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GALICIA EN LA PREHISTORIA

CAPÍTULO VIII

EL MUNDO CASTREXO GALAICO

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Si hay algo que parece bastante claro a estas alturas de la investigación sobre el fenómeno castrexo galaico, es que cualquier intento de sistematización secuencial con pretensiones globalizadoras está destinado al más absoluto de los fracasos. La parquedad de los datos disponibles, las amplias zonas geográficas todavía vírgenes de investigación, y, sobre todo, las cada vez más palpables peculiaridades zonales, abren tantos interrogantes que se nos antoja ciertamente osado intentar resumir en estas breves páginas lo que sin duda se trata de un proceso muy diverso y de larga duración. Conscientes de este hándicap, la secuencia cultural que proponemos ha de entenderse como mero ejercicio teórico preñado de no poca vaguedad y sin ánimo de extrapolación a todo el ámbito galaico.

FASE DE FORMACIÓN (SS. X-V A.C.):

Como mencionábamos más arriba, a partir más o menos de los primeros tiempos del I Milenio a.C., y en un lento proceso sur-norte y costa-interior que revela la activa influencia del mundo mediterráneo, se van dejando sentir en el área galaica los efectos de una imparable dinámica de sedentarización de las comunidades humanas.

Factores climáticos todavía no analizados convenientemente, el desarrollo de las fuerzas productivas y, sobre todas las cosas, una clara intensificación agraria debida a la adopción de nuevos cultivos como el mijo, las leguminosas y los cereales de invierno y primavera, junto con una mayor explotación de los recursos marinos y el empleo de innovaciones tecnológicas llegadas desde el Mediterráneo -rotación de cultivos, barbecho, abonado, utillaje...- que van a permitir la explotación intensiva de terrenos concretos, favorecerán el progresivo abandono del tradicional sistema itinerante de explotación del medio en beneficio de soluciones claramente sedentarias.

Para la ubicación de sus primeros poblados estables, las comunidades van a elegir un emplazamiento característico, generalmente sobre colinas, penísulas marítimas o espolones a media ladera con buenas facilidades defensivas, inmediatez a los terrenos de explotación preferente e inmejorable control visual sobre los mismos. La elección de terrenos con estas características parece estar condicionada, entre otros factores, por la presencia de suelos muy aptos para cultivos tecnológicamente no muy sofisticados pese a la adopción de las novedades ya reseñadas. En la línea de costa aparecerán poblados también de reducidas dimensiones, como el Castro Pequeno de O Neixón en Boiro, en los que se detecta la práctica de la pesca y el marisqueo junto a una cabaña ganadera compuesta en esencia por ovejas, cabras, cerdos y vacuno.

El hecho de que para la construcción del poblado se escoja un lugar preeminente, de relativamente fácil defensa, y se rodee de elementos defensivos -murallas, parapetos, fosos, terraplenes...- más o menos aparatosos, más o menos efectivos, junto con sus propia configuración, confieren al fenómeno castrexo galaico unos rasgos muy peculiares. Una, a nuestro juicio, acertada definición de castro es la propuesta en fechas recientes por M.Almagro Gorbea: "Castro es un poblado situado en un lugar de fácil defensa reforzada con murallas, muros externos cerrados y/o accidentes naturales, que defiende en su interior una pluralidad de viviendas de tipo familiar y que controla una unidad elemental de territorio, con una organización social escasamente compleja y jerarquizada".

El poblado se rodea de murallas y/o de otros sistemas defensivos. En realidad, el simple terraplén generado por los escombros de las obras de explanación constituye la base principal de las estructuras defensivas. Sólo excepcionalmente se constatan líneas concretas de murallas y/o fosos. La consecuencia más simple que se puede extraer de estos datos concretos es que estos poblados se levantarían en medio de un clima de inseguridad con tensiones de carácter bélico en relación con ese presunto componente guerrero de la sociedad castreña que ya hemos criticado más arriba. Sin pasar por alto la más que probable y lógica existencia de tensiones entre las diferentes comunidades, creemos que las estructuras de carácter defensivo características, desde su nacimiento, del mundo castreño galaico no tienen por qué revelar, necesariamente, la presencia de elementos guerreros en sentido estricto en el seno de la sociedad sino que están cumpliendo otras funciones tanto o más importantes que las de estricta defensa: contrarrestar las posibles tendencias disgregadoras del grupo que ocupa el poblado, cohesionándolo; convertir los poblados en elementos visibles en el paisaje y en marcas territoriales ante otras comunidades vecinas; actuar como elementos definidores del estatus del grupo; ofrecer una disuasión pasiva de cara a momentos de peligro, etc.

Si de la existencia de obras defensivas, sin duda el elemento arquitectónico más aparatoso y evidente, no parece que deba deducirse necesariamente la presencia de excesivas tensiones bélicas ni de un componente militar en el seno de la sociedad castrexa de la fase formativa, otros argumentos refuerzan la impresión de que nos hallamos ante una sociedad poco conflictiva. En principio, una organización social con un componente guerrero en su seno debería tener unas características más o menos expansivas que no se vislumbran por ningún lado en el mundo castreño galaico. La Arqueología todavía no ha podido detectar con la mínima claridad restos relacionados con destrucciones violentas en los poblados, ni siquiera, y ésto sí que es curioso, de origen fortuito. La base económica agraria que todos los datos objetivos parecen demostrar para la inmensa mayoría de los poblados castreños tampoco parece favorecer la construcción de un modelo de organización social como el que criticamos. La dispersión ciertamente alejada de los poblados que conocemos para esta fase no parece, en principio, que haya supuesto una excesiva competitividad por los recursos. Si a ello sumamos las dimensiones mínimas de estos poblados -en la recientemente estudiada cuenca media del río Ulla el 76' 5% de los castros no alcanza la hectárea de superficie total, y sólo el 2' 9% está entre las 2 y las 2' 2 Has., sin precisar cronologías- y la casi total ausencia de armas -en sentido estricto- en el registro arqueológico, debemos concluir que hablar de tensiones "bélicas" y de componentes guerreros en sentido estricto en el seno de la sociedad castrexa durante esta fase no deja de ser un bonito y atractivo ejercicio literario de algunos autores empeñados en integrarla dentro de los modelos teóricos "pancélticos". Frente a ello, nuestra visión, sin duda más prosaica y menos atractiva pero seguramente más acorde con la realidad, nos presenta una sociedad relativamente estructurada, organizada en minúsculas y oscuras comunidades campesinas autárquicas y practicamente cerradas sobre sí mismas. Nada que ver, mal que nos pese, con esa mágica, idílica, heróica y fuertemente politizada visión de un territorio poblado de guerreros, hadas, druidas y reyes que se nos quiere vender y que entendemos más próximo al "cómic" que a la más mínima realidad histórica.

Como es lógico, durante estos primeros tiempos y seguramente hasta bastantes siglos después, estos primitivos castros van a coexistir con otros poblados abiertos, de modelo más arcaico, ubicados tanto en lugares acantilados -Castelo de Matos y Alto da Caldeira en el N de Portugal- como de llanura -Bouça do Frade y Lavra en el N de Portugal, O Casal en Moaña, Isla Cíes Norte en Vigo-, lo que muestra sin lugar a dudas la lentitud en la adopción del modelo castreño.

