|
No
es fácil establecer los criterios de marcación
de la ciencia patológica en relación con la ciencia
pura y con la pseudociencia. Las primeras claves nos las proporciona
el premio Nobel de Química Irving Langmuir, quien acuñó
el término en una conferencia que pronunció en
el Laboratorio de Energía Atómica de la General
Electric en 1953. En dicha conferencia, nunca publicada pero
transcrita posteriormente por su discípulo Robert N.
Hall en Physics Today (1989), presentaba varios ejemplos
de ciencia patológica, indicando que se trata de casos
en los que "no está involucrada la falta de honradez,
pero en los que se llega a resultados falsos por falta de comprensión
acerca de lo que los seres humanos pueden llegar a hacerse a
sí mismos al dejarse llevar por efectos subjetivos, por
un pensamiento ansioso, o por interacciones en el límite
de la percepción", estableciendo sus características
en una célebre tabla, la conocida como tabla de Langmuir,
según la cual, en los casos de ciencia patológica,
sucede que:
- El máximo efecto que se observa es producido por un
agente causante de intensidad apenas detectable, y la magnitud
del efecto es sustancialmente independiente de la intensidad
de la causa.
- El efecto es de una magnitud que permanece próxima
al límite de detectabilidad, de modo que son necesarias
muchas medidas debido a la bajísima significación
estadística de los resultados.
- Tiene pretensiones de gran precisión.
- Presenta teorías fantásticas, contrarias a la
experiencia.
- Las críticas son afrontadas mediante excusas ad
hoc, discurridas de repente.
- La proporción de los defensores de la nueva teoría
frente a los críticos asciende a una cantidad próxima
al 50 por 100 y luego disminuye gradualmente hasta el olvido.
Otra interesante aportación es la que realizó
Laurence Lafleur, profesor asociado de filosofía en la
Florida State University. Durante una polémica científica
sobre las afirmaciones de Immanuel Velikovski -el psiquiatra
que en los años 50 conmocionó al público
americano al afirmar que Venus, en origen un cometa expulsado
por Júpiter hace 3.500 años, por la proximidad
de su órbita a la Tierra primero y por su interrelación
con la de Marte después, había provocado cataclismos
y fenómenos como la paralización del Sol de Josué,
las plagas de Egipto, la división del Mar Rojo, el maná,
etcétera, todo ello deducido a partir del estudio literal
de la Biblia y otras mitologías-, Lafleur presentó
un artículo en Scientific Monthly (1951) en el
que proponía siete preguntas que sirven como criterios
de diagnóstico para diferenciar a un científico
verdaderamente revolucionario de un visionario practicante de
ciencia patológica:
1) ¿Es el proponente de la hipótesis especialista
en la teoría que propone reemplazar?
2) ¿Está la nueva hipótesis de acuerdo
con las teorías admitidas en el campo de la hipótesis,
o, si no es así, presenta razones adecuadas para realizar
cambios, razones de un peso al menos igual al de las pruebas
que sostienen las teorías existentes?
3) ¿Está la nueva hipótesis de acuerdo
con las teorías admitidas en otros campos? Si no es así,
¿es consciente el proponente de que está recusando
un cuerpo de conocimiento establecido, y dispone de suficientes
pruebas como para que el cambio que pretende sea razonable?
4) En el caso de que la nueva hipótesis entre en contradicción
con una teoría establecida, ¿incluye o implica
la hipótesis una alternativa adecuada?
5) ¿Encaja bien la nueva hipótesis con las teorías
existentes en todos los campos, o con las alternativas propuestas
por ella, formando una visión del mundo de igual suficiencia
que las actualmente aceptadas?
6) Si la nueva hipótesis modifica teorías capaces
de predicción o de precisión matemática,
¿es la nueva teoría igualmente capaz de predicción
o precisión matemática?
7) ¿Muestra el proponente predisposición a decantarse
por las opiniones minoritarias, a citar opiniones individuales
opuestas a la visión general, y a sobreenfatizar la admitida
falibilidad de la ciencia?
Ni que decir tiene que Velikovski pinchó en todos
los criterios, proporcionando un perfecto perfil de visionario
que pretendía ser un científico revolucionario.
