos y torrentes de
sangre!" (Fulgosio, 1865: 18),
y
más tarde con Vicente Risco:
-
"Mais, sexa pol-a millor adautación á
terra, sexa pol-a superioridá da raza, o certo
é que nin a infiltración romana, nin a
infiltración ibérica conseguiron destruir
o predominio do elemento loiro centroeuropeo no pobo
galego.
A
raza galega sigue sendo a vella raza céltica,
mesturada con íberos, romanos e xermanos, mais
impoñendosos carauteres dos celtas por riba de
todol-os demais. E pol-o tanto a menos ibérica
da Peninsua, e con estreitos parentescos étnicos
fora da Hespaña" (Risco, 1920: 22).
Pero
fue Murguía quien elevó el hipotético
celtismo de Galicia a la categoría de auténtico
dogma histórico (Máiz, 1992: 108-109).
Murguía
unía, a su importante categoría intelectual,
el reconocimiento unánime de las más altas
instituciones gallegas hacia su persona. Desde su puesto
de Presidente de la Real Academia Gallega, junto al
resto de los integrantes de la llamada cova céltica,
institucionalizará el celtismo como una doctrina
indisoluble de su modelo nacionalista. El y sus afines
lograrán que el celtismo se oficialice al entrar
a formar parte del himno gallego y que se convierta
en dogma, símbolo y bandera de Galicia (Barreiro
Fernández, 1993: 187).
En
clara sintonía con su ideario celtista, Murguía
será el primero en intentar, por todos los medios
posibles, hacer coincidir el actual emplazamiento de
las principales villas y ciudades de Galicia con antiguos
asentamientos "célticos", con castros
(Murguía, 1888). A la luz de la nueva ideología,
ya no era tan honroso para una ciudad haber sido fundada
por un héroe griego o un patriarca bíblico;
ahora era preciso buscar unos fundadores más
acordes con la nueva y peculiar forma de ver las cosas.
Toda ciudad que se preciase tenía que tener su
pasado celta, y si no había resto alguno que
permitiese aventurar la presencia de un poblado castreño
-siempre se ha identificado a los celtas con los habitantes
de los castros- en su seno, pues se inventaba y asunto
concluido. Esto es, ni más ni menos, lo que hace
Murguía con Pontevedra, cuando critica la forma
en que fue considerada colonia griega: "...tomando
a los celenos por helenos, hicieron de una tribu céltica
un pueblo griego..." (Murguía, 1888: 663;
1906: 142, 403), cuando afirma que la teoría
de la fundación de la ciudad por Teucro fue inventada
para mayor gloria de la población, y cuando no
tiene inconveniente alguno en inventarse un "poderoso
castro" en la colina donde hoy se alza la basílica
de Santa María (Murguía, 1888: 664, 665
y 706).
Pese
a todo ello, Murguía no rechazará para
nada la supuesta presencia de colonias griegas y fenicias
en Galicia -de hecho, sostiene que una de ellas se habría
ubicado en la actual Pontevedra- porque ello no contravenía
para nada sus postulados celtistas; así, sostiene
que en la corona del "poderoso castro" de
Santa María los griegos habrían establecido
su tribunal sagrado, el prytaneo, y desde entonces el
lugar habría adquirido la condición de
terreno sacro cuyo epígono sería la actual
basílica (Murguía, 1888: 706).
Desde
el momento en que Murguía lanza la idea del "poderoso
castro" y tribunal de Santa María, la ciudad
pudo ya considerarse adornada con el preciado don de
un origen céltico, máxime cuando de forma
casi inmediata la ocurrencia fue asumida más
o menos implícitamente por la Sociedad Arqueológica
de Pontevedra (Sampedro Folgar, 1902: 100 y 250). Para
todos estos historiadores -y para muchos de los actuales-
Pontevedra habría nacido cuando una comunidad
de raza y cultura celtas decidió edificar su
poblado, su castro, en la colina de Santa María.
Así,
uno tras otro, la mayor parte de los autores que desde
entonces decidieron escribir sobre los orígenes
de la ciudad repetirá, miméticamente,
la historia del castro de Santa María y el tribunal-templo-foro-lugar
sacro que lo coronaba (Filgueira Valverde, 1946: 11;
1947; 1963: 333-339; 1972: 171; 1973: 183; 1985: 133;
1988: 15; Sánchez Cantón, 1948: 210; 1963:
75; Filgueira Valverde y García Alén,
1959: 63; Rodríguez Figueiredo, 1970: 66; Pérez
Fariña, 1985: 11; Méndez Martínez,
1988: 258; Caeiro González, 1995: 1.107; etc.).
Poco importaba que se careciese de cualquier dato objetivo
que permitiese hablar con la más mínima
seriedad de un castro en la elevación de Santa
María; bastaba con la autoridad de Murguía,
la clasificación como romano de un fragmento
de inscripción claramente moderna aparecido junto
a la basílica (Sampedro Folgar, 1902: 100; García
de la Riega, 1904: 539; Filgueira Valverde y D'Ors,
1955: 56; Baños Rodríguez, 1994: 343)
y la sencilla, fácil y, sobre todo, poco conflictiva
labor de copia sistemática y acrítica
de los autores precedentes. Así se ha llegado,
en el colmo de la fantasía histórica,
a sumar al ya de por sí fantasmagórico
castro de Santa María, otro más, también
inventado, bajo el convento de San Francisco (Sánchez
Cantón, 1963: 9; Rodríguez Figueiredo,
1970: 67; Filgueira Valverde, 1985: 133), "acrópolis"
ésta ya apuntada de forma un tanto sutil en su
día por Fita y Fernández-Guerra (1880:
22). Aunque suene duro, una buena parte de la historia
local, al menos la que sigue gozando de mayor aceptación,
tiene todo el aspecto de haber sido elaborada de forma
semejante a la que acabamos de describir.
Sólo
en fechas muy recientes, y todavía con escaso
éxito, comienzan a ver la luz estudios que se
cuestionan la existencia de estos castros fantasmas
y, consiguientemente, de población prerromana
en el solar que hoy ocupa la ciudad (Peña Santos,
1988: 8; 1992: 394; 1995: 51; Fortes Bouzán,
1993: 25; Juega Puig, Peña Santos y Sotelo Resurrección,
1995: 18).
Con
los datos actuales nadie que conozca mínimamente
el mundo galaico prerromano puede plantearse a priori
la posible existencia de poblados castrexos en los dos
puntos en cuestión. No es sólo que jamás
se haya localizado en ellos el menor resto material
arqueológico castrexo pese a la gran cantidad
de obras y remociones de tierras que se han llevado
a cabo en el lugar -muchas de las cuales, las más
recientes, hemos tenido la posibilidad de comprobar
personalmente-, lo que ya debería ser argumento
definitivo habida cuenta de la enormidad de restos materiales
que dejaría un poblado de semejantes características;
por si ello no fuese argumento suficiente, las corrientes
actuales de la Arqueología Territorial aplicadas
al mundo castrexo galaico apuntan en una dirección
inequívoca: las características orográficas
y paleoecológicas de las tierras que hoy ocupa
la ciudad -sobre todo la capacidad de productividad
agrícola-, hacen altamente improbable el asentamiento
permanente en ellas de una comunidad con estructura
económica y tecnológica de nivel prerromano.
Desde
una perspectiva economicista, parece harto demostrada
la vinculación directa de la inmensa mayoría
de los poblados castrexos galaicos con las áreas
de mayor productividad agrícola. Salvando, y
no todos, los castros litorales -que explotarían
con preferencia los recursos marinos- y los muy tardíos
de las zonas mineras, el resto basaría su economía
en una actividad agrícola de escaso desarrollo
tecnológico sobre los terrenos de mayor capacidad
(Carballo Arceo, 1990: 161-199; Peña Santos,
1992,a: 394; 1993; Bello Diéguez y Peña
Santos, 1995: 161-162), y da la casualidad que el territorio
por donde se extiende la zona histórica de nuestra
ciudad carece de suficiente extensión de terrenos
de alta capacidad (Díaz-Fierros y Gil Sotres,
1984) como para permitir el asentamiento de una comunidad
humana de nivel económico y tecnológico
prerromano, esto es, poco menos que de subsistencia.
Si
a la carencia de buenas tierras -que sí abundan
en la periferia de la ciudad, donde en efecto se conocen
poblados castrexos- añadimos una topografía
difícil, rodeada por el río y zonas de
marisma, lejos de los lugares de vadeo, etc., y a todo
ello sumamos la ya comentada ausencia total de restos
materiales prerromanos, huelga decir que hoy por hoy
no podemos ni tan siquiera aventurar la existencia de
población prerromana -y mucho menos de recintos
fortificados- asentada en el lugar donde se levanta
la ciudad. Tampoco podemos pensar en la posibilidad
de un castro de carácter marítimo con
una actividad económica básica dirigida
de manera preferente a la captación de los recursos
propios del litoral si consideramos las características
paleotopográficas y paleoecológicas de
la zona, bien diferentes de las actuales, con un nivel
de pleamar alrededor de dos metros más bajo que
el actual; según ello, el espolón sobre
el que hoy se asienta la zona antigua de nuestra ciudad
estaría inmerso en un ambiente más fluvial
que marítimo, con todas las consecuencias ecológicas
que de ello se derivan. Una comunidad prerromana que
dependiese en cierto grado de los recursos litorales
y marinos, elegiría para asentarse un punto más
al exterior de la ría, más próximo
a los bancos marisqueros y más alejado de las
marismas propias de los estuarios.
Según
todo lo anterior, parece bastante claro que empecinarse
en seguir manteniendo la idea de uno o más poblados
castreños como origen de nuestra ciudad no deja
de ser un mero ejercicio literario carente, al menos
por el momento, de la menor confirmación.