En cuanto a la arquitectura doméstica, sigue siendo un lugar común en cierta bibliografía arqueológica la idea de una implantación progresiva de la técnica de mampostería. Este modelo evolucionista cada vez cuenta con más evidencias en su contra, toda vez que castros arcaicos como Torroso en Mos o As Croas en Pontevedra, entre otros, disponen de estructuras arquitectónicas domésticas edificadas con cuidados y, para su época, técnicamente adecuados muros de mampostería. No obstante lo anterior, algunos autores siguen apegados a aquellas viejas teorías que establecían la petrificación de la arquitectura castrexa no antes del s.III a.C., lo que les lleva a considerar un tanto alegremente que los poblados que muestran construcciones de mampostería de datación anterior están mal interpretados por los arqueólogos que los han excavado.

En nuestra opinión, la adopción de la arquitectura doméstica de mampostería no tiene que responder necesariamente a limitaciones de índole técnica sino que en la mayoría de los casos primarían cuestiones económicas. Por otro lado, y como ha sido señalado recientemente, muchos "niveles antiguos" que se detectan en algunos castros, con estructuras arquitectónicas de materiales perecederos, pueden no ser siempre niveles de ocupación en sentido estricto sino niveles de obra generados durante los trabajos de habilitación del espacio habitacional y la edificación del complejo defensivo, algo particularmente evidente en el caso del castro de Torroso. De todo lo anterior ha de deducirse, una vez más, la complejidad del tema por la segura existencia de peculiaridades zonales y diferentes niveles económicos -y tal vez tecnológicos- en cronologías coincidentes, por lo que se abre un nuevo tema a precisar en el futuro.

Independientemente de la solución técnica adoptada, ya en estos primeros castros se evidencia un detalle que va a ser peculiar del fenómeno castreño galaico: la adopción de los muros curvos en su arquitectura doméstica. Tanto las cabañas de materiales perecederos como las edificadas con mampostería, presentan plantas más o menos próximas a lo circular. Buscar presuntas influencias exóticas en soluciones arquitectónicas tan simples parece poco serio, máxime cuando por los datos disponibles en el área galaica, las cabañas propias de los procesos anteriores a la implantación del fenómeno castreño presentan, en todos los casos, plantas circulares. No cabe la menor duda que en la limitadísima tipología de la arquitectura doméstica castreña no hemos de ver influencias exteriores sino el empleo de soluciones técnicas simples y adaptadas a las características del terreno y la continuidad de los modelos tradicionales, que pronto van a cambiar los materiales perecederos propios de un régimen económico itinerante por muros de piedra más acordes con el sentido de permanencia de una economía ya sedentarizada. Este apego por lo tradicional, que se detecta también en el peculiar modo de articular el espacio habitacional de los poblados, sin muros medianeros, es una de tantas señas de identidad de este proceso. Nos muestra que hunde sus raíces más profundas en etapas anteriores, rasgo evidente de su flagrante autoctonía e indicio claro del aislamiento de las comunidades galaicas desde la ruptura de los tiempos finales de la Edad del Bronce; en suma, pone de relieve que este fenómeno carece de referente directo fuera del área galaica.

Entroncando con lo anterior, durante la fase formativa que proponemos, las relaciones exteriores del mundo castrexo experimentan fuertes alteraciones. Considerando que el fenómeno nace durante la fase álgida de la Edad del Bronce merced, precisamente, a la adopción de novedades de todo tipo llegadas desde el exterior, en su mayor parte directa o indirectamente desde el Mediterráneo y la órbita atlántica, no cabe duda que en sus primeros tiempos estamos ante una sociedad en expansión, abierta claramente al exterior. Sin embargo, a partir de la caida en manos fenicias de los circuitos atlánticos de intercambio y las modificaciones que provocan en las relaciones exteriores y en el modelo económico tradicional, desde el s. VIII a.C. aproximadamente, el naciente fenómeno castrexo parece entrar en una dinámica de relativo estancamiento. Esta relatividad estriba en que, si bien los contactos con el exterior -y, por consiguiente, la adopción de novedades- parecen quedar reducidas a la mínima expresión, ello no impediría que se fueran generalizando poco a poco los niveles tecnológicos que en última instancia habrín hecho posible la progresiva y definitiva sedentarización del hábitat humano en el NO.

Como ya hemos tenido ocasión de comentar más arriba, desde más o menos el s.VIII a.C., las actividades metalúrgicas del bronce parecen entrar en una fase de clara recensión, aumentando considerablemente el empleo de chatarra reciclada para la fundición de objetos tipológicamente todavía propios de la decadente metalurgia atlántica. Esto podría ser señal de una clara crisis de abastecimiento de materias primas que a su vez podría ser achacada casi sin lugar a dudas a la actividad comercial fenicia. De igual modo, creemos que al comercio fenicio se debe la cada vez más numerosa presencia de objetos de hierro en el registro arqueológico de los castros de esta fase, sobre todo hoces y cuchillos afalcatados.

A partir de estas fechas se va a ir generalizando el nuevo modelo de ocupación del territorio galaico. El carácter cerrado que los elementos de tipo defensivo confieren a estos poblados, sus dimensiones minúsculas y la forma tan aislada en que se distribuyen por el territorio, ponen de relieve su estuctura económica de tipo autárquico. Sus relaciones espaciales apenas van a ir más allá de su entorno inmediato. No existen evidencias de una ocupación global del territorio ni de jerarquización entre los asentamientos. Este último aspecto parece esencial, pues confiere a los pobladores de cada castro una cierta independencia y sentido de la territorialidad con respecto a sus vecinos. El castro va a ser, cada vez más, la estructura indígena mediante la cual se van a organizar socialmente las comunidades galaicas, de tal modo que, a diferencia del modelo que se cree común en el área indoeuropea peninsular -las gentilitates-, el castro será el referente directo al origen del individuo, como pondrán de relieve muchos siglos más tarde las alusiones a los castella en la epigrafía romana.

FASE DE DESARROLLO (ss. V-mediados del II a.C.):

Es preciso señalar que la fecha que proponemos para la entrada en esta fase -siglo V a.C.- es totalmente arbitraria, sin otra apoyatura para ello que la mera impresión de que por entonces el nuevo modelo de asentamiento -el castro- estaría ya suficientemente generalizado en el área galaica. Se trata, por tanto, de establecer una fecha convencional que no tiene más valor que el de actuar como marco referencial.

En este sentido, parece que será ahora el momento adecuado para decir unas palabras sobre el controvertido tema de los límites del mundo castrexo galaico, prueba evidente de lo poco que conocemos todavía de la génesis y desarrollo de este proceso cultural.

Casi todos los autores que han abordado el fenómeno castrexo con ánimo de generalización han propuesto unos límites geográficos diferentes. Tal vez el problema radique no sólo en la parquedad de la información disponible y que ésta proceda en su mayor parte de las comarcas costeras y meridionales, sino en la inexistencia real de unos límites precisos. En nuestra opinión, parece claro que el mundo castrexo galaico en su máxima expansión se distribuiría por una zona geográfica de innegable uniformidad no sólo geológica, geomorfológica y climática sino, consecuencia directa de lo anterior, dotada de una tradición cultural común. Pocas veces se produce, como en el área galaica, una adecuación más clara entre región natural y área cultural. Los límites propuestos recientemente por F.Calo Lourido nos parecen perfectamente acordes con la perspectiva actual no sólo de lo castrexo más clásico en sí sino del proceso cultural que le precede. Nos presentan un mundo inmerso en una geografía que condiciona sus relaciones exteriores e interiores: abierto por el S y por la recortada costa marítima; cerrado en dirección a la Meseta por unas poco franqueables cadenas montañosas. Salvo presumibles contactos e influencias mutuas a través de determinados pasos naturales, en general estamos ante un paisaje que conduce al aislamiento y la autarquía en tanto las relaciones marítimas y meridionales no cobran carta de naturaleza. Gran parte de los rasgos culturales castrexos, sobre todo aquéllos que confieren a este proceso unas señas de identidad más marcadas, pueden ser bastante bien interpretados desde la óptica de esta peculiar geografía. Pero no dejamos de insistir en lo dicho: ningún proceso cultural tiene unos límites territoriales precisos, y tan sólo podemos llegar a entrever el espacio en que su desarrollo es más marcado, diluyéndose obligatoriamente en las áreas marginales, en nuestro caso hacia el E y hacia el S.

