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GALICIA EN LA PREHISTORIA

CAPÍTULO V

LOS PRIMEROS TIEMPOS
DE LA METALURGIA
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LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA METALURGIA

En un lento proceso que la Arquología sitúa posiblemente a partir de los siglos iniciales del Tercer Milenio A.C. y con toda seguridad desde mediados del mismo período, las comunidades neolíticas asentadas en el territorio galaico se van a ver inmersas en una progresiva serie de transformaciones. El elemento generador de los cambios parece radicar en el crecimiento económico derivado de una clara mejora en los sistemas de explotación del medio natural; a este respecto, diversos autores han propuesto la presencia en nuestras tierras durante esta época de alguno de los rasgos distintivos de lo que en la bibliografía arqueológica se viene denominando "Revolución de los Productos Secundarios", con innovaciones en los apeos agrícolas que incluirían la introducción de un primitivo modelo de arado de tracción animal y el empleo de solucuiones iniciales de barbecho y abonado, todo lo cual habría hecho posible la ocupación y puesta en explotación de terrenos de mayor rendimiento potencial, de lo que se derivaría la generación de mayores excedentes agrarios, el aumento de la riqueza en el más amplio sentido de la palabra, y una fuerte alza demográfica. Todo ello traería consigo, seguramente, un inevitable desarrollo de la complejidad social y, en paralelo, el inicio de un proceso de sedentarización de las comunidades humanas que cristalizará siglos después con el fenómeno castrexo.

Un aspecto del más alto interés es que durante esta fase van a hacerse evidentes de forma clara, por vez primera en estas tierras, los restos de los asentamientos humanos. Gracias a ello, y a la constatación de su distribución espacial, parece fuera de toda duda razonable que algunas comunidades comienzan a colonizar y explotar unos nichos ecológicos que, al menos aparentemente, no habían sido demasiado atractivos para sus antepasados. La más clara expansión del hábitat humano se enfoca hacia las tierras bajas. Los datos paleobotánicos abundan en la idea de una significativa intensificación de la acción humana sobre el medio natural.

Hablando en términos muy generales, la ocupación y explotación de las tierras bajas, de suelos generalmente más profundos y pesados, podría haber requerido la aplicación de mejoras tecnológicas como las que ya hemos avanzado más arriba. Del mismo modo, y al menos desde una perspectiva actual, la mayor potencialidad de estos terrenos puede haber generado unos rendimientos y, paralelamente, una riqueza, significativamente superiores a los de etapas anteriores.

Los asentamientos de esta fase, algunos bien estudiados, otros simplemente prospectados, ponen de manifiesto unas claras condiciones de precariedad acordes con el régimen de explotación agrícola de modelo itinerante que se supone imperante a la sazón. Este régimen se cree estaría basado en un sistema de tala y quema de la vegetación -rozas, estivadas- que implica una escasa permanencia en un lugar determinado ante el rápido agotamiento de la capacidad productiva de los suelos y la consiguiente necesidad de poner en explotación nuevos terrenos. Se trata, en los casos conocidos, de pequeños campamentos de cabañas de materiales perecederos en los que se detectan con toda nitidez las señales de una base económica esencialmente agrícola complementada con la recolección -sobre todo de bellotas de roble- y otras prácticas entre las que, por su trascendencia y como veremos más adelante, mencionaremos la metalurgia.

En paralelo a esta intensificación en la explotación del medio, se constatan cambios sustanciales en cuanto a las manifestaciones funerarias. Junto a las formas monumentales tipicamente megalíticas, destaca la progresiva presencia de un mayor polimorfismo arquitectónico y de estructuras tumulares carentes -por no haber tenido nunca, por haber desaparecido por acción antrópica, o por haber sido construidas con materiales perecederos- de cámara funeraria. Pero al lado de estos últimos estertores de las formas tradicionales de enterramiento surge algo mucho más significativo: el abandono progresivo del arcaico ritual funerario colectivo megalítico en beneficio de enterramientos individuales acompañados de ajuares mucho más ricos; ello parece constituir un indicio claro de la amergencia, en el seno de las tradicionales comunidades galaicas, de una clase social de personajes de alto rango. La aparición de estas élites traerá consigo consecuencias notables, como veremos más adelante.