La
"Ad Duos Pontes" del Itinerario de Antonino
El
llamado "Itinerario de Antonino" es un documento
esencial para el conocimiento de la red principal de
comunicaciones terrestres de época romana; en
él aparecen reseñadas 372 vías
terrestres, de las que 34 corresponden a Hispania y
3 al territorio galaico (Romero Masiá y Pose
Mesura, 1987: 111-122). Estas últimas enlazaban
los tres principales centros administrativos del NO
peninsular: Bracara Augusta -la actual Braga-, Lucus
Augusti -Lugo- y Asturica Augusta -Astorga-. Tanto el
Itinerario como los otros documentos de la época
referentes a las calzadas -la "Tabla de Peutinger",
las "Tablas de barro de Astorga" y el "Anónimo
de Ravenna" (Roldán Hervás, 1975;
Caamaño Gesto, 1980: 93-105; 1984; 1987: 31-33;
Arias Bonet, 1987; Naveiro López, 1991: 142)-
señalan, en general, la existencia de tres vías
principales entre Bracara y Asturica: la XVIII en forma
directa y las XIX y XX que pasaban previamente por Lucus.
Del
"Itinerario" no se conserva el documento original
sino alrededor de veinte manuscritos copiados durante
la Edad Media y que presentan ciertas variantes entre
ellos. Es esta una de las razones por las que todavía
se discute la época en que fue redactado el original,
aunque las opiniones más autorizadas la sitúan
en durante el reinado de Diocleciano, a finales del
siglo III.
Según
el "Itinerario", la vía XX, que enlazaba
Bracara con Asturica pasando por Lucus, aparece jalonada
por las siguientes "mansiones" -núcleos
de población- y distancias en millas -m.p.: milia
passuum- en la mayor parte de las copias conservadas:
423,6
ITEM PER LOCA MARITIMA A BRACARA
7
Asturicam usque:
8
Aquis Celenis..................... m.p. CLXV
424,
1 Vico Spacorum..................... stadia CXCV
2
Ad Duos Pontes.................... stadia CL
3
Grandimiro........................ stadia CLXXX
4
Atricondo......................... m.p. XXII
5
Brigantium........................ m.p. XXX
6
Caranico.......................... m.p. XVIII
7
Luco Augusti...................... m.p. XVII
425,
1 Timalino.......................... m.p. XXII
2
Ponte Neviae...................... m.p. XII
3
Uttaris........................... m.p. XX
4
Bergido........................... m.p. XVI
5
Asturica.......................... m.p. L
La
presencia en esta calzada de dos mansiones consecutivas
con nombres tan sugerentes como Vico Spacorum y Ad Duos
Pontes indujo a la práctica totalidad de los
autores que han tratado el tema de las vías romanas
de Galicia a optar por el camino más fácil
y acrítico identificándolas sin más
con las actuales ciudades de Vigo y Pontevedra. Aunque
ya de entrada parecería ciertamente sospechoso
encontrar como primera localidad de la vía en
su dirección Bracara-Lucus la denominada Aquis
Celenis, que con total seguridad era el nombre romano
de la actual Caldas de Reis, y que resultaba un tanto
forzado un camino Braga-Caldas de Reis-Vigo-Pontevedra,
los mismos autores volvieron a tirar por el camino de
menor esfuerzo intelectual: el "Itinerario"
estaba equivocado al señalar a Aquis Celenis
antes de Vico y Duos Pontes. Y así, todos contentos.
Pero
a pesar de todo, y como era de esperar, no hay dos historiadores
que presenten una misma hipótesis para el trazado
de esta vía a su paso por el territorio de la
provincia de Pontevedra (Peña Santos, 1990-1991:
217-243); en realidad, en lo único en que están
casi todos de acuerdo es en identificar las mansiones
Vico Spacorum y Ad Duos Pontes con el Vigo y la Pontevedra
actuales (Saavedra, 1863; Barros Sivelo, 1875: 168 y
215; Fita y Fernández Guerra, 1880: 21; García
de la Riega, 1904: 359-360; Blázquez y Blázquez,
1923: 14; Monteagudo, 1951: 202; Filgueira Valverde,
1956: 15; Estefanía Alvarez, 1960: 54-61; Tranoy,
1981: 216-217; Torres, 1982: 233-234; Sá Bravo,
1984: 57-84; 1989; Caamaño Gesto, 1991: 400;
Arias Vilas, 1992: 50), identificación, en el
caso más concreto que ahora nos ocupa -Ad Duos
Pontes con Pontevedra-, a la que se adherirá
gozosa otra pléyade de autores en sus escritos
sobre la historia de nuestra ciudad (Sarmiento, 1745:
145; 1753: 16; 1761: 164; 1764: 12; 1772: 6; González
Zúñiga, 1846: 2; 1848; Madoz, 1849: 1.056;
Fulgosio, 1867: 28; Faginas, 1880: 18-19; Murguía,
1888: 664; 1906: 403, 417, 614; Curioso, 1894: 52; Sampedro
Folgar, 1902: 251; Fernández-Villamil, 1944:
9; Filgueira Valverde, 1931: 2, 43; 1946: 10, 16; 1947;
1973: 183; 1985: 133; Otero Pedrayo, 1954: 309; García
Alén, 1956: 79; Sánchez Cantón,
1963: 6; Fortes Bouzán, 1986: 31; 1993: 27; Peña
Santos, 1988: 9; Arias Vilas, 1991: 19; Armas Castro,
1992: 48; Caeiro González, 1995: 1.105-1.120;
etc., etc.). De esta forma, Pontevedra quedará
vinculada en toda la historiografía tradicional
a la mansión romana Ad Duos Pontes de la vía
XX Per Loca Maritima, "...criterio universalmente
admitido", en palabras de Celso García de
la Riega (1904: 339).
Ya
hemos mencionado más arriba lo chocante que resulta
ver cómo todos los autores que optan por la ecuación
Pontevedra-Ad Duos Pontes salvan olímpicamente
el obstáculo de la posición de Aquis Celenis
-la actual Caldas de Reis- suponiendo sin más
un error en el "Itinerario"; o cómo
pasan por alto las distancias que el documento establece
entre las distintas mansiones, claramente disparatadas
si se intenta equipararlas con las reales entre las
localidades que se ha logrado identificar. Nada de ello
fue obstáculo digno de demasiada consideración,
y tanto Vico Spacorum com Ad Duos Pontes serán
sistemáticamente relacionados con las actuales
Vigo y Pontevedra.
Naturalmente,
para todos esos autores, si la vía XX Per Loca
Maritima pasaba por Vigo y por Pontevedra más
o menos próxima al litoral, la vía XIX,
que según el "Itinerario" enlazaba
las mansiones Tude -sin lugar a dudas la actual Tui-,
Aquis Celenis -Caldas de Reis- e Iria -Iria Flavia-
cruzando el actual territorio de la provincia de Pontevedra,
como más adelante veremos en detalle, necesariamente
habría de atravesar un territorio alejado de
aquélla, discurriendo por un paisaje interior
sumamente montañoso. Esto es algo que parece
absurdo desde cualquier punto de vista logístico,
máxime teniendo en cuenta que a muy poca distancia
se abría el pasillo natural de la Depresión
Meridiana. Todo ello ha provocado un verdadero caos
en los trazados propuestos para la red viaria romana
del Noroeste.
Si,
como vemos, la mayor parte de los autores ha seguido
este camino -a nuestro juicio, equivocado-, otros, los
menos, se dieron pronto cuenta del problema y ofrecieron
soluciones más lógicas aunque con escaso,
o nulo, éxito. El primero fue López Ferreiro,
para quien la vía XIX Per Loca Maritima arrancaría
de Aquis Celenis -Caldas de Reis- como indica el "Itinerario",
para adentrarse en territorio coruñés,
situándose en esta provincia, por consiguiente,
las mansiones Vico Spacorum y Ad Duos Pontes, ésta
concretamente en los alrededores de Noia (López
Ferreiro, 1882: 337, 1898: 273). Seguirán en
lo fundamental al sabio canónigo compostelano
P.Rodríguez (1883: 141 y 157), Carré Aldao
(1935: 271-272), Bouza Brey (Arias Bonet, 1987: 33),
Peña Santos (1990-1991: 217-244; 1992: 391-402),
Naveiro López, (1991: 146) y, en parte, Arias
Bonet (1987: 63).
Abundando
más en el tema, es interesante constatar la existencia
de un más que probable error de transcripción
en los códices del "Itinerario": la
mansión Vico Spacorum sería en realidad
Vicos Caporum, en clara referencia a los Caporos, la
comunidad que, según Plinio (Nat.Hist., IV,11)
y Ptolomeo (Geografía, II,6,23) se asentaría
aproximadamente entre el río Sar y Caldas de
Reis (Romero Masiá y Pose Mesura, 1987: 69).
Esta idea fue propuesta en 1935 por Carré Aldao:
"El error de achacar a Vico Spacorum como la hoy
ciudad de Vigo, consiste, en nuestro concepto, en la
falsa lectura de spacorum por capororum, pues el territorio
de los cáporos era la península del Barbanza"
(Carré Aldao, 1935: 271), y reiterada de forma
un tanto vehemente por Bouza Brey en carta a Arias Bonet
fechada en abril de 1964: "... y sigue después
(la vía XX) por toda la gran península
que cierra la ría de Arosa por la parte del Océano.
Allí Vico Spacorum (un hallazgo: Vico Spacorum
no es sino VICOS CAPORUM, "las aldeas de los Cáporos"
de Plinio, como fácilmente se comprende); allí,
AD DUOS PONTES; allí GRANDIMIRUM... todo a la
orilla del mar, pegadito al Océano Atlántico.
Nada de identificarlos con Vigo, ni con Pontevedra,
ni zarandajas semejantes!" (Arias Bonet, 1987:
33). Algo muy semejante a lo que partiendo del análisis
filológico afirmará poco tiempo después
Moralejo Lasso (1973: 198). Pero a pesar a todo, la
práctica totalidad de los autores permanecerá
y permanece todavía apegada, como ya hemos dicho,
a la ecuación Pontevedra-Ad Duos Pontes-Per Loca
Maritima.
Como
era de esperar, algunos partidarios de la identificación
de Pontevedra con la mansión Ad Duos Pontes se
sintieron en la obligación de identificar convenientemente
esos dos puentes que, según su planteamiento,
habrían dado nombre a la mansión romana.
