GALICIA
EN LA PREHISTORIA
CAPÍTULO
V
LOS
PRIMEROS TIEMPOS
DE LA METALURGIA
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LOS
PRIMEROS TIEMPOS DE LA METALURGIA
En
un lento proceso que la Arquología
sitúa posiblemente a partir de
los siglos iniciales del Tercer Milenio
A.C. y con toda seguridad desde mediados
del mismo período, las comunidades
neolíticas asentadas en el territorio
galaico se van a ver inmersas en una progresiva
serie de transformaciones. El elemento
generador de los cambios parece radicar
en el crecimiento económico derivado
de una clara mejora en los sistemas de
explotación del medio natural;
a este respecto, diversos autores han
propuesto la presencia en nuestras tierras
durante esta época de alguno de
los rasgos distintivos de lo que en la
bibliografía arqueológica
se viene denominando "Revolución
de los Productos Secundarios", con
innovaciones en los apeos agrícolas
que incluirían la introducción
de un primitivo modelo de arado de tracción
animal y el empleo de solucuiones iniciales
de barbecho y abonado, todo lo cual habría
hecho posible la ocupación y puesta
en explotación de terrenos de mayor
rendimiento potencial, de lo que se derivaría
la generación de mayores excedentes
agrarios, el aumento de la riqueza en
el más amplio sentido de la palabra,
y una fuerte alza demográfica.
Todo ello traería consigo, seguramente,
un inevitable desarrollo de la complejidad
social y, en paralelo, el inicio de un
proceso de sedentarización de las
comunidades humanas que cristalizará
siglos después con el fenómeno
castrexo.
Un
aspecto del más alto interés
es que durante esta fase van a hacerse
evidentes de forma clara, por vez primera
en estas tierras, los restos de los asentamientos
humanos. Gracias a ello, y a la constatación
de su distribución espacial, parece
fuera de toda duda razonable que algunas
comunidades comienzan a colonizar y explotar
unos nichos ecológicos que, al
menos aparentemente, no habían
sido demasiado atractivos para sus antepasados.
La más clara expansión del
hábitat humano se enfoca hacia
las tierras bajas. Los datos paleobotánicos
abundan en la idea de una significativa
intensificación de la acción
humana sobre el medio natural.
Hablando
en términos muy generales, la ocupación
y explotación de las tierras bajas,
de suelos generalmente más profundos
y pesados, podría haber requerido
la aplicación de mejoras tecnológicas
como las que ya hemos avanzado más
arriba. Del mismo modo, y al menos desde
una perspectiva actual, la mayor potencialidad
de estos terrenos puede haber generado
unos rendimientos y, paralelamente, una
riqueza, significativamente superiores
a los de etapas anteriores.
Los
asentamientos de esta fase, algunos bien
estudiados, otros simplemente prospectados,
ponen de manifiesto unas claras condiciones
de precariedad acordes con el régimen
de explotación agrícola
de modelo itinerante que se supone imperante
a la sazón. Este régimen
se cree estaría basado en un sistema
de tala y quema de la vegetación
-rozas, estivadas- que implica una escasa
permanencia en un lugar determinado ante
el rápido agotamiento de la capacidad
productiva de los suelos y la consiguiente
necesidad de poner en explotación
nuevos terrenos. Se trata, en los casos
conocidos, de pequeños campamentos
de cabañas de materiales perecederos
en los que se detectan con toda nitidez
las señales de una base económica
esencialmente agrícola complementada
con la recolección -sobre todo
de bellotas de roble- y otras prácticas
entre las que, por su trascendencia y
como veremos más adelante, mencionaremos
la metalurgia.
En
paralelo a esta intensificación
en la explotación del medio, se
constatan cambios sustanciales en cuanto
a las manifestaciones funerarias. Junto
a las formas monumentales tipicamente
megalíticas, destaca la progresiva
presencia de un mayor polimorfismo arquitectónico
y de estructuras tumulares carentes -por
no haber tenido nunca, por haber desaparecido
por acción antrópica, o
por haber sido construidas con materiales
perecederos- de cámara funeraria.