No obstante los avances que se vienen produciendo en fechas recientes de cara a dotar de contenido una fase que, al menos en teoría, debería constituir en buena lógica el núcleo esencial de lo castrexo, lo cierto es que todavía seguimos sin disponer de los elementos mínimos y esenciales para intentar caracterizarla fuera de la especulación pura y dura. Sabemos que durante estas centurias se va a generalizar técnica y formalmente la más típica arquitectura habitacional -construcciones de planta circular con muros de mampostería mejor rematados por la cara externa-, que se experimentan indudables avances en los aspectos tecnológicos de la fabricación de cerámica con el posible uso del torno lento, mejoras en la coción, la ampliación y modificación del repertorio formal y de la temática decorativa de los recipientes con la introducción de la estampilla y estilos decorativos más barrocos en los que se va imponiendo la línea curva, etc.

Del mismo modo, algunos rasgos en la distribución espacial de los poblados de este período parecen dar a entender el inicio de una tendencia hacia la explotación de los fondos de los valles con la progresiva implantación de poblados de marcado carácter agrícola. En este sentido, los datos paleontológicos y paleobotánicos documentan la continuidad de la cabaña ganadera descrita en la fase anterior, y de la agricultura que combina, al igual que en aquélla, los cereales de primavera y de invierno con las leguminosas y la recolección de bellotas de roble. Ello revela un incremento de la actividad antrópica sobre el medio y la existencia de cierta mayor complejidad e intensificación de la agricultura por todo el territorio, con aumento de la deforestación y de la erosión de los suelos.

Pese a todo ello, la perspectiva actual nos mueve a sospechar que el mundo castrexo se sume de lleno en una etapa de relativa desaceleración del ritmo de crecimiento como consecuencia última de los cambios generales iniciados hacia finales del s.VIII a.C.. Incluso, autores hay que llegan a hablar de una clara involución en la complejidad social dentro de una fase de aislamiento. Sin cuestionar lo anterior, hemos de convenir en que este aislamiento no puede entenderse como total. La costa, donde se multiplican los datos sobre la pesca y el marisqueo, sigue manteniendo un cierto dinamismo y recibiendo el efecto de los escasos contactos marítimos con el exterior. La presencia de materiales de filiación mediterránea -cerámicas púnicas, áticas y greco-itálicas, vidrios, objetos de hierro, etc.- indica un cierto mantenimiento de las relaciones de intercambio con las factorías fenicias del S. Asentamientos como el de A Lanzada en Sanxenxo parecen basar gran parte de su razón de existir en este contexto de relaciones exteriores.

Desde una perspectiva puramente cuantitativa, los principales productos de importación conservados en el registro arqueológico son las cerámicas. Destacan los recipientes de carácter funcional fenicios, púnicos e ibero-púnicos, destinados al transporte y almacenamiento de productos: las ánforas; además, se documentan restos de platos y cuencos, algunos de barniz rojo, otros con decoración pintada a base de bandas horizontales en tonos oscuros rojo-vinosos o negro-azulados. En cuanto a la vajilla fina, su procedencia es bien distinta al estar mayoritariamente integrada por producciones áticas y greco-itálicas de "figuras rojas" o de barniz negro, predominando los recipientes tipo crátera de campana, páteras y cílicas.

El apartado de importaciones quedaría ciertamente inconcluso si no mencionásemos ciertos objetos de pasta vítrea como las relativamente abundantes cuentas de collar oculadas y el tantas veces citado y todavía no estudiado aríbalo -frasquito para perfume- descubierto en el Castro Pequeno de O Neixón en Boiro. Por fin, al igual que en la fase anterior, siguen llegando a estas tierras instrumentos de hierro, generalmente hoces y cuchillos afalcatados, procedentes de las factorías meridionales.

No parece lógico decir más por el momento. Pese a la insistencia de ciertos arqueólogos por encajar en esta etapa de "ralentización" materiales muy concretos, entre ellos la totalidad o la mayor parte de la orfebrería "castrexa", sin otro argumento que la tradición más rancia y el uso de arcaicos y peligrosos esquemas tipológicos, y por más que todas las piezas contextualizadas procedan de ambientes en contacto con lo romano, insistimos en que los datos disponibles apuntan la existencia más que probable de un cierto estancamiento pese a que se sospeche la existencia de un relativo crecimiento de la población, un cierto desarrollo de las fuerzas productivas y, seguramente, un incremento de la jerarquización social. Está pendiente la apertura de una línea de investigación que permita en un futuro más o menos próximo caracterizar en lo posible una fase que se supone clave para la comprensión de las extraordinarias transformaciones que la sociedad castrexa parece experimentar en contacto con el mundo romano.

FASE CASTREXO-ROMANA (mediados s. a.C. - mediados s. I d.C.)

Desde fechas imprecisas de mediados del siglo II a.C., las comunidades castrexas parecen experimentar una extraordinaria serie de cambios, consecuencia de los cuales será gran parte de la imágen "típica" que de lo castrexo ha llegado hasta nosotros. Los rasgos tenidos por más peculiares y característicos del mundo castrexo proceden, en su práctica totalidad y mientras no se demuestre lo contrario, de los primeros tiempos del contacto entre los mundos indígena y romano.

En la actualidad, está más que demostrada la enorme trascendencia de esta fase en el desarrollo socioeconómico de las comunidades castreñas. Los cambios son tan evidentes que ya muy pocos investigadores rechazan su vinculación con estos tiempos transicionales. Del mismo modo, muy pocos autores niegan el papel determinante que sobre estas transformaciones ha podido ejercer el estado romano; primero, a través de contactos esporádicos -comercio y expediciones militares-, y más tarde, tras la definitiva integración. Conociendo ambos factores: cambios estructurales y presencia romana, la cuestión que todavía falta por dilucidar es averiguar cuántas y qué transformaciones fueron efecto de la propia evolución natural de las comunidades galaicas, y cuántas y cuáles fueron provocadas, directa o indirectamente, por el mundo romano. Aunque personalmente nos inclinamos por la segunda de las hipótesis para entender la mayor parte de los cambios, debemos confesar que para ello apenas sobrepasamos el nivel de la lógica y de la pura intuición.

Un aspecto, por ejemplo, poco o nada tratado en la bibliografía arqueológica es el papel que haya podido jugar en las transformaciones que experimenta por estas fechas el mundo castrexo la presión romana sobre los pueblos limítrofes -preferentemente celtíberos y lusitanos- y los más que probables movimientos poblacionales derivados de dicha presión. Un detalle en el que buen número de investigadores parece estar de acuerdo es considerar que las comunidades castrexas se encontraban en pleno proceso de "celtiberización", de paso a una organización socio-política más compleja, que habría sido interrumpido por la conquista romana. Hasta qué punto la presión romana sobre los pueblos limítrofes y la probable llegada de componentes étnicos foráneos procedentes de esas mismas comunidades ya sometidas o en proceso de conquista por Roma habrán tenido que ver en estas transformaciones?. O fue la propia Roma la que potenció el desarrollo de determinados rasgos políticos en el seno de las comunidades castrexas?. La solución todavía está pendiente.