En lo que todos coinciden es en suponer que uno de los
dos puentes sería el actual de O Burgo; las diferencias
surgirán a la hora de identificar el segundo,
de manera que para el P.Sarmiento (1753: 16) y Murguía
(1888: 664) sería el de Pontesampaio sobre el
río Berduxo, para González Zúñiga
(1846: 17) y Filgueira Valverde (1946: 10) la Pontenova
o A Goleta sobre el río Tomeza o Gafos, para
García de la Riega (1904: 311) -a quien siguen
Alvarez Limeses (1936: 163) y Pérez Fariña
(1985: 19-20)- sería también el de O Burgo
sobre el Lérez pero con una disposición
original en L muy abierta, para Faginas (1880: 20-21)
y nosotros mismos en su día el de Ponte do Couto
o el de Ponte Bolera sobre el Tomeza (Peña Santos,
1988: 11-12), hasta llegar a la reciente sugerencia
de Fortes Bouzán (1986: 33-34; 1993: 32-33),
que recoge algo ya apuntado hace más de un siglo
por Fita y Fernández-Guerra (1880: 22): un puente
desaparecido en el lugar donde hoy se levanta el de
A Barca, sobre la ría. Como más adelante
veremos, dado que en nuestra opinión la mansión
romana Ad Duos Pontes y la vía romana Per Loca
Maritima nada tienen que ver con nuestra ciudad, huelga
seguir embarcados en la estéril búsqueda
de un segundo puente que nunca existió.
El
presunto campamento legionario romano
De
entre las diferentes propuestas sobre la historia más
remota de nuestra ciudad, sin duda una de las más
pintorescas fue planteada por Filgueira Valverde en
1947 y reiterada en fechas posteriores (Filgueira Valverde,
1947; 1972: 171; 1973: 181-185; 1985: 133; Sánchez
Cantón, 1963: 75): el primitivo castro habría
quedado posteriormente integrado dentro de un recinto
campamental romano, "anterior a la reforma de Mario",
emplazado para dar asiento a una colonia militar de
veteranos y cuyo trazado se dejaría entrever
en el entramado urbanístico de la zona monumental
de la ciudad: "...es simplemente la perduración
de un plano campamental romano, del tipo anterior a
la reforma de Mario; al lado del núcleo marinero
y utilizando el viejo castro; la Pontevedra de murallas
adentro fue un día trazada por los "gromatici"
y nació, como tantas otras ciudades, para dar
asiento a una colonia militar".
Esta
teoría es fácilmente descartable (García
Alén, 1956: 79; Peña Santos, 1988: 15;
1992: 394-395; 1995: 53; Juega Puig, Peña Santos
y Sotelo Resurrección, 1995: 23) si consideramos,
en primer lugar, que la topografía de la zona
no es ni mucho menos la más adecuada para el
emplazamiento de un campamento militar romano, máxime
si éste se concebía con unas previsiones
de permanencia; en segundo lugar, de haber existido
tal campamento, su sóla presencia originaría
un volumen de restos materiales de gran envergadura
-construcciones, fragmentos de tégulas y de cerámicas,
objetos diversos- que se contradice frontalmente con
la parquedad de los hallazgos romanos llegados a nuestros
días; en tercer lugar, es altamente improbable
que las diferentes ampliaciones experimentadas por el
burgo medieval entre los siglos XII y XV fueran a coincidir
puntual y sospechosamente con las estructuras arquitectónicas
campamentales; en cuarto lugar, porque es precisa cierta
dosis de imaginación para intentar rastrear huellas
de la rigurosa organización urbanística
de sistema ortogonal propia de los campamentos romanos
en la disposición flagrantemente medieval del
entramado urbano de la zona monumental pontevedresa;
y en quinto lugar, algo definitivo: si, como afirma
la teoría en cuestión, el tal supuesto
campamento era "anterior a la reforma de Mario",
y el cónsul romano había procedido a la
modificación del ejército en los años
finales del siglo II a.C., resultaría que dentro
de los límites de nuestra ciudad habría
existido un campamento militar romano, de carácter
permanente, aproximadamente un siglo antes de que el
territorio galaico pasase a formar parte del Imperio
romano, algo que nos parece muy difícil de aceptar
a no ser que en la base argumental de la teoría
subyazca aquélla curiosa confusión de
multitud de autores antiguos entre la Lambriaca de Pomponio
Mela y la indómita Talabriga, ciudad esta última
que al decir de Appiano se reveló en varias ocasiones
durante la expedición de Décimo Iunio
Bruto en el 137 a.C. a tierras galaicas (Murguía,
1905: 299-307; etc.) y que la moderna investigación
sitúa en área lusitana próxima
a la desembocadora del Vouga, cerca de Aveiro (Alarçao,
1990: 348); si estuviésemos en lo cierto, volveríamos
a encontrarnos ante una sutil utilización de
la Historia para magnificar los orígenes de nuestra
ciudad.
En
resumidas cuentas, parece que lo más sensato,
a la vista de los datos contrastados disponibles en
la actualidad, es que actuemos de igual manera que en
el caso del/los hipotéticos castros y pongamos
en prudente cuarentena cualquier relación entre
los orígenes de nuestra ciudad y un campamento
militar romano.
La
hipótesis actual: TUROQUA y la vía romana
XIX
Más
arriba hemos puesto especial énfasis en la poca
atracción que parecen haber ejercido las tierras
en las que se levanta en la actualidad el núcleo
histórico de nuestra ciudad sobre las comunidades
humanas prerromanas, sin duda por sus características
geomorfológicas y por su escasa productividad
agrícola. La ausencia de hallazgos arqueológicos
de cronología anterior a la romanización
parece ratificar esta idea.
La
cosa, sin embargo, cambia cuando trasladamos nuestro
análisis al territorio inmediato a la ciudad,
donde sí son frecuentes los terrenos de alta
capacidad productiva, y en los que abundan los testimonios
materiales de la presencia humana desde la más
remota antigüedad (Filgueira Valverde y García
Alén, 1955: 31-45; 1956; 1959: 19-97; 1975: 57-88;
1978: 49-130).
Sin
duda esta presencia arranca en un momento temporal muy
poco concreto pero que podría establecerse de
forma aproximada hace alrededor de 100.000 años,
cuando pequeñas bandas de cazadores-recolectores
con un nivel de organización social apenas incipiente
recorrerían el territorio aprovechando sus recursos
naturales. Varios artefactos de piedra tallada y forma
bifacial localizados casualmente en Poio y en Lourizán
nos hablan de esta arcaica presencia humana en los alrededores
de nuestra ciudad.
El
lento proceso de transformación de las comunidades
humanas de cazadoras-recolectoras en productoras de
alimentos, que la bibliografía tradicional denomina
Neolítico, parece iniciarse en el área
galaica hacia el V milenio a.C. (Bello Diéguez
y Peña Santos, 1995: 81) con la aparición
progresiva en los análisis palinológicos
de pólenes de cereal y la irrupción en
el paisaje de un fenómeno tumular de carácter
funerario que se conoce como Megalitismo.
Las
comunidades humanas del Neolítico galaico, todavía
con un régimen económico que implicaba
una cierta movilidad y poca estabilidad del hábitat,
practicaban una agricultura incipiente basada en la
deforestación y posterior fertilización
del terreno mediante quema controlada de la vegetación.
Se trata de un sistema semejante al conocido como roza
o estivada, que supone el rápido agotamiento
de la capacidad productiva del suelo favoreciendo al
tiempo la erosión y obligando a la repetición
del proceso en otro lugar.
La
evidencia más clara y numerosa dejada por la
presencia humana durante este período de nuestra
Prehistoria está constituida por el fenómeno
tumular megalítico: millares de túmulos
funerarios festonean el territorio galaico en una clara
muestra de la amplia distribución territorial
de las primeras comunidades agrícolas.
Estos
túmulos, conocidos en Galicia con diversos nombres
-mámoas, medorras, medoñas...- escondían
en su interior una cámara funeraria de mayores
o menores dimensiones edificada con losas de piedra,
conocida generalmente con el nombre de dolmen -en Galicia
arca, anta, casota...-, y que funcionalmente servía
como una suerte de panteón funerario donde se
inhumaban los miembros de una determinada "familia"
-o sólo ciertos indivíduos-, acompañados
por los ajuares funerarios correspondientes. Ni una
sóla de estas cámaras se ha visto libre
de profanación y mayor o menor destrucción
por los buscadores de tesoros. Las agrupaciones tumulares
más próximas a nuestra ciudad se ubican
en el Montecelo de Poio, en las proximidades de la parroquial
de Campañó y en el lugar de Os Campiños
junto al límite con el municipio de Pontecaldelas
(Filgueira Valverde y García Alén, 1978:
49-130). En dos túmulos de este último
complejo se practicaron recientemente excavaciones arqueológicas
de urgencia con ocasión de los trabajos de preparación
del terreno para la instalación de un polígono
industrial, documentándose los restos de un interesante
ajuar funerario integrado por fragmentos cerámicos,
alguna punta de flecha de piedra tallada, etc.; los
resultados de estas excavaciones, dirigidas por J.M.Rey
García, permanecen por el momento inéditos.
Sí ha sido publicada la excavación del
pequeño túmulo del Monte de Mon, situado
sobre el lugar de Campelo en Poio, que cobijaba una
interesantísima cámara rectangular enmarcada
por un cinturón lítico; ésta cámara
había sufrido reiteradas profanaciones por buscadores
de tesoros, motivo por el que no se pudo localizar resto
alguno del ajuar funerario (Peña Santos, 1984:
75-84).
Las
comunidades megalíticas parece que ya albergaban
en su seno los primeros atisbos de organización
social de tipo desigual; sin embargo, será durante
la fase terminal de ese período, a finales del
III Milenio a.C., cuando se harán evidentes los
indicios más claros de estructuración
social, algo que vendrá emparejado con la introducción
de la primera metalurgia -cobre, oro, plata- y con un
clarísimo desarrollo de las fuerzas productivas.
