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En
el caso de la pseudoarqueología, muchos son los temas
que se abordan desde esta perspectiva pseudocientífica.
Todos ellos tienen en común, además de la predilección
por lo raro, lo enigmático, lo que se aparta de lo
establecido (en lo que puede verse tal vez un cierto componente
inconformista en los crédulos de estos asuntos), ciertos
rasgos como son, por ejemplo y sin ánimo de exhaustividad,
el rechazo a los métodos y a los resultados de la arqueología
canónica, prescindiendo siempre del contexto estratigráfico
y cultural: el objeto, el fenómeno que se presenta
como inusitado se contempla aislado, como un portento prodigioso
desenraizado de cualquier entorno cultural. Frente este rechazo
a la evidencia más sólida, se admiten sin crítica
otros tipos de evidencia: las creencias populares, la etimología
en sus versiones más cutres, la búsqueda
de similitudes descontextualizadas en otras culturas, la interpretación
literal de mitos y leyendas como si se tratase de fuentes
históricas directas, etcétera.
Así, los diálogos de Timeo y Critias
demostrarán la existencia de la Atlántida,
y a partir de ahí, cualquier rasgo llamativo o cualquier
presunta anomalía del registro arqueológico
serán relacionados con el mítico continente
hundido. Las aparentes similitudes entre las pirámides
de América y África serán una buena prueba
de la existencia de estos atlantes, cuando no de civilizaciones
de remotísima antigüedad o de, cómo no,
extraterrestres; unos extraterrestres que han construido en
Marte una extraña cara que, transformada mediante los
arcanos del retoque fotográfico, será vista
como una representación del dios Horus, el Halcón.
Y así, ad infinitum.
La carencia del menor sentido crítico en estas construcciones
que malamente podemos llamar teóricas se hace patente
en la capacidad de tragar no sólo con las interpretaciones
más inverosímiles, sino con todo tipo de contradicciones
entre ellas. Así, los extraños seres creadores
de los prodigios del pasado pueden ser al mismo tiempo extraterrestres
o habitantes plenamente terráqueos de civilizaciones
que alcanzaron durante el Paleolítico extraordinarios
conocimientos; pueden venir del espacio exterior, de la vulgar
biosfera o del interior de una Tierra hueca; y todo ello al
mismo tiempo y sin que provoque ningún tipo de reacción
contradictoria. Todo lo que suene sorprendente vale, lo mismo
la interpretación de un relieve funerario maya como
un astronauta montado en un cohete que la concepción
de las pirámides de Giza como reactores termonucleares,
o la situación del Edén en Burgos, corroborada,
evidentemente, por el descubrimiento del Homo antecessor
en Atapuerca. Siempre, la huida de la complejidad de los fenómenos,
la negativa a cualquier tipo de razonamiento formal, la aceptación
sistemática y acrítica de explicaciones simples
de naturaleza extrahumana.
Este fenómeno, generalizado en Occidente, de auge de
las pseudociencias, ha generado toda una industria que sirve
de vehículo y refuerza, con publicaciones en todo tipo
de soporte, este antiintelectualismo populista, vinculado
por lo general a la new age. En todas ellas tienen
cabida, como uno de los platos principales de la alucinante
carta de tan esotérico restaurante, los temas más
manidos de la pseudoarqueología. En España,
los principales vehículos de transmisión, sobre
todo entre las generaciones de jóvenes, son las revistas
especializadas, como Enigmas, Más Allá, Año
Cero, Karma.7 y Nuevos Horizontes, sin que falten
programas de radio, como Mundo Misterioso (felizmente
desaparecido), Espacio en Blanco o La Rosa de los
Vientos. La televisión, en la que ha habido diversos
intentos, permanece de momento como un terreno de difícil
conquista.
En estos medios encuentra su caldo de cultivo todo un abigarrado
plantel de especialistas en todo, que lo mismo persiguen
ovnis que desacreditan el método del carbono 14 o nos
asombran con psicofonías. Descendientes de Immanuel
Velikovski, Louis Pauwells, Jacques Bergier o Erich von Däniken,
la pseudociencia castiza va de la mano de los ya viejas glorias
Juan José. Benítez, Fernando Jiménez
del Oso y Enrique de Vicente, y de las nuevas generaciones,
apadrinadas por los anteriores e integradas por los Miguel
Blanco, Javier Sierra, Manuel Carballal, Bruno Cardeñosa,
Iker Jiménez, etcétera.