El nuevo modelo de enterramiento difiere sustancialmente del tradicional. Cajas rectangulares -cistas- de reducido tamaño en comparación con las cámaras megalíticas, en las que se inhuma -aunque se detectan algunas incineraciones- un único cadáver a diferencia de los enterramientos colectivos megalíticos, y que, frente a la monumentalidad y la condición de marcadores territoriales de los túmulos megalíticos, carecen, que se sepa, de toda señal exterior que revelase su presencia.

Ocasionalmente, las paredes interiores de estas cistas aparecen cubiertas con grabados de estilo geométrico, predominando las líneas de zigzágs y onduladas, en una clara continuidad temática con el arte de las cámaras megalíticas y en palpable disociación con el de los complejos rupestres al aire libre.

Los ajuares funerarios de los personajes que se enterraban en las cistas también ponen de manifiesto un cambio cualitativo ciertamente notable. Aunque no podemos dejar de advertir que casi todos estos ajuares se han salvado mayoritariamente del pillaje, en claro contraste con las sucesivas remociones de las tierras de los túmulos megalíticos por buscadores de tesoros, aún así los ajuares de las cistas ponen de relieve el mayor poder económico de los indivíduos en ellas sepultados. Para las élites, la deposición en sus tumbas de bienes exóticos y escasos como ciertas cerámicas y objetos de cobre y oro, sin duda constituía un modo socialmente aceptado de mostrar la privilegiada posición social de que gozaban en vida, que les garantizaba el acceso a bienes poco frecuentes y de gran prestigio.

Parece claro, pues, que la aparición de este nuevo modelo funerario individual y la riqueza que traducen sus ajuares nos están manifestando la entrada en un proceso bien marcado de desarrollo de la complejidad social. La relativa igualdad social que se presupone para las comunidades galaicas de los tiempos de plenitud del Megalitismo entra en crisis; en su seno comienzan a surgir indivíduos que concentrarán en sus manos el poder y conducirán a la sociedad a un modelo organizado en torno a la desigualdad. Estas élites, clases o como queramos llamarles, estarían integradas por personajes de elevado rango cuyo poder emanaría sobre todo del acceso al conocimiento ritual, del control sobre los medios de producción, y de la mayor parte de la riqueza generada por la intensificación económica.

La producción y/o adquisición de los primeros objetos de metal conocidos en nuestra zona geográfica estarán en buena manera ligadas a esta nueva realidad social. La mayor parte de los objetos de cobre parece tener en estos momentos un valor mucho más emblemático que práctico, toda vez que dificilmente presentan mejoras funcionales con respecto al instrumental tradicional de piedra. Como veremos, hachas planas, puntas de jabalina, puñales, alabardas..., por su elevado coste sólo podrían ser adquiridos por personajes de alto rango, que se servirían de su ostentación pública para reafirmar su posición social. Naturalmente, lo mismo se puede decir con respecto de las joyas de oro y plata, sin duda destinadas, directa o indirectamente, al consumo de las élites; al respecto, acumulaciones de riqueza tan extraordinarias como la que supone el "tesoro" de Caldas de Reis no parecen fáciles de entender fuera de un marco social complejo en el que un sector minoritario habría logrado acumular y hacer ostentación de la riqueza para legitimar su poder. La aparición de la metalurgia no es la causa de las transformaciones sociales sino más bien una consecuencia de ellas.

Los instrumentos de metal más antiguos documentados en el área galaica parecen ser las hachas planas de cobre, cuya aparición puede remontarse a los momentos centrales del III Milenio A.C. Fundidas empleando moldes abiertos monovalvos o cerrados bivalvos, recientes análisis espectrográficos ponen de relieve el empleo en su composición de cobres prácticamente puros o con indicios más o menos significativos de arsénico; ésto último no ha de interpretarse como aleación intencionada sino como producto asociado originalmente al mineral de cobre. Formalmente, estas primeras hachas apenas difieren de las tradicionales de piedra pulimentada que seguirían siendo empleadas con profusión en los trabajos de deforestación y de transformación de la madera; funcionalmente, su valor parece más simbólico que práctico, toda vez que muy dificilmente superarían las características mecánicas de los vulgares ejemplares de piedra. No obstante, este valor emblemático hay que interpretarlo con cautela y tal vez restringirlo tan sólo a los primeros ejemplares; a tal respecto, es muy significativo, por una parte, que se desconozcan hachas de cobre como parte integrante de los ajuares funerarios, y por otra, que no hayan pasado a formar parte de la temática del arte rupestre.