La
aparición en el registro arqueológico
de esta época de evidencias de un nuevo ritual
funerario de carácter individual frente al colectivo
propio del Megalitismo, y el hecho de que estos personajes
que se entierran de distinto modo que el resto de la
comunidad se acompañen de ajuares funerarios
mucho más ricos, en los que suele aparecer el
metal -armas de cobre, joyas de oro y plata- nos habla
de la eclosión de la desigualdad social: las
comunidades de los primeros tiempos de la Metalurgia
parece que se organizaban socialmente en torno a la
desigualdad; en su seno surgirán indivíduos
con mayor riqueza y, seguramente, al tiempo mayor rango
y poder, que se servirán de la exhibición
y ostentación de signos muy concretos de estatus
-armas de metal, adornos de oro y plata- para manifestar
y afirmar su poder.
En
la base de estas transformaciones sociales está
un desarrollo económico palpable. Se introducen
durante esta época nuevos cultivos y nuevas tecnologías
que van a permitir la puesta en explotación de
nuevos territorios y a generar mayores, mejores y más
diversas cosechas; al tiempo, se establecen relaciones
de intercambio con zonas a gran distancia, generalmente
atlánticas, poniendo las bases de lo que siglos
más tarde será la comunidad atlántica
de la Edad del Bronce. Es decir, se entra en una dinámica
expansiva en todos los órdenes de la que son
buena muestra tanto las transformaciones que acabamos
de reseñar como la irrupción paralela
de un fenómeno tan peculiar como es el definido
por la cerámica de tipo campaniforme.
Tampoco
parece ajeno a esta nueva realidad social algo de apariencia
tan inocente como es el arte rupestre al aire libre.
Característicos del área costera galaica,
con preferencia de la zona de las Rías Baixas,
los magníficos petroglifos galaicos constituyen
un testimonio cultural de extraordinaria relevancia
no sólo por sus indudables cualidades estéticas
sino por ser la única producción genuinamente
galaica de la Prehistoria y por la información
de índole social que ofrecen.
Los
dos grandes bloques temáticos que caracterizan
la iconografía principal de los grabados rupestres
galaicos: geométrico -combinaciones circulares,
puntos, espirales, cuadrados, laberintos...- y naturalista
-ciervos, caballos, serpientes, seres humanos, antropomorfos,
armas, ídolos...- nos ilustran con relativa claridad
sobre la organización social de la comunidad
autora de este fenómeno artístico. Así,
del complejísimo mundo de las figuras geométricas
parece deducirrse la existencia de ciertos indivíduos
capaces de desentrañar las claves simbólicas
de este lenguaje y de actuar de intermediarios con las
divinidades, algo que sin duda les haría gozar
de mayor o menor rango y poder en el seno de la comunidad;
al tiempo, en las figuras de armas y en las escenas
muy concretas de caza y equitación son evidentes,
por un lado, los más claros emblemas de estatus
de los personajes más destacados y, por otro,
las actividades no productivas pero de gran prestigio
propias de los estamentos privilegiados de la sociedad.
Ambas vías de análisis del arte rupestre,
entre otras muchas, nos han permitido integrarlo plenamente
en la sociedad de los primeros tiempos de la Metalurgia
como discurso de poder dentro del conjunto de resortes
ideológicos de los grupos dominantes, poniendo
de relieve los mismos elementos que nos muestra el registro
arqueológico de una sociedad en clara expansión
(Peña Santos y Rey García, 1993: 11-50).
La
comarca pontevedresa abunda en testimonios de los primeros
tiempos de la Metalurgia, sobre todo en lo que se refiere
a complejos de grabados rupestres. Dos hachas planas
de cobre, una tal vez procedente de Lérez (Monteagudo,
1977, n 18), y la restante localizada en un lugar indeterminado
de los alrededores de Mourente (Monteagudo, 1977, n
302), son por el momento los únicos testimonios
de la más temprana metalurgia galaica. Asentamientos
con cerámicas campaniformes todavía no
excavados se han detectado en el Montecelo de Poio y
en Navalexos, cerca del campamento de Figueirido. Pero
serán sin duda los abundantes complejos de arte
rupestre al aire libre el testimonio más espectacular
de la presencia de estas comunidades humanas pese al
vergonzoso estado de abandono y deterioro -muchos han
desaparecido recientemente- en que a duras penas sobreviven
pese a su consideración legal de Bienes de Interés
Cultural, teóricamente el más alto grado
de protección legal posible. No en vano, nuestra
ciudad se ubica en el verdadero centro neurálgico
del área de dispersión geográfica
de los complejos rupestres galaicos (Sobrino Buhigas,
1935; García Alén y Peña Santos,
1980).
Numerosos
son los petroglifos existentes en los alrededores del
cuartel de Figueirido, entre los que destacan los diseños
laberínticos del Outeiro das Laxes, las complejas
combinaciones de círculos concéntricos
del Outeiro dos Apañados y el diseño antropomorfo
del Outeiro da Mina; en el lugar de Carramal, en Salcedo,
el Penedo de Vilar de Matos muestra un atractivo conjunto
de grabados integrado por numerosas combinaciones circulares
y puntos, al igual que el del Outeiro do Mato das Cruces
y el muy deteriorado del patio del Grupo Escolar de
Placeres.
Por
su espectacularidad y abundancia, los petroglifos del
Montecelo en Poio son mundialmente conocidos; entre
ellos, la gran Laxe das Lebres nos muestra varias decenas
de ciervos, muchos de ellos provistos de hermosa cornamenta,
y algunas escenas de equitación, en tanto que
la Pedra Grande de Montecelo constituye por sí
misma uno de los testimonios más sorprendentes
de la temática de estilo geométrico de
todo el arte rupestre galaico con sus numerosas y variadas
combinaciones circulares, tema éste presente
asimismo en otros complejos menos espectaculares pero
también muy interesantes como la Laxe das Picadas
o la Laxe do Xugo. Es lástima que haya desaparecido,
creemos, una magnífica roca con los únicos
diseños de armas -alabardas y puñales-
de la comarca pontevedresa, que se emplazaba cerca de
las anteriores. Por fin, también en Poio existió
hasta hace relativamente poco un extraordinario conjunto
de grabados de tipo geométrico en el Outeiro
do Carballiño, del que apenas sobrevive un mínimo
fragmento.
Junto
a los anteriores, multitud de rocas con grabados rupestres
sobreviven en difíciles condiciones o han sido
recientemente destruidas en las parroquias de Campañó,
Salcedo, Lérez, S.Salvador de Poio, S.Andrés
de Xeve o Tenorio ante la total pasividad de los organismos
encargados de velar por la salvaguarda del patrimonio
cultural.
Es
muy posible que debamos considerar íntimamente
relacionada con el mundo final del Megalitismo y con
los cambios estructurales de los primeros tiempos de
la Metalurgia la extraordinaria estela descubierta recientemente
en una necrópolis altomedieval inmediata a la
iglesia parroquial de S.Salvador de Poio, reaprovechada
como tapa de una sepultura. De más de dos metros
de longitud, sobre una de sus caras presenta grabada
una figura humana vestida con amplia túnica de
pliegues geométricos en zig-zag y manos muy marcadas
junto con diseños ondulantes, todo ello de gran
esquematismo. Es lástima que el monolito esté
mutilado a la altura del cuello de la figura; no obstante,
se trata sin lugar a dudas de un testimonio de valor
inapreciable que espera su estudio en profundidad.
Durante
gran parte del II Milenio a.C., el ritmo de desarrollo
de las comunidades galaicas parece entrar en una fase
de recesión. Salvo la aparición casual
de algunos útiles metálicos como el hacha
plana de filo desenvuelto localizada en un punto inteterminado
del municipio de Poio (Monteagudo, 1977: n 711), que
ponen de manifiesto la adopción de la metalurgia
del bronce y el mantenimiento de cierto grado de contactos
exteriores (Bello Diéguez y Peña Santos,
1995: 147-148), la realidad es que ni las costumbres
funerarias ni el arte rupestre, entre otras cosas, parecen
haber sobrevivido durante esta fase oscura de la Edad
del Bronce; de hecho, se desconocen por el momento restos
de asentamientos vinculables con claridad a la misma.
Todo parece dar a entender que, por las causas que fuesen,
el territorio galaico -y en general todas las tierras
europeas de la fachada atlántica- entró
en un proceso de recesión económica y
demográfica, volviendo las comunidades a un régimen
más móvil de explotación del medio
natural.
Este
estado de cosas parece sufrir un cambio a partir de
los siglos finales del II Milenio a.C.. Se cree que
la expansión occidental de los grupos continentales
de Campos de Urnas y, sobre todo, la demanda mediterránea
de materias primas -preferentemente el estaño
atlántico-, habrían favorecido la aparición
a todo lo largo de la fachada atlántica europea
de una serie de focos culturales más o menos
interrelacionados según un modelo que algunos
autores han definido como "de relaciones entre
sistemas políticos similares". Uno de estos
focos sería el galaico, y su mayor o menor categoría
vendría condicionada tanto por su carácter
de productor de alguno de los bienes intercambiados
como por su posición estratégica como
punto adecuado para la redistribución de las
mercancías. El área galaica parece quedar
durante esta fase, por primera y única vez a
lo largo de la Prehistoria, integrada de lleno dentro
de la presunta koiné comercial y cultural atlántica.
Como
ya hemos tenido ocasión de avanzar líneas
arriba, los circuitos atlánticos de intercambio
de la fase de plenitud de la Edad el Bronce no sólo
se cree que interconectarían las diferentes áreas
productoras y/o distribuidoras de la Europa Oceánica
sino que, lo que sin duda es esencial, las pondrían
en relación con los países mediterráneos.
Productos atlánticos alcanzarán el Mediterráneo
Central, de donde sin duda no sólo se recibirían
mercancías muy concretas sino buena cantidad
de novedades de carácter tecnológico y,
sobre todo, ideológico, que sin duda habrán
tenido una enorme trascendencia social al ser asimiladas
por las élites locales y actuar como dinamizadoras
de una sociedad al parecer claramente jerarquizada y
en plena expansión.
