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Arqueología patológica

Tras este breve viaje por el claro pensamiento de Turro, que me parece además francamente hermoso, podemos centrarnos ya en la arqueología patológica. Aquí, a la hora de plantearnos establecer los criterios de marcación correspondientes a ella de forma más concreta, nos encontramos con las dificultades propias de la indefinición del estatuto epistemológico de la arqueología. Los propios arqueólogos no nos ponemos de acuerdo en la definición de la disciplina que practicamos. Así, para unos es una técnica auxiliar de investigación que se puede aplicar a muy diferentes objetos, objetivos y épocas; otros la consideran como un campo específico de la antropología, haciéndola equivalente a la prehistoria; otros la consideran una especialización práctica de la historia, en la que el historiador se bate con materiales y fuentes diferentes de lo escrito; otros la consideran una disciplina autónoma, con sus propios objetivos y métodos, etc. Y eso sin entrar en la discusión sobre el carácter científico o no de la arqueología, dando el consabido repaso a Popper, Kuhn, Feyerabend y discípulos. Las discusiones sobre esto datan cuando menos de la década de los 70 y todavía continúan. Permítanme escabullirme sin el menor disimulo.

Tal vez resulte más productivo soslayar las dificultades de una definición positiva aceptable por todos, y observar en la práctica arqueológica las que podemos llamar desviaciones de los objetivos y del método, planteando al tiempo algunos casos que nos sirvan de ejemplo.

Así, siempre con las características de la ciencia patológica en la mente, y volviendo a lo que apuntábamos al principio acerca de las condiciones que la situación actual de la arqueología, dependiente de organismos gubernamentales acientíficos -cuando no anticientíficos- que emplean su poder para sentar doctrina, no debe resultar raro que la elaboración arqueológica se retuerza y mixtifique hasta el punto de tergiversar ya no las interpretaciones sino incluso los propios datos; unos datos que, cuando no existen, se inventan. Por ejemplo, en una publicación científica, un autor, justificando su clasificación en regularidades de los monumentos megalíticos de Galicia, decía textualmente en 1989, al hablar de los grandes monumentos de corredor: “Lo que nos parece representativo es que los elementos exteriores disminuyen su importancia; el túmulo reduce su tamaño, llegando incluso cámaras que miden 6 u 8 m de largo a estar encerradas por túmulos de 15 a 18 m de diámetro“. En una revisión realizada posteriormente, me encontré no sólo con que la mencionada tendencia del túmulo a achicarse no existía, sino que tampoco existían los datos métricos citados por el anterior autor. En consecuencia, y no sin hacerme cierta violencia por lo desagradable de la situación, en otra publicación científica escribí:

En nuestra revisión de la literatura arqueológica no hemos conseguido encontrar esos dólmenes de corredor de 6 a 8 m de largo encerrados en túmulos de 15 a 18 m de diámetro (...) Aun en el más que probable caso de que algún ejemplar se nos haya escapado, o de que los autores hayan podido jugar con algún ejemplar no publicado, parece difícil que se pueda invertir la tendencia estadística que evidencian los casos citados. A dolmen grande, por tanto, túmulo grande. Da la impresión de que los autores han tomado como un axioma lo que en principio era una sugerente hipótesis de trabajo, hasta el punto de cerrar los ojos a las evidencias arqueológicas, al menos a aquéllas que no encajaban fácilmente en el esquema planteado (Bello 1995).

Quien pudiera esperar un reconocimiento del error o una respuesta airada, habrá quedado tan sorprendido como yo: simplemente, no hubo respuesta. Me parece un síntoma grave de una situación en la que el debate científico ha desaparecido, y en la que el concepto de certeza ha sido sustituido por el de verdad impuesta por decreto. En esas circunstancias, adaptándose a la situación se puede hacer carrera individual, pero no se puede hacer ciencia. Colectivamente, el producto que sale de una situación de tal perversidad no puede ser más que ciencia patológica.

Acabamos de señalar un caso de invento de datos, pero al menos sólo en el papel. Hay casos, alejados del anterior en espacio, en tiempo, en situación y en motivación, en los que se inventa el objeto materialmente, de forma física: me refiero a las falsificaciones arqueológicas. Existen, de todos es sabido, falsificaciones realizadas por ánimo de lucro económico, al margen del desarrollo de la disciplina. Pero hay otras más relacionadas con ésta, que entran con pleno derecho en el campo de la ciencia patológica, entre las que cabe señalar por su trascendencia el caso del hombre de Piltdown.

