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Tras
este breve viaje por el claro pensamiento de Turro, que me
parece además francamente hermoso, podemos centrarnos
ya en la arqueología patológica. Aquí,
a la hora de plantearnos establecer los criterios de marcación
correspondientes a ella de forma más concreta, nos
encontramos con las dificultades propias de la indefinición
del estatuto epistemológico de la arqueología.
Los propios arqueólogos no nos ponemos de acuerdo en
la definición de la disciplina que practicamos. Así,
para unos es una técnica auxiliar de investigación
que se puede aplicar a muy diferentes objetos, objetivos y
épocas; otros la consideran como un campo específico
de la antropología, haciéndola equivalente a
la prehistoria; otros la consideran una especialización
práctica de la historia, en la que el historiador se
bate con materiales y fuentes diferentes de lo escrito; otros
la consideran una disciplina autónoma, con sus propios
objetivos y métodos, etc. Y eso sin entrar en la discusión
sobre el carácter científico o no de la arqueología,
dando el consabido repaso a Popper, Kuhn, Feyerabend y discípulos.
Las discusiones sobre esto datan cuando menos de la década
de los 70 y todavía continúan. Permítanme
escabullirme sin el menor disimulo.
Tal vez resulte más productivo soslayar las dificultades
de una definición positiva aceptable por todos, y observar
en la práctica arqueológica las que podemos
llamar desviaciones de los objetivos y del método,
planteando al tiempo algunos casos que nos sirvan de ejemplo.
Así, siempre con las características de la ciencia
patológica en la mente, y volviendo a lo que apuntábamos
al principio acerca de las condiciones que la situación
actual de la arqueología, dependiente de organismos
gubernamentales acientíficos -cuando no anticientíficos-
que emplean su poder para sentar doctrina, no debe resultar
raro que la elaboración arqueológica se retuerza
y mixtifique hasta el punto de tergiversar ya no las interpretaciones
sino incluso los propios datos; unos datos que, cuando no
existen, se inventan. Por ejemplo, en una publicación
científica, un autor, justificando su clasificación
en regularidades de los monumentos megalíticos de Galicia,
decía textualmente en 1989, al hablar de los grandes
monumentos de corredor: Lo que nos parece representativo
es que los elementos exteriores disminuyen su importancia;
el túmulo reduce su tamaño, llegando incluso
cámaras que miden 6 u 8 m de largo a estar encerradas
por túmulos de 15 a 18 m de diámetro.
En una revisión realizada posteriormente, me encontré
no sólo con que la mencionada tendencia del túmulo
a achicarse no existía, sino que tampoco existían
los datos métricos citados por el anterior autor. En
consecuencia, y no sin hacerme cierta violencia por lo desagradable
de la situación, en otra publicación científica
escribí:
En
nuestra revisión de la literatura arqueológica
no hemos conseguido encontrar esos dólmenes de corredor
de 6 a 8 m de largo encerrados en túmulos de 15 a 18
m de diámetro (...) Aun en el más que probable
caso de que algún ejemplar se nos haya escapado, o
de que los autores hayan podido jugar con algún ejemplar
no publicado, parece difícil que se pueda invertir
la tendencia estadística que evidencian los casos citados.
A dolmen grande, por tanto, túmulo grande. Da la impresión
de que los autores han tomado como un axioma lo que en principio
era una sugerente hipótesis de trabajo, hasta el punto
de cerrar los ojos a las evidencias arqueológicas,
al menos a aquéllas que no encajaban fácilmente
en el esquema planteado (Bello 1995).
Quien pudiera esperar un reconocimiento del error o una respuesta
airada, habrá quedado tan sorprendido como yo: simplemente,
no hubo respuesta. Me parece un síntoma grave de una
situación en la que el debate científico ha
desaparecido, y en la que el concepto de certeza ha sido sustituido
por el de verdad impuesta por decreto. En esas circunstancias,
adaptándose a la situación se puede hacer carrera
individual, pero no se puede hacer ciencia. Colectivamente,
el producto que sale de una situación de tal perversidad
no puede ser más que ciencia patológica.
Acabamos de señalar un caso de invento de datos, pero
al menos sólo en el papel. Hay casos, alejados del
anterior en espacio, en tiempo, en situación y en motivación,
en los que se inventa el objeto materialmente, de forma física:
me refiero a las falsificaciones arqueológicas. Existen,
de todos es sabido, falsificaciones realizadas por ánimo
de lucro económico, al margen del desarrollo de la
disciplina. Pero hay otras más relacionadas con ésta,
que entran con pleno derecho en el campo de la ciencia patológica,
entre las que cabe señalar por su trascendencia el
caso del hombre de Piltdown.