Muestra
clara de la intensa ocupación de las tierras
de la comarca pontevedresa en esta etapa de plenitud
de la Edad del Bronce son los numerosos hallazgos casuales
de "hachas" de bronce producidos en los alrededores
de la ciudad. Entre todos ellos brilla con luz propia
el enorme "depósito" localizado en
1946 perfectamente apilado bajo tierra en el lugar de
Ladróns próximo al litoral de la feligresía
de Samieira en Poio (Monteagudo, 1977: n 1.470, 1.498-1.553,
1.572-1.645, 1.655-1.669 y 1684). Estaba integrado en
origen por unas ciento setenta "hachas" de
bronce de la variedad de tope con anillas, una producción
masiva cuyo destino final desconocemos aunque se supone
que se encontraban dispuestas para su "comercialización",
pero que informa sobre la extraordinaria actividad y
dinamismo de los talleres metalúrgicos locales,
perfectamente integrable dentro de las características
generales de las comunidades europeas de la orla atlántica
en la fase álgida de la Edad del Bronce. El depósito
de Samieira es, sin lugar a dudas, uno de los hallazgos
arqueológicos más conocidos del área
galaica, presente con asiduidad en la bibliografía
europea sobre la Edad del Bronce.
Otros
conjuntos interesantes, si bien cuantitativamente mucho
menores que el de Samieira, son el localizado en fechas
relativamente recientes en Berducido, integrado por
una decena de "hachas" muy parecidas a las
de Samieira, o el de Barcia, en Marcón, compuesto
por dos "hachas" de tope con una sóla
anilla (Monteagudo, 1977: n 1.333 y 1.459), sin olvidar
el hallazgo, casual como los anteriores, de un "hacha"
tubular de una anilla en los alrededores de Lérez
(Monteagudo, 1977: n 1.747). También en Marcón
hay referencias al hallazgo de un lote de cuatro hachas
de tope y anillas hoy en paradero desconocido, y a la
aparición en el lugar de Areda de la mitad inferior
de un hacha de tope con anillas (Monteagudo, 1977, n
1.646).
Mucho
se ha discutido en relación con la posible funcionalidad
de las "hachas" de tope y anillas propias
de los momentos finales de la Edad del Bronce habida
cuenta de su palpable fragilidad, algo totalmente impropio
de un objeto al que en principio se supondría
una finalidad utilitaria de carácter mecánico.
Esta inutilidad parece derivarse de los elementos y
proporciones presentes en las aleaciones empleadas,
en las que seguramente para ahorrar el estaño
y el cobre imprescindibles para la fundición
de bronce, ambos componentes se sustituyen en mayor
o menor proporción por plomo, con lo que el objeto
así fundido pierde gran parte de su resistencia
mecánica. Dando por supuesto que muy dificilmente
las "hachas" de tope y anillas pudieron haber
sido empleadas como verdaderas hachas, buscar una explicación
lógica no parece tarea sencilla si además
contamos con la evidencia de su producción masiva
y su enorme dispersión geográfica -incluso
hasta el Mediterráneo Central-. Desechada totalmente
la hipótesis de que se trate de lingotes por
su complejidad formal y por lo poco práctico
que parece elaborar lingotes con metales ya aleados,
hoy se barajan hipótesis de carácter simbólico
para entender la existencia de estas piezas, que por
su abundancia han caracterizado desde la perspectiva
arqueográfica los tiempos finales de la Edad
del Bronce en las tierras atlánticas europeas.
Estudios
recientes apuntan que esta fase de expansión
de las comunidades atlánticas va a tocar a su
fin cuando a partir del siglo VIII los circuitos de
intercambio caigan en manos de los fenicios, que introducirán
en el mercado los primeros objetos de hierro y nuevos
modelos comerciales que darán al traste con el
sistema tradicional. El resultado será la disolución
de las relaciones entre las diferentes comunidades atlánticas
y la entrada en una era de aislamiento; desde ahora,
esas comunidades van a evolucionar de manera independiente,
y sus únicos contactos con el exterior estarán
canalizados por los navegantes fenicios.
El
área galaica entrará en esta fase de aislamiento
en medio de una extraordinaria transformación
interna. Los contactos exteriores mantenidos durante
la Edad del Bronce habrían posibilitado la arribada
a estas tierras de novedades de todo tipo, entre las
que destacaremos las ligadas a los sistemas de explotación
agraria: nuevos cultivos, nuevas formas de cultivo y
nueva tecnología. La adopción de estas
novedades por las comunidades galaicas más receptivas
les habría permitido abandonar en parte aquellos
sistemas tradicionales de explotación del medio
que les impedían levantar asentamientos estables;
la llegada desde el Mediterráneo de las leguminosas
y de nociones básicas de barbecho y abonado habría
facilitado la explotación sistemática
e ilimitada de los mismos terrenos, de modo que esas
comunidades podrían a partir de ahora edificar
poblados con unas mínimas condiciones de estabilidad.
Según este modelo interpretativo, estamos ante
el paso del campamento a la aldea, ante la aparición
de los primeros castros, un tipo de asentamiento que
definirá todo un proceso cultural absolutamente
peculiar de la Edad del Hierro del área galaica;
un proceso que hunde sus raices, como hemos dicho, en
la dinámica expansiva de la Edad del Bronce,
pero que se desarrollará durante una fase de
casi total aislamiento, de ahí que sus características
más acusadas sean únicas y peculiares
del área galaica, sin reflejos en el exterior;
un proceso, en suma, flagrantemente autóctono
y en el que, pese a todo lo que se ha venido afirmando
desde el surgimiento de la historiografía romántica,
no se detecta para nada la presencia de elementos étnicos
foráneos y mucho menos célticos (Peña
Santos, 1992,a; 1993; Bello Diéguez y Peña
Santos, 1995: 157-158).
Para
edificar sus primeros poblados estables, las comunidades
galaicas elegirán colinas facilmente defendibles
con una visión directa e inmediata sobre los
mejores terrenos de cultivo. Aunque dispondrán
de cierto grado de estructuras defensivas en forma de
terraplenes y muros, estas minúsculas aldeas
que conocemos con el nombre de castros servirán
de alojamiento y protección -en el más
amplio sentido del término- a una no menos minúscula
comunidad de campesinos relativamente jerarquizada y
muy posiblemente unida por vínculos directos
de sangre, autárquica e inmersa en una etapa
de estancamiento económico general y de aislamiento,
con unas formas de vida poco menos que de subsistencia.
Oscuras comunidades campesinas que nada tienen que ver
con esa idílica sociedad neorromántica
pancéltica llena de dioses, reyes, druidas, hadas
y guerreros que bastantes autores actuales proponen
con excesivas dosis de optimismo y alegría a
los incautos lectores.
Más
arriba hemos comentado con detalle por qué creemos
que es altamente improbable la ubicación de un
poblado castrexo en el terreno donde se levanta nuestra
ciudad, de modo que no insistiremos en el tema. Hasta
hoy, sólo conocemos la existencia de un castro
de época claramente prerromana en las proximidades
de la ciudad: el llamado Monte das Croas en la feligresía
de Salcedo.
Lugar
donde se ha recogido una buena colección de leyendas
de tipo tradicional (Murguía, 1888: 68-7O; Carré
Alvarellos, 1977), el Monte das Croas es un espolón
en medio de la ladera oriental de las estribaciones
de la península del Morrazo sobre la Depresión
Meridiana, rodeado de terrenos de gran potencial agrícola.
La entidad de población más próxima
es el lugar de Birrete, curioso topónimo tal
vez derivado de la forma topográfica del castro.
Tras un sondeo de urgencia dirigido por Víctor
Barbi Alonso en 1992 a raíz de la aparición
el año anterior de un monolito que en un principio
se tomó por menhir, en 1993 realizamos una primera
campaña de excavaciones, con el aval del Museo
de Pontevedra y la colaboración de la Comunidad
de Montes Vecinales en Mano Común de Salcedo,
que se integraba en un ambicioso proyecto de investigación
y recuperación patrimonial que no ha podido tener
continuidad al haber suprimido desde entonces la Consellería
de Cultura de la Xunta de Galicia los planes de investigación
arqueológica en beneficio, según se dice,
de la arqueología de gestión o de salvamento.
Pese
a la parquedad de información que supone una
única campaña, la excavación sirvió
al menos para poner de manifiesto la existencia de un
poblado castreño de extraordinario interés
datable aproximadamente en el siglo VII a.C. (Peña
Santos, 1994: VI-VII). Dispone de restos de estructuras
habitacionales de mampostería con planta curva,
y se rodea por, al menos, una línea de muralla
de mampostería de relativo espesor construida
con magnífica técnica. Los fragmentos
de recipientes de cerámica y de piezas de bronce
documentados se inscriben sin dificultad alguna en el
ámbito del mundo castrexo de la fase formativa
transicional entre las Edades del Bronce y del Hierro.
Pero al interés intrínseco del yacimiento
hemos de sumar un detalle singular: el poblado fue abandonado
mientras se estaba todavía edificando, por lo
que además de averiguar las causas por las que
la población decidió dejar el lugar, la
información que podrían suministrar las
excavaciones en cuanto a los sistemas de construcción
castrexos de la primera época parece considerable.
Tal vez en el futuro cambien las cosas y podamos retomar
la investigación de tan interesante yacimiento.
Habrá
que esperar a la segunda mitad del siglo I a.C., con
el área galaica ya integrada de lleno en el Imperio
Romano, para localizar nuevos asentamientos castrexos
en los alrededores de la ciudad. Nada parece indicar
en principio que alguno de estos poblados se haya formado
en tiempos anteriores; antes bien, los castros de Campañó,
Lérez, Berducido, Mourente, San Cibrán,
Tomeza y Salcedo, que rodean la ciudad, aunque jamás
han sido objeto de la menor excavación oficial,
parecen responder a a todas luces a esa intensa y racional
reorganización territorial que Roma parece establecer
en el territorio galaico -o al menos en zonas muy concretas-
durante los primeros tiempos de dominación y
que supone una sistemática puesta en explotación
de los recursos del medio natural (Bello Diéguez
y Peña Santos, 1995: 173). Es la fase castrexo-romana,
que perdurará hasta su más o menos rápida
transformación a partir de los años finales
del siglo I de nuestra Era, y durante la cual el mundo
castrexo galaico alcanzará sus mayores niveles
de desarrollo en todos los ámbitos con excepción
del de la independencia en sentido estricto.
