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GALICIA EN LA PREHISTORIA

CAPÍTULO VII

LA EDAD DEL BRONCE

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LOS OSCUROS SIGLOS DEL BRONCE PLENO

A partir de los siglos iniciales del II Milenio a.C., parece asistirse en el área galaica a una palpable desaceleración del ritmo de crecimiento iniciado en los primeros tiempos de la Metalurgia, hasta desembocar en un proceso de ruptura que podemos situar cronológicamente a partir mása o menos del s.XVII a.C. Como ya hemos adelantado, desaparecen progresivamente de nuestra vista tanto las necrópolis como las presumibles costumbres funerarias, los lugares de habitación, gran parte de los objetos de uso cotidiano, la totalidad del Grupo Galaico de Arte Rupestre, etc., como dándonos a entender que al tiempo pudo haberse producido un brusco descenso de la población. Pese a que los hallazgos descontextualizados de algunas espadas y unas cuantas hachas de bronce nos indican claros avances tecnológicos y el mantenimiento de un cierto grado de contactos atlánticos, todo hace suponer que durante este período se produjo una fortísima crisis económica y demográfica que habrá supuesto la interrupción del proceso de desarrollo social y detenido la clara tendencia iniciada hacia la sedentarización del hábitat, volviendo las comunidades a un régimen más móvil de explotación del medio natural.

Tal vez sean aspectos puramente tecnológicos los referentes más claros para estos siglos. La aparición de la metalurgia del bronce en su forma clásica de aleación de cobre y estaño va a suponer, en una escala amplia, la apertura de las inevitables relaciones de intercambio entre zonas productoras y deficitarias de las materias primas necesarias para la metalurgia, entre ellas y los centros de transformación y comercialización, etc. En este sentido, el NO de la Península, abundante en recursos estaníferos y, sólo muy relativamente, deficitario en cobre, va a jugar un papel cada vez más importante dentro del juego de relaciones y alianzas comerciales que implica la metalurgia del bronce. A ello contribuirán no sólo sus recursos naturales sino su posición geográfica estratégica dentro de la Europa atlántica.

Las tradicionales y sencillas hachas planas de cobre van a ir dejando paso a verdaderas hachas de bronce de filo bien desarrollado. A su vez, los pequeños puñales de cobre de hoja y lengüeta planas serán rápidamente sustituidos por otros, y por verdaderas espadas, ya de bronce, más espesos y resistentes, con empuñadura sujeta a la hoja mediante una corona de clavos. El puñal del río Ulla y las espadas de Meira en Moaña y Forcas en Ourense no son únicamente testimonios claros de las innovaciones tecnológicas adoptadas en esta fase sino que, por su carácter claramente foráneo, muestran la continuación de los contactos a larga distancia con el área atlántica y el SE peninsular.

La crisis del II Milenio parece haber afectado, en mayor o menor medida, a toda la Europa atlántica, y se han barajado diversas causas para explicarla: procesos de deterioro climático, alteraciones en los circuitos atlánticos de intercambio con la puesta en explotación de nuevas vetas de mineral -el cobre galés, por ejemplo-, modificaciones en la balanza de los centros del poder de unas zonas a otras, degradación de los suelos por causa de la intensificación agrícola anterior, etc. Tal vez sea la conjunción de todos estos factores, junto con otros desconocidos, lo que explique la apertura de esta larga etapa de recesión, de esta crisis que podríamos equiparar en cierto modo con la Edad Media, y cuyo "Renacimiento" va a coincidir aproximadamente con el cambio de Milenio.

LA TERCERA REVOLUCIÓN AGRARIA Y LA "KOINÉ" ATLÁNTICA DE FINALES DE LA EDAD DEL BRONCE

Durante la transición entre el II y el I Milenios a.C., y sobre todo a partir del siglo XI a.C., el área galaica, en un proceso semejante al que se ha observado para el resto de la fachada atlántica europea, va a iniciar una nueva fase de intensificación económica durante cuyo transcurso se llegará a superar el nivel que se había alcanzado en los primeros tiempos de la Metalurgia.

El proceso seguido se cree muy semejante al interrumpido a comienzos del II Milenio. Parece basarse, como aquél, en una clara intensificación agraria con la introducción de nuevos cultivos y el empleo de una tecnología agrícola mucho más adecuada. Estamos ante un fenómeno que podemos definir como "Tercera Revolución Agraria".