El caso es que a partir de mediados del s.II a.C., el registro arqueológico comienza a poner de relieve la presencia progresiva de una amplia serie de elementos que parecen indicar la entrada del mundo castrexo en una fase de profundos cambios. Cronológicamente, insistimos una vez más, el proceso se manifiesta tanto más temprano y fuerte cuanto más al sur y más cercano a la costa, precisamente las zonas más abiertas y receptivas al contacto con el mundo romano y las que más pronto van a quedar bajo su dominio. En este sentido, parece bastante evidente que las transformaciones que vamos a comentar no pueden ser desligadas de la lenta pero sistemática integración de las tierras litorales galaicas en el Imperio romano desde el fin de las Guerras Lusitanas -en las que habría que incluir la campaña de Bruto hasta el territorio entre el Limia y el Miño en el 137 a.C.- hasta la expedición de César a Brigantium en el 60 a.C., y su culminación interior en tiempos de Augusto con ocasión de las llamadas Guerras Cántabras. Las cronologías arqueológicas parecen dejar esto bastante claro y confirmarían la inexistencia de una verdadera "conquista" -en el sentido militar, violento, del término- que la fragmentación del poder en multitud de "populi" y la ausencia de una verdadera unidad y conciencia étnicas harían innecesaria.

La progresiva aparición de grandes poblados como los paradigmáticos de Briteiros, Sanfins o Monte Mozinho en el área portuguesa, o Santa Tecla, Vigo, S.Cibrán de Lás o Elviña en la gallega, por poner tan sólo unos ejemplos, -que no nos atrevemos a denominar "oppida" por las connotaciones del término- con unas nuevas concepciones urbanísticas y considerables estructuras defensivas, parece poner de relieve, entre otras cosas, la presencia de una estructura socioeconómica más desarrollada capaz de promover y soportar grandes obras públicas, creadora de "lugares centrales" jerarquizadores del territorio, inmersa en un fenómeno de integración política del que serían fiel reflejo los "populi" que revelan las Fuentes.

Roma sin duda favorece -o, al menos, no cuestiona- la organización social castrexa, ya que no atentaba necesariamente contra las leyes y normas romanas. De hecho, vemos cómo, tras la absorción y hasta las reformas flavias, sobreviven y se refuerzan todos los elementos "políticos" castrexos, excepción hecha de la independencia. En resumidas cuentas, parece claro que la Callaecia, como región histórica, no deja de ser una "invención" de los romanos.

El crecimiento demográfico y/o la redistribución poblacional que revela la aparición de los grandes poblados de esta fase se ven ratificados por la sistemática puesta en explotación de los recursos agrarios que pone a su vez de manifiesto la planificada distribución de multitud de pequeños castros junto a las mejores tierras de cultivo, preferentemente de valle. Este hecho, al tiempo que arroja una cierta luz sobre el proceso de desarrollo castrexo, abre a su vez no pocos interrogantes, el mayor de los cuales, a nuestro juicio, sería poder conocer la procedencia inmediata de toda esa masa de población que ocupará tanto los grandes "lugares centrales" como la multitud de pequeños castros que, junto con los ampliados sobrevivientes de anteriores etapas, irán festoneando el territorio según un sistema muy próximo al que se considera tradicional en Galicia.

Y es que los análisis espaciales revelan una ordenación territorial castrexa en los primeros tiempos de dominio romano absolutamente racional, planificada, enfocada a la perfecta explotación de los recursos -preferentemente agrarios-. Y esta planificación se nos hace difícil entenderla como efecto de la dinámica interna de las comunidades castrexas; antes bien, estamos convencidos del papel decisivo que Roma habrá tenido que jugar en todo ello, y no sólo, aunque sin duda también, por la introducción de nuevos cultivos, apeos y técnicas.

Se van a explotar sistemáticamente, sobre todo, los recursos agrarios del país. Pero, al menos en pura teoría, estamos en unos tiempos previos a la concesión del "Ius Lattii", en los que la tierra es "ager publicus", por lo que no puede ser propiedad de los indígenas. Según ello, los galaicos seguirían trabajándola como antes de la conquista, pero arrendada a través de los gobiernos locales, lo que significaba para las élites colaboradoras con Roma una posibilidad magnífica para mantener o acrecentar su poder.

Y así volvemos a hablar de las élites locales y su integración en una sociedad más compleja. Potenciados por los romanos como elemento de control de las comunidades, estos personajes -varones en todos los casos conocidos- colaborarán con los conquistadores, recibiendo a cambio mayores o menores prebendas y acrecentando su poder sobre los miembros de su comunidad. Con toda probabilidad, las comunidades van a actuar como "clientes" del estado romano, creando unos vínculos de dependencia de los que son fiel reflejo los pactos de hospitalidad. Es precisamente en este contexto socioeconómico donde se pueden integrar sin mayores problemas, entre otros elementos de prestigio, la típica orfebrería castrexa, la plástica en piedra, o incluso esa variante de los cascos del tipo Montefortino localizada al N de Portugal.

Pacificación general, desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones comerciales a corta, media y larga distancia -primero sobre todo marítimas, pronto terrestres-, crecimiento económico, alza demográfica, desarrollo social..., contribuyen a hacer de esta etapa la más dinámica en el desarrollo general del mundo castrexo. No es de extrañar, por ello, la paradoja de que se venga identificando lo "castrexo típico" con las evidencias materiales de esta fase. Ciertamente, todas estas manifestaciones responden a una realidad bien distinta, como nos recuerda J.Sánchez-Palencia: "...una mano gestora a gran escala que está poniendo en marcha una articulación del poblamiento y de la explotación de los recursos de acuerdo con unos intereses que ya no coinciden con los de las comunidades locales y que genera cambios radicales, aparentemente ocultados por los rasgos de continuidad de la cultura material analizada desde una perspectiva objetual". Sin embargo, elementos tan conocidos como la plástica en piedra, la orfebrería, los típicos puñales de antenas, los elementos de adorno más frecuentes, etc., hoy por hoy no pueden ser desligados de esta fase sin caer en la especulación. No negamos radicalmente que algunos -o todos- de estos elementos tengan raíces en etapas más antiguas; simplemente, afirmamos que por su propia condición encajan perfectamente en este ambiente de desarrollo socioeconómico, a lo que hay que añadir algo que cualquier historiador debería tener bien presente: todavía no han sido localizados en contextos anteriores a la presencia romana. Otro bonito campo para una investigación seria y rigurosa.

El desarrollo espectacular de algunos aspectos urbanísticos de los poblados, como más adelante tendremos ocasión de detallar, es altamente revelador de los nuevos tiempos. La existencia de un instrumental de cantería más adecuado se traduce en el empleo de soluciones arquitectónicas más variadas y de cierta calidad. La organización interna de muchos poblados en "unidades familiares" cerradas formadas por dos o tres viviendas con sus correspondientes almacenes y un espacio común entre ellas, revela rasgos de la organización social y referentes meridionales. En fín, la constatación de que en esta etapa de más que segura calma se levantan los sistemas defensivos más complejos y aparatosos del mundo castrexo refuerza nuestras opiniones al respecto, ya expuestas más arriba, y ratifica la afortunada frase de Elías Carrocera, que las define como las murallas de la dignidad. Naturalmente, la adopción de todas estas novedades se hace tanto más patente y más temprana cuanto más hacia el S y hacia la costa nos dirigimos. Ya hemos mencionado hasta la saciedad la existencia de este fenómeno, que es ahora cuando se va a ver plasmado de forma más palpable, mostrando unas claras diferencias entre las zonas septentrional y meridional del mundo castrexo que Roma percibirá con claridad al establecer la organización administrativa del territorio creando los conventos jurídicos Bracarense y Lucense.

