GALICIA
EN LA PREHISTORIA
CAPÍTULO
VII
LA
EDAD DEL BRONCE
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LOS
OSCUROS SIGLOS DEL BRONCE PLENO
A
partir de los siglos iniciales del
II Milenio a.C., parece asistirse
en el área galaica a una
palpable desaceleración del
ritmo de crecimiento iniciado en
los primeros tiempos de la Metalurgia,
hasta desembocar en un proceso de
ruptura que podemos situar cronológicamente
a partir mása o menos del
s.XVII a.C. Como ya hemos adelantado,
desaparecen progresivamente de nuestra
vista tanto las necrópolis
como las presumibles costumbres
funerarias, los lugares de habitación,
gran parte de los objetos de uso
cotidiano, la totalidad del Grupo
Galaico de Arte Rupestre, etc.,
como dándonos a entender
que al tiempo pudo haberse producido
un brusco descenso de la población.
Pese a que los hallazgos descontextualizados
de algunas espadas y unas cuantas
hachas de bronce nos indican claros
avances tecnológicos y el
mantenimiento de un cierto grado
de contactos atlánticos,
todo hace suponer que durante este
período se produjo una fortísima
crisis económica y demográfica
que habrá supuesto la interrupción
del proceso de desarrollo social
y detenido la clara tendencia iniciada
hacia la sedentarización
del hábitat, volviendo las
comunidades a un régimen
más móvil de explotación
del medio natural.
Tal
vez sean aspectos puramente tecnológicos
los referentes más claros
para estos siglos. La aparición
de la metalurgia del bronce en su
forma clásica de aleación
de cobre y estaño va a suponer,
en una escala amplia, la apertura
de las inevitables relaciones de
intercambio entre zonas productoras
y deficitarias de las materias primas
necesarias para la metalurgia, entre
ellas y los centros de transformación
y comercialización, etc.
En este sentido, el NO de la Península,
abundante en recursos estaníferos
y, sólo muy relativamente,
deficitario en cobre, va a jugar
un papel cada vez más importante
dentro del juego de relaciones y
alianzas comerciales que implica
la metalurgia del bronce. A ello
contribuirán no sólo
sus recursos naturales sino su posición
geográfica estratégica
dentro de la Europa atlántica.
Las
tradicionales y sencillas hachas
planas de cobre van a ir dejando
paso a verdaderas hachas de bronce
de filo bien desarrollado. A su
vez, los pequeños puñales
de cobre de hoja y lengüeta
planas serán rápidamente
sustituidos por otros, y por verdaderas
espadas, ya de bronce, más
espesos y resistentes, con empuñadura
sujeta a la hoja mediante una corona
de clavos. El puñal del río
Ulla y las espadas de Meira en Moaña
y Forcas en Ourense no son únicamente
testimonios claros de las innovaciones
tecnológicas adoptadas en
esta fase sino que, por su carácter
claramente foráneo, muestran
la continuación de los contactos
a larga distancia con el área
atlántica y el SE peninsular.
La
crisis del II Milenio parece haber
afectado, en mayor o menor medida,
a toda la Europa atlántica,
y se han barajado diversas causas
para explicarla: procesos de deterioro
climático, alteraciones en
los circuitos atlánticos
de intercambio con la puesta en
explotación de nuevas vetas
de mineral -el cobre galés,
por ejemplo-, modificaciones en
la balanza de los centros del poder
de unas zonas a otras, degradación
de los suelos por causa de la intensificación
agrícola anterior, etc. Tal
vez sea la conjunción de
todos estos factores, junto con
otros desconocidos, lo que explique
la apertura de esta larga etapa
de recesión, de esta crisis
que podríamos equiparar en
cierto modo con la Edad Media, y
cuyo "Renacimiento" va
a coincidir aproximadamente con
el cambio de Milenio.