La Arqueología pone de relieve la vinculación directa de la mayor parte de los asentamientos de esta fase con algunas de las tierras de mayor potencialidad agrícola -sobre todo los fértiles pero pesados suelos de las zonas de valle-, para cuya explotación se hace hasta cierto punto imprescindible el empleo del barbecho, del abonado, y del arado de tracción animal. Ello habrá supuesto un claro incremento en la extensión de los terrenos potencialmente cultivables y la consiguiente obtención de mayores, mejores y más diversas cosechas, lo que a su vez permitiría el sustento de una población cada vez más numerosa. Consecuencia directa de todo ello sería una rápida recuperación de la tendencia al sedentarismo, una mayor presión sobre la tierra cultivable, y el consecuente reforzamiento de la diferenciación social con el incremento de la especialización y la reaparición de las élites sustentadas sobre el conocimiento ritual y sobre el control del trabajo del suelo y los intercambios.

El dinamismo de esta etapa de expansión tiene un claro reflejo en la existencia de cada vez más frecuentes relaciones de intercambio con los restantes focos atlánticos y con el Mediterráneo. La expansión occidental de los grupos continentales de Campos de Urnas y, sobre todo, la demanda mediterránea de materias primas -preferentemente el estaño-, favorecerán la aparición a lo largo de la fachada atlántica europea de una serie de focos interconectados según un modelo que se ha definido como "de relaciones entre sistemas políticos similares". Uno de estos focos será el galaico, y su mayor o menor categoría vendrá condicionada tanto por el carácter de productores de los bienes intercambiados como por la posición estratégica como puntos adecuados para la redistribución de las mercancías. El área galaica queda durante esta fase, por primera y única vez a lo largo de la Prehistoria, integrada de lleno dentro de la "koiné" comercial y cultural atlántica.

Los circuitos atlánticos de intercambio no sólo parecen interconectar las diferentes áreas productoras y/o distribuidoras de la Europa Oceánica sino, lo que puede ser más importante, las pondrán en relación con los paises mediterráneos. Producciones atlánticas alcanzarán el Mediterráneo Central, de donde seguramente recibiremos no sólo mercancías muy concretas sino buena cantidad de novedades de carácter tecnológico y, sobre todo, ideológico, que van a tener una enorme trascendencia social: nuevos cultivos, nuevos conocimientos tecnológicos, nuevas formas de diferenciación social, nuevos modelos de armamento, nuevas formas de vestido y de adorno personal, nuevos tipos de transporte, nuevas formas de exhibición del poder, de información y de conocimiento, que serán asimilados en mayor o menor grado por las élites locales y actuarán como dinamizadores de una sociedad en plena expansión.

Las evidencias más claras que este proceso expansivo ha dejado en el registro arqueológico están constituidas por una amplísima serie de objetos metálicos en los que se aprecia un considerable desarrollo tecnológico. Las flagrantes similitudes formales y técnicas que manifiestan estas producciones metálicas a lo largo y ancho de la fachada atlántica europea parecen una evidencia incuestionable acerca de la relativa similitud de organización sociopolítica de las comunidades atlánticas durante la fase de plenitud de la Edad del Bronce y de la frecuencia e intensidad de los intercambios.

Un modelo de objeto muy particular nos pone de lleno ante la capacidad de los talleres metalúrgicos atlánticos a la hora de adoptar innovaciones tecnológicas: la espada. En los momentos iniciales de esta fase, hacia los siglos XI-X a.C., llegan a nuestra tierra procedentes del área británica los estoques de lengüeta trapezoidal, evolución directa de las espadas de corona claveteada de la etapa anterior. Se trata de armas de hoja larga y estrecha con filos practicamente paralelos rematados en punta muy aguda por su extremo distal y en forma de lengüeta plana en su parte proximal. Esta lengüeta, de forma aproximadamente trapezoidal, sirve para la fijación de la empuñadura mediante dos pares de remaches. Las novedades tecnológicas más relevantes que ofrecen estos estoques radican en el ya comentado sistema de enmangue, claramente más efectivo que el de sus predecesoras, y, sobre todo, en el ensanchamiento central de la hoja, a modo de cresta, que permite una mayor resistencia mecánica frente a los golpes laterales. por sus características formales y tecnológicas, estos estoques podrían indicar la adopción de nuevas técnicas en el combate cuerpo a cuerpo.