Recibió este nombre un cráneo, bautizado científicamente
como Eoanthropus, entregado en 1912 al Museo de Historia
Natural londinense por Charles Dawson. Durante muchos años,
especialistas como Smith Woodward y Pierre Teilhard de Chardin
estudiaron concienzudamente las características a la
vez simiescas y humanas del descubierto eslabón
perdido, hasta que, en 1954, Le Gross Clark, Oakley y
Weiner pusieron de manifiesto lo que había sido un
bien tramado fraude: la cabeza presuntamente homínida
estaba compuesta por un cráneo de hombre moderno y
una mandíbula de orangután, convenientemente
teñidos y envejecidos. El caso Piltdown nunca fue resuelto
satisfactoriamente, y las sospechas fueron recayendo sucesivamente
sobre todos los que estuvieron próximos al falso cráneo,
incluyendo a Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Los
creacionistas se ensañaron y ensañan particularmente
con la memoria de Teilhard de Chardin, acusándolo de
haber sido el autor del fraude, en un flagrante caso de ataque
ad hominem a fin de arrimar el ascua a su antidarwinista
sardina. Hace pocos años, Henry Gee (1996) ha dado
a conocer en las páginas de Nature los resultados
de las investigaciones de Brian Gardiner y Andrew Currant,
del Kings College de Londres, que sitúan como
más probable autor del fraude al conservador de zoología
del Museo de Historia Natural, Martin A.V. Hinton, deseoso
de ridiculizar con una broma a Smith Woodward, a quien consideraba
pomposo y ridículo. Una broma que, durante décadas,
mantuvo en jaque a la naciente ciencia paleontológica.
Por supuesto, no es éste el único caso de fraude
arqueológico que provocó dolores de cabeza a
los investigadores. Puestos a ello, por aquí no nos
contentamos con falsificar un cráneo: falsificamos
cuevas enteras. Hace casi diez años, en Euskadi se
dio a conocer la aparición de una cueva con magníficas
pinturas, que se asemejaban en todo a las propias del magdaleniense.
Los primeros informes técnicos, de carácter
preliminar, al tiempo que analizaban el estilo, señalaban
también la imposibilidad de concluir taxativamente
su autenticidad. Esta prudencia no fue obstáculo frente
a la tentación de la rentabilización política
y periodística del hallazgo: la cueva de Zubialde
ocupó los titulares de los medios, y su descubridor
recibió un cuantioso premio, más de doce millones
de pesetas, en calidad de recompensa, de la Diputación
Foral correspondiente. Si los ambientes políticos y
periodísticos dieron por concluido el caso una vez
cubiertos sus respectivos objetivos, nada científicos,
no ocurrió lo mismo en los ambientes académicos,
que dieron muestra de su buen hacer y demostraron de nuevo,
por si hiciese falta, que el escepticismo es un arma fundamental
en la investigación: los ulteriores análisis
de las pinturas pusieron de manifiesto la presencia de patas
de insectos y arácnidos, de pelos de mamífero,
y hasta de fragmentos de estropajo de la marca Vileda. Se
demostró así la falsedad de las pinturas, que
habían sido ejecutadas por su descubridor, a
quien una reciente sentencia del Supremo ha obligado a devolver
el dinero recibido en su momento. Felizmente, ni hubo merma
de dineros públicos ni, sobre todo, una serie de pinturas
falsas llegó a engrosar los inventarios del arte paleolítico,
dando lugar a conclusiones que, por partir de datos falsos,
necesariamente tendrían el carácter de científicamente
patológicas, contra la voluntad de los futuros investigadores.
Más que pretensiones de lucro económico, parece
ser el ansia de notoriedad personal el que llevó a
un pintor de Cehegín (Murcia) a un fraude inverso al
anterior: no se trata aquí de una invención
actual de pinturas prehistóricas, sino a la reclamación
de la autoría de pinturas prehistóricas auténticas,
las de Peña Rubia, en la mencionada localidad. Como
cuenta Montes Bernárdez (1993),
De
este modo se inició y sirvió una polémica
que duró meses, hizo tambalearse el prestigio de la
profesión y sus investigadores a nivel popular, y no
cesó hasta que se pronunció una comisión
interdisciplinar de especialistas solicitada a tal fin (...)