LA
TERCERA REVOLUCIÓN AGRARIA
Y LA "KOINÉ" ATLÁNTICA
DE FINALES DE LA EDAD DEL BRONCE
Durante
la transición entre el II
y el I Milenios a.C., y sobre todo
a partir del siglo XI a.C., el área
galaica, en un proceso semejante
al que se ha observado para el resto
de la fachada atlántica europea,
va a iniciar una nueva fase de intensificación
económica durante cuyo transcurso
se llegará a superar el nivel
que se había alcanzado en
los primeros tiempos de la Metalurgia.
El
proceso seguido se cree muy semejante
al interrumpido a comienzos del
II Milenio. Parece basarse, como
aquél, en una clara intensificación
agraria con la introducción
de nuevos cultivos y el empleo de
una tecnología agrícola
mucho más adecuada. Estamos
ante un fenómeno que podemos
definir como "Tercera Revolución
Agraria".
La
Arqueología pone de relieve
la vinculación directa de
la mayor parte de los asentamientos
de esta fase con algunas de las
tierras de mayor potencialidad agrícola
-sobre todo los fértiles
pero pesados suelos de las zonas
de valle-, para cuya explotación
se hace hasta cierto punto imprescindible
el empleo del barbecho, del abonado,
y del arado de tracción animal.
Ello habrá supuesto un claro
incremento en la extensión
de los terrenos potencialmente cultivables
y la consiguiente obtención
de mayores, mejores y más
diversas cosechas, lo que a su vez
permitiría el sustento de
una población cada vez más
numerosa. Consecuencia directa de
todo ello sería una rápida
recuperación de la tendencia
al sedentarismo, una mayor presión
sobre la tierra cultivable, y el
consecuente reforzamiento de la
diferenciación social con
el incremento de la especialización
y la reaparición de las élites
sustentadas sobre el conocimiento
ritual y sobre el control del trabajo
del suelo y los intercambios.
El
dinamismo de esta etapa de expansión
tiene un claro reflejo en la existencia
de cada vez más frecuentes
relaciones de intercambio con los
restantes focos atlánticos
y con el Mediterráneo. La
expansión occidental de los
grupos continentales de Campos de
Urnas y, sobre todo, la demanda
mediterránea de materias
primas -preferentemente el estaño-,
favorecerán la aparición
a lo largo de la fachada atlántica
europea de una serie de focos interconectados
según un modelo que se ha
definido como "de relaciones
entre sistemas políticos
similares". Uno de estos focos
será el galaico, y su mayor
o menor categoría vendrá
condicionada tanto por el carácter
de productores de los bienes intercambiados
como por la posición estratégica
como puntos adecuados para la redistribución
de las mercancías. El área
galaica queda durante esta fase,
por primera y única vez a
lo largo de la Prehistoria, integrada
de lleno dentro de la "koiné"
comercial y cultural atlántica.
Los
circuitos atlánticos de intercambio
no sólo parecen interconectar
las diferentes áreas productoras
y/o distribuidoras de la Europa
Oceánica sino, lo que puede
ser más importante, las pondrán
en relación con los paises
mediterráneos. Producciones
atlánticas alcanzarán
el Mediterráneo Central,
de donde seguramente recibiremos
no sólo mercancías
muy concretas sino buena cantidad
de novedades de carácter
tecnológico y, sobre todo,
ideológico, que van a tener
una enorme trascendencia social:
nuevos cultivos, nuevos conocimientos
tecnológicos, nuevas formas
de diferenciación social,
nuevos modelos de armamento, nuevas
formas de vestido y de adorno personal,
nuevos tipos de transporte, nuevas
formas de exhibición del
poder, de información y de
conocimiento, que serán asimilados
en mayor o menor grado por las élites
locales y actuarán como dinamizadores
de una sociedad en plena expansión.
Las
evidencias más claras que
este proceso expansivo ha dejado
en el registro arqueológico
están constituidas por una
amplísima serie de objetos
metálicos en los que se aprecia
un considerable desarrollo tecnológico.
Las flagrantes similitudes formales
y técnicas que manifiestan
estas producciones metálicas
a lo largo y ancho de la fachada
atlántica europea parecen
una evidencia incuestionable acerca
de la relativa similitud de organización
sociopolítica de las comunidades
atlánticas durante la fase
de plenitud de la Edad del Bronce
y de la frecuencia e intensidad
de los intercambios.