En este intento de caracterización de la ciencia patológica,
resulta de gran interés un artículo del ya citado
Nicholas J. Turro (1999) titulado Hacia una teoría
general de la ciencia patológica. Sin entretenernos
demasiado en él, señalemos que, al buscar criterios
que permitan diferenciar a un científico merecedor de
un premio Nobel de otro que lo sea de un IgNobel, y tras revisar
la ya conocida tabla de Langmuir, Turro señala la necesidad
imperiosa del requisito de la reproducibilidad de cualquier
experimento (siempre dentro de unos razonables límites
estadísticos), haciendo notar que es frecuente que los
científicos patológicos respondan al patrón
de ermitaños con poca o nula relación con colegas
o árbitros, lo que redunda en numerosos errores de observación.
Por eso, "la bandera roja de la patología debería
ondear rápidamente cada vez que un investigador ofrezca
resistencia al desafío de la reproducibilidad".
Otra característica viene dada por la tendencia a considerar
una sola hipótesis explicativa, despreciando la posibilidad
de someter a prueba hipótesis alternativas. Da también
un repaso a las "consideraciones extracientíficas,
tales como la atención de los medios, el status profesional,
las expectativas de ganar dinero, las predilecciones ideológicas,
la hubris Nobilicus, y las presiones de partes interesadas
ajenas a la comunidad científica", señalando
que todas ellas son factores de riesgo que pueden llevar al
autoengaño y de ahí a la ciencia patológica.
"La necesidad de financiación tienta incluso al
investigador básico más escrupuloso a exagerar
los beneficios prácticos cuando describe su nuevo trabajo
a los potenciales mecenas. El entorno académico actual
-que puede parecerse más a una pecera mediática
que a una torre de marfil- ofrece también al científico
amplios canales para hablar al público general, con un
considerable riesgo de malinterpretar el contenido, el propósito
y el potencial de un descubrimiento científico, bien
en su esfuerzo por simplificar la jerga profesional, bien con
el altamente contagioso entusiasmo por una idea no comprobada".
Teniendo todo esto en cuenta, propone a su vez una serie de
reglas o pasos prácticos "para evitar que el ¡eureka!
de hoy se transforme en el IgNobel de mañana":
- Generar y probar siempre varias hipótesis plausibles
para explicar un resultado.
- Usar diseños experimentales imaginativos a fin de incrementar
la objetividad y reducir las posibilidades de que las observaciones
iniciales estén viciadas.
- Dejarse guiar por el mejor paradigma posible, hasta que los
resultados obliguen a la revisión del paradigma.
- Ser conservador en los conceptos de significación estadística
y margen de error, especialmente cuando se analicen fenómenos
en el umbral entre señal y ruido.
- Reproducir, reproducir, reproducir.
- Discutir abiertamente con árbitros los resultados sorprendentes,
a través de canales formales e informales, dentro y fuera
de la propia especialidad, y hacer un uso constructivo de las
críticas que puedan surgir.
- Cuando se discuta la investigación con no científicos
-especialmente con aquéllos que llevan cámaras,
blocks de notas o libros de cheques- evitar la tentación
de sobreinterpretar los resultados, sobresimplificar las explicaciones
o prometer la luna en aplicaciones prácticas.
- Si posteriores estudios refutan la hipótesis, aceptarlo
con gracia y aprender de la experiencia. No se debe sentir vergüenza
de un callejón sin salida; son inseparables del progreso
de la ciencia. Un cierto número de investigaciones patológicas
abrió el paso a una teoría no patológica,
como la mecánica cuántica, que finalmente resistió
las críticas, explicó resultados que la teoría
de Newton no podía explicar, y revolucionó la
física. El mismo proceso de corrección colectiva
que refutó unas verificó la otra; así es
como se construye el conocimiento científico y ésa
es la razón por la que casi siempre alcanza resultados
válidos.
- Hacer lo impensable: intentar por todos los medios encontrar
fallos en el experimento o refutar la interpretación.
Si haces esto seriamente, objetivamente y apasionadamente, incluso
si encuentras que estás equivocado, serás veraz
para con tu ciencia, y serás admirado por la comunidad
por tu coraje intelectual y tu dedicación al ethos
científico.
|
|
|