Recibió este nombre un cráneo, bautizado científicamente como Eoanthropus, entregado en 1912 al Museo de Historia Natural londinense por Charles Dawson. Durante muchos años, especialistas como Smith Woodward y Pierre Teilhard de Chardin estudiaron concienzudamente las características a la vez simiescas y humanas del descubierto eslabón perdido, hasta que, en 1954, Le Gross Clark, Oakley y Weiner pusieron de manifiesto lo que había sido un bien tramado fraude: la cabeza presuntamente homínida estaba compuesta por un cráneo de hombre moderno y una mandíbula de orangután, convenientemente teñidos y envejecidos. El caso Piltdown nunca fue resuelto satisfactoriamente, y las sospechas fueron recayendo sucesivamente sobre todos los que estuvieron próximos al falso cráneo, incluyendo a Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Los creacionistas se ensañaron y ensañan particularmente con la memoria de Teilhard de Chardin, acusándolo de haber sido el autor del fraude, en un flagrante caso de ataque ad hominem a fin de arrimar el ascua a su antidarwinista sardina. Hace pocos años, Henry Gee (1996) ha dado a conocer en las páginas de Nature los resultados de las investigaciones de Brian Gardiner y Andrew Currant, del King‘s College de Londres, que sitúan como más probable autor del fraude al conservador de zoología del Museo de Historia Natural, Martin A.V. Hinton, deseoso de ridiculizar con una broma a Smith Woodward, a quien consideraba pomposo y ridículo. Una broma que, durante décadas, mantuvo en jaque a la naciente ciencia paleontológica.

Por supuesto, no es éste el único caso de fraude arqueológico que provocó dolores de cabeza a los investigadores. Puestos a ello, por aquí no nos contentamos con falsificar un cráneo: falsificamos cuevas enteras. Hace casi diez años, en Euskadi se dio a conocer la aparición de una cueva con magníficas pinturas, que se asemejaban en todo a las propias del magdaleniense. Los primeros informes técnicos, de carácter preliminar, al tiempo que analizaban el estilo, señalaban también la imposibilidad de concluir taxativamente su autenticidad. Esta prudencia no fue obstáculo frente a la tentación de la rentabilización política y periodística del hallazgo: la cueva de Zubialde ocupó los titulares de los medios, y su descubridor recibió un cuantioso premio, más de doce millones de pesetas, en calidad de recompensa, de la Diputación Foral correspondiente. Si los ambientes políticos y periodísticos dieron por concluido el caso una vez cubiertos sus respectivos objetivos, nada científicos, no ocurrió lo mismo en los ambientes académicos, que dieron muestra de su buen hacer y demostraron de nuevo, por si hiciese falta, que el escepticismo es un arma fundamental en la investigación: los ulteriores análisis de las pinturas pusieron de manifiesto la presencia de patas de insectos y arácnidos, de pelos de mamífero, y hasta de fragmentos de estropajo de la marca Vileda. Se demostró así la falsedad de las pinturas, que habían sido ejecutadas por su descubridor, a quien una reciente sentencia del Supremo ha obligado a devolver el dinero recibido en su momento. Felizmente, ni hubo merma de dineros públicos ni, sobre todo, una serie de pinturas falsas llegó a engrosar los inventarios del arte paleolítico, dando lugar a conclusiones que, por partir de datos falsos, necesariamente tendrían el carácter de científicamente patológicas, contra la voluntad de los futuros investigadores.

Más que pretensiones de lucro económico, parece ser el ansia de notoriedad personal el que llevó a un pintor de Cehegín (Murcia) a un fraude inverso al anterior: no se trata aquí de una invención actual de pinturas prehistóricas, sino a la reclamación de la autoría de pinturas prehistóricas auténticas, las de Peña Rubia, en la mencionada localidad. Como cuenta Montes Bernárdez (1993),

De este modo se inició y sirvió una polémica que duró meses, hizo tambalearse el prestigio de la profesión y sus investigadores a nivel popular, y no cesó hasta que se pronunció una comisión interdisciplinar de especialistas solicitada a tal fin (...) Tras estudios minuciosos y rigurosos sobre distintos aspectos de las estaciones y sus pinturas, se declaró oficialmente y por escrito su autenticidad. Investigadores, políticos y aficionados, descansaron y respiraron tranquilos.