Tras estudios minuciosos y rigurosos sobre distintos aspectos
de las estaciones y sus pinturas, se declaró oficialmente
y por escrito su autenticidad. Investigadores, políticos
y aficionados, descansaron y respiraron tranquilos.
También, aunque sin invento, pudiera haber deseo
de notoriedad personal, o al menos eso opinan algunos autores
más conocedores del asunto, en el caso del Hombre
de Orce, de amplia repercusión mediática.
En España, el Dr. Eustoquio Molina (1998) ha puesto
de manifiesto los posibles elementos de ciencia patológica
en el artículo "El polémico fósil
de Orce. ¿Falta de rigor o fraude?", publicado
en la revista El escéptico, seguido de una réplica
del Dr. Josep Gibert (1999) y de la consiguiente contrarréplica
del profesor Molina. Frente al caso gallego que comenté
antes, hay que reconocer aquí la gallardía del
Dr. Gibert, que en ningún momento ha rehuido el debate,
y al que tal vez el futuro termine dando la razón en
sus planteamientos acerca de la gran antigüedad del poblamiento
humano de Venta Micena. Pero no se trata ahora de debatir,
y menos de dilucidar, si la galleta de Orce es o no
es humana, sino de traer a colación la característica
apuntada por el Dr. Molina de un comportamiento científicamente
anómalo que se puede resumir en la continua utilización
de los mass media como vehículo de información
y debate (recordemos la recomendación de prudencia
que hacía Turro cuando hay delante portadores de libretas
o grabadoras) así como en la reticencia a facilitar
o permitir el estudio directo del objeto, la galleta, por
otros investigadores -algunos de los cuales le acusan de fraude-,
algo imprescindible que, que sepamos, todavía no ha
tenido lugar
.
Sin embargo, la deriva de la situación actual, en la
que la creciente presencia social de la arqueología
no es independiente del incremento de su interés económico
como fuente generadora de ingresos de tipo turístico
y cultural, lleva a una mayor dependencia del poder político
y, en consecuencia, de la popularidad y la presencia en los
medios capaz de influir sobre él. Cada vez más,
el éxito de un proyecto arqueológico a la hora
de conseguir los medios necesarios para su financiación
depende no de la calidad del proyecto en sí, sino del
apoyo de los poderes locales, de la presencia mediática
y del impacto popular que sean capaces de generar los promotores
del proyecto.
En positivo, el caso paradigmático en la actualidad
es, cómo no, Atapuerca. Un impresionante conjunto de
yacimientos, y una investigación de notable calidad
llevada durante años con un tesón digno del
mayor encomio, se han visto sabiamente acompañados
de una poderosa presencia pública, necesaria (y no
suficiente, dadas las necesidades y carencias que presenta
el yacimiento) para conseguir los fondos imprescindibles para
continuar la investigación. Se trata de una situación
nueva, que poco tiene que ver con los mecanismos habituales
hace apenas diez años, cuando los asuntos se resolvían
más bien en instancias burocráticas y despachos
académicos o no tanto, pero sin la presencia masiva
de los medios y del interés popular. Es una nueva realidad
emergente a la que todo indica que habremos de adaptarnos
querámoslo o no. En el caso de Atapuerca, que comentamos,
la adaptación se hizo con especial brillantez; ahí
están los vídeos ganadores de infinidad de premios,
los libros que han llevado a la paleoantropología a
la categoría de best-seller, las exposiciones,
las innumerables conferencias repletas de público.
Todo ello tuvimos la ocasión de gozarlo en el modesto
museo que dirijo, con la presencia de Arsuaga, Bermúdez
de Castro y Carbonell (las iniciales de cuyos apellidos dejan
claro que son indispensables para conocer el abecé
de la evolución humana en la península) durante
la exposición Imágenes de Atapuerca que
permaneció un mes en nuestra casa. Un resultado espectacular,
brillante en todos los aspectos, que sin duda marca un antes
y un después en la forma de plantear la investigación
arqueológica en nuestro país.
Una forma nueva que, ofreciendo la cara positiva de una mayor
presencia de la población, tantas veces ausente de
los intereses del investigador arqueológico, presenta
también nuevos peligros que pueden llevar a un incremento
de la ciencia patológica, sobre todo si no se produce
un paralelo desarrollo de la opinión pública
hacia la comprensión de lo que es el conocimiento histórico.