Pero al lado de estos últimos estertores
de las formas tradicionales de enterramiento
surge algo mucho más significativo:
el abandono progresivo del arcaico ritual
funerario colectivo megalítico
en beneficio de enterramientos individuales
acompañados de ajuares mucho más
ricos; ello parece constituir un indicio
claro de la amergencia, en el seno de
las tradicionales comunidades galaicas,
de una clase social de personajes de alto
rango. La aparición de estas élites
traerá consigo consecuencias notables,
como veremos más adelante.
El
nuevo modelo de enterramiento difiere
sustancialmente del tradicional. Cajas
rectangulares -cistas- de reducido tamaño
en comparación con las cámaras
megalíticas, en las que se inhuma
-aunque se detectan algunas incineraciones-
un único cadáver a diferencia
de los enterramientos colectivos megalíticos,
y que, frente a la monumentalidad y la
condición de marcadores territoriales
de los túmulos megalíticos,
carecen, que se sepa, de toda señal
exterior que revelase su presencia.
Ocasionalmente,
las paredes interiores de estas cistas
aparecen cubiertas con grabados de estilo
geométrico, predominando las líneas
de zigzágs y onduladas, en una
clara continuidad temática con
el arte de las cámaras megalíticas
y en palpable disociación con el
de los complejos rupestres al aire libre.
Los
ajuares funerarios de los personajes que
se enterraban en las cistas también
ponen de manifiesto un cambio cualitativo
ciertamente notable. Aunque no podemos
dejar de advertir que casi todos estos
ajuares se han salvado mayoritariamente
del pillaje, en claro contraste con las
sucesivas remociones de las tierras de
los túmulos megalíticos
por buscadores de tesoros, aún
así los ajuares de las cistas ponen
de relieve el mayor poder económico
de los indivíduos en ellas sepultados.
Para las élites, la deposición
en sus tumbas de bienes exóticos
y escasos como ciertas cerámicas
y objetos de cobre y oro, sin duda constituía
un modo socialmente aceptado de mostrar
la privilegiada posición social
de que gozaban en vida, que les garantizaba
el acceso a bienes poco frecuentes y de
gran prestigio.
Parece
claro, pues, que la aparición de
este nuevo modelo funerario individual
y la riqueza que traducen sus ajuares
nos están manifestando la entrada
en un proceso bien marcado de desarrollo
de la complejidad social. La relativa
igualdad social que se presupone para
las comunidades galaicas de los tiempos
de plenitud del Megalitismo entra en crisis;
en su seno comienzan a surgir indivíduos
que concentrarán en sus manos el
poder y conducirán a la sociedad
a un modelo organizado en torno a la desigualdad.
Estas élites, clases o como queramos
llamarles, estarían integradas
por personajes de elevado rango cuyo poder
emanaría sobre todo del acceso
al conocimiento ritual, del control sobre
los medios de producción, y de
la mayor parte de la riqueza generada
por la intensificación económica.
La
producción y/o adquisición
de los primeros objetos de metal conocidos
en nuestra zona geográfica estarán
en buena manera ligadas a esta nueva realidad
social. La mayor parte de los objetos
de cobre parece tener en estos momentos
un valor mucho más emblemático
que práctico, toda vez que dificilmente
presentan mejoras funcionales con respecto
al instrumental tradicional de piedra.
Como veremos, hachas planas, puntas de
jabalina, puñales, alabardas...,
por su elevado coste sólo podrían
ser adquiridos por personajes de alto
rango, que se servirían de su ostentación
pública para reafirmar su posición
social. Naturalmente, lo mismo se puede
decir con respecto de las joyas de oro
y plata, sin duda destinadas, directa
o indirectamente, al consumo de las élites;
al respecto, acumulaciones de riqueza
tan extraordinarias como la que supone
el "tesoro" de Caldas de Reis
no parecen fáciles de entender
fuera de un marco social complejo en el
que un sector minoritario habría
logrado acumular y hacer ostentación
de la riqueza para legitimar su poder.