Un
modelo de objeto muy particular
nos pone de lleno ante la capacidad
de los talleres metalúrgicos
atlánticos a la hora de adoptar
innovaciones tecnológicas:
la espada. En los momentos iniciales
de esta fase, hacia los siglos XI-X
a.C., llegan a nuestra tierra procedentes
del área británica
los estoques de lengüeta trapezoidal,
evolución directa de las
espadas de corona claveteada de
la etapa anterior. Se trata de armas
de hoja larga y estrecha con filos
practicamente paralelos rematados
en punta muy aguda por su extremo
distal y en forma de lengüeta
plana en su parte proximal. Esta
lengüeta, de forma aproximadamente
trapezoidal, sirve para la fijación
de la empuñadura mediante
dos pares de remaches. Las novedades
tecnológicas más relevantes
que ofrecen estos estoques radican
en el ya comentado sistema de enmangue,
claramente más efectivo que
el de sus predecesoras, y, sobre
todo, en el ensanchamiento central
de la hoja, a modo de cresta, que
permite una mayor resistencia mecánica
frente a los golpes laterales. por
sus características formales
y tecnológicas, estos estoques
podrían indicar la adopción
de nuevas técnicas en el
combate cuerpo a cuerpo.
Pero
la época de los estoques
es efímera. Casi inmediatamente,
más o menos hacia los siglos
X-IX a.C., serán sustituidos
por un modelo muy elaborado de espada
típico de los talleres bretones
y con trasuntos centroeuropeos:
las espadas pistiliformes. Armas
de gran efectividad y aspecto respetable
que aúna las facilidades
para golpear de tajo propios de
las primeras espadas de lengüeta
circular con las propiedades incisivas
de los estoques, estas espadas toman
su nombre genérico de la
forma lanceolada de su hoja, perfectamente
adaptada tanto para descargar golpes
como para herir de frente. Pero
el detalle más novedoso de
estas piezas es que, por vez primera,
hoja y empuñadura se funden
conjuntamente, logrando con ello
una gran resistencia mecánica
y eliminando en buena medida la
propensión de sus antecesoras
a partirse por la unión hoja-empuñadura.
En este orden de cosas, desde el
corazón mismo de la zona
de empuñadura de las espadas
-y puñales- pistiliformes
parte un marcado nervio que recorre
la hoja hasta la punta, nervio que
actúa con gran efectividad
dificultando la ruptura o el doblado
de la hoja. Los modelos pistiliformes,
con innumerables variantes formales,
constituyen la más alta creación
de los talleres atlánticos
en cuanto al armamento de la Edad
del Bronce.
Por
fin, hacia el s.IX a.C., aparece
y se generaliza con rapidez un modelo
de espada directísimamente
derivado de los pistiliformes: las
espadas en lengua de carpa, así
denominadas por presentar una hoja
que difiere de sus antecesoras en
la disposición paralela de
los filos y el remate en punta muy
marcada. Estas espadas constituyen
los últimos testimonios de
las producciones de los talleres
atlánticos antes de su sustitución
por ejemplares de hierro.
Pero
la panoplia armamentística
de la fase de apogeo de la Edad
del Bronce no se cierra con las
espadas y los puñales sino
que hay que adjuntar algunas puntas
de lanza de dimensiones muy variables
aunque con un marcado conservadurismo
formal.
La
presencia de armas en el registro
arqueológico galaico, a las
que podríamos sumar cascos,
escudos y corazas relativamente
frecuentes en otras áreas
atlánticas próximas,
parecen indicio racional para pensar
en la existencia de comunidades
socialmente bien estructuradas y
de un cierto grado de tensiones
bélicas.
Otro
aspecto clave de la metalurgia es
la confección de objetos
más o menos utilitarios.
Entre ellos, las hachas merecen,
por su abundancia en el registro
arqueológico, un comentario
particular.