Otra cosa bien distinta hemos de decir con respecto a tres elementos del equipo armamentístico individual que sí se vinculan a los ajuares funerarios y aparecen representados en los grabados rupestres al aire libre: los puñales, las alabardas y las puntas de flecha y jabalina, todos ellos relacionados con el mundo del varón y, posiblemente, del varón "guerrero".

Aunque no se han conservado las empuñaduras por estar fabricadas en materiales perecederos como la madera o el hueso, los llamados puñales de espigo plano consisten en una hoja o lámina triangular, más o menos esbelta, ligeramente engrosada por su zona central y de filo aguzado por medio de un minucioso martillado; rematan en su extremo proximal por medio de una prolongación estrecha a la que se fijaría la empuñadura. En los ejemplares más elaborados pueden aparecer estrías ornamentales paralelas al filo. Los puñales de espigo, tal vez por su simplicidad formal, presentan una amplísima distribución en Europa, donde suelen aparecer asociados a contextos funerarios con la conocida cerámica campaniforme. Si bien el registro arqueológico no ha suministrado hasta la fecha ningún puñal de cobre de tipología diferente, ciertos ejemplares representados en el complejo rupestre del Castriño de Conxo en Compostela muestran claras afinidades con modelos más evolucionados típicos de las áreas bretona y británica, incrementando el cúmulo de evidencias de unos contactos atlánticos sobre los que volveremos más delante.

Estos mismos síntomas se perciben con claridad cuando entramos en la descripción de otro tipo de arma de cobre muy peculiar de estos primeros tiempos de la metalurgia: la alabarda. Con sus referentes más claros en las Islas Británicas, se conocen en el área galaica varios ejemplares de alabardas de un modelo muy concreto que en la bibliografía arqueológica se conoce como "tipo Carrapatas" por la localidad portuguesa de procedencia de los primeros ejemplares conocidos. Se trata de armas de hoja triangular alargada con fuerte cresta central para su refuerzo y tres orificios, dispuestos en triángulo en su extremo proximal, para encajar los remaches de sujección transversal al mango. Pese a su indudable robustez, pensada para resistir los golpes, y su relativa aparatosidad, no tuvieron demasiado éxito: su uso desapareció tras estos primeros tiempos. No obstante, sí parecen haber gozado de un fuerte valor simbólico a la vista de su frecuente plasmación en los complejos de grabados rupestres al aire libre.

Por último, vinculadas tanto a ajuares funerarios como a hallazgos aislados, se conoce un número relativamente abundante de puntas de jabalina muy sencillas, formadas por una hoja plana de forma más o menos ovalada, aguzadas por el extremo distal y rematadas en el proximal por un largo pedúnculo para su fijación. Estas puntas, conocidas con el nombre de "Puntas Palmela" por el famoso yacimiento calcolítico portugués, guardan indudables afinidades con los puñales de espigo plano, no sólo en su propia concepción formal sino en detalles técnicos como el aguzado del filo por martielleo seguido de pulimento. Tradicionalmente se ha vinculado estas puntas con el uso del arco, si bien en algunos casos, a tenor del tamaño y peso de los ejemplares, más parece que se trate de puntas de jabalina.

La aparición de la orfebrería tiene una trascendencia mucho mayor que la simple adquisición de nuevos conocimientos técnicos. Estamos ante una más de las manifestaciones de cambio cultural que caracterizan los primeros tiempos de la metalurgia, ya que puede ser considerada como un atributo simbólico de prestigio utilizado por las primeras élites para exhibir y consolidar su poder. Las joyas tienen un innegable carácter emblemático y son un signo de ostentación de la riqueza y del poder por parte de una minoría privilegiada que, a través de esa ostentación, proclama, legitima y refuerza su posición social. Por primera vez, el oro va a manifestar sus atributos en un sentido que tanto éxito alcanzará a lo largo de los tiempos.

Las características intrínsecas tan peculiares del oro lo convierten en un bien muy particular. Al aparecer frecuentemente en estado nativo en forma de pepitas de diversos tamaños, su presencia no pasó desapecibida a los primeros metalúrgicos; el hecho de que sea inmune a los agentes externos provoca que no se oxide, no se destruya al refundirse sucesivamente y no pierda ni su brllo ni su color; por ser blando y maleable, su trabajo es relativamente sencillo; por fin, es prácticamente inútil para toda actividad mecánica, lo que unido a su escasez frente a otros metales lo convierten en algo codiciable y de difícil acceso. Además, su color y sus reflejos, tan relacionables con los del sol, le otorgan un indudable valor simbólico añadido.