Pero la época de los estoques es efímera. Casi inmediatamente, más o menos hacia los siglos X-IX a.C., serán sustituidos por un modelo muy elaborado de espada típico de los talleres bretones y con trasuntos centroeuropeos: las espadas pistiliformes. Armas de gran efectividad y aspecto respetable que aúna las facilidades para golpear de tajo propios de las primeras espadas de lengüeta circular con las propiedades incisivas de los estoques, estas espadas toman su nombre genérico de la forma lanceolada de su hoja, perfectamente adaptada tanto para descargar golpes como para herir de frente. Pero el detalle más novedoso de estas piezas es que, por vez primera, hoja y empuñadura se funden conjuntamente, logrando con ello una gran resistencia mecánica y eliminando en buena medida la propensión de sus antecesoras a partirse por la unión hoja-empuñadura. En este orden de cosas, desde el corazón mismo de la zona de empuñadura de las espadas -y puñales- pistiliformes parte un marcado nervio que recorre la hoja hasta la punta, nervio que actúa con gran efectividad dificultando la ruptura o el doblado de la hoja. Los modelos pistiliformes, con innumerables variantes formales, constituyen la más alta creación de los talleres atlánticos en cuanto al armamento de la Edad del Bronce.

Por fin, hacia el s.IX a.C., aparece y se generaliza con rapidez un modelo de espada directísimamente derivado de los pistiliformes: las espadas en lengua de carpa, así denominadas por presentar una hoja que difiere de sus antecesoras en la disposición paralela de los filos y el remate en punta muy marcada. Estas espadas constituyen los últimos testimonios de las producciones de los talleres atlánticos antes de su sustitución por ejemplares de hierro.

Pero la panoplia armamentística de la fase de apogeo de la Edad del Bronce no se cierra con las espadas y los puñales sino que hay que adjuntar algunas puntas de lanza de dimensiones muy variables aunque con un marcado conservadurismo formal.

La presencia de armas en el registro arqueológico galaico, a las que podríamos sumar cascos, escudos y corazas relativamente frecuentes en otras áreas atlánticas próximas, parecen indicio racional para pensar en la existencia de comunidades socialmente bien estructuradas y de un cierto grado de tensiones bélicas.

Otro aspecto clave de la metalurgia es la confección de objetos más o menos utilitarios. Entre ellos, las hachas merecen, por su abundancia en el registro arqueológico, un comentario particular.

Tras las sencillas hachas planas de cobre y las de filos desarrollados de bronce, un tercer estadio evolutivo surge como consecuencia de la aparición de las hachas "de tope" y anillas laterales. La indudable complejidad formal de los ejemplares de este modelo y sus innumerables variantes permiten vislumbrar el elevado nivel tecnológico alcanzado por los talleres atlánticos; a ello sin duda habrá contribuido la generalización de la técnica de la cera perdida y la mejora en la fluidez de las coladas mediante la adición controlada de pequeñas cantidades de un tercer componente a la aleación: el plomo. Pero, en otro orden de cosas, todavía no parece del todo clara la funcionalidad de estas hachas habida cuenta de la complejidad que supone su enmangue, tema sobre el que volveremos más adelante.

Por contra, sí está demostrada la funcionalidad de un nuevo modelo de "hacha" que hace su aparición en estos tiempos de esplendor de los talleres atlánticos y que, con buena cantidad de variantes formales, ha llegado hasta nuestros días en número que supera los millares de piezas: las llamadas "hachas tubulares" o "hachas de cubo", caracterizadas por su interior casi totalmente hueco para engastar el mango. Bajo la denominación genérica de "hachas de cubo o tubulares" se esconden no sólo hachas en sentido estricto sino una relativamente amplia gama de instrumentos relacionados entre sí por aspectos formales y por estar todos ellos destinados a los trabajos de la madera: azuelas, gubias, formones, etc. Sin duda, tan masiva presencia ha de ser directamente relacionada con una intensa acción antrópica sobre el medio natural, deforestando y aprovechando los recursos forestales; esta actividad de apertura de nuevos terrenos agrícolas parece ligada a la transición climática suboreal-subatlántico que se supone tuvo lugar por estas fechas, y afecta a la práctica totalidad de las tierras europeas occidentales, contribuyendo a las transformaciones sociales que a su vez se detectan por otros síntomas.