El
control y la explotación de los recursos del
territorio hacían imprescindible para Roma el
disponer de unas vías de comunicación
aceptables, tanto marítimas como terrestres.
Inmediatamente después de la integración
en el Imperio, Roma establecerá tres centros
urbanos de carácter administrativo en el NO de
la Península: Lucus Augusti -Lugo-, Asturica
Augusta -Astorga- y Bracara Augusta -Braga-, que enlazará
por medio de otras tantas calzadas principales: una
directa Bracara-Asturica -la XVIII del "Itinerario
de Antonino"- y dos pasando previamente por Lucus
-la XIX y la XX Per Loca Maritima-, como ya hemos mencionado
más arriba.
No
insistiremos más en el dichoso tema de la vía
romana XX Per Loca Maritima, pues creemos haber dejado
bien claro que en nuestra opinión nada tienen
que ver con nuestra ciudad ni la propia calzada ni la
mansión Ad Duos Pontes con ella relacionada.
Otra vía cruzaba nuestra provincia y sobre ella
haremos hincapié a continuación: la XIX,
que el "Itinerario de Antonino" recoge de
esta forma:
429,4
ITEM A BRACARA ASTURICAM...m.p. CCXCVIIII, sic:
6
Limia.........................m.p. XVIIII
7
Tude..........................m.p. XXIIII
430,
1 Burbida.......................m.p. XVI
2
Turoqua.......................m.p. XVI
3
Aquis Celenis.................m.p. XXIIII
4
Tria..........................m.p. XII
5
Assegonia.....................m.p. XIII
6
Brevis........................m.p. XXII
7
Marcie........................m.p. XX
8
Luco Augusti..................m.p. XIII
9
Timalino......................m.p. XXII
10
Ponte Neviae.................m.p. XII
11
Uttaris......................m.p. XX
431,
1 Bergido.......................m.p. XVI
2
Interamnio Fluvio.............m.p. XX
3
Asturica......................m.p. XXX
Observamos
que esta vía partía de Bracara Augusta
-Braga- en dirección N pasando por varias localidades
claramente identificables: Limia -Ponte de Lima-, Tude
-Tui-, Aquis Celenis -Caldas de Reis- y Tria -en otros
códices Iria, es decir, la actual Iria Flavia-
hasta llegar a Lucus -Lugo- y proseguir hacia Asturica
-Astorga-. Nuestro interés ha de centrarse, pues,
en el tramo entre Tude e Iria, es decir, en el trayecto
recorrido por esta calzada dentro de la actual provincia
de Pontevedra.
Cuando
más arriba desechábamos la relación
entre nuestra ciudad y la mansión Ad Duos Pontes
de la vía XX Per Loca Marítima, hacíamos
también hincapié en los trazados ciertamente
absurdos propuestos por la mayor parte de los autores
para la ubicación de la vía XIX al creer
que la XX discurría más o menos pegada
al litoral de la actual provincia; ello les obligaba
a suponer que la XIX, en el tramo entre Tui y Caldas
de Reis o Iria Flavia, discurriría por la zona
montañosa interior, precisamente por el lugar
menos recomendable según esa racionalidad implacable
de que los romanos hacían gala a la hora de trazar
sus vías principales de comunicación,
dando clara prioridad a las razones estratégicas.
Separado
como hemos la vía XX de la costa pontevedresa
y, por supuesto, de nuestra ciudad, el problema desaparece
y podemos acudir a lógica más simple:
la que permiten el análisis de los factores logísticos
y estratégicos, las características topográficas
del territorio y los hallazgos arqueológicos.
Sólo
razones poderosísimas de fuerza mayor obligarían
a los técnicos romanos a desechar para el trazado
de una vía principal entre Tui, Caldas de Reis
e Iria las inmejorables condiciones topográficas
que ofrece la llamada Depresión Meridiana que
se abre, precisamente, entre esas localidades siguiendo
una dirección marcadamente rectilínea
S-N y por la que discurre la moderna red de comunicaciones
terrestres. Como no conocemos razón alguna que
nos haga sospechar siquiera la posibilidad de un trazado
diferente, y si a ello sumamos la veintena de miliarios
recogidos a lo largo de esta depresión natural
-por otra parte los únicos descubiertos en todo
el territorio provincial-, el resultado es tan sencillo
y racional que asusta pensar cómo ha podido ser
sistemáticamente obviado por la mayor parte de
los historiadores: logística, topografía
y hallazgos parecen confirmar que la vía romana
XIX, entre Tui e Iria Flavia, seguía el camino
natural de la Depresión Meridiana; es decir,
que era la vía XIX la que pasaba por el lugar
donde hoy se levanta la ciudad de Pontevedra.
Para
llegar a la conclusión anterior fue decisivo
el hallazgo, en las frustradas excavaciones arqueológicas
de 1988 en la cabecera meridional del puente del Burgo,
de un miliario del emperador Hadriano datado en el año
134 de nuestra Era. Este miliario se alzaría
junto a uno de los márgenes de la vía
romana, dato que no pudo ser confirmado porque, como
es público para vergüenza y oprobio de los
que por acción u omisión lo permitieron,
la excavación fue violentamente cancelada nada
más aparecer el monolito (Peña Santos,
1995: 47-48); posteriormente, el miliario, hoy por hoy
el testimonio documental más antiguo localizado
en la ciudad, fue brutalmente arrancado a instancias
de la Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia
y trasladado al Museo de Pontevedra sin haber sido previamente
excavado.
Pese
a todos estos avatares, la propia existencia de este
miliario y la inscripción que ostenta:
IMP(erator).CAES(ar).DIVI.TRAI
AIANI.PARTHICI.FIL(ius)
DIVI.NERV[AE].NEPOS
TRAIANVSHADRIA
NVS.AVG(ustus).P(ater).P(atriae).PONT(ifex)
MAX(imus).TRIB(unicia).POT(estate).XVIII
CO(n)S(ul).III.AL(uco).AVG(usti).M(ilia).P(assuum)
LXXXXVI
confirman
que en el año 134 de nuestra Era -que es cuando
el emperador Hadriano ostentó por decimoctava
vez la potestad tribunicia- una vía romana discurría
por este punto concreto, punto, por otra parte, situado
a 96 millas de Lugo. Si ya los datos que se manejaban
por entonces hacían cada vez más dificil
mantener el paso de la vía XX Per Loca Maritima
por este lugar, la distancia a Lugo indicada en el miliario
y su comparación con las reseñadas en
el "Itinerario de Antonino" no dejaron ya
lugar a dudas: el miliario del puente del Burgo pertenecía
a la vía XIX.
Identificada
la vía, el paso siguiente era averiguar si alguna
de las mansiones que el "Itinerario" señalaba
para el tramo entre Tude y Aquis Celenis -o, como ya
hemos reiterado, entre las actuales Tui y Caldas de
Reis- podría haberse ubicado en el mismo lugar
que la ciudad de nuestros días.
El
"Itinerario" especifica dos mansiones viarias
en el tramo entre Tude y Aquis Celenis: Burbida y Turoqua,
que hemos tratado de situar según el procedimiento
que resumimos a continuación (Peña Santos,
1990-1991: 225-226):
Un
miliario descubierto en el lugar de O Padrón
de la feligresía de Saxamonde en Redondela (Filgueira
Valverde y DOrs, 1955:18) indica una distancia a Tude
de XVII millas romanas, o, lo que es lo mismo, 25 km
actuales, distancia idéntica a la que hoy separa
el punto de aparición de este miliario y la ciudad
de Tui. De ello se deduce que entre ambas localidades
la vía seguía un trazado paralelo al de
la carretera moderna.
Si
en el "Itinerario" la mansión Burbida
dista XVI millas de Tude -24 km- y, tal como acabamos
de ver, el tramo de 25 km Tui-Saxamonde está
bien definido, la conclusión es que Burbida se
ubicaría una milla romana antes del lugar donde
apareció el miliario de O Padrón; es decir,
casi con total seguridad en el alto de Barreiras, entre
Guizán y Enfesta, donde abundan los restos constructivos
romanos en superficie y donde todavía se conserva
in situ otro miliario, convertido en marco de límite
entre ambas parroquias (Filgueira Valverde y García
Alén, 1956: 180-181).
Situada
Burbida, la siguiente mansión viaria es Turoqua,
a XVI millas -24 km- de la anterior. Los miliarios recuperados
entre Saxamonde y Cerponzóns no parecen dejar
lugar a dudas en cuanto a la dirección seguida
por la vía. Concretamente, el miliario de Arcade
(Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 19-20) señala
LXVI millas a Bracara -98 km-, distancia equivalente
a la actual por carretera. Pues bien, a exactamente
XVI millas -24 km- del Alto de Barreiras -donde insistimos
que habría que situar la mansión Burbida-
nos encontramos dentro del actual núcleo urbano
de la ciudad de Pontevedra, por lo que todos los indicios
racionales apuntan en una única dirección:
la mansión romana TUROQUA, de nombre al parecer
de raíz indoeuropea (Albertós Firmat,
1985-1986: 185), vinculada a la vía XIX Bracara-Lucus-Asturica,
se emplazaba en las proximidades del lugar que actualmente
ocupa el arranque meridional del puente del Burgo, en
pleno casco histórico de la ciudad. De ello podemos
deducir que los orígenes de la villa pontevedresa
parecen estar íntimamente relacionados con esta
mansión de fundación romana.
A
la luz de los datos objetivos manejados en la actualidad
serán, pues, el trazado de la vía romana
XIX -que se estima con casi total seguridad en época
de Augusto- y la posterior construcción de un
puente sobre el río Lérez, ambos en el
lugar más adecuado desde una perspectiva logística,
las causas directas del primer asentamiento humano conocido
en la zona donde hoy se levanta nuestra ciudad.