Como resultado de lo anterior, los objetos de oro han tenido desde siempre un enorme atractivo por sus llamativos brillo y color, por ser agradables a la vista y al tacto, perdurables en el tiempo, inútiles para la mayor parte de los usos corrientes del metal y, sobre todo, por ser escasos. Es fácil comprender por qué en casi todas las culturas han gozado y gozan de enorme valor simbólico y económico y por qué suelen estar siempre ligados a la riqueza y al poder.

Los productos iniciales de la orfebrería galaica parecen ser ciertas láminas muy finas sin decoración logradas por martillado en frío. Procedentes en su mayor parte de contextos funerarios, pequeñas plaquitas y láminas ya más desarrolladas adoptan funciones de pendientes, diademas, etc.; por sus dimensiones y características, muchas de ellas parecen haber sido destinadas en origen a realzar algun objrto de material perecedero.

Un avance cualitativo y cuantitativo lo suponen las llamadas "gargantillas de tiras". Con claros paralelos en otras localidades de la fachada atlántica europea, son láminas de forma aproximadamente rectangular con una longitud que oscila entre los treinta y los cuarente centímetros. Su decoración, de tipo geométrico y técnica de repujado o levantado, se desarrolla en metopas; en la central -o centrales- aparece un conjunto de incisiones paralelas que ejerce un doble efecto ornamental y funcional. Los extremos de la lámina se encajan por medio de pestañas dobladas o de orificios para pasar un hilo.

En el "tesoro" de Agolada, una gargantilla de tiras se asocia a dos anillas macizas. Anillas de este tipo son frecuentemente interpretadas como brazaletes; no obstante, parece bastante más lógico suponer que se trata de "lingotes" de material en bruto. Ejemplares idénticos se distribuyen por las tierras de la Europa atlántica, y forman la parte más sustancial del fabuloso conjunto conservado del "tesoro" de Caldas de Reis.

Este conjunto, sin lugar a dudas la mayor acumulación de oro de toda la prehistoria de la Europa Occidental, fue descubierto casualmente en las proximidades de Caldas de Reis el día 20 de diciembre de 1940; precisamente, lo casual del hallazgo hace que se desconozcan con claridad sus circunstancias y si se trataba de una ocultación intencionada o de un ajuar de tipo funerario. Cuando fue descubierta su existencia y depositado en el Museo de Pontevedra, los halladores se habían desprendido, malvendiéndola, de una parte sustancial

de los objetos que componían el tesoro; aún así, lo recuperado supera los 20 kilos de peso -se supone que originalmente sobrepasaría con creces los 40-, en forma de 36 objetos: un peine, 3 recipientes, 28 anillas macizas, tres barras y seis fragmentos de una gargantilla de tiras.

Dejando aparte las numerosas anillas macizas -muchas de las cuales iban engarzadas en una de mucho mayor tamaño, con remates aplastados y taladrados para su adecuado cierre, y que en gran parte de la bibliografía se identifica como "torques", cosa a nuestro juicio errónea- y otros restos de material en bruto como las barritas y los fragmentos de gargantilla, los objetos más impactantes del conjunto son el peine y los tres recipientes.

El peine o peineta, tallado en una gruesa lámina de 63 x 85 m.m. y con un peso de 200 grs., es copia literal en material noble de un tipo de peines formados por agrupaciones de varillas de madera sujetas por una banda también de madera. Esta referencia queda marcada no sólo por su forma general sino por la minuciosa decoración incisa que cubre la zona distal.

Los recipientes -dos cuencos y una jarrita- presentan, como característica tecnológica más acusada, el haber sido fundidos mediante el empleo de la técnica de la cera perdida -de ahí su gran peso: 541, 64O y 630 grs. respectivamente- y haber sido posteriormente afinados mediante el empleo de un instrumento rotatorio tipo torno, todo lo cual supone un indudable avance técnico para la época en que nos movemos. La jarra y uno de los cuencos aparecen con su superficie y fondos prácticamente cubiertos por bandas decorativas incisas dibujando temas geométricos simples.