Sobre esta situación, que de alguna forma sigue el
camino estadounidense, en una progresiva yanquización
de la investigación científica, la dependencia
del despliegue mediático puede llevar a la mixtificación,
a la exageración e incluso al engaño, como ya
señalaba Federico di Trocchio en Las mentiras de
la ciencia ¿Por qué y cómo nos engañan
los científicos? (1995):
La
engañología es entonces la ciencia que enseña
a los científicos cómo engañar a otros
científicos (...) El objetivo real lo constituyen los
científicos que forman parte de los organismos estatales
que financian la investigación y que son los que tienen
el poder de decidir qué estudios y qué investigadores
deben obtener la ayuda económica y a cuánto
debe ascender. La engañología, pues, enseña
a quien no lo es a disfrazarse de científico exitoso
(...). Esta ciencia contempla dos secciones: una burocrática
y la otra más técnica. La burocrática
es la parte más fácil, aunque no por ello la
menos importante. Se encarga de enseñar a confeccionar
proyectos de investigación, preguntas e informes definitivos
a fin de que resulten autorizados, serios y convincentes,
y que puedan ser presentados ante los comités de financiación.
Incluye una sección que explica a los falsificadores
más ambiciosos de qué manera pueden implicar
a los organismos administrativos y políticos hasta
lograr transformar en asuntos de Estado las disputas entre
científicos.
Permítaseme citar aquí lo ocurrido con la cueva
del Sidrón, en Asturias, no como ejemplo de engañología,
sino simplemente como un caso en el que la disputa científica
se transformó, como apuntaba Di Trocchio, en un asunto,
si no de Estado, al menos de Comunidad Autónoma. Un
caso en el que, en medio de una curiosa mezcolanza de actividades
clandestinas, estudios lentísimos en el lugar que no
le corresponden, presencia semioculta de investigadores en
un papel de no se sabe muy bien qué, declaraciones
prematuras de unos y otros a los medios sobre asuntos que
precisaban análisis más reposados, de repente
aparecen los neanderthales como un necesario regalo del cielo:
¡Si tenemos Neanderthales, seremos como Atapuerca y
vendrá Mr. Marshall con regalos! Y todo ello, sin necesidad
de engaño, presidido por crispaciones sociales que
poco tienen que ver con un reposado estudio científico.
Prensa mediante, por supuesto. Hoy parece que el asunto ha
amainado, y que la cueva del Sidrón podrá dar
los resultados científicos que pueda dar, haya neanderthales
o no. Nada indica que, salvo tal vez en su inicio, haya habido
ciencia patológica en el Sidrón; en cualquier
caso, parece que el peligro ha sido conjurado. Pero no deja
de ser cierto que este tipo de derivaciones, de las que sin
duda veremos más, favorecen la aparición de
ciencia patológica.
Siguiendo con los casos de Estado, o por decirlo con
más claridad, de manipulación de la arqueología
con intereses políticos, más grave, o cuando
menos más esperpéntico, es el de la Piedra
Zanata, hallada casualmente a principios de los 90 en
las Cañadas del Teide (Tenerife), en un círculo
lítico de tipo aborigen. La piedra, una somera escultura
en forma de pez que presenta una inscripción, en caracteres
líbicos, cuya lectura ha sido interpretada como ZNT,
fue puesta en relación con los zinetes o zenetes,
tribu bereber bien conocida desde la antigüedad. La aparición
pública de tal inscripción supuso un fuerte
revulsivo en el complicado mundo político canario,
cuyos partidos se apresuraron a tomar posiciones frente al
nuevo descubrimiento, intentando fundar en él sus respectivas
posiciones políticas: para algunos grupos nacionalistas,
la presencia de zinetes era la comprobación del poblamiento
africano de las islas, que carecían así de toda
vinculación con la península, mientras desde
ámbitos no nacionalistas se negaba la validez del testimonio
lanzando la especie de que la inscripción no era más
que una falsificación y un fraude arqueológico.