Tras
las sencillas hachas planas de cobre
y las de filos desarrollados de
bronce, un tercer estadio evolutivo
surge como consecuencia de la aparición
de las hachas "de tope"
y anillas laterales. La indudable
complejidad formal de los ejemplares
de este modelo y sus innumerables
variantes permiten vislumbrar el
elevado nivel tecnológico
alcanzado por los talleres atlánticos;
a ello sin duda habrá contribuido
la generalización de la técnica
de la cera perdida y la mejora en
la fluidez de las coladas mediante
la adición controlada de
pequeñas cantidades de un
tercer componente a la aleación:
el plomo. Pero, en otro orden de
cosas, todavía no parece
del todo clara la funcionalidad
de estas hachas habida cuenta de
la complejidad que supone su enmangue,
tema sobre el que volveremos más
adelante.
Por
contra, sí está demostrada
la funcionalidad de un nuevo modelo
de "hacha" que hace su
aparición en estos tiempos
de esplendor de los talleres atlánticos
y que, con buena cantidad de variantes
formales, ha llegado hasta nuestros
días en número que
supera los millares de piezas: las
llamadas "hachas tubulares"
o "hachas de cubo", caracterizadas
por su interior casi totalmente
hueco para engastar el mango. Bajo
la denominación genérica
de "hachas de cubo o tubulares"
se esconden no sólo hachas
en sentido estricto sino una relativamente
amplia gama de instrumentos relacionados
entre sí por aspectos formales
y por estar todos ellos destinados
a los trabajos de la madera: azuelas,
gubias, formones, etc. Sin duda,
tan masiva presencia ha de ser directamente
relacionada con una intensa acción
antrópica sobre el medio
natural, deforestando y aprovechando
los recursos forestales; esta actividad
de apertura de nuevos terrenos agrícolas
parece ligada a la transición
climática suboreal-subatlántico
que se supone tuvo lugar por estas
fechas, y afecta a la práctica
totalidad de las tierras europeas
occidentales, contribuyendo a las
transformaciones sociales que a
su vez se detectan por otros síntomas.
Al
consumo de las élites sociales
parece dirigirse, además
de las piezas de armamento y sin
duda alguna ciertas "hachas"
muy concretas, toda una amplia gama
de elementos metálicos bastante
específicos, tanto de adorno
corporal como de empleo comunitario
y/o ceremonial. Collares, colgantes,
pendientes, brazaletes, alfileres,
etc., de formas más o menos
simples, más o menos profusamente
decorados, parecen directamente
relacionados con la exhibición
del estatus social; por su parte,
calderos de remaches, ganchos, espetos,
etc., es posible que en cierta parte
estuviesen destinados a festines
o actos públicos de carácter
más o menos ritual. Pero
un detalle importante, sobre el
que más adelante tendremos
ocasión de volver, es que
la mayor parte de estas muestras
de la metalurgia de sello atlántico
parece responder en su origen a
influencias llegadas desde focos
culturales mediterráneos;
por poner tan sólo dos ejemplos
entre las evidencias de estos contactos
con el Mediterráneo Central,
mencionaremos la espada sarda del
tipo "Sa-Idda" dragada
en el río Ulla y en la actualidad
conservada en el Museo Arqueolóxico
de A Coruña, y el magnífico
depósito de fundidor de Baioes
cerca de Viseu en Portugal, en el
que junto a otros elementos destinados
al reciclado aparecen fragmentos
de carritos rituales de procedencia
presumiblemente chipriota.
En
la orfebrería asistimos también
a la confluencia en nuestras tierras
de elementos foráneos pero
integrados en el mundo de las relaciones
atlánticas. Al tiempo, se
detecta un cambio en las formas
de exhibir y acumular la riqueza
con respecto a los primeros tiempos
de la Metalurgia: si en aquéllos
lo que parece primar es la ostentación,
ahora es muy probable que sea la
acumulación de riqueza y
no tanto la exhibición de
bienes materiales una de las formas
que emplearían las élites
para manifestar su poder. Esto parece
a su vez indicio racional de un
asentamiento de las clases sociales
más favorecidas y una más
frecuente transmisión de
la riqueza por herencia de generación
en generación. El casco de
oro de Leiro en Rianxo, originario
con casi total seguridad de las
tierras septentrionales de la actual
Alemania, es un claro referente
de la existencia de individuos destacados
en el seno de las comunidades; por
su parte, los brazaletes macizos
de Toén en Ourense, Lamela
en Silleda y el ejemplar de la provincia
de Ourense, muestran no sólo
la existencia de relaciones con
otros focos culturales sino la ya
mencionada nueva forma de manifestar
el poder.