Parece lógico suponer a los cuencos y al peine de este "tesoro" una función social o ideológica añadida a la meramente utilitaria. Se ha sugerido la relación de los recipientes con la celebración de rituales comunitarios, pero tanto sea así como no, la acumulación de riqueza que supone el "tesoro" de Caldas de Reis parece una muestra altamente significativa, a añadir a los restantes síntomas ya comentados más arriba, de la existencia durante los orígenes de la Metalurgia de una organización social de corte desigual en la que ciertos indivíduos hacen público su rango y poder mediante la ostentosa exhibición de determinado tipo de elementos de prestigio social.

Y en este ambiente de cambio social y económico hacen su aparición dos estilos cerámicos de indudable trascendencia y unidos por su gusto por la profusión decorativa; uno, de raíz presumiblemente galaica y desconocido para la investigación hasta hace pocos años: la cerámica "tipo Penha"; el otro, de ámbito muy amplio y conocido desde hace decenios: la cerámica campaniforme.

Las cerámicas del tipo denominado "Penha" por su aparición en el conocido yacimiento portugués, consisten en recipientes de una corta variedad formal -generalmente cuencos ultrahemisféricos- con pastas relativamente bien trabajadas y cocidas. Destacan por su profusa decoración de líneas incisas -casi acanaladas- dibujando fajas metopadas con diseños geométricos muy variados pero entre los que dominan los ajedrezados, triángulos, zigzágs, etc., en un cierto "horror vacui". Es la producción cerámica más común en asentamientos precarios del N de Portugal y Galicia meridional con fuerte componente agrícola e indicios leves de prácticas metalúrgicas. Recientemente se está identificando esta cerámica en áreas más alejadas de su núcleo central y en ambientes funerarios.

En el caso de la conocidísima cerámica campaniforme, su presencia en el área galaica era poco menos que anecdótica hasta que a comienzos de la década de los ochenta se intensificaron las prospecciones; en la actualidad, asentamientos, contextos funerarios y hallazgos sueltos de cerámicas campaniformes festonean el territorio en número insospechado.

Desde el punto de vista tecnológico, la cerámica campaniforme supone un gran avance con respecto de la megalítica tradicional, a la que supera en calidad de pastas, de coción y de acabado. Pero es en los aspectos artísticos donde encontramos los mayores avances, al presentar una temática decorativa muy diferente de la que aparece sobre los recipientes megalíticos con los que en ocasiones aparece asociada. Es, pues, un fenómeno innovador que se introduce en el NO como algo distinto de lo anterior y que poco a poco va perdiendo parte de su repertorio temático original para ser reinterpretado por las comunidades galaicas. Estas harán productos locales, en los que se mantienen las premisas básicas de la cerámica campaniforme propia del primer momento para transformarse hasta un cierto punto, especialmente en los temas de la decoración y en la forma de distribuirlos.

Al fenómeno campaniforme en general se le ha considerado como responsable o promotor del uso generalizado del metal, aunque no de su introducción, en las regiones donde se conocen materiales campaniformes. La extensión de esta cerámica por la Península Ibérica, Baleares, Francia Inglaterra, Países Bajos, parte de Alemania, norte de Italia y Cerdeña, proporciona un nexo cultural entre dichos países, si bien la variedad regional caracterizará la posterior Edad del Bronce. Las razones que motivaron el proceso de expansión, difusión y adopción de unos elementos concretos todavía resultan poco claras, y uno de los elementos materiales diagnósticos mejor estudiados, la cerámica con decoración campaniforme, no muestra producciones uniformes o estereotipadas -aunque existen rasgos comunes que las agrupan- sino una gran variedad de estilos, evoluciones y perduraciones diferentes según el país del que tratemos. En nuestra zona geográfica y cultural, la cerámica campaniforme no sólo aparece en contextos funerarios como indicador del último momento de utilización de muchos monumentos megalíticos, sino que cada vez es más reiterativa en contextos habitacionales. Los asentamientos con esta cerámica son aparentemente idénticos a los de las cerámicas del tipo "Penha", incluyendo en esa aparente semejanza tanto el régimen económico como las evidencias de transformación in situ del mineral de cobre. Ocasionalmente, cerámicas de ambos tipos comparten el mismo asentamiento.