También, aunque sin invento, pudiera haber deseo de notoriedad personal, o al menos eso opinan algunos autores más conocedores del asunto, en el caso del Hombre de Orce, de amplia repercusión mediática. En España, el Dr. Eustoquio Molina (1998) ha puesto de manifiesto los posibles elementos de ciencia patológica en el artículo "El polémico fósil de Orce. ¿Falta de rigor o fraude?", publicado en la revista El escéptico, seguido de una réplica del Dr. Josep Gibert (1999) y de la consiguiente contrarréplica del profesor Molina. Frente al caso gallego que comenté antes, hay que reconocer aquí la gallardía del Dr. Gibert, que en ningún momento ha rehuido el debate, y al que tal vez el futuro termine dando la razón en sus planteamientos acerca de la gran antigüedad del poblamiento humano de Venta Micena. Pero no se trata ahora de debatir, y menos de dilucidar, si la galleta de Orce es o no es humana, sino de traer a colación la característica apuntada por el Dr. Molina de un comportamiento científicamente anómalo que se puede resumir en la continua utilización de los mass media como vehículo de información y debate (recordemos la recomendación de prudencia que hacía Turro cuando hay delante portadores de libretas o grabadoras) así como en la reticencia a facilitar o permitir el estudio directo del objeto, la galleta, por otros investigadores -algunos de los cuales le acusan de fraude-, algo imprescindible que, que sepamos, todavía no ha tenido lugar
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Sin embargo, la deriva de la situación actual, en la que la creciente presencia social de la arqueología no es independiente del incremento de su interés económico como fuente generadora de ingresos de tipo turístico y cultural, lleva a una mayor dependencia del poder político y, en consecuencia, de la popularidad y la presencia en los medios capaz de influir sobre él. Cada vez más, el éxito de un proyecto arqueológico a la hora de conseguir los medios necesarios para su financiación depende no de la calidad del proyecto en sí, sino del apoyo de los poderes locales, de la presencia mediática y del impacto popular que sean capaces de generar los promotores del proyecto.

En positivo, el caso paradigmático en la actualidad es, cómo no, Atapuerca. Un impresionante conjunto de yacimientos, y una investigación de notable calidad llevada durante años con un tesón digno del mayor encomio, se han visto sabiamente acompañados de una poderosa presencia pública, necesaria (y no suficiente, dadas las necesidades y carencias que presenta el yacimiento) para conseguir los fondos imprescindibles para continuar la investigación. Se trata de una situación nueva, que poco tiene que ver con los mecanismos habituales hace apenas diez años, cuando los asuntos se resolvían más bien en instancias burocráticas y despachos académicos o no tanto, pero sin la presencia masiva de los medios y del interés popular. Es una nueva realidad emergente a la que todo indica que habremos de adaptarnos querámoslo o no. En el caso de Atapuerca, que comentamos, la adaptación se hizo con especial brillantez; ahí están los vídeos ganadores de infinidad de premios, los libros que han llevado a la paleoantropología a la categoría de best-seller, las exposiciones, las innumerables conferencias repletas de público. Todo ello tuvimos la ocasión de gozarlo en el modesto museo que dirijo, con la presencia de Arsuaga, Bermúdez de Castro y Carbonell (las iniciales de cuyos apellidos dejan claro que son indispensables para conocer el abecé de la evolución humana en la península) durante la exposición Imágenes de Atapuerca que permaneció un mes en nuestra casa. Un resultado espectacular, brillante en todos los aspectos, que sin duda marca un antes y un después en la forma de plantear la investigación arqueológica en nuestro país.

Una forma nueva que, ofreciendo la cara positiva de una mayor presencia de la población, tantas veces ausente de los intereses del investigador arqueológico, presenta también nuevos peligros que pueden llevar a un incremento de la ciencia patológica, sobre todo si no se produce un paralelo desarrollo de la opinión pública hacia la comprensión de lo que es el conocimiento histórico.