Más
arriba hemos mencionado la paulatina
desaparición en el registro
arqueológico, a partir de
los siglos iniciales del II Milenio
a.C., de restos directamente relacionables
con las costumbres funerarias. De
hecho, en la actualidad se llega
a afirmar que si hay un rasgo unificador
de las comunidades atlánticas
de la Edad del Bronce, más
que el clásico referente
de las relaciones de intercambio
y de las producciones metalúrgicas
similares, la prueba más
palpable de cierta unidad cultural
es la ausencia general de rituales
funerarios arqueológicamente
reconocibles. Como veremos más
adelante, esta desaparición
de las necrópolis en el área
galaica hasta la implantación
del ritual romano será uno
de los indicios más definitorios
del carácter autóctono
y marcadamente peculiar del fenómeno
castreño galaico.
Entroncando
con lo anterior, se ha constatado
desde hace tiempo un fenómeno
muy peculiar del área atlántica
europea durante la Edad del Bronce:
la costumbre de arrojar armas a
las aguas en determinados estuarios
y zonas de vadeo. El caso más
claro para nuestras tierras lo constituye
el tramo inferior del río
Ulla entre Cesures y Catoira, donde
se han recuperado varios estoques,
espadas y puntas de lanza que enriquecen
los fondos de los Museos de Pontevedra
y A Coruña.
Esta
curiosa costumbre de retirar de
la circulación bienes tan
valiosos como las armas, de manera
primordial y ciertamente significativa
por su elevado valor simbólico
las espadas, se ha interpretado
como actos de ofrenda a alguna divinidad
acuática y/o como parte de
rituales de paso; incluso, se piensa
que tal vez esas armas sean los
únicos testimonios llegados
a nuestros días de los ajuares
que acompañarían a
los actos fúnebres de determinados
personajes. En cualquier caso, no
se ha aportado todavía una
explicación absolutamente
convincente que explique por qué
en puntos muy concretos de los estuarios
o de zonas de vadeo se depositaban
objetos, como las espadas, enormemente
valiosos tanto material como simbólicamente
para la sociedad de la Edad del
Bronce.
En
este orden de cosas, parece altamente
probable que una parte sustancial
de los rasgos lingüísticos
e ideológicos de filiación
indoeuropea rastreables en el área
galaica, haya sido introducida a
lo largo de esta fase de apertura
al exterior. Este sustrato indoeuropeo
arcaico se detecta principalmente
por la presencia de los restos de
una lengua, anterior a las célticas
clásicas, que los lingüistas
han bautizado con el nombre de lusitano
o galaico-lusitano. De ser cierto,
ello encajaría perfectamente
con los datos arqueológicos,
que, como veremos, muestran la pervivencia
de unas peculiaridades de raíz
muy arcaica en el NO hasta las transformaciones
socioeconómicas que se irán
produciendo de manera paulatina
a partir de la segunda mitad del
s.II a.C.
El
caso es que a partir de más
o menos el s.XI a.C., y en una ya
típica secuencia sur-norte
y costa-interior motivada por una
clara servidumbre a las características
geomorfológicas del territorio
y por el lógico camino de
llegada y adopción de las
innovaciones de filiación
mediterránea, la intensificación
agraria irá permitiendo que
las comunidades más receptivas,
estructuradas y solventes se fijen
por primera vez al territorio. Será
la génesis, lenta e irregular,
del fenómeno castrexo galaico,
encuadrada dentro de la fase más
dinámica de las relaciones
atlánticas de los momentos
finales de la Edad del Bronce. Más
adelante insistiremos en el tema.