Por supuesto, una vez más la discusión se llevó
a cabo en el griterío de los medios y los foros políticos
más que en los laboratorios académicos, que
se vieron presionados cuando no directamente amenazados, como
en el caso del director del Museo de Tenerife, depositario
de la pieza. Cuando la ciencia arqueológica dejó
oir su voz, la situación se lió todavía
más: según ciertas interpretaciones (González
et al. 1995), que por no resultar politiqueramente
(la política de verdad poco tiene que ver con estas
chapuzas) útiles incomodaron a todos, la piedra estaba
escrita efectivamente en bereber, pero no por pobladores africanos,
sino por los zinetes del sur de la Península que habrían
acompañado a los púnicos en su seguimiento del
atún, cual sugería la forma de la famosa piedra
que porta el cartucho con la inscripción. De ser cierto
esto, la piedra que se había tomado como prueba del
origen africano de los guanches, venía a poner de manifiesto
la presencia de peninsulares, ¡de godos!, desde
los momentos más antiguos del poblamiento isleño.
La reacción no pudo ser más peculiar: el Cabildo
de Tenerife intentó controlar la investigación
y la difusión de los resultados de ésta, al
mismo tiempo que el Gobierno de Canarias negaba el permiso
para realizar una excavación arqueológica que
pudiese arrojar más luz sobre el asunto mientras se
decía que la pieza era falsa y que no había
yacimiento alguno, dándose la insensata y peculiar
situación de prohibir la excavación de un no-yacimiento,
de un lugar que, al carecer oficialmente de interés
arqueológico, caía fuera de la jurisdicción
del organismo que prohibía. Todo un muestrario de las
aberraciones, patológicas o abiertamente anticientíficas,
que se pueden dar cuando la irracionalidad del dogma sustituye
al deseo de conocer, y cuando los peores aspectos de la política
acuden a la arqueología para usarla, no como fuente
de conocimiento cierto, sino como garrote en la pelea, de
por sí legítima, entre las diversas orientaciones
y grupos políticos del presente.
La utilización de la arqueología, y sobre todo
de la arqueología prehistórica, para la legitimación
de ideologías nacionalistas, sean éstas segregacionistas
o expansionistas, no es un fenómeno nuevo. El somos
(y ponga aquí cada uno lo que mejor guste: arios, celtas,
iberos, romanos, almogávares, árabes, guanches,
bereberes...), en presente, pero refiriéndose ese presente
a sociedades de hace cientos o miles de años, a ser
posible mal delimitadas y peor conocidas, anulando todas las
transformaciones y mestizajes habidas en el curso de una historia
que se borra de un plumazo, forma parte de las irracionalidades
que produjeron graves daños en el siglo que acabamos
de dejar. Las posibles razones de hoy dejan paso a un pasado
tergiversado, casi mítico, que justifica odios cuando
no los provoca: ¡muere, tú que me has invadido
hace equiscientos años! El resultado de esta mística
asunción de la pseudohistoria lo conocemos, tanto por
la historia nada lejana como por el más rabioso presente.
Un ejemplo reciente que roza lo patético de estos comportamientos
de ciencia patológica con motivaciones políticas
nos remite, inevitablemente, al País Vasco. Los protagonistas
son ahora el filósofo Fernando Savater por la parte
racional, y Alfonso Martínez Lizarduikoa, profesor
de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del País
Vasco, por la otra. No conocemos el texto original, el libro
de Alfonso Martínez que da lugar a la polémica;
un libro en euskera titulado Euskal Zibilizazioa al
cual intelectuales vascos como Fernando Savater, Mikel Azurmendi
o Jon Juaristi han dedicado duras críticas. De todas
formas, algunos otros escritos del autor nos permiten entrever
por dónde van sus teorías arqueológicas.
Basándose, según propias palabras, en las
investigaciones, internacionalmente reconocidas, de eminentes
intelectuales como Renfrew y Gimbutas (en arqueología),
Cavalli-Sforza y Bertrand Petit (en genética), o Ruhlen
y Greenberg (en paleolingüística), se concluye,
en palabras de Mikel Azurmendi que el autor da por buenas,
que somos una comunidad que resiste aquí desde
hace 30.000 años, que somos el único
pueblo indígena de Europa, que somos los
únicos descendientes directos del cromagnon y
que los valores que nos han hecho durar sin plegarnos
a los de fuera, son el territorio, la lengua, el panteísmo,
el feminismo matriarcal y el trabajo en común
(Martínez, A. 1998).
De
forma que está científicamente probado que el
pueblo vasco lleva, por lo menos, 18.000 años (dieciocho
mil años) viviendo ininterrumpidamente en el territorio
de Euskal Herria. Y ese pueblo vasco ha protagonizado muchas
veces la resistencia colectiva a la dominación extranjera
que es el caldo de cultivo para el fenómeno nacionalista,
para la manifestación de la voluntad de construirse
como nación (Martínez, s.f.b).