La aparición de la metalurgia no
es la causa de las transformaciones sociales
sino más bien una consecuencia
de ellas.
Los
instrumentos de metal más antiguos
documentados en el área galaica
parecen ser las hachas planas de cobre,
cuya aparición puede remontarse
a los momentos centrales del III Milenio
A.C. Fundidas empleando moldes abiertos
monovalvos o cerrados bivalvos, recientes
análisis espectrográficos
ponen de relieve el empleo en su composición
de cobres prácticamente puros o
con indicios más o menos significativos
de arsénico; ésto último
no ha de interpretarse como aleación
intencionada sino como producto asociado
originalmente al mineral de cobre. Formalmente,
estas primeras hachas apenas difieren
de las tradicionales de piedra pulimentada
que seguirían siendo empleadas
con profusión en los trabajos de
deforestación y de transformación
de la madera; funcionalmente, su valor
parece más simbólico que
práctico, toda vez que muy dificilmente
superarían las características
mecánicas de los vulgares ejemplares
de piedra. No obstante, este valor emblemático
hay que interpretarlo con cautela y tal
vez restringirlo tan sólo a los
primeros ejemplares; a tal respecto, es
muy significativo, por una parte, que
se desconozcan hachas de cobre como parte
integrante de los ajuares funerarios,
y por otra, que no hayan pasado a formar
parte de la temática del arte rupestre.
Otra
cosa bien distinta hemos de decir con
respecto a tres elementos del equipo armamentístico
individual que sí se vinculan a
los ajuares funerarios y aparecen representados
en los grabados rupestres al aire libre:
los puñales, las alabardas y las
puntas de flecha y jabalina, todos ellos
relacionados con el mundo del varón
y, posiblemente, del varón "guerrero".
Aunque
no se han conservado las empuñaduras
por estar fabricadas en materiales perecederos
como la madera o el hueso, los llamados
puñales de espigo plano consisten
en una hoja o lámina triangular,
más o menos esbelta, ligeramente
engrosada por su zona central y de filo
aguzado por medio de un minucioso martillado;
rematan en su extremo proximal por medio
de una prolongación estrecha a
la que se fijaría la empuñadura.
En los ejemplares más elaborados
pueden aparecer estrías ornamentales
paralelas al filo. Los puñales
de espigo, tal vez por su simplicidad
formal, presentan una amplísima
distribución en Europa, donde suelen
aparecer asociados a contextos funerarios
con la conocida cerámica campaniforme.
Si bien el registro arqueológico
no ha suministrado hasta la fecha ningún
puñal de cobre de tipología
diferente, ciertos ejemplares representados
en el complejo rupestre del Castriño
de Conxo en Compostela muestran claras
afinidades con modelos más evolucionados
típicos de las áreas bretona
y británica, incrementando el cúmulo
de evidencias de unos contactos atlánticos
sobre los que volveremos más delante.
Estos
mismos síntomas se perciben con
claridad cuando entramos en la descripción
de otro tipo de arma de cobre muy peculiar
de estos primeros tiempos de la metalurgia:
la alabarda. Con sus referentes más
claros en las Islas Británicas,
se conocen en el área galaica varios
ejemplares de alabardas de un modelo muy
concreto que en la bibliografía
arqueológica se conoce como "tipo
Carrapatas" por la localidad portuguesa
de procedencia de los primeros ejemplares
conocidos. Se trata de armas de hoja triangular
alargada con fuerte cresta central para
su refuerzo y tres orificios, dispuestos
en triángulo en su extremo proximal,
para encajar los remaches de sujección
transversal al mango. Pese a su indudable
robustez, pensada para resistir los golpes,
y su relativa aparatosidad, no tuvieron
demasiado éxito: su uso desapareció
tras estos primeros tiempos. No obstante,
sí parecen haber gozado de un fuerte
valor simbólico a la vista de su
frecuente plasmación en los complejos
de grabados rupestres al aire libre.