Frente a esta situación del avance de lo irracional
(una irracionalidad de pésima calidad, todo hay que
decirlo), desde la ciencia ha surgido un movimiento de rechazo
de la pseudociencia y de defensa y potenciación del
pensamiento crítico y racional, del escepticismo científico
contemporáneo. Fue el Comité para la Investigación
Científica de las Afirmaciones Paranormales (CSICOP),
presidido por Paul Kurtz, la institución pionera. Esta
entidad, que goza de un enorme prestigio, fue la que dio el
primer paso del escepticismo crítico organizado, iniciando
así un movimiento que hoy se ha extendido por todo
el mundo.
En España, el movimiento escéptico se articula
principalmente en la asociación ARP-Sociedad para el
Avance del Pensamiento Crítico, a la que me honra pertenecer.
ARP-SAPC edita una revista, antes La Alternativa Racional,
ahora El Escéptico, en la que se abordan críticamente
asuntos relacionados con las pseudociencias, y también,
por supuesto, con la pseudoarqueología.
A pesar de estos movimientos, en el mundo científico
sigue mirándose con cierta displicencia la dedicación
al debunking de las pseudociencias. Sin embargo, cada
vez son más los científicos de renombre que
ponen esta tarea divulgativa y de defensa de la razón
entre sus objetivos principales. En palabras de Luis Alfonso
Gámez (1998), "la caza de charlatanes es una actividad
ecológica, que pone en guardia a la sociedad frente
a los vendedores de misterios prefabricados. Para
practicarla, sólo hace falta usar el sentido común
-el menos común de los sentidos, a tenor de lo visto-
y ser curioso. Entre los asiduos a este deporte intelectual,
están figuras tan conocidas como el paleontólogo
Stephen Jay Gould, el divulgador científico Martin
Gardner, el físico Murray Gell-Mann, el filósofo
Mario Bunge o los fallecidos Isaac Asimov y Carl Sagan. Y
el club está abierto a cualquier buscador de la verdad".
A los nombres que nos aporta Gámez habría que
añadir muchos otros, como los de los premios Nobel
Richard Feynman y Leon M. Lederman, Richard Dawkins, Paul
Kurtz, Henri Broch, y en España Francisco Ayala, Fernando
Savater, Gustavo Bueno, Manuel Toharia, Moncho Núñez,
Javier Armentia, Félix Ares, Miguel Angel Sabadell,
Ernesto Páramo, Eustoquio Molina o, específicamente
en el campo de la arqueología, Antonio de la Peña,
Ángel Armendáriz, Alfonso López, Julio
Arrieta o José Luis Calvo, a los que hay que sumar
tantos y tantos más que están sirviendo de fermento
para el desarrollo del movimiento a favor del pensamiento
crítico.
En otros países, como Francia o Estados Unidos, son
frecuentes las universidades, e incluso los Colleges, que
dedican su atención, tanto en temas dentro de asignaturas
regladas como en seminarios y cursos específicos, al
estudio pormenorizado y crítico de la pseudoarqueología.
Entre ellos, podemos citar la existencia de cursos en los
que se aborda la pseudoarqueología en el Santa Monica
College (California), la East Carolina University, la University
of Louisville, la Western Michigan University, la Iowa University,
la University of South Dakota, la Central Connecticut State
University, la University of Wisconsin, la East Carolina University,
la Ohio State University, y tantos otros centros de educación
superior, generalmente dentro de los programas de antropología
y prehistoria.
En uno de los trabajos presentados por los alumnos del seminario
Lost Tribes, Sunken Continents and Ancient Astronauts:
"Cult" Archaeology & Creationism, de la
Universidad de Iowa, dirigido e impartido por el Dr. Larry
Zimmermann, Arnaud F. Lambert (1998), hablando del debunking
de la idea de las diosas madres en el paleolítico
y neolítico europeos, plantea que echa de menos la
crítica a los planteamientos pseudocientíficos
que a menudo existen no ya en las publicaciones abiertamente
pseudocientíficas o pseudoarqueológicas, sino
en los trabajos elaborados desde dentro de la disciplina canónica.
Este pequeño apunte nos da pie para entrar de inmediato
en otro asunto, cual es el de la ciencia patológica.
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