Sobre esta situación, que de alguna forma sigue el camino estadounidense, en una progresiva yanquización de la investigación científica, la dependencia del despliegue mediático puede llevar a la mixtificación, a la exageración e incluso al engaño, como ya señalaba Federico di Trocchio en Las mentiras de la ciencia ¿Por qué y cómo nos engañan los científicos? (1995):

La engañología es entonces la ciencia que enseña a los científicos cómo engañar a otros científicos (...) El objetivo real lo constituyen los científicos que forman parte de los organismos estatales que financian la investigación y que son los que tienen el poder de decidir qué estudios y qué investigadores deben obtener la ayuda económica y a cuánto debe ascender. La engañología, pues, enseña a quien no lo es a disfrazarse de científico exitoso (...). Esta ciencia contempla dos secciones: una burocrática y la otra más técnica. La burocrática es la parte más fácil, aunque no por ello la menos importante. Se encarga de enseñar a confeccionar proyectos de investigación, preguntas e informes definitivos a fin de que resulten autorizados, serios y convincentes, y que puedan ser presentados ante los comités de financiación. Incluye una sección que explica a los falsificadores más ambiciosos de qué manera pueden implicar a los organismos administrativos y políticos hasta lograr transformar en asuntos de Estado las disputas entre científicos.

Permítaseme citar aquí lo ocurrido con la cueva del Sidrón, en Asturias, no como ejemplo de engañología, sino simplemente como un caso en el que la disputa científica se transformó, como apuntaba Di Trocchio, en un asunto, si no de Estado, al menos de Comunidad Autónoma. Un caso en el que, en medio de una curiosa mezcolanza de actividades clandestinas, estudios lentísimos en el lugar que no le corresponden, presencia semioculta de investigadores en un papel de no se sabe muy bien qué, declaraciones prematuras de unos y otros a los medios sobre asuntos que precisaban análisis más reposados, de repente aparecen los neanderthales como un necesario regalo del cielo: ¡Si tenemos Neanderthales, seremos como Atapuerca y vendrá Mr. Marshall con regalos! Y todo ello, sin necesidad de engaño, presidido por crispaciones sociales que poco tienen que ver con un reposado estudio científico. Prensa mediante, por supuesto. Hoy parece que el asunto ha amainado, y que la cueva del Sidrón podrá dar los resultados científicos que pueda dar, haya neanderthales o no. Nada indica que, salvo tal vez en su inicio, haya habido ciencia patológica en el Sidrón; en cualquier caso, parece que el peligro ha sido conjurado. Pero no deja de ser cierto que este tipo de derivaciones, de las que sin duda veremos más, favorecen la aparición de ciencia patológica.

Siguiendo con los casos de Estado, o por decirlo con más claridad, de manipulación de la arqueología con intereses políticos, más grave, o cuando menos más esperpéntico, es el de la Piedra Zanata, hallada casualmente a principios de los 90 en las Cañadas del Teide (Tenerife), en un círculo lítico de tipo aborigen. La piedra, una somera escultura en forma de pez que presenta una inscripción, en caracteres líbicos, cuya lectura ha sido interpretada como ZNT, fue puesta en relación con los zinetes o zenetes, tribu bereber bien conocida desde la antigüedad. La aparición pública de tal inscripción supuso un fuerte revulsivo en el complicado mundo político canario, cuyos partidos se apresuraron a tomar posiciones frente al nuevo descubrimiento, intentando fundar en él sus respectivas posiciones políticas: para algunos grupos nacionalistas, la presencia de zinetes era la comprobación del poblamiento africano de las islas, que carecían así de toda vinculación con la península, mientras desde ámbitos no nacionalistas se negaba la validez del testimonio lanzando la especie de que la inscripción no era más que una falsificación y un fraude arqueológico. Por supuesto, una vez más la discusión se llevó a cabo en el griterío de los medios y los foros políticos más que en los laboratorios académicos, que se vieron presionados cuando no directamente amenazados, como en el caso del director del Museo de Tenerife, depositario de la pieza. Cuando la ciencia arqueológica dejó oir su voz, la situación se lió todavía más: según ciertas interpretaciones (González et al. 1995), que por no resultar politiqueramente (la política de verdad poco tiene que ver con estas chapuzas) útiles incomodaron a todos, la piedra estaba escrita efectivamente en bereber, pero no por pobladores africanos, sino por los zinetes del sur de la Península que habrían acompañado a los púnicos en su seguimiento del atún, cual sugería la forma de la famosa piedra que porta el cartucho con la inscripción. De ser cierto esto, la piedra que se había tomado como prueba del origen africano de los guanches, venía a poner de manifiesto la presencia de peninsulares, ¡de godos!, desde los momentos más antiguos del poblamiento isleño. La reacción no pudo ser más peculiar: el Cabildo de Tenerife intentó controlar la investigación y la difusión de los resultados de ésta, al mismo tiempo que el Gobierno de Canarias negaba el permiso para realizar una excavación arqueológica que pudiese arrojar más luz sobre el asunto mientras se decía que la pieza era falsa y que no había yacimiento alguno, dándose la insensata y peculiar situación de prohibir la excavación de un no-yacimiento, de un lugar que, al carecer oficialmente de interés arqueológico, caía fuera de la jurisdicción del organismo que prohibía. Todo un muestrario de las aberraciones, patológicas o abiertamente anticientíficas, que se pueden dar cuando la irracionalidad del dogma sustituye al deseo de conocer, y cuando los peores aspectos de la política acuden a la arqueología para usarla, no como fuente de conocimiento cierto, sino como garrote en la pelea, de por sí legítima, entre las diversas orientaciones y grupos políticos del presente.