Por
último, vinculadas tanto a ajuares
funerarios como a hallazgos aislados,
se conoce un número relativamente
abundante de puntas de jabalina muy sencillas,
formadas por una hoja plana de forma más
o menos ovalada, aguzadas por el extremo
distal y rematadas en el proximal por
un largo pedúnculo para su fijación.
Estas puntas, conocidas con el nombre
de "Puntas Palmela" por el famoso
yacimiento calcolítico portugués,
guardan indudables afinidades con los
puñales de espigo plano, no sólo
en su propia concepción formal
sino en detalles técnicos como
el aguzado del filo por martielleo seguido
de pulimento. Tradicionalmente se ha vinculado
estas puntas con el uso del arco, si bien
en algunos casos, a tenor del tamaño
y peso de los ejemplares, más parece
que se trate de puntas de jabalina.
La
aparición de la orfebrería
tiene una trascendencia mucho mayor que
la simple adquisición de nuevos
conocimientos técnicos. Estamos
ante una más de las manifestaciones
de cambio cultural que caracterizan los
primeros tiempos de la metalurgia, ya
que puede ser considerada como un atributo
simbólico de prestigio utilizado
por las primeras élites para exhibir
y consolidar su poder. Las joyas tienen
un innegable carácter emblemático
y son un signo de ostentación de
la riqueza y del poder por parte de una
minoría privilegiada que, a través
de esa ostentación, proclama, legitima
y refuerza su posición social.
Por primera vez, el oro va a manifestar
sus atributos en un sentido que tanto
éxito alcanzará a lo largo
de los tiempos.
Las
características intrínsecas
tan peculiares del oro lo convierten en
un bien muy particular. Al aparecer frecuentemente
en estado nativo en forma de pepitas de
diversos tamaños, su presencia
no pasó desapecibida a los primeros
metalúrgicos; el hecho de que sea
inmune a los agentes externos provoca
que no se oxide, no se destruya al refundirse
sucesivamente y no pierda ni su brllo
ni su color; por ser blando y maleable,
su trabajo es relativamente sencillo;
por fin, es prácticamente inútil
para toda actividad mecánica, lo
que unido a su escasez frente a otros
metales lo convierten en algo codiciable
y de difícil acceso. Además,
su color y sus reflejos, tan relacionables
con los del sol, le otorgan un indudable
valor simbólico añadido.
Como
resultado de lo anterior, los objetos
de oro han tenido desde siempre un enorme
atractivo por sus llamativos brillo y
color, por ser agradables a la vista y
al tacto, perdurables en el tiempo, inútiles
para la mayor parte de los usos corrientes
del metal y, sobre todo, por ser escasos.
Es fácil comprender por qué
en casi todas las culturas han gozado
y gozan de enorme valor simbólico
y económico y por qué suelen
estar siempre ligados a la riqueza y al
poder.
Los
productos iniciales de la orfebrería
galaica parecen ser ciertas láminas
muy finas sin decoración logradas
por martillado en frío. Procedentes
en su mayor parte de contextos funerarios,
pequeñas plaquitas y láminas
ya más desarrolladas adoptan funciones
de pendientes, diademas, etc.; por sus
dimensiones y características,
muchas de ellas parecen haber sido destinadas
en origen a realzar algun objrto de material
perecedero.
Un
avance cualitativo y cuantitativo lo suponen
las llamadas "gargantillas de tiras".
Con claros paralelos en otras localidades
de la fachada atlántica europea,
son láminas de forma aproximadamente
rectangular con una longitud que oscila
entre los treinta y los cuarente centímetros.
Su decoración, de tipo geométrico
y técnica de repujado o levantado,
se desarrolla en metopas; en la central
-o centrales- aparece un conjunto de incisiones
paralelas que ejerce un doble efecto ornamental
y funcional. Los extremos de la lámina
se encajan por medio de pestañas
dobladas o de orificios para pasar un
hilo.