LA
DISOLUCIÓN DE LA "KOINÉ"
ATLÁNTICA Y EL ORIGEN DE
LOS CASTROS GALAICOS
Durante
el siglo VIII a.C., y en pleno apogeo
de las relaciones atlánticas,
los fenicios cruzan definitivamente
el Estrecho de Gibraltar y se asientan
en el área de Cádiz.
A partir de estos momentos van a
iniciar un rápido proceso
de control sobre los mecanismos
atlánticos de intercambio
y a introducir, en un mercado dominado
por los intercambios de materias
primas y productos relacionados
con el bronce, un nuevo y revolucionario
producto: el hierro.
Parece
probable que para competir con esta
irrupción, que hará
tambalearse el mercado tradicional,
los focos metalúrgicos atlánticos
habrían iniciado una producción
masiva de objetos, sobre todo "hachas
de tope y anillas". Pero las
dificultades en el abastecimiento
del cobre del Sudoeste -ahora en
manos fenicias- y la necesidad de
ahorrar estaño para poder
comercial con él, obligarían
al empleo cada vez más frecuente
del reciclado de chatarra y a la
adulteración de los bronces
con la adición de plomo a
las aleaciones, lo que se traduce
en una pérdida de resistencia
en los objetos así colados
que los convierte en piezas muy
poco prácticas por su gran
fragilidad.
Los
grandes depósitos de "hachas"
de estas características
localizados en las tierras de la
Europa atlántica, y cuyo
referente más conocido para
el área galaica sería
el procedente de Samieira cerca
de Pontevedra, abren también
otros interrogantes, como el controvertido
fín último al que
podían estar destinados objetos
tan complejos formalmente, tan frágiles
y, lo que es muy significativo,
tan extraordinariamente numerosos.
Si un destino práctico como
hachas no está nada claro
a la vista de su dificultad de enmangue
y su escasa resistencia mecánica,
cómo explicar esa producción
masiva y esas acumulaciones en "depósitos"
que tienen todo el aspecto de estar
directamente destinados a la comercialización?.
Al respecto, se ha apuntado la posibilidad
de que se trate de atesoramientos
de unas materias primas a la sazón
escasas y de gran valor, lo que
no parece muy lógico habida
cuenta de que sería más
sensato acumular esas materias primas
por separado y no aleadas en unos
"lingotes", para colmo,
de semejante complejidad formal.
También se ha barajado, como
último recurso, la idea de
un destino simbólico como
ofrenda a determinadas divinidades
ctónicas, lo que contaría
con el apoyo de bastantes hallazgos
de "hachas" de tope y
anillas entre las rocas o bajo tierra
y el hecho constatado de que en
su práctica totalidad, los
ejemplares que han llegado hasta
nuestros días muestran las
rebabas y, ocasionalmente, las mazarotas
de fundición, pruebas evidentes
de que no han sido "usadas".
De cualquier forma, hemos de reconocer
que todavía desconocemos
con seguridad el destino último
de la producción masiva de
"hachas" de tope con anillas
en los momentos críticos
de la transición entre las
Edades del Bronce y del Hierro.
Entroncado
con lo anterior, y como dato a sumar
a las evidencias de la crisis de
abastecimiento de materias primas
que parece con toda seguridad padecer
esta época, está la
presencia de depósitos de
fundidor integrados por piezas en
desuso, por verdadera chatarra destinada
al reciclaje, y de los que un ejemplo
paradigmático lo constituye
el conocidísimo depósito
de Hío en Cangas de Morrazo.
El
caso es que el siglo VIII a.C. va
a ver el colapso de la economía
tradicional atlántica. Ello
traerá como consecuencia
más significativa la disolución
de las antiguas relaciones de intercambio
y el paso a una realidad más
aislada y fragmentada. Desde ahora,
los diferentes focos atlánticos
van a evolucionar de manera independiente,
sin apenas otros contactos que los
esporádicos. Uno de estos
focos será el galaico, y
la manifestación más
peculiar de la nueva situación
será la entrada del proceso
de sedentarización del hábitat
en un período de relativo
estancamiento, ralentizándose
el ritmo de crecimiento económico
y social que había hecho
posible en última instancia
la aparición del mundo castrexo;
de ahí su condición
de fenómeno peculiar del
área galaica, sin referencia
directa alguna fuera de estos límites
territoriales.