Del
puente romano todavía no se conoce resto alguno,
toda vez que la frustrada excavación de 1988
sirvió, al menos, para demostrar que los arcos
soterrados en la plaza de la cabecera meridional no
eran romanos como se suponía (González
Zúñiga, 1846: 18-19; Fernández-Villamil,
1944: 14-17; etc.) sino que pertenecían al puente
actual aunque con su fábrica medieval apenas
alterada (Peña Santos, 1995: 37-43; Juega Puig,
Peña Santos y Sotelo Resurrección, 1995:
146-157).
Fueron
también las excavaciones de 1988 las que arrojaron
interesantísima información sobre los
cambios topográficos experimentados por la zona
del puente desde los lejanos tiempos en que los romanos
trazaron la vía XIX y construyeron un puente
para salvar el cauce del río. La posición
en que fue descubierto el miliario de Hadriano, asentado
a más de tres metros y medio de profundidad con
respecto de la superficie actual de la plaza -es decir,
en una cota hoy muy por debajo del nivel de pleamar-,
viene a confirmar, por un lado, la elevación
del nivel marino con relación al existente en
época romana y, por otro, la mucho menor anchura
del cauce del río en esa época.
Todos
los datos paleotopográficos nos inducen a imaginar
el viejo puente romano no sólo con una longitud
sensiblemente menor que el actual a causa de la también
menor anchura del brazo de río, sino que se emplazaría
a una cota también mucho más baja. Ambos
aspectos serán claves para entender por qué
la construcción romana tuvo que ser reemplazada
en el siglo XII y por qué no ha dejado resto
visible alguno por el momento.
Tampoco
de la vía se conocen restos, aunque su trazado
podemos aventurarlo siguiendo referencias indirectas
de tipo toponímico, topográfico, arqueológico,
y del recuerdo del Camino de Peregrinación a
Compostela. Así, llegaría desde el S bordeando
el río Tomeza en el Ponte do Couto, donde se
descubrió un cipo conmemorativo de la reparación
de la vía en tiempo de los emperadores Maximino
y Máximo (Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 22-23);
entraría en el actual núcleo urbano siguiendo
un trazado próximo al definido por las actuales
calles Gorgullón, Virgen del Camino, Peregrina,
Soportales de la Herrería y Real -o Quiroga,
Princesa y Barón- para cruzar el río y
seguir por A Santiña hacia Alba y Cerponzóns,
lugares ambos en los que se descubrieron sendos miliarios
dedicados a los emperadores Caracalla y Magencio respectivamente
(Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 21 y 31).
El
llamado miliario del Ponte do Couto es en realidad un
cipo conmemorativo de las obras de restauración
de la vía y puentes en tiempos de Maximino y
Máximo hacia el 238 d.C., bajo la inspección
del Legado Quinto Decio. Fue hallado durante el transcurso
de las obras para el tendido del ferrocarril a finales
del siglo XIX. La inscripción reza (Filgueira
Valverde y DOrs, 1955: 22-23):
IMP(erator).CAES(ar).C(aius).IVL(ius).V(erus).MA
XSIMINVS.PIVS.FELIX.
AVG(ustus).GER(manicus).MAX(imus).DACICVS.
MAX(imus).SARMATICVS.MAX(imus).
PONTIFEX.MAX(imus).TRIB(uniciae).POT
TESTATIS.[IV]D.E.IMP(erator).VII.PATER
PATRIAE.CONS(ul).PROCON(sul).
ET.C(aius).IVL(ius).V(erus).MAXIMVS
NOBILISSIMVS.CAES(ar).GERM(anicus)
MAX(imus).DAC(icus).MAX(imus).SARM(aticus).MAX(imus).
PRINCEPS.IVENTVTIS.FIL(ius).D(omini).N(ostri).
IMP(eratoris).C(aii).IVL(ii).V(eri).MAXIMINI.P(ius).FE(lix).
AVG(ustus).VIAS.ET.PONTES.TEMPOREVETUS
TATIS.CONLAPSOSRESTITVERV
NTCVRANTE.Q(uinto).DECIO.LEG(ato).PROPR
AETORE
En
el lugar de Almuiña, en Salcedo, se utilizaba
como pesa de lagar un fragmento de miliario que vio
el P.Sarmiento en 1762 y que en la actualidad figura,
como todos los demás, entre los fondos del Museo
de Pontevedra. Se desconoce su lugar exacto de procedencia,
toda vez que por el lugar de Almuiña no pasaba
ninguna vía principal. Su inscripción
es sensiblemente semejante a la del miliario del Burgo,
si bien sólo se conservan las líneas finales
(Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 15-16):
[IMP(erator).CAES(ar).DIVI.TRAI
ANI.PARTHICI.FIL(ius)
DIVI.NERVAE.NEPOS]
TRAIANVSHAD
RIANVS.AVG(ustus).P(ater).P(atriae).PO
NT(ifex).MAX(imus).TRIB(unicia).POT(estate)
XVIIICO(n)S(ul).III.AL(uco).AVG(usti)
M(ilia).P(assuum).LXXXXV
En
una casa en ruínas cerca de la parroquial de
Alba estaba reaprovechado un fragmento de miliario del
emperador Caracalla datado en el año 214 de nuestra
Era. Su inscripción, muy incompleta, es la siguiente
(Filgueira Valverde y DOrs, 1955: 21-22):
[IMP(erator)]CAES(ar)DIVIS[EVERI
FILI]ODIVIANTO[NININEP(oti)
DI]VIANTONIN[IPIIPRONEP(oti)DI
VI]HADRIANIP[RONEP(oti)DIVI
TRAI]ANIPARTIC[IETDIVI
NERVA]EABNEP[OTICAESSS]
AVGGGPART[ICOMAXIMO
E]TMAX(imo)GERM[ANICOPON
T]IFICIMAX(imo)TR[IB(unicia)POT
(estate)XVIII]MP(erator)IIICO(n)S(ul)IIIIP(ater)
---------------------
Por
fin, el quinto y último miliario hallado hasta
ahora en los alrededores de la ciudad servía
como columna en una construcción de la feligresía
de Cerponzóns. Dedicado al emperador Magencio
a mediados del siglo IV, reza lo siguiente (Filgueira
Valvedre y DOrs, 1955: 31):
[D(omino)N(ostro)(Mag)]NO.MAG
NENTIOPIOFELICIAVG(usto)
[INVICT]OBONO
[REI]PVBLI
[CA]ENAT[VS]
-------------
Francamente,
muy poco es lo que podemos decir en cuanto a las características
urbanas de la mansión Turoqua. La ya comentada
inexistencia de restos de ocupación prerromana
obliga a suponer una fundación romana ex novo.
Su condición de mansión viaria apunta
a unas particularidades muy limitadas: al menos en origen,
no sería más que un conjunto indeterminado
de edificaciones de poca entidad establecidas en los
alrededores de la zona de paso del río para facilitar
descanso, alojamiento y provisión a los transeuntes
que circulasen por la vía. Esto sería
la Turoqua original; sin embargo, por el emplazamiento
de gran valor estratégico elegido para establecer
la mansión, y por el hecho muy significativo
de que cierto tiempo después de su fundación
se decidiese edificar un puente para salvar el cauce
del río, esa imagen de conjunto de edificaciones
de ínfima categoría puede estar un tanto
alejada de la realidad. No obstante, y volviendo a nuestros
comentarios del principio, en tanto no se generalicen
las investigaciones arqueológicas en la zona
monumental de la ciudad actual, no podremos ni tan siquiera
aventurar las características esenciales y la
categoría de este primer asentamiento humano
con un mínimo de seguridad.
En
tal sentido, y al margen de la tan traida y llevada
excavación de 1988, que no pudo alcanzar el nivel
de ocupación romano, dos pequeñas actuaciones
posteriores en sendos solares del recinto histórico
sirvieron al menos para demostrar que la Turoqua romana
se esconde bajo nuestros pies en espera de estudio.
En 1990 y 1991, Purificación Soto Arias excavó
el interior del edificio del antiguo alfolí de
la Plaza del Muelle esquina con Arzobispo Malvar, documentando
ciertos restos constructivos poco claros y buena cantidad
de materiales, entre los que destacan las ánforas
ovoides. Por su parte, entre 1992 y 1993, José
Manuel Rey García tuvo la oportunidad de excavar
el solar n20 de la calle Michelena con resultados muy
similares aunque de cronología más tardía.
Ambas excavaciones permanecen por el momento inéditas,
por lo que agradecemos a sus directores que nos hayan
permitido avanzar los resultados más generales.
Con
tan limitada actividad arqueológica, comprenderá
el lector que no osemos aventurar imágen alguna
de lo que podría haber sido este núcleo
de formación de la ciudad. Sin embargo, no podemos
dejar de señalar que muy raro es el movimiento
de tierras efectuado en la zona antigua que no ponga
a la luz restos fragmentarios de época romana
que no pueden, por los motivos comentados al principio,
ser debidamente investigados. Trozos de cerámicas
y de tégulas -tejas- de cubrición son
frecuentes en los alrededores del Parador de Turismo
y plazas del Muelle, Mugartegui, Tornos, Méndez
Núñez y García de la Riega, así
como en el patio interior de San Bartolomé; un
precioso sellito de oro con la imágen de Venus
Victrix fue hallado casualmente en los alrededores de
la Fuente de los Tornos; por fin, un ánfora ovoide
completa de tipo ovoide, característica de la
época altoimperial, fue dragada frente a Mollabao,
lo que podría confirmar la presencia de navíos
mercantes al menos en ese punto tan próximo a
la mansión romana (Peña Santos, 1988:
13-14).
Este
aspecto comercial marítimo es de gran relevancia
por venir a sumarse al de carácter terrestre
que se canalizaría a través de la vía.
Es altamente probable que, por sus condiciones estratégicas,
Turoqua se habría convertido muy pronto en un
foco comercial de cierta importancia como punto de transacciones
y redistribución de los productos comerciales
llegados por vía terrestre y marítima.
Como bien señala Bianchi-Bandinelli, "En
cualquier parte del mundo donde se crucen dos rutas
importantes y ahí donde exista un puente, las
gentes se encuentran y se detienen. Nace un mercado.
Cuando hay un puente se precisa una organización
común para mantenerlo en buen estado" (Bianchi-Bandinelli,
1970: 1).