En
el "tesoro" de Agolada, una
gargantilla de tiras se asocia a dos anillas
macizas. Anillas de este tipo son frecuentemente
interpretadas como brazaletes; no obstante,
parece bastante más lógico
suponer que se trata de "lingotes"
de material en bruto. Ejemplares idénticos
se distribuyen por las tierras de la Europa
atlántica, y forman la parte más
sustancial del fabuloso conjunto conservado
del "tesoro" de Caldas de Reis.
Este
conjunto, sin lugar a dudas la mayor acumulación
de oro de toda la prehistoria de la Europa
Occidental, fue descubierto casualmente
en las proximidades de Caldas de Reis
el día 20 de diciembre de 1940;
precisamente, lo casual del hallazgo hace
que se desconozcan con claridad sus circunstancias
y si se trataba de una ocultación
intencionada o de un ajuar de tipo funerario.
Cuando fue descubierta su existencia y
depositado en el Museo de Pontevedra,
los halladores se habían desprendido,
malvendiéndola, de una parte sustancial
de
los objetos que componían el tesoro;
aún así, lo recuperado supera
los 20 kilos de peso -se supone que originalmente
sobrepasaría con creces los 40-,
en forma de 36 objetos: un peine, 3 recipientes,
28 anillas macizas, tres barras y seis
fragmentos de una gargantilla de tiras.
Dejando
aparte las numerosas anillas macizas -muchas
de las cuales iban engarzadas en una de
mucho mayor tamaño, con remates
aplastados y taladrados para su adecuado
cierre, y que en gran parte de la bibliografía
se identifica como "torques",
cosa a nuestro juicio errónea-
y otros restos de material en bruto como
las barritas y los fragmentos de gargantilla,
los objetos más impactantes del
conjunto son el peine y los tres recipientes.
El
peine o peineta, tallado en una gruesa
lámina de 63 x 85 m.m. y con un
peso de 200 grs., es copia literal en
material noble de un tipo de peines formados
por agrupaciones de varillas de madera
sujetas por una banda también de
madera. Esta referencia queda marcada
no sólo por su forma general sino
por la minuciosa decoración incisa
que cubre la zona distal.
Los
recipientes -dos cuencos y una jarrita-
presentan, como característica
tecnológica más acusada,
el haber sido fundidos mediante el empleo
de la técnica de la cera perdida
-de ahí su gran peso: 541, 64O
y 630 grs. respectivamente- y haber sido
posteriormente afinados mediante el empleo
de un instrumento rotatorio tipo torno,
todo lo cual supone un indudable avance
técnico para la época en
que nos movemos. La jarra y uno de los
cuencos aparecen con su superficie y fondos
prácticamente cubiertos por bandas
decorativas incisas dibujando temas geométricos
simples.
Parece
lógico suponer a los cuencos y
al peine de este "tesoro" una
función social o ideológica
añadida a la meramente utilitaria.
Se ha sugerido la relación de los
recipientes con la celebración
de rituales comunitarios, pero tanto sea
así como no, la acumulación
de riqueza que supone el "tesoro"
de Caldas de Reis parece una muestra altamente
significativa, a añadir a los restantes
síntomas ya comentados más
arriba, de la existencia durante los orígenes
de la Metalurgia de una organización
social de corte desigual en la que ciertos
indivíduos hacen público
su rango y poder mediante la ostentosa
exhibición de determinado tipo
de elementos de prestigio social.
Y
en este ambiente de cambio social y económico
hacen su aparición dos estilos
cerámicos de indudable trascendencia
y unidos por su gusto por la profusión
decorativa; uno, de raíz presumiblemente
galaica y desconocido para la investigación
hasta hace pocos años: la cerámica
"tipo Penha"; el otro, de ámbito
muy amplio y conocido desde hace decenios:
la cerámica campaniforme.