Al consumo de las élites sociales parece dirigirse, además de las piezas de armamento y sin duda alguna ciertas "hachas" muy concretas, toda una amplia gama de elementos metálicos bastante específicos, tanto de adorno corporal como de empleo comunitario y/o ceremonial. Collares, colgantes, pendientes, brazaletes, alfileres, etc., de formas más o menos simples, más o menos profusamente decorados, parecen directamente relacionados con la exhibición del estatus social; por su parte, calderos de remaches, ganchos, espetos, etc., es posible que en cierta parte estuviesen destinados a festines o actos públicos de carácter más o menos ritual. Pero un detalle importante, sobre el que más adelante tendremos ocasión de volver, es que la mayor parte de estas muestras de la metalurgia de sello atlántico parece responder en su origen a influencias llegadas desde focos culturales mediterráneos; por poner tan sólo dos ejemplos entre las evidencias de estos contactos con el Mediterráneo Central, mencionaremos la espada sarda del tipo "Sa-Idda" dragada en el río Ulla y en la actualidad conservada en el Museo Arqueolóxico de A Coruña, y el magnífico depósito de fundidor de Baioes cerca de Viseu en Portugal, en el que junto a otros elementos destinados al reciclado aparecen fragmentos de carritos rituales de procedencia presumiblemente chipriota.

En la orfebrería asistimos también a la confluencia en nuestras tierras de elementos foráneos pero integrados en el mundo de las relaciones atlánticas. Al tiempo, se detecta un cambio en las formas de exhibir y acumular la riqueza con respecto a los primeros tiempos de la Metalurgia: si en aquéllos lo que parece primar es la ostentación, ahora es muy probable que sea la acumulación de riqueza y no tanto la exhibición de bienes materiales una de las formas que emplearían las élites para manifestar su poder. Esto parece a su vez indicio racional de un asentamiento de las clases sociales más favorecidas y una más frecuente transmisión de la riqueza por herencia de generación en generación. El casco de oro de Leiro en Rianxo, originario con casi total seguridad de las tierras septentrionales de la actual Alemania, es un claro referente de la existencia de individuos destacados en el seno de las comunidades; por su parte, los brazaletes macizos de Toén en Ourense, Lamela en Silleda y el ejemplar de la provincia de Ourense, muestran no sólo la existencia de relaciones con otros focos culturales sino la ya mencionada nueva forma de manifestar el poder.

Más arriba hemos mencionado la paulatina desaparición en el registro arqueológico, a partir de los siglos iniciales del II Milenio a.C., de restos directamente relacionables con las costumbres funerarias. De hecho, en la actualidad se llega a afirmar que si hay un rasgo unificador de las comunidades atlánticas de la Edad del Bronce, más que el clásico referente de las relaciones de intercambio y de las producciones metalúrgicas similares, la prueba más palpable de cierta unidad cultural es la ausencia general de rituales funerarios arqueológicamente reconocibles. Como veremos más adelante, esta desaparición de las necrópolis en el área galaica hasta la implantación del ritual romano será uno de los indicios más definitorios del carácter autóctono y marcadamente peculiar del fenómeno castreño galaico.

Entroncando con lo anterior, se ha constatado desde hace tiempo un fenómeno muy peculiar del área atlántica europea durante la Edad del Bronce: la costumbre de arrojar armas a las aguas en determinados estuarios y zonas de vadeo. El caso más claro para nuestras tierras lo constituye el tramo inferior del río Ulla entre Cesures y Catoira, donde se han recuperado varios estoques, espadas y puntas de lanza que enriquecen los fondos de los Museos de Pontevedra y A Coruña.

Esta curiosa costumbre de retirar de la circulación bienes tan valiosos como las armas, de manera primordial y ciertamente significativa por su elevado valor simbólico las espadas, se ha interpretado como actos de ofrenda a alguna divinidad acuática y/o como parte de rituales de paso; incluso, se piensa que tal vez esas armas sean los únicos testimonios llegados a nuestros días de los ajuares que acompañarían a los actos fúnebres de determinados personajes. En cualquier caso, no se ha aportado todavía una explicación absolutamente convincente que explique por qué en puntos muy concretos de los estuarios o de zonas de vadeo se depositaban objetos, como las espadas, enormemente valiosos tanto material como simbólicamente para la sociedad de la Edad del Bronce.