La complejidad de esta fase de claro "apogeo" del mundo castrexo tal vez nos pueda hacer entrever la posibilidad de que cuando poco después Roma introduzca determinadas reformas administrativas en el territorio galaico -especialmente el ius latii-, cortará su desarrollo hacia formas más complejas de organización social. Tradicionalmente se entiende que esta ruptura, de haber existido, se habría producido durante el proceso de conquista; por nuestra parte, tenemos la firme impresión de que habría que hacerla coincidir con las reformas administrativas posteriores toda vez que los primeros tiempos de dominio romano no sólo no cercenaron el proceso de desarrollo socioeconómico -y gran parte, o todo, del político- indígena sino que lo potenciaron, excepción hecha del concepto de independencia. Este desarrollo, favorecido o al menos tolerado al principio por Roma, posiblemente enriquecido por la llegada de determinados componentes humanos procedentes de áreas "celtizadas" de la Península previamente conquistadas por los romanos, sumado al tradicional sustrato indoeuropeo de las comunidades castrexas, podría explicar sin demasiados problemas la presencia de rasgos "célticos" en la toponimia, teonimia y antroponimia de este período. Y no queremos hablar de la posible influencia que en tal sentido hayan podido ejercer determinados elementos del ejército romano, colonos, comerciantes, y un larguísimo etcétera, por ser un tema muy mal o nada estudiado hasta el momento; sin embargo, no dudamos que una línea de investigación en este campo, planteada con un mínimo de seriedad y asepsia ideológica, podría poner en su lugar algunos de los mitos que todavía circulan libremente sobre la presunta "celticidad" galaica.

La activación de las relaciones comerciales vía marítima con el mundo romano va a suponer la llegada masiva a nuestras tierras de una amplísima gama de producciones foráneas. Los restos de algunos de estos productos que han podido sobrevivir al paso del tiempo forman parte sustancial de los hallazgos arqueológicos procedentes de los castros de la fase castrexo-romana.

Entre esas producciones destacan, por su extraordinaria abundancia -sobre todo en los yacimientos más cercanos al litoral-, las ánforas. El valor arqueológico de estas vasijas es extraordinario, ya que por su propia condición de envases directamente relacionados con el tráfico marítimo, informan con gran detalle sobre las características y el grado de las relaciones comerciales a larga distancia por esta vía; a ello se suman las precisiones de tipo cronológico, toda vez que por su carácter fueron experimentando sucesivas modificaciones formales a lo largo del tiempo, de modo que cada variante se encuadra en un marco temporal definido; además, como contenedores que eran, los diferentes modelos de ánfora se corresponden directamente con los distintos contenidos: vino, salazones -preferentemente la salsa denominada "garum"-, aceite, grano, etc. Gracias al estudio de los restos de ánforas pueden conocerse con relativa precisión algunos de los productos importados por el NO durante los primeros tiempos de la Romanización, entre los que destacaba el vino. Finalmente, los sellos, "grafitti" y "tituli picti" que ostentan algunos ejemplares de ánfora nos informan sobre los talleres de producción, la condición y calidad del producto envasado, el nombre del envasador, etc., etc.

En un plano más modesto, las importaciones de cerámica fina romana se constatan ampliamente en el medio indígena. Durante los primeros tiempos, la cerámica "campaniense", así llamada por ubicarse sus alfares principales en la Campania, propia de los tiempos republicanos y caracterizada por sus pastas de gran calidad bañadas con un delicado barniz negro, constituirá la base de la vajilla romana de importación.

Muy poco tiempo después, la loza campaniense será sustituida por la llamada "terra sigillata". Se trata de una cerámica también de gran calidad y de enorme diversidad formal, diferenciándose de la campaniense por estar bañada en barniz rojo. Son productos industriales de más o menos lujo, que combinan las formas a torno rápido con ejemplares fabricados a molde cubiertos de figuras en relieve dibujando esquemas geométricos, motivos vegetales, guirnaldas e incluso verdaderas escenas del más variado cariz. La denominación de esta cerámica está directamente relacionada con la frecuente aparición en los recipientes del sello -"sigillum"- del alfarero. Estos sellos han permitido que en la actualidad conozcamos amplísimas listas de nombre de alfareros, la ubicación geográfica de buena cantidad de talleres y el marco temporal en que estuvieron activos, y, como consecuencia, las rutas comerciales que enlazaban los centros de producción y las zonas de comercialización. Estos centros, originariamente situados en los alrededores de Arezzo, pronto se extendieron al resto de la península itálica, más tarde al sur de las Galias y posteriormente a zonas de temprana romanización en Hispania, principalmente el valle del Ebro y la Bética.

Además de la cerámica fina de mesa, el mercado indígena va a verse abastecido por una amplia gama de recipientes muy especializados de cerámicas comunes romanas de cocina y mesa: fuentes, platos, jarras, etc., ocasionalmente decorados con temas geométricos pintados, y pequeños vasitos para bebida de cerámica "de paredes finas", muchos de ellos con una ornamentación exterior de gotas de engobe denso denominado barbotina.

Junto a ellos, va introduciéndose un nuevo sistema de iluminación que emplea las lamparitas de aceite precedentes de los conocidos candiles: las "lucernas", generalmente decoradas con escenas en relieve.

El ajuar doméstico de importación se completa a grandes rasgos con la introducción de recipientes de vidrio. Vasos, botellitas, cuencos, ungüentarios, etc., de vidrios de diferentes tonalidades, en ocasiones de una variedad tan refinada como los polícromos del tipo "millefiori", formarán a partir de esta fase parte sustancial de los ajuares domésticos indígenas.

Y las producciones galaicas?. Más arriba hemos mencionado repetidamente que va a ser a partir de la entrada en contacto con Roma cuando se harán más evidentes todas las manifestaciones materiales tenidas por más características y peculiares del mundo castreño galaico. Sin duda, el efecto dinamizador de la nueva realidad política va a ser decisivo para que se desarrollen los aspectos más visibles del mundo material castreño.

Entre las producciones materiales indígenas llegadas a nuestros días destaca, al menos cuantitativamente, la cerámica. Su desarrollo durante esta fase es espectacular, sin duda gracias a la adopción de innovaciones tecnológicas en la selección de pastas, la generalización del torno rápido de alfarero y mejoras en la cocción. El repertorio formal se amplía considerablemente, figurando en el amplio ajuar doméstico de la época -ya enriquecido con la adquisición de vajilla fina romana, como sabemos- recipientes de cocina y de mesa formalmente adaptados según su función: vasijas de almacenamiento y cocina de diferente tamaño, platos, jarras, fuentes, vasos para beber, etc.,etc. En algunos casos se puede apreciar cierto afán de los alfaferos castrexos por copiar o adaptar modelos peculiares del mundo romano.

No son los aspéctos técnicos y formales los únicos exponentes de las mejoras experimentadas por las producciones cerámicas. Un rasgo bastante frecuente y cuyo estudio sistemático sin duda puede revelar interesantes aspectos es el referente a los estilos decorativos que enriquecen los aspectos estéticos de los recipientes. Buena parte de la producción cerámica castrexa aparece adornada por diseños incisos, estampillados o excisos de temática geométrica. Ciertas líneas de investigación abiertas en fechas recientes comienzan a poner de relieve la existencia de estilos decorativos y formas cerámicas peculiares de zonas concretas.