El
pueblo vasco es el único que, en toda Europa, resistió
a la indoeuropeización alientante, permaneciendo intacto
como indígena. Y los pueblos indígenas
como el vasco poseen una sabiduría milenaria relacionada
con el medio natural, su aprovechamiento y gestión
equilibrada, poseen además una historia (prehistoria)
de la que proceden sus artes para la vida y el trabajo, así
como su personalidad colectiva. Tienen muchos de ellos una
fuerte conciencia matriarcal, colectivista e igualitaria que
les convierten en la avanzadilla del socialismo real.
El resto de Europa bien puede estar representada por esa
masa civil española y francesa, alienada por una indoeuropeización
de milenios, a la que queremos hacer partícipe de la
sabiduría de un pueblo al que tienen el privilegio
de observar muy de cerca: Euskal Herria, el último
pueblo indígena de la Europa Antigua (Martínez,
A. 1999). Y no es para menos: del cromagnon al socialismo
real en un plumazo, y todo por haber sabido rechazar el imperialismo
indoeuropeo y mantenerse como pastores de mandacarállidos,
vulgo ovicápridos. Pues manda carallo.
Al libro de Martínez Lizarduikoa dedicó uno
de sus artículos el filósofo Fernando Savater,
quien, entre otras cosas, decía:
Supongo
que es inevitable que sandeces como las del libro de marras
se publiquen y difundan. Lo único deseable sería
que no estuvieran refrendadas por autoridades educativas ni
se incluyeran en los planes de estudio del bachillerato, como
parece que ha sido el caso de La civilización vasca.
Pero el único remedio eficaz contra las fabulaciones
de la ignorancia atrevida estimulada por el fanatismo es desarrollar
la capacidad de dudar, de comprobar, de contrastar noticias
y de fomentar un pensamiento mínimamente objetivo de
la realidad. La educación de nuevo, ya ven (Savater,
F., 1998).
La respuesta virulenta de Martínez no se hizo
esperar. Al contraataque, respondía que el antivasquismo
de estos chicos del Foro de Ermua está alcanzando ya
la categoría de patología, y encontraba
finalmente que el motivo de los ataques de Savater no
es más que el que se reivindique a Euskal Herria, con
un montón de datos científicos incluídos,
como el último territorio indígena de la Europa
Antigua que aún sobrevive, a pesar del tremendo proceso
de minorización y genocidio que ha sufrido (y sigue
sufriendo) desde hace más de dos milenios. ¿Cuál
es el trasfondo de la discusión arqueológica?
El autor lo tiene claro:
Si
Galicia reinvindica su pasado celta, Cataluña su cultura
romance, Andalucía su más que visible sustrato
musulmán, las Islas Canarias su identidad guanche,
Castilla su tradición libertaria comunera y, al fin,
los vasco irredentos sus señas de identidad preindoeuropeas,
¿qué queda de España? Queda sólo
Madrid (Martínez, A. s.f.).
Y el cromagnon, sin enterarse.
Me parece que es más que suficiente para mostrar la
utilización patológica de la arqueología
y la prehistoria en el debate (y ojalá fuese sólo
debate) político del presente. Y aquí lo dejaríamos
si no fuese porque cita el autor la reivindicación
del pasado celta por parte de los gallegos, algo que me toca
de cerca por lo que no puedo resistir la tentación
de comentarlo, al no parecerme bien que ese señor pretenda
agudizar las contradicciones de la tierra en la que
vivo proponiéndonos una guerra basada en razones de
la Edad del Hierro, por más que él quiera remontarse
al Paleolítico Superior. Al menos, en el reciente conflicto
de Croacia se amparaban en acontecimientos medievales, lo
cual, siendo igualmente demencial, resulta más próximo.
Pero es que además, hoy por hoy, el asunto del celtismo
en Galicia, un tema que se estaba llevando con racionalidad
hasta hace una década, está teñido también
con matices políticos (politiqueros, habría
que decir mejor), y su reivindicación corre, al menos
en los casos más conspicuos y virulentos, a cargo de
investigadores asiduos practicantes de la ciencia patológica
(cuando no de la pseudociencia), sin que estén tampoco
ausentes, en otros, peculiares vinculaciones con el poder.