La
presencia de materiales de importación -sobre
todo fragmentos de ánforas y de piezas de vajilla
fina de mesa de cerámica común y de terra
sigillata- en los poblados castrexo-romanos de los alrededores
-castros de Campañó, Lérez, Berducido,
Xeve, Mourente, S.Cibrán y Salcedo- parecen apuntar
en este sentido comercial. Más adelante, desde
finales del siglo I, tras las reformas administrativas
de los emperadores de la dinastía Flavia, que
supondrán el lento abandono de los castros en
beneficio de las explotaciones de nuevo cuño
tipo villae, las relaciones comerciales se intensificarán,
y, con ello, tal vez el papel jugado por Turoqua se
habría incrementado.
Esta
nueva forma de ocupación y explotación
del territorio, genuinamente romana, parece haber dejado
restos muy claros -naturalmente, no excavados y cada
vez más deteriorados- en el desaparecido Cerro
de San Porfins en Poio, en el lugar de Iglesario en
Lourizán -de donde proceden las conocidas aras
consagradas a Vestio Alonieco y el relieve que luego
describiremos (Bouza Brey, 1944: 201-206)-, en la playa
de Portocelo (Bouza Brey, 1950: 153-156) o en los propios
cascos urbanos de Marín y Bueu (Peña Santos,
1988: 15) entre otros muchos lugares, siempre en relación
directa con los mejores terrenos de labor o con zonas
muy puntuales del litoral marítimo, como es el
caso de las inmediaciones de las iglesias parroquiales
de Campañó y Tomeza, y de los lugares
de Ramallás en Lérez, Freixeiro en Lourizán,
Moldes y Bouza en Mourente, Portosanto en Poio, etc..
Tesorillos de monedas han sido localizados casualmente
en Xeve, en Lourizán frente a la finca de Montero
Ríos -junto con una magnífica falera de
bronce- y bajo el pavimento de la parroquial de Campañó.
Por último, destacaremos las aras romanas descubiertas
en Tomeza, Xeve, Campañó y las ya comentadas
de Lourizán (Baños Rodríguez, 1994,
nos. 104-108), así como la inscripción
que el P.Sarmiento afirma que existía en el lugar
de Vilanova en S.Salvador de Poio (Sarmiento, 1745:
170 v.):
Reaprovechadas
como material de construcción en varios edificios
de los alrededores de la iglesia parroquial de Lourizán,
fueron recogidas tres aras y un curioso relieve. Dos
de las aras están dedicadas a una divinidad presuntamente
indígena, de nombre Vestio Alonieco, que se ha
querido identificar con una tosca figura humana cornuda
con brazos extendidos y manos abiertas, tallada en altorrelieve
sobre una placa de granito localizada empotrada en el
muro de cierre de la llamada Finca de Montero Ríos,
y que ha dado pie a todo pábulo de conjeturas.
La
primera de las aras, incompleta, presenta la siguiente
inscripción (Baños Rodríguez, 1994:
253):
DEO
V
ESTIO
ALONI
ECO
AR
AM
P(osuit).SEV
ERA
---
La
segunda, también incompleta aunque conserva parte
del focus y cornisa con figuras de esvásticas
sobre arcadas, muestra la siguiente inscripción
(Baños Rodríguez, 1994: 255):
DEO
VESTI
[O
A]LONI
[E]CO.A
[RAM
P(osuit)]
-----
La
restante ara localizada en Lourizán es un pequeño
fragmento de la parte superior con focus y molduras;
el campo epigráfico se ha perdido.
Es
sumamente curioso el fragmento de ara procedente de
las proximidades del Ponte do Couto en Tomeza por tener
casi todas las letras colocadas al revés, como
para ser leida de derecha a izquierda. En ella puede
leerse (Baños Rodríguez, 1994: 247):
------
IVNIUS
FILIVS.L
ARIS.D
EDIT
------
También
es muy interesante, por conservarse en relativo buen
estado, el ara romana que sirve de apoyo al altar de
la capilla de San Paio en Campañó. Tiene
base y cornisa por los cuatro lados; la cornisa está
decorada con sogueado. La inscripción, muy desgastada,
es ciertamente compleja, al menos en sus primeras líneas
(Baños Rodríguez, 1994: 251):
SANN
OAVA
C(aius).FAU
STUS.FE
ST(US)
V(otum) S(olvit) L(ibens) M(erito)
Por
fin, el último epígrafe que podemos reseñar
con procedencia cercana a nuestra ciudad es otro fragmento
de ara en muy mal estado de conservación hallado
a finales del siglo XIX en Santa Cruz de Fragoso, en
Xeve, y hoy, como las anteriores, en el Museo de Pontevedra.
Pese a su gran deterioro, y aunque tradicionalmente
se creyó dedicada a los Lares Viales, en ella
parece leerse (Baños Rodríguez, 1994:
249):
-------
OVV
ARP
PLM
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No
debemos concluir este repaso de los epígrafes
romanos sin mencionar el que vio el P.Sarmiento en el
lugar de Vilanova de San Juan de Poio, hoy desaparecido,
de muy dificil interpretación aunque parece a
todas luces tratarse de un ara (Sarmiento, 1745: fol.
170 v.; Baños Rodríguez, 1994: 315). Es
sumamente curioso que todavía no haya aparecido
ningún ejemplar de estela funeraria de época
romana en los alrededores de nuestra ciudad.
Las
explotaciones costeras tipo villae aprovecharían
el riquísimo biotopo piscícola y marisquero
de la ría, que transformarían y exportarían
en forma de salazones o de garum -salsa muy apreciada
a base de restos de pescado-, y serían tan abundantes
en Morrazo que según diversos autores habrían
dado nombre a la península -del latín
muria-. Todo ello nos habla de una intensa ocupación
de los alrededores de nuestra ciudad en época
romana.
En
tanto el "paraguas" protector del Estado -en
este caso el Imperio Romano- permitió y favoreció
las relaciones comerciales manteniendo activas y en
buenas condiciones las rutas terrestres y marítimas,
la vieja Turoqua sobrevivió. Cuando la descomposición
del Imperio dio al traste con esta situación
y se entró en un período -la Alta Edad
Media- en el que el comercio y la navegación
se redujeron al mínimo, en el que la inseguridad,
la fragmentación del poder, la pérdida
de buena parte de los conocimientos tecnológicos
y la incuria general arruinaron las grandes obras públicas,
la existencia de Turoqua dejó de tener sentido.
Cuando se retornó a un régimen económico
poco menos que de subsistencia semejante al prerromano,
el territorio en el que se levantaba la mansión
se tornó tan inhóspito como antes de su
fundación, despoblándose en beneficio
de las fértiles tierras de los alrededores.
Sin
duda, detrás de este fenómeno de ruralización
y de la posterior repoblación y refundación
de la ciudad a mediados del siglo XII con gentes de
los alrededores, como más adelante veremos en
detalle, están dos curiosas tradiciones que nos
han trnsmitido el cardenal Jerónimo del Hoyo
y el Padre Sarmiento (Juega Puig, Peña Santos
y Sotelo Resurrección, 1995: 36). Dice el cardenal
Hoyo:
-
"Llamose esta villa en sus principios Elenes y
después Escalona: fue edificada a su principio
junto al mar do aora es la feligresía de Santo
Andrés de Loriçán, media legua
de do está aora, y allí ay algunos vestigios
de aver estado allí, y de una peña que
está allí, que se llama Escalona, se llamó
Escalona, y por más seguridad se mudó
el río arriva, porque antes estaba muy sujeta
a los daños de las arrivadas enemigas y a los
corsarios..." (Hoyo, 1607: 282).
Por
su parte, el P.Sarmiento escribe:
-
"Hay en Pontevedra una tradición de que
Pontevedra estaba antes en Moldes. Cotéjese todo
con el otro sepulcro de Tomeza y con los ladrillos que
se encuentran" (Sarmiento, 1745: fol. 163 r.).
En
Lourizán, Moldes y Tomeza se han producido significativos
hallazgos arqueológicos tardorromanos y altomedievales
que sin duda tanto el cardenal J.del Hoyo como el P.Sarmiento
no sólo vieron sino que identificaron como muy
anteriores a cualquier resto conocido dentro de la ciudad,
por lo que les fue relativamente fácil situar
en esos lugares los orígenes de la villa.
La
involución socioeconómica general sobrevenida
durante la Alta Edad Media contribuyó directísimamente
al deterioro de las obras públicas, cayendo las
más de ellas en la ruina total. En el caso concreto
del puente romano de Turoqua, a todo lo anterior hemos
de sumar los graves efectos de inexorables alteraciones
topográficas: la paulatina elevación del
nivel del mar y los primeros efectos del sistemático
cegamiento de los estuarios por aportes aluviales.
Ruina,
mayor nivel de las pleamares y deposición creciente
de aluviones sobre el lecho fluvial vinieron a afectar
decisivamente a la integridad del puente. Sus restos,
arruinados, anegados e inservibles, llegarán
hasta los tiempos de reactivación económica
del siglo XII, cuando se repitan las condiciones mínimas
para la existencia de un núcleo habitado en el
lugar: reanudación de las relaciones comerciales
terrestres y marítimas, reparación y puesta
en sevicio de caminos y puentes, existencia, en suma,
de una organización estatal. Como más
adelante veremos, hasta la refundación de la
ciudad en 1169, alrededor de seis siglos de abandono
de la población habrían hecho olvidar
el topónimo original. De este modo, el burgo
de nueva creación será bautizado, por
más que ciertas recientes teorías pretendan
apuntar en otra dirección (Caridad Arias, 1995:
143-175), con una referencia directa a la existencia
en el lugar de los restos del viejo puente romano -la
pons vetera- que muy pronto habría de ser sustutuido
por otro de nueva fábrica que, muy modificado,
es el que ha llegado a nuestros días.
En
una clara constante histórica que convendría
tener siempre muy presente, ya desde sus orígenes
romanos vemos cómo nuestra ciudad sólo
tiene razón de ser en tanto exista una organización
estatal fuerte que garantice las transacciones comerciales
a gran escala y mantenga en buen uso los ejes de comunicación
por los que circulan personas y mercancías.
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