El trabajo de los metales, dejando aparte los preciosos que trataremos más adelante, se basa en dos grandes apartados: el bronce, relegado en la práctica a la fundición de elementos de ornato personal, y el hierro, destinado a la elaboración de instrumentos de carácter utilitario.

Hasta la implantación de la siderurgia por estas fechas -de hecho, todo apunta a que los objetos de hierro documentados en el mundo castreño galaico con anterioridad serían en su totalidad adquisiciones comerciales procedentes del exterior-, el bronce constituyó la base fundamental de la metalurgia galaica. A partir de ahora, sin embargo, su uso irá siendo relegado paulatinamente a la fundición de objetos de adorno personal; no obstante, la tradición es la tradición, y sin que lo anterior se contradiga, veremos cómo este metal se sigue empleando ocasionalmente en la confección de piezas concebidas en principio para ser fundidas en hierro.

Entre los elementos de adorno en bronce sobresalen por su número y espectacularidad las fíbulas, precedentes de nuestros actuales imperdibles. Los modelos más relacionados con el medio indígena: de largo travesaño sin espira, trasmontano, Santa Luzia..., suelen presentar sus remates más o menos adornados con líneas en relieve, filigranas, etc. Otros modelos, como los de charnela o los de forma de omega parecen muy influenciados por el mundo romano. Algo semejante puede decirse de los alfileres, con cabezas más o menos decoradas y con claras referencias en los "acus crinalis" romanos. Ciertas agujas de orificio romboidal o lenticular hemos de relacionarlas más con aspectos utilitarios que ornamentales.

Por fín, total o parcialmente fundidos en bronce son los escasísimos restos relacionados más o menos directamente con el armamento. Los conocidos puñales de antenas, por más que análisis de corte tipológico se empeñen en remontarlos a los siglos iniciales del fenómeno castrexo, la realidad los sitúa en su totalidad, al menos por el momento, en la etapa de integración en el Imperio romano. Se trata de pequeños ejemplares en los que destaca su característica empuñadura rematada en sendos vástagos a modo de antenas. Casi todos los recuperados hasta el presente muestran hoja de hierro embutida en una empuñadura de bronce; no obstante, existen ejemplares íntegramente de hierro e, incluso, de bronce. Naturalmente, la condición "bélica" de estos puñales no deja de ser algo más que discutible; más bien creemos que se trata de piezas de estatus, por lo que seguimos sin conocer en realidad cómo eran las armas de los castreños..., si es que las tenían.

La frase anterior no tiene que entrar necesariamente en contradicción con el hallazgo, en un área muy concreta de la zona meridional castreña, de cinco cascos de bronce de un modelo originario del N de Italia, bastante frecuente en el área mediterránea de la Península Ibérica, conocido con la denominación de tipo Montefortino. Cuatro ejemplares fueron descubiertos en tierras portuguesas -dos en el Castelo de Neiva y los restantes en Briteiros y Lanhoso- y el último dragado en el río Miño frente a Caldelas de Tui, hoy curiosamente conservado en el Museo Diocesano de Tui. Son sin duda adaptaciones locales de un modelo expandido ampliamente por el Mediterráneo occidental, y su cronología no parece ir más allá de la segunda mitad del siglo I a.C.

Por lo que al hierro respecta, ya hemos mencionado más arriba que será a partir de ahora cuando aparezcan en el registro arqueológico señales de la introducción de las técnicas siderúrgicas en el territorio castrexo. Sin embargo, la información disponible es muy fragmentaria a causa principalmente de las dificultades de conservación de este metal en un terreno de las características de humedad y acidez como el galaico. Además de las hojas de algunos puñales de antenas, el hierro estará dedicado sobre todo a la confección de herramientas y otros útiles. Se conservan restos de arneses, hoces, sierras, hachas, martillos, tenazas y tal vez aperos agrícolas; junto a ellos e íntimamente relacionados con las estructuras arquitectónicas, son relativamente abundantes los clavos y los refuerzos para puertas y ventanas. Por último, merece una mención aparte la constatación del uso de tachuelas de hierro para el calzado.

Entroncando con la metalurgia podemos entrar en el análisis de uno de los aspectos más conocidos del mundo castrexo galaico: la orfebrería.

Previamente hemos de hacer un par de advertencias. Por sus connotaciones sociológicas, la orfebrería castrexa ha sido un tema sobre el que se ha escrito mucho, desgraciadamente no siempre con las más mínimas dosis de sensatez. Fruto de ello y de un curioso atavismo, siguen siendo lugares comunes en la mayor parte de la bibliografía arqueológica considerar que todas las piezas de orfebrería "castrexa" son producciones locales, y que su producción corresponde a los siglos anteriores a la integración en el Imperio romano. Naturalmente, al primero de estos aspectos hemos de argumentar que parece absurdo negar la llegada de elementos de orfebería junto con otros bienes de prestigio desde el exterior, sobre todo desde las áreas más mediterráneas como ponen de relieve determinadas formas y técnicas, y lo que se hace imprescindible es abrir una línea de investigación libre de prejuicios que establezca con claridad qué productos han sido elaborados en tierras galaicas y cuáles han de entenderse como importaciones. En cuanto a la cuestión cronológica, por más que algunos autores sigan apegados a viejas teorías arqueográficas y empeñados en valorar los objetos en función de su mayor o menor antigüedad, ya hemos mencionado más arriba que todas las muestras de orfebrería "castrexa" documentadas arqueológicamente hasta el día de hoy proceden de contextos de época romana, y que es precisamente en ese ambiente de desarrollo social donde tienen su más lógica razón de ser; naturalmente, todo ello sin dejar de considerar, como mera hipótesis pendiente de confirmación, que el desarrollo de ciertos modelos de joyas pudiera haber arrancado en el mundo indígena prerromano.

Sin lugar a dudas, la joya "castrexa" por antonomasia es el torques. Se trata de collares rígidos o semirrígidos que adoptan una línea curva que no llega a cerrar. Las variantes tipológicas son muy numerosas, pero en líneas generales presentan la varilla de sección circular o cuadrada con o sin decoración; cuando ésta aparece, puede ser dibujando temas geométricos troquelados o empleando la filigrana y/o el granulado; también, la varilla puede estar total o parcialmente cubierta por alambre enrollado. Por su parte, los remates de los extremos de la varilla pueden adoptar formas variadas, predominando en el noroeste las perillas, campánulas y la doble escocia, ocasionalmente decoradas con temas geométricos -preferentemente rosáceas- troquelados o mediante la filigrana y/o el granulado. Los torques, si bien constituyen objetos relativamente comunes en la mayor parte de las tierras europeas, hasta el punto de haber sido adoptados como distintivo militar por los romanos, en sus variedades galaicas presentan unas características muy peculiares que hacen bastante probable su producción local; incluso, cada variante parece corresponderse con un territorio particular dentro del área galaica.

Pese a la aparatosidad de muchos de los ejemplares conocidos, en su mayoría han sido fundidos empleando oros de muy baja calidad, con altos porcentajes de plata y cobre en su aleación, por lo que parecen, en principio, más valiosos desde un punto de vista simbólico que económico en sentido estricto. Su carácter como elemento de distinción masculino destinado al consumo y ostentación de las élites indígenas parece bastante claro.

Funcionalidad muy semejante podrían haber tenido otras joyas también bastante espectaculares: las diademas. Escasamente representadas y de origen incierto, los ejemplares que se dicen procedentes de las tierras galaicas -algo en absoluto demostrado- son láminas delgadas más o menos rectangulares decoradas profusamente con temas geométricos -en la llamada De Ribadeo, naturalistas- por repujado y/o estampado.