No tenemos ya tiempo para entretenernos en un asunto que sería
largo y complejo de exponer y de explicar, pero tenemos un
buen resumen en la crítica que realizó Antonio
de la Peña, arqueólogo del Museo de Pontevedra,
otro de los malditos por el aparato burocrático
que gobierna y define la arqueología del país:
Tal
vez tenga algo que ver con este estado de cosas la proliferación
galopante de literatura arqueológica pseudocientífica,
generalmente esotérica, que viene a llenar el profundo
hueco creado por la demanda social de información ante
el descenso de la producción oficial y
el rechazo, por ininteligible y aburrido, del discurso de
demasiados arqueólogos. Y así tampoco es de
extrañar el fortísimo resurgir de un fenómeno
que muchos incautos creíamos relegado al más
oscuro pasado: el celtismo como seña de identidad de
lo gallego. Permítasenos entrar, siquiera someramente,
en este conflictivo tema:
Dejando entrever posicionamientos ideológicos formalmente
diferentes aunque bastante afines en el fondo, asistimos a
la proliferación de varias corrientes historiográficas
que consideran el celtismo como base más o menos fundamental
de la etnogénesis galaica. Un celtismo de remozada
fachada, formalmente actualizado, unificador frente al disgregador
tradicional, pero tras el que algunos creen ver el mismo viejo
sustrato ideológico de confrontación entre lo
ario y lo semita.
Y es que el desarrollo del discurso celtista no puede desligarse
de una fuerte carga ideológica -y no precisamente progresista-.
La propia indefinición del término y las reiteradas
contradicciones con los datos que se desprenden del registro
arqueológico, están forzando a los defensores
del celtismo a verdaderos ejercicios malabares y a bordear,
o saltarse literalmente a la torera, conceptos tan básicos
para el historiador como son tiempo, espacio y contexto. En
su afán por hacer una unidad de la diversidad, se escogen
discriminadamente y se exprimen hasta la saciedad datos -no
siempre contrastados- de épocas y lugares muy diferentes,
levantando un edificio de cimientos tan poco estables -la
sociedad céltica- que, a decir de no pocos investigadores,
en realidad nunca existió como tal (Peña 1996).
Pues eso.
Además de esta manipulación política
de la arqueología, existe otra de intenciones y contenidos
religiosos. El caso más sangrante, aunque de momento
nuestro país no haya sido afectado en exceso, es el
del autoproclamado creacionismo científico,
particularmente virulento en Estados Unidos, fundamentalmente
en el mundo protestante, aunque el mundo católico no
esté por completo ajeno al fenómeno. Los textos
publicados por el Dr. Eustoquio Molina (1992, 1996, 1999),
algunos de ellos en esta misma serie editorial, me eximen
de intentar adentrarme en este asunto. Simplemente citaré
la derivación más cañí
de esta arqueología pía, no sólo
por ser más popular en nuestro país debido a
sus recientes exhibiciones en la catedral de Turín,
con visita del papa Juan Pablo II incluída, sino sobre
todo por haber conseguido abrir una fisura, siquiera leve,
en el mundo más próximo a lo académico.
Me refiero, claro está, al fragmento de lienzo que
recibe el nombre de Sábana Santa o Sindone,
tan cara a integristas religiosos como a cultivadores de lo
esotérico.
En 1988, la presión ejercida por un grupo de científicos
y técnicos confesionalmente católicos agrupados
en el STURP (Shroud of Turin Research Project), consiguió
que la Iglesia otorgase autorización para la realización
de pruebas de Carbono 14 sobre muestras de la sábana,
a fin de dictaminar su autenticidad. Las mediciones, realizadas
por tres laboratorios independientes (Tucson, Oxford y Zurich),
dieron el resultado de que la sábana había sido
fabricada con fibras de plantas fallecidas en el siglo XIV
(Damon et al., 1989), con lo cual la reliquia se demostraba
falsa.
La decepción que este resultado produjo en los medios
más fanáticos hizo que de inmediato se buscasen
todos los argumentos posibles, e incluso imposibles, que pudiesen
poner en solfa la incómoda datación. Pronto
aparecieron científicos que decían que la muestra
estaba contaminada por elementos bioplásticos
que rejuvenecían la edad señalada en los análisis,
junto con otros más delirantes que hablaban de un bombardeo
protónico, desarrollado en el momento de la resurrección
de Cristo, que falseaba la fecha obtenida por los laboratorios.