La utilización de la arqueología, y sobre todo de la arqueología prehistórica, para la legitimación de ideologías nacionalistas, sean éstas segregacionistas o expansionistas, no es un fenómeno nuevo. El somos (y ponga aquí cada uno lo que mejor guste: arios, celtas, iberos, romanos, almogávares, árabes, guanches, bereberes...), en presente, pero refiriéndose ese presente a sociedades de hace cientos o miles de años, a ser posible mal delimitadas y peor conocidas, anulando todas las transformaciones y mestizajes habidas en el curso de una historia que se borra de un plumazo, forma parte de las irracionalidades que produjeron graves daños en el siglo que acabamos de dejar. Las posibles razones de hoy dejan paso a un pasado tergiversado, casi mítico, que justifica odios cuando no los provoca: ¡muere, tú que me has invadido hace equiscientos años! El resultado de esta mística asunción de la pseudohistoria lo conocemos, tanto por la historia nada lejana como por el más rabioso presente.

Un ejemplo reciente que roza lo patético de estos comportamientos de ciencia patológica con motivaciones políticas nos remite, inevitablemente, al País Vasco. Los protagonistas son ahora el filósofo Fernando Savater por la parte racional, y Alfonso Martínez Lizarduikoa, profesor de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del País Vasco, por la otra. No conocemos el texto original, el libro de Alfonso Martínez que da lugar a la polémica; un libro en euskera titulado Euskal Zibilizazioa al cual intelectuales vascos como Fernando Savater, Mikel Azurmendi o Jon Juaristi han dedicado duras críticas. De todas formas, algunos otros escritos del autor nos permiten entrever por dónde van sus teorías arqueológicas. Basándose, según propias palabras, en „las investigaciones, internacionalmente reconocidas, de eminentes intelectuales como Renfrew y Gimbutas (en arqueología), Cavalli-Sforza y Bertrand Petit (en genética), o Ruhlen y Greenberg (en paleolingüística)“, se concluye, en palabras de Mikel Azurmendi que el autor da por buenas, que „somos una comunidad que resiste aquí desde hace 30.000 años“, que „somos el único pueblo indígena de Europa“, que „somos los únicos descendientes directos del cromagnon“ y que „los valores que nos han hecho durar sin plegarnos a los de fuera, son el territorio, la lengua, el panteísmo, el feminismo matriarcal y el trabajo en común“ (Martínez, A. 1998).

De forma que está científicamente probado que el pueblo vasco lleva, por lo menos, 18.000 años (dieciocho mil años) viviendo ininterrumpidamente en el territorio de Euskal Herria. Y ese pueblo vasco ha protagonizado muchas veces la resistencia colectiva a la dominación extranjera que es el caldo de cultivo para el fenómeno nacionalista, para la manifestación de la voluntad de construirse como nación (Martínez, s.f.b).