Pero el mundo castrexo galaico siempre ha sido considerado como una "cultura de la piedra". Sin duda, esta frase debe buena parte de su contenido a la adopción y adaptación por el elemento indígena de instrumental, soluciones técnicas y temática iconográfica procedentes del mundo romano. En tal sentido, es en este campo donde vamos a percibir mayores diferencias entre las tierras meridionales y septentrionales del área castrexa, entre los territorios correspondientes a la división administrativa romana: los conventos jurídicos bracarense y lucense.

En la plástica castrexa, recientemente estudiada en profundidad por F.Calo Lourido, destacan en primer lugar las rudas esculturas en bulto redondo representando varones armados, conocidas tradicionalmente como estátuas de guerreros.

La cabeza de estas esculturas presenta los rasgos anatómicos bien marcados, puede llevar cabello corto, así como barba y bigote, o casco. En el cuello aparece el torques. Visten túnica de manga corta hasta la mitad de los muslos. Los brazos se adornan con brazaletes, que también pueden aparecer en las muñecas. Exhiben frontalmente un pequeño escudo circular, la "caetra", que a veces presenta inscripción. El cinto más o menos complicado ciñe la cintura. Las piernas pueden llevar canilleras -"cnémides"-, y los pies pueden estar descalzos o calzados. Aparte del escudo, las armas se concretan en un puñal con pomo redondo y contera rematada también en redondo, y, ocasionalmente, una espada de pomo redondo.

Tradicionalmente, estas esculturas fueron consideradas como funerarias, de genios tutelares de los poblados, de héroes más o menos divinizados, de dioses de la guerra, de jefes o guerreros muertos, de carácter protector, votivo, honorífico... En la actualidad, a la vista del contexto en el que han sido localizadas, parece que la hipótesis más sensata sería la de interpretarlas como imágenes de personajes principales, pertenecientes tal vez a aquéllas élites locales que, como ya hemos comentado, al colaborar con Roma habrían conseguido alcanzar altas cotas de prestigio y autoridad. Aunque esto último lo decimos con ciertas reservas, lo que ya no nos ofrece excesivas dudas es que la aparición de estas manifestaciones escultóricas en pleno ambiente castrexo sólo es explicable por la asimilación de ciertos usos y costumbres propios del mundo romano; a ello contribuye comprobar que, al menos por el momento, todas las esculturas de guerreros proceden de las tierras meridionales, del convento jurídico bracarense, precisamente las que antes entran en contacto con Roma y en las que el efecto romanizador es más patente.

Algo muy parecido puede decirse en referencia a las figuras de cabezas humanas. Si bien algunas podrían tratarse de fragmentos de esculturas de guerreros, el resto, tanto las de bulto redondo como las talladas en altorrelieve, se caracterizan por su rudeza y economía de rasgos. Pese a las numerosas hipótesis interpretativas que se han barajado, es probable que hayan cumplido una función semejante a sus coetáneas romanas y sean imágenes de antepasados; dicho todo con las máximas reservas.

El repertorio plástico naturalista se completa con unas escasísimas figuras de cabezas de animales, en su mayor parte rematando unas curiosas piezas acodadas que generalmente se conocen con la denominación de "amarradoiros do gando". La talla suele ser tan tosca que en muy pocas ocasiones la identificación del animal representado resulta sencilla.

Finalizaremos estas breves referencias a la plástica castrexa de los primeros tiempos de la romanización pasando revista a los elementos decorativos relacionados con las estructuras arquitectónicas. La temática, generalmente empleando el relieve, es geométrica y ciertamente reiterativa: cordados, entrelazados, trisqueles, tetrasqueles, exasqueles, molinetes, rosáceas..., cubre las jambas y dintel de las entradas de viviendas muy concretas, algunas piezas utilitarias como los "amarradoiros do gando" o los colgantes de la cubierta de las cabañas, y la cara externa de ciertas piezas cilíndricas presuntamente destinadas a empotrar en los muros.

Pese a la gran cantidad de hipótesis que se han venido barajando para comprender la simbología de esta temática, en la actualidad cobra auge la idea de que, al menos en la época en que aparecen en el mundo galaico las piezas localizadas hasta el presente, casi con total seguridad su valor era meramente ornamental. En este sentido, los datos son abrumadores y no permiten desvincular las decoraciones arquitectónicas de la fase que estamos tratando, algo que parece extrapolable a la totalidad de la plástica castrexa en piedra; otra cosa es suponer, como hipótesis de trabajo, que por la observación de algunos detalles técnicos y temáticos, pueda aventurarse la posibilidad de que los ejemplares que conocemos sean la plasmación en piedra de una plástica de origen mucho más antiguo concebida originalmente para la madera, y de la que, por supuesto, nada habría podido sobrevivir. Pero se trata de una mera hipótesis; la realidad actual es la que hemos comentado más arriba.

Diseños como los que acabamos de comentar cubren, en mayor o menor medida, la cara exterior de las conocidas "pedras formosas", pertenecientes a unas peculiares construcciones que la bibliografía arqueológica actual denomina "monumentos con horno". Se trata de edificios de planta rectangular alargada rematada en horno con chimenea y compartimentada en dos cámaras precedidas de un recinto abierto en el que se emplaza un pilón al que vierte sus aguas una conducción desde un plano superior. La "pedra formosa" es el bloque monolítico con una pequeña abertura a ras de suelo en semicírculo peraltado que separa las dos cámaras.

Las interpretaciones vertidas sobre estas curiosas edificaciones han sido, como era de esperar, de lo más variopinto: recintos funerarios, lugares de sacrificios, lugares de culto, templos en general, talleres de herrero, crematorios, hornos para el pan... En la actualidad parece fuera de toda duda razonable que cumplían una función de tipo higiénico como baños de vapor a semejanza de las termas romanas.

Ello nos da pie para entrar en el aspecto más aparente de los castros de la fase que comentamos: la organización urbanística de los poblados en general y de la arquitectura doméstica en particular.

Párrafos arriba hemos dejado bien sentado que en estos primeros tiempos de integración en el mundo romano es cuando asistimos al desarrollo más espectacular de los poblados castrexos. Hemos visto que al tiempo que algunos castros antiguos desaparecen, otros experimentan considerables ampliaciones de su espacio habitacional al tiempo que el territorio se va poblando de castros de moderadas dimensiones distribuidos según una lógica y una planificación general que nos hace suponer la puesta en marcha de una explotación organizada y exhaustiva de los recursos naturales del pais. Pero al mismo tiempo que esto sucede, se erigen asentamientos "castrexos" de unas dimensiones desconocidas hasta la fecha, que seguramente habrá que entender como integrados en esta nueva y racional ordenación del territorio y que actuarían como verdaderos "lugares centrales"; naturalmente, serán estos grandes poblados los que de siempre han llamado más la atención de los investigadores, los que primero y más intensamente han sido investigados, y, naturalmente, los que han suministrado la mayor parte de los datos, de la imagen del mundo castrexo galaico llegada hasta nosotros: Santa Tecla, San Cibrán de Lás, Briteiros, Sanfins, Monte Mozinho..., por poner los ejemplos más conocidos. Con diferencias mínimas, en ellos se hacen explícitas las innovaciones arquitectónicas más relevantes de esta fase, a las que no puede ser ajena la adopción de una tecnología e instrumental de cantería mucho más perfeccionadas.