La
génesis del mundo castrexo
puede ser definida como una suerte
de transición definitiva
del campamento a la aldea, entendiéndola
como el paso de un sistema tradicional,
basado en un régimen económico
de modelo itinerante, a la plena
sedentarización. Aunque entre
el nomadismo y el sedentarismo plenos
cabe toda una gama de soluciones
intermedias, lo que está
muy claro es que el mundo castrexo
supone la primera y definitiva fijación
de la población galaica al
territorio. En su realización
práctica, este proceso tal
vez habrá generado un cierto
grado de conflictividad social a
causa de la progresiva presión
sobre los terrenos de cultivo, con
un reforzamiento de la desigualdad
social: a partir de ahora el poder
emanará, sobre todo y cada
vez más, de la posesión
de la tierra y del control sobre
los medios básicos de producción.
Sin embargo, la compartimentación
del paisaje galaico, junto con la
gran dispersión de los poblados
de esta primera fase y su tamaño
minúsculo, hacen que la anterior
afirmación deba ser tomada
con no poca cautela por el momento.
Y
es que, en suma, la aparición
de los primeros poblados estables
en el área galaica no puede
ser desligada de la intensificación
económica -básicamente
el desarrollo de la tecnología
agraria- y de un relativo fortalecimiento
de las jefaturas. La conjunción
de ambos factores habría
hecho posible que algunas de las
comunidades galaicas más
dinámicas, estructuradas
y solventes, decidieran asumir el
riesgo de destinar una parte sustancial
de los rendimientos del trabajo
a la edificación de unos
poblados concebidos para darles
cobijo y protección durante
el tiempo suficiente para rentabilizar
el enorme -habida cuenta del tamaño
que se supone para estas comunidades-
capital invertido en la empresa.
Y todos esos poblados los levantarían
en puntos inmediatos a los terrenos
de explotación restringida,
con buenas condiciones naturales
de defensa y suficiente control
visual sobre las tierras de labor.
Estamos,
pues, ante el resultado de un proceso
de desarrollo claramente endógeno,
pero de ninguna manera cerrado sobre
sí mismo sino abierto y receptivo
a estímulos externos. Las
tensiones sociales derivadas del
sedentarismo y del control sobre
los recursos, aunque favorecedoras
de la diferenciación social,
quedarían un tanto atemperadas
por las características orográficas
del paisaje galaico, cuya gran compartimentación
espacial propicia la dispersión
de pequeñas comunidades con
territorios bien definidos por accidentes
naturales. En suma, una sociedad
de campesinos, sin duda estructurada,
pero muy lejos de esa sociedad guerrera
que no pocos autores se empeñan
en hacernos ver.
BIBLIOGRAFIA
-
Síntesis interesantes pese
a un cierto peso de las cuestiones
morfotipológicas son: RUIZ-GALVEZ
PRIEGO,M.: La Península Ibérica
y sus relaciones con el círculo
cultural atlántico. Universidad
Complutense, col. "Tesis Doctorales",
139/84. Madrid, 1984; COFFYN,A.:
Le Bronze Final Atlantique dans
la Péninsule Ibérique.
Paris, Centre Pierre Paris, 1985.
-
Para el tema de las hachas, destaca
el gigantesco catálogo y
estudio: MONTEAGUDO,L. Die Beile
auf der Iberischen Halbinsel. "Prähistorische
Bronzefunde", IX, n6. München,
l977.
-
En relación con la fase de
apogeo del Bronce Atlántico
en general, y muy particularmente
en torno a las armas arrojadas a
las aguas, destaca la reciente publicación:
RUIZ-GALVEZ PRIEGO,M. (Editora):
Ritos de paso y puntos de paso.
La Ría de Huelva en el mundo
del Bronce Final europeo. "Complutum
extra", 5. Madrid, Universidad
Complutense, 1995.