Las
cerámicas del tipo denominado "Penha"
por su aparición en el conocido
yacimiento portugués, consisten
en recipientes de una corta variedad formal
-generalmente cuencos ultrahemisféricos-
con pastas relativamente bien trabajadas
y cocidas. Destacan por su profusa decoración
de líneas incisas -casi acanaladas-
dibujando fajas metopadas con diseños
geométricos muy variados pero entre
los que dominan los ajedrezados, triángulos,
zigzágs, etc., en un cierto "horror
vacui". Es la producción cerámica
más común en asentamientos
precarios del N de Portugal y Galicia
meridional con fuerte componente agrícola
e indicios leves de prácticas metalúrgicas.
Recientemente se está identificando
esta cerámica en áreas más
alejadas de su núcleo central y
en ambientes funerarios.
En
el caso de la conocidísima cerámica
campaniforme, su presencia en el área
galaica era poco menos que anecdótica
hasta que a comienzos de la década
de los ochenta se intensificaron las prospecciones;
en la actualidad, asentamientos, contextos
funerarios y hallazgos sueltos de cerámicas
campaniformes festonean el territorio
en número insospechado.
Desde
el punto de vista tecnológico,
la cerámica campaniforme supone
un gran avance con respecto de la megalítica
tradicional, a la que supera en calidad
de pastas, de coción y de acabado.
Pero es en los aspectos artísticos
donde encontramos los mayores avances,
al presentar una temática decorativa
muy diferente de la que aparece sobre
los recipientes megalíticos con
los que en ocasiones aparece asociada.
Es, pues, un fenómeno innovador
que se introduce en el NO como algo distinto
de lo anterior y que poco a poco va perdiendo
parte de su repertorio temático
original para ser reinterpretado por las
comunidades galaicas. Estas harán
productos locales, en los que se mantienen
las premisas básicas de la cerámica
campaniforme propia del primer momento
para transformarse hasta un cierto punto,
especialmente en los temas de la decoración
y en la forma de distribuirlos.
Al
fenómeno campaniforme en general
se le ha considerado como responsable
o promotor del uso generalizado del metal,
aunque no de su introducción, en
las regiones donde se conocen materiales
campaniformes. La extensión de
esta cerámica por la Península
Ibérica, Baleares, Francia Inglaterra,
Países Bajos, parte de Alemania,
norte de Italia y Cerdeña, proporciona
un nexo cultural entre dichos países,
si bien la variedad regional caracterizará
la posterior Edad del Bronce. Las razones
que motivaron el proceso de expansión,
difusión y adopción de unos
elementos concretos todavía resultan
poco claras, y uno de los elementos materiales
diagnósticos mejor estudiados,
la cerámica con decoración
campaniforme, no muestra producciones
uniformes o estereotipadas -aunque existen
rasgos comunes que las agrupan- sino una
gran variedad de estilos, evoluciones
y perduraciones diferentes según
el país del que tratemos. En nuestra
zona geográfica y cultural, la
cerámica campaniforme no sólo
aparece en contextos funerarios como indicador
del último momento de utilización
de muchos monumentos megalíticos,
sino que cada vez es más reiterativa
en contextos habitacionales. Los asentamientos
con esta cerámica son aparentemente
idénticos a los de las cerámicas
del tipo "Penha", incluyendo
en esa aparente semejanza tanto el régimen
económico como las evidencias de
transformación in situ del mineral
de cobre. Ocasionalmente, cerámicas
de ambos tipos comparten el mismo asentamiento.
Basándose
en estos análisis, la investigación
actual tiende a suponer la llegada al
área galaica de las primeras cerámicas
campaniformes desde el área portuguesa
a finales del III Milenio A.C. como posible
intercambio entre las élites. Poco
después perdería gran parte
de ese valor simbólico como objeto
de prestigio, vulgarizándose al
ser copiada y adaptada por las comunidades
humanas.