Vistos desde el exterior, los poblados de esta fase se distinguen por una mayor aparatosidad de los sistemas defensivos. Parapetos, fosos, terraplenes y, sobre todo, líneas de muralla levantados, mantenidos y reforzados en unos tiempos en que Roma garantiza la ausencia de conflictos armados. Es decir, que Roma permite, y tal vez potencie de forma directa o indirecta, que los habitantes de unas tierras "conquistadas" edifiquen poblados con defensas militares. La deducción es lógica. Por una parte, parece obvio que si Roma permite a los galaicos vivir según su sistema tradicional y reforzar con obra presuntamente militar sus poblados, es que Roma no veía a los galaicos como enemigos, ni siquiera potenciales; por otra, más que obra militar en sentido estricto, las murallas serían, para los habitantes de cada poblado, un vehículo propagandístico de su pujanza cara al exterior. Este valor simbólico de las murallas entronca con nuestras opiniones al respecto de los momentos de formación del mundo castreño.

Traspasando el umbral de la entrada al poblado, la imagen que podemos obtener es de un conjunto abigarrado y más o menos apelotonado de construcciones en el que parece primar sobre todas las cosas el desorden. Nada más lejos de la realidad.

Cuando analizamos con detenimiento la distribución de las construciones en los castros de esta etapa llegamos a la conclusión que bajo ese aparente caos se esconde un urbanismo muy depurado y, sobre todo, perfectamente adaptado a las características del terreno y a la organización social galaica. Naturalmente, ya desde ahora hemos de desechar de raíz la idea de una distribución espontánea del espacio habitacional y sustituirla por la de la minuciosa planificación.

La muralla es el elemento que organiza el interior del poblado; su paramento interior queda por lo general libre de construcciones adosadas y crea un espacio a modo de camino de ronda que va a ser de gran interés en el acceso a las viviendas de la población. El espacio habitacional aparece organizado por medio de un curioso sistema "celular" de agrupaciones de cabañas independientes entre sí pero que abren sus entradas a una especie de patio común, generalmente enlosado, al que sólo se puede entrar desde el resto del poblado por medio de un único y más o menos complicado acceso. Se crean, de este modo, unidades de cabañas relativamente independientes del resto del poblado y que es de suponer estarían habitadas por indivíduos con lazos de sangre, de ahí que en la bibliografía especializada se suela denominar a estas agrupaciones "unidades familiares".

Pero no todas las cabañas que integran estas unidades -generalmente entre cuatro y ocho- son con seguridad viviendas. Las de dimensiones más uniformes, de mejor acabado técnico, con hogar interior bien estructurado, umbral de entrada a nivel de suelo, casi siempre con ese curioso vestíbulo exterior en el que se integra un horno para pan, además de otros detalles de menor interés, parece claro que se trata de construcciones destinadas a vivienda. Junto a ellas, otras construcciones de planta más variada -circular, ovalada...-, sin restos de hogar, ni vestíbulo, ni horno, con umbral de acceso sensiblemente más alto que los pavimentos, hemos de interpretarlas como construcciones accesorias del tipo almacén. Por regla casi general, a cada vivienda corresponde un almacén.

Las plantas de las cabañas son generalmente circulares, y en menor cantidad ovaladas o rectangulares con esquinas curvas. Las plantas perfectamente cuadradas y rectangulares parecen bastante tardías y seguramente adaptadas a imitación de las construcciones romanas. Los aparejos varían más o menos, seguramente en función de aspectos de índole económica, pero en general los muros disponen de dos caras, apreciáblemente mejor rematada la externa; la técnica es siempre la mampostería, si bien ocasionalmente puede haberse empleado un verdadero aparejo de sillares dispuestos en espina de pez o de forma más o menos helicoidal.

El tratamiento externo de los muros parece, en los casos comprobados, que tendría muy poco que ver con su aspecto actual. Con la salvedad de los aparejos de gran calidad técnica, lo normal es que estuviesen enfoscados con argamasa, tanto al exterior como en el interior de las cabañas, lo que contribuía sin duda a mejorar sus condiciones de aislamiento frente a la humedad. Estos enfoscados parece ser que estaban pintados; de hecho, en excavaciones recientes se han documentado restos de pintura de colores blanco, rojo y azul. Sin duda, la imágen de piedra vista que caracteriza la perspectiva actual de los poblados parece que contrastaría bastante con el policromismo original.

La cubierta de estas construcciones sin duda se hacía con elementos vegetales. Aunque instintivamente siempre imaginamos una cubierta de forma cónica, la verdad es que caben multitud de soluciones. La teja plana romana "la tégula" sólo será empleada muy tardíamente para cubrir algunas casas de planta cuadrada o rectangular.

Un último aspecto que nos habla asimismo de esa planificación urbanística de modelo tradicional son los aljibes y la compleja red de canales y atarjeas de drenaje que circulan bajo los suelos de estos poblados y permiten una rápida evacuación de las aguas de lluvia.

Hasta aquí el rápido repaso de las transformaciones del mundo castreño en los primeros tiempos de contacto con Roma. Pero tal vez los cambios más trascendentales se estén produciendo en otros niveles de la realidad. Las comunidades galaicas se están integrando lentamente en el sistema económico monetarista romano. Los hallazgos de monedas son algo común en las excavaciones de los poblados de esta fase. Por otro lado, sin duda se asiste en estos momentos al inicio del proceso de sincretismo entre los rituales religiosos castrexo y romano, como ponen de relieve la epigrafía y la reaparición, tras casi dos milenios, de los rituales funerarios, si bien serán los típicamente romanos. Y el idioma, el latín, que irá desplazando y a la larga anulando las lenguas galaicas. Son los comienzos del cambio, del proceso de aculturación que cristalizará en la fase siguiente.

FASE GALAICO-ROMANA (Finales s. I - s. III):

Las reformas administrativas de época flavia, de manera primordial la concesión del Ius Latii, van a suponer la lenta pero sistemática desestructuración del mundo castrexo y su sustitución por por la organización sociopolítica galaicorromana. Un rasgo evidente del cambio se detecta en el abandono de la inmensa mayoría de los poblados castreños por estas fechas en beneficio de un sistema de explotación del territorio de nuevo modelo: las villae.

El área occidental de la actual Asturias constituye un fenómeno aparte. Además de las dificultades de todo tipo que todavía se manifiestan a la hora de definir una etapa castrexa prerromana, se percibe un claro esplendor de los castros durante la segunda mitad del s.I y grandes ampliaciones y modificaciones urbanísticas durante la dinastía flavia. Es decir, que parece evidenciarse un proceso diametralmente diferente al que se aprecia en el área castrexa meridional, preferentemente en el convento bracarense. Este hecho, junto con la más que segura vinculación de buen número de castros a trabajos de explotación minera y ciertos detalles urbanísticos, pudieran indicar la llegada de componentes de población desde el área meridional castrexa para el trabajo de las minas, hipótesis altamente sugestiva y con muchas posibilidades de corresponderse con la realidad.

Buen número de castros mineros como los de la sierra de O Courel y ciertos pequeños castros agrícolas en pleno valle constituyen los últimos referentes de un modelo de asentamiento y de estructura social que van a desaparecer al compás de los nuevos tiempos. Aunque exista una clara continuidad en la explotación del espacio económico, aunque las cimas de determinados poblados de claras condiciones geoestratégicas continúen mínimamente ocupadas, aunque en los momentos de peligro del siglo III se reocupen ciertos viejos castros o se edifiquen otros como Viladonga, ya nada será igual, porque la romanización, por mucho que sus efectos se quieran minimizar, creemos que transformó -o acabó- con bastantes cosas.

 

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Galicia na Prehistoria
José Mª Bello
Antonio de la Peña

Historia de Galicia, Tomo I

© Vía Láctea Ed.
Perillo-Oleiros, 1995

Presentación
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Bibliografía

 
  ut sum satis curiosa  
 
sananton@ctv.es