El pueblo vasco es el único que, en toda Europa, resistió a la indoeuropeización alientante, permaneciendo intacto como indígena. Y „los pueblos indígenas como el vasco poseen una sabiduría milenaria relacionada con el medio natural, su aprovechamiento y gestión equilibrada, poseen además una historia (prehistoria) de la que proceden sus artes para la vida y el trabajo, así como su personalidad colectiva. Tienen muchos de ellos una fuerte conciencia matriarcal, colectivista e igualitaria que les convierten en la avanzadilla del socialismo real“. El resto de Europa bien puede estar representada por „esa masa civil española y francesa, alienada por una indoeuropeización de milenios, a la que queremos hacer partícipe de la sabiduría de un pueblo al que tienen el privilegio de observar muy de cerca: Euskal Herria, el último pueblo indígena de la Europa Antigua“ (Martínez, A. 1999). Y no es para menos: del cromagnon al socialismo real en un plumazo, y todo por haber sabido rechazar el imperialismo indoeuropeo y mantenerse como pastores de mandacarállidos, vulgo ovicápridos. Pues manda carallo.

Al libro de Martínez Lizarduikoa dedicó uno de sus artículos el filósofo Fernando Savater, quien, entre otras cosas, decía:

Supongo que es inevitable que sandeces como las del libro de marras se publiquen y difundan. Lo único deseable sería que no estuvieran refrendadas por autoridades educativas ni se incluyeran en los planes de estudio del bachillerato, como parece que ha sido el caso de La civilización vasca. Pero el único remedio eficaz contra las fabulaciones de la ignorancia atrevida estimulada por el fanatismo es desarrollar la capacidad de dudar, de comprobar, de contrastar noticias y de fomentar un pensamiento mínimamente objetivo de la realidad. La educación de nuevo, ya ven (Savater, F., 1998).

La respuesta virulenta de Martínez no se hizo esperar. Al contraataque, respondía que „el antivasquismo de estos chicos del Foro de Ermua está alcanzando ya la categoría de patología“, y encontraba finalmente que el motivo de los ataques de Savater „no es más que el que se reivindique a Euskal Herria, con un montón de datos científicos incluídos, como el último territorio indígena de la Europa Antigua que aún sobrevive, a pesar del tremendo proceso de minorización y genocidio que ha sufrido (y sigue sufriendo) desde hace más de dos milenios“. ¿Cuál es el trasfondo de la discusión arqueológica? El autor lo tiene claro:

Si Galicia reinvindica su pasado celta, Cataluña su cultura romance, Andalucía su más que visible sustrato musulmán, las Islas Canarias su identidad guanche, Castilla su tradición libertaria comunera y, al fin, los vasco irredentos sus señas de identidad preindoeuropeas, ¿qué queda de España? Queda sólo Madrid (Martínez, A. s.f.).


Y el cromagnon, sin enterarse.

Me parece que es más que suficiente para mostrar la utilización patológica de la arqueología y la prehistoria en el debate (y ojalá fuese sólo debate) político del presente. Y aquí lo dejaríamos si no fuese porque cita el autor la reivindicación del pasado celta por parte de los gallegos, algo que me toca de cerca por lo que no puedo resistir la tentación de comentarlo, al no parecerme bien que ese señor pretenda agudizar las contradicciones de la tierra en la que vivo proponiéndonos una guerra basada en razones de la Edad del Hierro, por más que él quiera remontarse al Paleolítico Superior. Al menos, en el reciente conflicto de Croacia se amparaban en acontecimientos medievales, lo cual, siendo igualmente demencial, resulta más próximo.

Pero es que además, hoy por hoy, el asunto del celtismo en Galicia, un tema que se estaba llevando con racionalidad hasta hace una década, está teñido también con matices políticos (politiqueros, habría que decir mejor), y su reivindicación corre, al menos en los casos más conspicuos y virulentos, a cargo de investigadores asiduos practicantes de la ciencia patológica (cuando no de la pseudociencia), sin que estén tampoco ausentes, en otros, peculiares vinculaciones con el poder. No tenemos ya tiempo para entretenernos en un asunto que sería largo y complejo de exponer y de explicar, pero tenemos un buen resumen en la crítica que realizó Antonio de la Peña, arqueólogo del Museo de Pontevedra, otro de los malditos por el aparato burocrático que gobierna y define la arqueología del país:

Tal vez tenga algo que ver con este estado de cosas la proliferación galopante de literatura arqueológica pseudocientífica, generalmente esotérica, que viene a llenar el profundo hueco creado por la demanda social de información ante el descenso de la producción „oficial“ y el rechazo, por ininteligible y aburrido, del discurso de demasiados arqueólogos. Y así tampoco es de extrañar el fortísimo resurgir de un fenómeno que muchos incautos creíamos relegado al más oscuro pasado: el celtismo como seña de identidad de lo gallego. Permítasenos entrar, siquiera someramente, en este conflictivo tema:
Dejando entrever posicionamientos ideológicos formalmente diferentes aunque bastante afines en el fondo, asistimos a la proliferación de varias corrientes historiográficas que consideran el celtismo como base más o menos fundamental de la etnogénesis galaica. Un celtismo de remozada fachada, formalmente actualizado, unificador frente al disgregador tradicional, pero tras el que algunos creen ver el mismo viejo sustrato ideológico de confrontación entre lo ario y lo semita.
Y es que el desarrollo del discurso celtista no puede desligarse de una fuerte carga ideológica -y no precisamente progresista-. La propia indefinición del término y las reiteradas contradicciones con los datos que se desprenden del registro arqueológico, están forzando a los defensores del celtismo a verdaderos ejercicios malabares y a bordear, o saltarse literalmente a la torera, conceptos tan básicos para el historiador como son tiempo, espacio y contexto. En su afán por hacer una unidad de la diversidad, se escogen discriminadamente y se exprimen hasta la saciedad datos -no siempre contrastados- de épocas y lugares muy diferentes, levantando un edificio de cimientos tan poco estables -la sociedad céltica- que, a decir de no pocos investigadores, en realidad nunca existió como tal (Peña 1996).

Pues eso.

Además de esta manipulación política de la arqueología, existe otra de intenciones y contenidos religiosos. El caso más sangrante, aunque de momento nuestro país no haya sido afectado en exceso, es el del autoproclamado creacionismo científico, particularmente virulento en Estados Unidos, fundamentalmente en el mundo protestante, aunque el mundo católico no esté por completo ajeno al fenómeno. Los textos publicados por el Dr. Eustoquio Molina (1992, 1996, 1999), algunos de ellos en esta misma serie editorial, me eximen de intentar adentrarme en este asunto. Simplemente citaré la derivación más cañí de esta arqueología pía, no sólo por ser más popular en nuestro país debido a sus recientes exhibiciones en la catedral de Turín, con visita del papa Juan Pablo II incluída, sino sobre todo por haber conseguido abrir una fisura, siquiera leve, en el mundo más próximo a lo académico. Me refiero, claro está, al fragmento de lienzo que recibe el nombre de Sábana Santa o Sindone, tan cara a integristas religiosos como a cultivadores de lo esotérico.

En 1988, la presión ejercida por un grupo de científicos y técnicos confesionalmente católicos agrupados en el STURP (Shroud of Turin Research Project), consiguió que la Iglesia otorgase autorización para la realización de pruebas de Carbono 14 sobre muestras de la sábana, a fin de dictaminar su autenticidad. Las mediciones, realizadas por tres laboratorios independientes (Tucson, Oxford y Zurich), dieron el resultado de que la sábana había sido fabricada con fibras de plantas fallecidas en el siglo XIV (Damon et al., 1989), con lo cual la reliquia se demostraba falsa.

La decepción que este resultado produjo en los medios más fanáticos hizo que de inmediato se buscasen todos los argumentos posibles, e incluso imposibles, que pudiesen poner en solfa la incómoda datación. Pronto aparecieron científicos que decían que la muestra estaba contaminada por elementos bioplásticos que rejuvenecían la edad señalada en los análisis, junto con otros más delirantes que hablaban de un bombardeo protónico, desarrollado en el momento de la resurrección de Cristo, que falseaba la fecha obtenida por los laboratorios. Pero va a ser un presunto experimento llevado a cabo por un científico ruso (un dudoso personaje al que sus antaño colegas creacionistas condenaron al ostracismo tras haber sido denunciado por utilizar citas falsas en sus obras) el que alcanzó mayor difusión y popularidad. No existe revista, libro o página web de creyentes en la Sindone en la que no se cite el experimento de Dmitri Kouznetsov.