Basándose en estos análisis, la investigación actual tiende a suponer la llegada al área galaica de las primeras cerámicas campaniformes desde el área portuguesa a finales del III Milenio A.C. como posible intercambio entre las élites. Poco después perdería gran parte de ese valor simbólico como objeto de prestigio, vulgarizándose al ser copiada y adaptada por las comunidades humanas.

Pero las producciones cerámicas de nuestra zona en los albores de la metalurgia no se limitan a las del tipo "Penha" o a las campaniformes. Los ajuares de las cistas han suministrado recipientes de pequeño tamaño radicalmente diferentes de los anteriores en forma y en decoración. Frente a la exuberancia decorativa de las cerámicas "Penha" y campaniformes, los vasitos de las cistas van a carecer casi por completo de elementos ornamentales; por otra parte, formalmente se reducen a sencillos diseños troncocónicos o, todo lo más, levemente sinuosos: los que L.Monteagudo ha denominado "floreros", y que abren un interesante debate acerca de su posible funcionalidad funeraria. Estas formas sinuosas lisas, junto con cuencos, han aparecido asociadas a ejemplares campaniformes y "Penha" en el asentamiento descubierto muy recientemente en el islote de Guidoiro Areoso en la ría de Arousa, que está siendo excavado por J.M.Rey García y que muestra, además, un dato tan relevante para la investigación como es la presencia, en ese conjunto, de dos punzones de bronce (!), indicio claro de la temprana experimentación de nuevas aleaciones en contacto con otros focos atlánticos.

Todo el enorme dinamismo socioeconómico alcanzado por las comunidades galaicas de finales del III Milenio A.C. tiene una fiel referencia en la apertura de las primeras relaciones atlánticas de intercambio. La semejanza formal y técnica de gran parte de los elementos materiales a lo largo de la fachada atlántica europea parece dar a entender la existencia de unas relaciones intercomunitarias relativamente establecidas. Algunos objetos comunes, sobre todo los de mayor carga simbólica, podrían ser interpretados como regalos políticos entre las élites. El cobre y el oro galaicos parece ser que abastecen por estas fechas algunos mercados bretones y británicos. Por estas incipientes rutas marítimas, casi con total seguridad en manos de marinos de filiación mediterránea si hacemos caso de la lógica y de las características técnicas del navío del petroglifo de Auga dos Cebros en Oia, circularán materias primas, bienes de consumo y bienes de prestigio; pero junto con las mercancías viajará algo mucho más importante: las ideas. Se ponen las bases en estos momentos de una red de intercambios que alcanzará la categoría de "koiné" a comienzos del I Milenio A.C., como veremos más adelante.

BIBLIOGRAFIA

- En términos generales, son interesantes los siguientes artículos: VAZQUEZ VARELA,J.M.: "El orígen de la Metalurgia" y "El mundo de la cerámica Campaniforme". Galicia-Historia, I. Coruña, Ed.Hércules, 1984, p.p. 217-230.

- Sobre la metalurgia inicial en sí y sus implicaciones sociales, la aportación más actual para Galicia es la de COMENDADOR REY,B.: "Los inicios de la metalurgia: primeros testimonios de la provincia de Pontevedra". Brigantium, 7. Coruña, Museo Arqueolóxico, 1991-1992, p.p. 185-204.

- Para la orfebrería, recomendamos los siguientes artículos: HERNANDO GONZALO,A.: "Inicios de la orfebrería en la Península Ibérica". El oro en la España Prerromana, suplemento de "Revista de Arqueología". Madrid, Zugarto Ediciones, 1989, p.p. 33-45; RUIZ-GALVEZ PRIEGO,M.: "La novia vendida. Orfebrería, herencia y agricultura en la Prehistoria de la Península Ibérica". Spal, 1. Sevilla, Universidad, 1992, p.p. 219-251. VAZQUEZ VARELA,J.M.: "Arte prehistórico". Galicia-Arte, IX. Coruña, Ed.Hércules, 1993, p.p. l7-235.

- Pese a los años transcurridos, sigue siendo recomendable el libro de CRIADO BOADO,F. y VAZQUEZ VARELA,J.M.: La cerámica campaniforme en Galicia. "Cuadernos de Sargadelos", 42. Sada / Coruña, 1982.

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Galicia na Prehistoria
José Mª Bello
Antonio de la Peña

Historia de Galicia, Tomo I

© Vía Láctea Ed.
Perillo-Oleiros, 1995

Presentación
Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Bibliografía

 
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