Pero
las producciones cerámicas de nuestra
zona en los albores de la metalurgia no
se limitan a las del tipo "Penha"
o a las campaniformes. Los ajuares de
las cistas han suministrado recipientes
de pequeño tamaño radicalmente
diferentes de los anteriores en forma
y en decoración. Frente a la exuberancia
decorativa de las cerámicas "Penha"
y campaniformes, los vasitos de las cistas
van a carecer casi por completo de elementos
ornamentales; por otra parte, formalmente
se reducen a sencillos diseños
troncocónicos o, todo lo más,
levemente sinuosos: los que L.Monteagudo
ha denominado "floreros", y
que abren un interesante debate acerca
de su posible funcionalidad funeraria.
Estas formas sinuosas lisas, junto con
cuencos, han aparecido asociadas a ejemplares
campaniformes y "Penha" en el
asentamiento descubierto muy recientemente
en el islote de Guidoiro Areoso en la
ría de Arousa, que está
siendo excavado por J.M.Rey García
y que muestra, además, un dato
tan relevante para la investigación
como es la presencia, en ese conjunto,
de dos punzones de bronce (!), indicio
claro de la temprana experimentación
de nuevas aleaciones en contacto con otros
focos atlánticos.
Todo
el enorme dinamismo socioeconómico
alcanzado por las comunidades galaicas
de finales del III Milenio A.C. tiene
una fiel referencia en la apertura de
las primeras relaciones atlánticas
de intercambio. La semejanza formal y
técnica de gran parte de los elementos
materiales a lo largo de la fachada atlántica
europea parece dar a entender la existencia
de unas relaciones intercomunitarias relativamente
establecidas. Algunos objetos comunes,
sobre todo los de mayor carga simbólica,
podrían ser interpretados como
regalos políticos entre las élites.
El cobre y el oro galaicos parece ser
que abastecen por estas fechas algunos
mercados bretones y británicos.
Por estas incipientes rutas marítimas,
casi con total seguridad en manos de marinos
de filiación mediterránea
si hacemos caso de la lógica y
de las características técnicas
del navío del petroglifo de Auga
dos Cebros en Oia, circularán materias
primas, bienes de consumo y bienes de
prestigio; pero junto con las mercancías
viajará algo mucho más importante:
las ideas. Se ponen las bases en estos
momentos de una red de intercambios que
alcanzará la categoría de
"koiné" a comienzos del
I Milenio A.C., como veremos más
adelante.
BIBLIOGRAFIA
-
En términos generales, son interesantes
los siguientes artículos: VAZQUEZ
VARELA,J.M.: "El orígen de
la Metalurgia" y "El mundo de
la cerámica Campaniforme".
Galicia-Historia, I. Coruña, Ed.Hércules,
1984, p.p. 217-230.
-
Sobre la metalurgia inicial en sí
y sus implicaciones sociales, la aportación
más actual para Galicia es la de
COMENDADOR REY,B.: "Los inicios de
la metalurgia: primeros testimonios de
la provincia de Pontevedra". Brigantium,
7. Coruña, Museo Arqueolóxico,
1991-1992, p.p. 185-204.
-
Para la orfebrería, recomendamos
los siguientes artículos: HERNANDO
GONZALO,A.: "Inicios de la orfebrería
en la Península Ibérica".
El oro en la España Prerromana,
suplemento de "Revista de Arqueología".
Madrid, Zugarto Ediciones, 1989, p.p.
33-45; RUIZ-GALVEZ PRIEGO,M.: "La
novia vendida. Orfebrería, herencia
y agricultura en la Prehistoria de la
Península Ibérica".
Spal, 1. Sevilla, Universidad, 1992, p.p.
219-251. VAZQUEZ VARELA,J.M.: "Arte
prehistórico". Galicia-Arte,
IX. Coruña, Ed.Hércules,
1993, p.p. l7-235.
-
Pese a los años transcurridos,
sigue siendo recomendable el libro de
CRIADO BOADO,F. y VAZQUEZ VARELA,J.M.:
La cerámica campaniforme en Galicia.
"Cuadernos de Sargadelos", 42.
Sada / Coruña, 1982.