En este orden de cosas, parece altamente probable que una parte sustancial de los rasgos lingüísticos e ideológicos de filiación indoeuropea rastreables en el área galaica, haya sido introducida a lo largo de esta fase de apertura al exterior. Este sustrato indoeuropeo arcaico se detecta principalmente por la presencia de los restos de una lengua, anterior a las célticas clásicas, que los lingüistas han bautizado con el nombre de lusitano o galaico-lusitano. De ser cierto, ello encajaría perfectamente con los datos arqueológicos, que, como veremos, muestran la pervivencia de unas peculiaridades de raíz muy arcaica en el NO hasta las transformaciones socioeconómicas que se irán produciendo de manera paulatina a partir de la segunda mitad del s.II a.C.

El caso es que a partir de más o menos el s.XI a.C., y en una ya típica secuencia sur-norte y costa-interior motivada por una clara servidumbre a las características geomorfológicas del territorio y por el lógico camino de llegada y adopción de las innovaciones de filiación mediterránea, la intensificación agraria irá permitiendo que las comunidades más receptivas, estructuradas y solventes se fijen por primera vez al territorio. Será la génesis, lenta e irregular, del fenómeno castrexo galaico, encuadrada dentro de la fase más dinámica de las relaciones atlánticas de los momentos finales de la Edad del Bronce. Más adelante insistiremos en el tema.

LA DISOLUCIÓN DE LA "KOINÉ" ATLÁNTICA Y EL ORIGEN DE LOS CASTROS GALAICOS

Durante el siglo VIII a.C., y en pleno apogeo de las relaciones atlánticas, los fenicios cruzan definitivamente el Estrecho de Gibraltar y se asientan en el área de Cádiz. A partir de estos momentos van a iniciar un rápido proceso de control sobre los mecanismos atlánticos de intercambio y a introducir, en un mercado dominado por los intercambios de materias primas y productos relacionados con el bronce, un nuevo y revolucionario producto: el hierro.

Parece probable que para competir con esta irrupción, que hará tambalearse el mercado tradicional, los focos metalúrgicos atlánticos habrían iniciado una producción masiva de objetos, sobre todo "hachas de tope y anillas". Pero las dificultades en el abastecimiento del cobre del Sudoeste -ahora en manos fenicias- y la necesidad de ahorrar estaño para poder comercial con él, obligarían al empleo cada vez más frecuente del reciclado de chatarra y a la adulteración de los bronces con la adición de plomo a las aleaciones, lo que se traduce en una pérdida de resistencia en los objetos así colados que los convierte en piezas muy poco prácticas por su gran fragilidad.

Los grandes depósitos de "hachas" de estas características localizados en las tierras de la Europa atlántica, y cuyo referente más conocido para el área galaica sería el procedente de Samieira cerca de Pontevedra, abren también otros interrogantes, como el controvertido fín último al que podían estar destinados objetos tan complejos formalmente, tan frágiles y, lo que es muy significativo, tan extraordinariamente numerosos. Si un destino práctico como hachas no está nada claro a la vista de su dificultad de enmangue y su escasa resistencia mecánica, cómo explicar esa producción masiva y esas acumulaciones en "depósitos" que tienen todo el aspecto de estar directamente destinados a la comercialización?. Al respecto, se ha apuntado la posibilidad de que se trate de atesoramientos de unas materias primas a la sazón escasas y de gran valor, lo que no parece muy lógico habida cuenta de que sería más sensato acumular esas materias primas por separado y no aleadas en unos "lingotes", para colmo, de semejante complejidad formal. También se ha barajado, como último recurso, la idea de un destino simbólico como ofrenda a determinadas divinidades ctónicas, lo que contaría con el apoyo de bastantes hallazgos de "hachas" de tope y anillas entre las rocas o bajo tierra y el hecho constatado de que en su práctica totalidad, los ejemplares que han llegado hasta nuestros días muestran las rebabas y, ocasionalmente, las mazarotas de fundición, pruebas evidentes de que no han sido "usadas". De cualquier forma, hemos de reconocer que todavía desconocemos con seguridad el destino último de la producción masiva de "hachas" de tope con anillas en los momentos críticos de la transición entre las Edades del Bronce y del Hierro.

Entroncado con lo anterior, y como dato a sumar a las evidencias de la crisis de abastecimiento de materias primas que parece con toda seguridad padecer esta época, está la presencia de depósitos de fundidor integrados por piezas en desuso, por verdadera chatarra destinada al reciclaje, y de los que un ejemplo paradigmático lo constituye el conocidísimo depósito de Hío en Cangas de Morrazo.