Pero va a ser un presunto experimento llevado a cabo por un
científico ruso (un dudoso personaje al que sus antaño
colegas creacionistas condenaron al ostracismo tras haber
sido denunciado por utilizar citas falsas en sus obras) el
que alcanzó mayor difusión y popularidad. No
existe revista, libro o página web de creyentes en
la Sindone en la que no se cite el experimento de Dmitri
Kouznetsov.
Según éste (Kouznetsov et al. 1996), la causa
de que el análisis de carbono 14 diese una fecha más
reciente que la esperada por los creyentes en que la sábana
había envuelto el cuerpo de Jesucristo, estaba en las
repercusiones de un incendio que había afectado al
paño en 1532; el calor, junto con el efecto catalizador
de la plata de la caja en que estaba guardado, habría
producido un incremento de C14 en las fibras del tejido, lo
que se traduciría, lógicamente, en el mencionado
error de datación. Así pues, Kouznetsov reprodujo
en un experimento las condiciones del incendio sobre un fragmento
de tela, datada previamente en el siglo I por el laboratorio
de Tucson -uno de los que intervinieron en los análisis
de la sábana-, introducido en una urna de plata. Los
nuevos análisis realizados sobre la tela tras el experimento
daban una datación del siglo XIV. Quedaba así
demostrado no sólo la falibilidad del método
del C14, sino también que la sábana era del
siglo I, o al menos que no era medieval.
Todo habría estado muy bien, si no fuese porque el
experimento de Kouznetsov resultó ser un fraude. Un
fraude que, convenientemente publicitado y repetido mil veces,
se transformó en una verdad. De nada vale que el laboratorio
de Tucson niegue haber realizado las pruebas que pregonan
los sindonólogos, ni que los científicos de
dicha institución hayan publicado, en el mismo número
de Journal of Archaeological Science en el que el científico
ruso presentó su informe, un artículo de réplica
en el que, además de rebatir sus explicaciones, señalaban
que habían reproducido el experimento sin que se diesen
los resultados postulados, todo lo cual indicaba un evidente
fraude (Jull et al. 1996). De nada parecen haber servido tampoco
los fracasados intentos de reproducción del experimento
llevados a cabo tanto por instituciones científicas
-como el laboratorio de C14 de la Universidad de Oxford (Hedges
1998)- como por algunos sindonólogos científicamente
honrados. La falsa historia del experimento de Kouznetsov
sigue germinando y expandiéndose en el favorable medio
de la credulidad, sin que la evidencia sea capaz de imponerse
a la mentira.
Hasta aquí, el fraude científico. Pero hay también
comportamiento científico patológico en los
medios arqueológicos que han tragado con la historia
sin someterla a revisión y crítica; un hecho
tanto más denunciable cuanto que, como hemos dicho,
en la propia revista en la que se publica el falso experimento
aparece también la respuesta crítica de los
científicos de Tucson. No se comprende que, si no hay
patológica credulidad, la publicación francesa
Dossiers de lArchéologie, cuyo redactor
jefe parece haber sido seducido por el creacionismo científico,
o los responsables de la Editorial Martínez Roca, que
introdujeron en un libro coordinado en 1998 por Josep Mª
Fullola y Maria Àngels Petit, de la Universidad de
Barcelona, y sin conocimiento de los autores, un texto sin
firma en el que se critica el método del C14 a partir
del falso experimento del que hablamos, puedan haber aceptado
tan alegramente el fraude, tomando como únicas referencias
las publicaciones integristas, e ignorando la literatura científica
elaborada al respecto. Resulta preocupante ver cómo
medios que eran referencia de seriedad están abriendo
sus puertas a la ciencia patológica, cuando no a la
pura pseudociencia.
Y no abuso más. Los ejemplos propuestos pueden ser
indicativos de que hay riesgo, un riesgo que me parece evidente
y nada despreciable. Los intentos de contaminar la arqueología
provienen de muchas fuentes, unas aparentemente más
inocentes, otras más graves, otras indudablemente peligrosas,
pero ninguna inocua. Creo que sólo la atención
perenne, desde un escepticismo crítico, puede evitar
casos como los que hemos comentado. La pseudociencia y la
ciencia patológica hacen siempre daño, y son
comunes, mucho más comunes de lo que podemos pensar
desde nuestros despachos. Basta abrir las ventanas y mirar
a la calle para verlo. Mi propuesta es que las abramos y miremos:
creo que hay mucha gente que está esperando que lo
hagamos.
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