Según éste (Kouznetsov et al. 1996), la causa de que el análisis de carbono 14 diese una fecha más reciente que la esperada por los creyentes en que la sábana había envuelto el cuerpo de Jesucristo, estaba en las repercusiones de un incendio que había afectado al paño en 1532; el calor, junto con el efecto catalizador de la plata de la caja en que estaba guardado, habría producido un incremento de C14 en las fibras del tejido, lo que se traduciría, lógicamente, en el mencionado error de datación. Así pues, Kouznetsov reprodujo en un experimento las condiciones del incendio sobre un fragmento de tela, datada previamente en el siglo I por el laboratorio de Tucson -uno de los que intervinieron en los análisis de la sábana-, introducido en una urna de plata. Los nuevos análisis realizados sobre la tela tras el experimento daban una datación del siglo XIV. Quedaba así demostrado no sólo la falibilidad del método del C14, sino también que la sábana era del siglo I, o al menos que no era medieval.

Todo habría estado muy bien, si no fuese porque el experimento de Kouznetsov resultó ser un fraude. Un fraude que, convenientemente publicitado y repetido mil veces, se transformó en una verdad. De nada vale que el laboratorio de Tucson niegue haber realizado las pruebas que pregonan los sindonólogos, ni que los científicos de dicha institución hayan publicado, en el mismo número de Journal of Archaeological Science en el que el científico ruso presentó su informe, un artículo de réplica en el que, además de rebatir sus explicaciones, señalaban que habían reproducido el experimento sin que se diesen los resultados postulados, todo lo cual indicaba un evidente fraude (Jull et al. 1996). De nada parecen haber servido tampoco los fracasados intentos de reproducción del experimento llevados a cabo tanto por instituciones científicas -como el laboratorio de C14 de la Universidad de Oxford (Hedges 1998)- como por algunos sindonólogos científicamente honrados. La falsa historia del experimento de Kouznetsov sigue germinando y expandiéndose en el favorable medio de la credulidad, sin que la evidencia sea capaz de imponerse a la mentira.

Hasta aquí, el fraude científico. Pero hay también comportamiento científico patológico en los medios arqueológicos que han tragado con la historia sin someterla a revisión y crítica; un hecho tanto más denunciable cuanto que, como hemos dicho, en la propia revista en la que se publica el falso experimento aparece también la respuesta crítica de los científicos de Tucson. No se comprende que, si no hay patológica credulidad, la publicación francesa Dossiers de l‘Archéologie, cuyo redactor jefe parece haber sido seducido por el creacionismo científico, o los responsables de la Editorial Martínez Roca, que introdujeron en un libro coordinado en 1998 por Josep Mª Fullola y Maria Àngels Petit, de la Universidad de Barcelona, y sin conocimiento de los autores, un texto sin firma en el que se critica el método del C14 a partir del falso experimento del que hablamos, puedan haber aceptado tan alegramente el fraude, tomando como únicas referencias las publicaciones integristas, e ignorando la literatura científica elaborada al respecto. Resulta preocupante ver cómo medios que eran referencia de seriedad están abriendo sus puertas a la ciencia patológica, cuando no a la pura pseudociencia.

Y no abuso más. Los ejemplos propuestos pueden ser indicativos de que hay riesgo, un riesgo que me parece evidente y nada despreciable. Los intentos de contaminar la arqueología provienen de muchas fuentes, unas aparentemente más inocentes, otras más graves, otras indudablemente peligrosas, pero ninguna inocua. Creo que sólo la atención perenne, desde un escepticismo crítico, puede evitar casos como los que hemos comentado. La pseudociencia y la ciencia patológica hacen siempre daño, y son comunes, mucho más comunes de lo que podemos pensar desde nuestros despachos. Basta abrir las ventanas y mirar a la calle para verlo. Mi propuesta es que las abramos y miremos: creo que hay mucha gente que está esperando que lo hagamos.

Arqueología, pseudociencia y ciencia patológica
José Mª Bello

Resumen/Abstract
Introducción
Pseudociencia
Pseudoarqueología
Ciencia patológica
Arqueología patológica
Referencias

Este texto tiene su base en una conferencia pronunciada en la Universidad de Zaragoza en febrero de 2000. Ha sido publicado con el mismo título en el libro Avances en evolución y paleoantropología, por el Seminario Interdisciplinar de la Universidad de Zaragoza (Mira Editores, 2001, pp.11-47), siendo sus editores Eustoquio Molina, H. James Birx y Alberto Carreras.