El caso es que el siglo VIII a.C. va a ver el colapso de la economía tradicional atlántica. Ello traerá como consecuencia más significativa la disolución de las antiguas relaciones de intercambio y el paso a una realidad más aislada y fragmentada. Desde ahora, los diferentes focos atlánticos van a evolucionar de manera independiente, sin apenas otros contactos que los esporádicos. Uno de estos focos será el galaico, y la manifestación más peculiar de la nueva situación será la entrada del proceso de sedentarización del hábitat en un período de relativo estancamiento, ralentizándose el ritmo de crecimiento económico y social que había hecho posible en última instancia la aparición del mundo castrexo; de ahí su condición de fenómeno peculiar del área galaica, sin referencia directa alguna fuera de estos límites territoriales.

La génesis del mundo castrexo puede ser definida como una suerte de transición definitiva del campamento a la aldea, entendiéndola como el paso de un sistema tradicional, basado en un régimen económico de modelo itinerante, a la plena sedentarización. Aunque entre el nomadismo y el sedentarismo plenos cabe toda una gama de soluciones intermedias, lo que está muy claro es que el mundo castrexo supone la primera y definitiva fijación de la población galaica al territorio. En su realización práctica, este proceso tal vez habrá generado un cierto grado de conflictividad social a causa de la progresiva presión sobre los terrenos de cultivo, con un reforzamiento de la desigualdad social: a partir de ahora el poder emanará, sobre todo y cada vez más, de la posesión de la tierra y del control sobre los medios básicos de producción. Sin embargo, la compartimentación del paisaje galaico, junto con la gran dispersión de los poblados de esta primera fase y su tamaño minúsculo, hacen que la anterior afirmación deba ser tomada con no poca cautela por el momento.

Y es que, en suma, la aparición de los primeros poblados estables en el área galaica no puede ser desligada de la intensificación económica -básicamente el desarrollo de la tecnología agraria- y de un relativo fortalecimiento de las jefaturas. La conjunción de ambos factores habría hecho posible que algunas de las comunidades galaicas más dinámicas, estructuradas y solventes, decidieran asumir el riesgo de destinar una parte sustancial de los rendimientos del trabajo a la edificación de unos poblados concebidos para darles cobijo y protección durante el tiempo suficiente para rentabilizar el enorme -habida cuenta del tamaño que se supone para estas comunidades- capital invertido en la empresa. Y todos esos poblados los levantarían en puntos inmediatos a los terrenos de explotación restringida, con buenas condiciones naturales de defensa y suficiente control visual sobre las tierras de labor.

Estamos, pues, ante el resultado de un proceso de desarrollo claramente endógeno, pero de ninguna manera cerrado sobre sí mismo sino abierto y receptivo a estímulos externos. Las tensiones sociales derivadas del sedentarismo y del control sobre los recursos, aunque favorecedoras de la diferenciación social, quedarían un tanto atemperadas por las características orográficas del paisaje galaico, cuya gran compartimentación espacial propicia la dispersión de pequeñas comunidades con territorios bien definidos por accidentes naturales. En suma, una sociedad de campesinos, sin duda estructurada, pero muy lejos de esa sociedad guerrera que no pocos autores se empeñan en hacernos ver.

BIBLIOGRAFIA

- Síntesis interesantes pese a un cierto peso de las cuestiones morfotipológicas son: RUIZ-GALVEZ PRIEGO,M.: La Península Ibérica y sus relaciones con el círculo cultural atlántico. Universidad Complutense, col. "Tesis Doctorales", 139/84. Madrid, 1984; COFFYN,A.: Le Bronze Final Atlantique dans la Péninsule Ibérique. Paris, Centre Pierre Paris, 1985.

- Para el tema de las hachas, destaca el gigantesco catálogo y estudio: MONTEAGUDO,L. Die Beile auf der Iberischen Halbinsel. "Prähistorische Bronzefunde", IX, n6. München, l977.

- En relación con la fase de apogeo del Bronce Atlántico en general, y muy particularmente en torno a las armas arrojadas a las aguas, destaca la reciente publicación: RUIZ-GALVEZ PRIEGO,M. (Editora): Ritos de paso y puntos de paso. La Ría de Huelva en el mundo del Bronce Final europeo. "Complutum extra", 5. Madrid, Universidad Complutense, 1995.

 

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Galicia na Prehistoria
José Mª Bello
Antonio de la Peña

Historia de Galicia, Tomo I

© Vía Láctea Ed.
Perillo-Oleiros, 1995

Presentación
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Bibliografía

 
  ut sum satis curiosa  
 
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